Prosa del Wunderkammer II: ‘Ulysses’ (Limited Editions Club, 1935)

En la geografía del Wunderkammer, la edición de Limited Editions Club (1935) de Ulysses ocupa un lugar de tácita discordia. De entrada, nada más abrirlo, las ilustraciones de Henri Matisse crean disonancias con el ruido sucio de las tabernas de Dublín y la cacofonía mental de Leopold Bloom. Además, el texto impone una autoridad visual, fluyendo a dos columnas —con las solas excepciones del prólogo y la primera página de cada una de las tres partes—, con esa gravedad tipográfica reservada a las enciclopedias o a las Biblias profanas.

Nacido de lo que podría llamarse una estafa sublime, la historia de esta edición se pierde en los recovecos de una fábula moral. El editor George Macy le ofreció a Matisse cinco mil dólares por ilustrar la novela. El pintor aceptó el encargo con el pragmatismo del artesano, pero con una condición secreta que el editor descubriría demasiado tarde: Matisse no tenía ninguna intención de leer el libro. “Una obra demasiado extensa y confusa para mi sensibilidad mediterránea”, confesó en una carta dirigida a su hijo Pierre.

En lugar de sumergirse en el texto, Matisse compró una traducción francesa de la Odisea y regresó a Homero. Paradójicamente, la edición abre con un prólogo de Stuart Gilbert —el gran exégeta joyceano— quien defiende con fervor la estructura clásica de la novela. Sin saberlo, Gilbert valida la “herejía” de Matisse; esto es, si el texto es una Odisea mental, el pintor tenía derecho a soñar su antigüedad física.

Mientras Joyce dinamitaba la novela decimonónica con su flujo de conciencia, Matisse retrocedía milenios hacia la simplicidad arcaica. Las veintiséis ilustraciones a toda página que acompañan al texto —incluyendo seis grabados al aguafuerte que reproducen bocetos sobre papel azul y amarillo— no muestran a señores con bombín en la Irlanda de 1904, sino a cíclopes y ninfas desnudas, trazados con esa línea suya, curva y continua, de pureza engañosa, que parece no levantar nunca el lápiz del papel. En la lámina de Calypso, por ejemplo, en vez de representar al Bloom doméstico, pinta una maraña de cuerpos que se ondulan en un perpetuo retorno, evocando la asfixia erótica de la ninfa. Y en Circe, lejos del teatro alucinatorio de Nighttown, Matisse traza una orgía de líneas donde la carne humana parece disolverse, capturando la metamorfosis animal con una elegancia que Joyce jamás buscó. Son imágenes que poseen la quietud de los bajorrelieves, indiferentes al drama de la tinta y agitación de la prosa joyceana.

La crítica no tardó en señalar esta fractura, oscilando entre la reverencia artística y la perplejidad literaria. Si bien Alfred H. Barr Jr. —el célebre director del MoMA— canonizó estas planchas afirmando que constituían “el único trabajo importante” de Matisse en la técnica del aguafuerte de suelo blando, no dejó de advertir su carácter autónomo. Para los puristas, el libro se alejó de una lectura visual de Joyce, para ofrecer una evasión deliberada. Por su parte, Hugh Kenner sopesó esta edición como un “contrapunto pastoral, un cisma encuadernado donde las imágenes funcionan como ventanas de salida ante la asfixia del texto moderno”.

Este ejemplar custodia un anacronismo deliberado, una tensión irresoluble, ya que el texto viaja hacia el futuro de la literatura, mientras que las imágenes anclan la nave en un pasado mítico. Joyce puso el ruido de la ciudad; Matisse, el silencio del mármol. A semejanza de esos objetos de vitrina que sobreviven a sus dueños, el libro habita en el Wunderkammer con la arrogancia de las cosas bellas que no necesitan ser comprendidas para ejercer su dominio.

Para el coleccionista, poseer este tomo trasciende la mera bibliografía, porque lo convierte en cancerbero de la evidencia física de un diálogo de sordos. La propia justificación de la tirada revela una coreografía de egos: los primeros 250 ejemplares fueron firmados por James Joyce con bolígrafo y Henri Matisse con lápiz, conviviendo en la página final; sin embargo, los ejemplares del 256 al 1500 están firmados solo por Matisse. En estos últimos, la firma solitaria en el colofón termina de certificar la apropiación; o sea, este ya no es solo el libro de James Joyce. El Wunderkammer custodia el ejemplar 271. Al recorrer sus páginas, la lectura se transforma. Las ilustraciones actúan como un filtro sedante, recordándonos el andamiaje invisible que el escritor quiso ocultar y revelar al mismo tiempo. En vez de ilustrar lo que Joyce escribió, Matisse ilustró ese mito eterno que quizás Joyce soñó escribir.

Existe una anécdota que cifra este desencuentro mejor que ninguna otra. Macy entró en pánico cuando recibió los bocetos para el capítulo “Nausicaa”. Matisse había dibujado a una robusta princesa homérica jugando a la pelota, ignorando que en el Ulysses el personaje correspondiente es Gerty MacDowell, una muchacha coja que se exhibe ante Bloom en una playa de Dublín. Desesperado, el editor intentó explicarle al pintor: “Nausicaa es Gerty”. Imperturbable, Matisse se negó a cambiar una sola línea. Al ser consultado por teléfono, lejos de indignarse, Joyce soltó una carcajada seca y le dijo a Macy: “Leave it. He’s right. Nausicaa was never lame.

Quiero imaginar que este ejemplar conjura dos soledades que se rozan sin tocarse. Joyce en su laberinto de voces, ciego en Zúrich; Matisse en su invernadero, soñando ramajes. Geografía de lo imposible, el libro habita la parte alta del Wunderkammer. Páginas adentro, Nausicaa corre por la playa con dos piernas fuertes, inmortales, de diosa griega.

Este ejemplar apareció en San Francisco, en los anaqueles de Brick Row. La transacción tuvo la sequedad de lo inevitable; en esa ciudad de neblina y cuestas, pagar por un equívoco pareció el desenlace lógico de una comedia. Adquirí el volumen como quien compra una disputa cerrada, sin regateos ni ceremonias. Al salir, entendí que me llevaba la prueba material de una ironía: dos monólogos simultáneos encuadernados por contrato, que ahora conviven en mi biblioteca bajo una stricta pax inventarii.

1 comentario en “Prosa del Wunderkammer II: ‘Ulysses’ (Limited Editions Club, 1935)”

  1. Lo sublime. Y el poeta que pone su dinero donde saca su lengua. La esencia del wunderkammer es el kitsch. Aquí el camp le tomo la delantera. Dios bendiga a Pablo, conservador.

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