La novela que presentamos hoy, Y la noche doblaba por tercera (Ediciones Furtivas, 2025) hace una prontísima justicia no solo al gran narrador cubano de béisbol que fue Rafael “Felo” Ramírez, sino también a la pelota en sí, a los artífices de la magia de escuchar, aprehender y decir con imágenes cada suceso en el campo beisbolero en una tarde o noche cualquiera en un estadio.
José Fernández Pequeño (Bayamo, Cuba, 1953) ha tirado los remos al agua y ha dejado que la corriente lo lleve a donde definitivamente van las aguas río abajo, a donde va una novela tras salir de imprenta, a los siempre crueles y movedizos remolinos que son la opinión final del lector.
Despejemos entonces una cuestión medular de este libro que tenemos hoy con nosotros. No se trata de una biografía con placa, flores y banderas. Precisamente es el riesgo que asumió Pequeño desde que se embarcara en un proyecto así. Incluso –como ha contado ya– el proceso escritural, por pedregoso y accidentado, por ese recurso de dejarse llevar y escribir capítulos sin un orden inicialmente establecido es aquí el gran reto al que se enfrentó. Porque digámoslo así, al asumir cartografiar la vida de Felo Ramírez cuya vida fue bastante pública en agasajos, reconocimientos y exposición a los medios, poco quedaba para mostrarlo desde la escritura esquivando los lugares comunes, y Pequeño lo ha logrado. Nada hará detener al lector al saber que este tramo literario comienza en la cama de un hospital en 2017 y se remontará pasito a pasito a la Cuba republicana de 1923.
¿Cómo exponer en un lienzo distinto la vida de alguien que va del anonimato de un pueblo de provincia a ser reconocido como la estrella rutilante de la narración beisbolera en español en todo el mundo? Rafael Ramírez (Bayamo, Cuba), narró principalmente béisbol y boxeo; se convirtió en una joyita de la narración deportiva por nueve años en la isla antes de residir en Venezuela, Puerto Rico y México, y establecerse definitivamente en Miami, lugar en el que dibujó con su voz todo lo que acontecía con los Florida Marlins de entonces y luego con los Miami Marlins, de manera magistral. Su desarrollo profesional le hizo merecedor de un lugar en el Salón de la Fama del Deporte en Puerto Rico y el prestigioso Premio Ford C. Frick del Salón de la Fama del Béisbol Nacional en EEUU, conocido por su lugar de asentamiento como Cooperstown, y otros más.
Con esta impronta y servida la mesa, al autor de “Y la noche doblaba…” no le cayó encima una pizca de miedo. Mayor reto, diría…, dice que dijo o pensó.
Porque tras un par de lecturas cruzadas de esta novela breve sí aparecen los rasgos contemporáneos de la hoy denominada novela de no ficción. La apropiación, el atrevimiento de tomar un personaje o hechos concretos de la vida real para darle vida más allá de la realidad inmediata han tenido resultados específicos en Meditaciones (Marco Aurelio), Memorias de Adriano (Yourcernar), La sociedad del espectáculo (Debord), Churchill (Roberts) o Hiroshima (Hersey) y, para detallarlo en todos sus pormenores, enseguida salta ese monumento explicativo que es La verdad de las mentiras, del ya extrañado Mario Vargas Llosa.
Siempre me ha intrigado –sin tener total explicación todavía– por qué voy a un libro, por qué me quedo y me hundo en sus páginas. Para los amantes del béisbol no hay nada más electrizante y lleno de expectativas que en un primer inning el primer bateador doble por tercera con ganas de robarse el home plate; llegue o no llegue a fabricar carrera, ya ahí hay sustancia, y pestañazo más o pestañazo menos, habrá juego hasta la última entrada. Así comienza esta novela, en un flash back que no nos va soltar en la mordida hasta el punto final.
Esas mudas temporales hacia adelante y hacia atrás en el tiempo: La Habana-Nueva York-Caracas-Miami-San Juan-Bayamo-La Habana-Nueva York-Miami… ad infinitum, la hacen una novela como un thriller, como un corrido mejicano, como un son bien curao de principio a fin.
Mello Domínguez se ha enfundado en sí mismo para darle vida a quien quizá haya sido un tal Felo Ramírez, pero doscientas páginas tras la arrancada final no hay vuelta atrás: el ajiaco criollo de voces, sentencias y dicharachos entre Mello y su sobrino –ese receptor de sus miedos, triunfos y atrevimientos– se han convertido en un verdadero festín de la palabra (escrita o sonora).
«La vida, como el béisbol, es una serie de flashbacks que solo cobran sentido en el último inning», habrá dicho Mello en uno de sus circunloquios.
«La narración de un juego es también una historia de amor. Lo aprendí al narrar mi vida con Lena», ese pedazo de mujer que le sostuvo hasta el último minuto, incluyendo todos los escollos que lleva un matrimonio de tantos años, y aquí hay pedazo de radionovela regado por toda la trama.
«Mi voz tiene que tener la convicción que lance al aire un fly de rutina y lo convierta en un cuadrangular espectacular», resume su vida al inicio de su gran carrera, cuando no le quedaba más remedio que pensar que no habría Plan B (el Plan B sería regresar derrotado a Bayamo, y eso… jamás).
Si a esta novela, como a otras en que rejuegan la ficción y la realidad, le cabe el disclaimer de “Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”, también a ella pongámosle el valor agregado del copioso cotejo de datos que ha hecho su autor desde el ambiente pueblerino de un Bayamo de 1920 y la enjundiosa coincidencia de una Habana que pujaba por elevarse por encima de todas las capitales latinoamericanas de entonces como el emporio de la radio y más tarde la televisión. Políticos, empresarios agresivísimos (Gaspar Pumarejo campea a sus anchas enfundado en algunas máscaras que aquí asoman), artistas y atletas de renombre, todos asentados con la precisión de un celoso agrimensor que sabe que no puede dejar detalle suelto para el futuro pues en el presente (la escritura, esta vez) va la conformación de la verdadera historia que espera el lector, los datos de una calle o ciudad o tramo de tierra ya no virgen, medida por las armas de la agrimensura.
Finalmente, y no menos importante. Con estas palabras cierra un ciclo en mi vida como lector: hace unos treinta años un profesor impartía un curso de verano en el que nos hacía destacar algunos elementos de la narratología: punto de vista, mudas temporales, categoría espacio-tiempo, tratamiento de los personajes. Nos animaba también a asumir lecturas más riesgosas y menos cómodas que las estampadas en los manuales universitarios de entonces. Leer reconfigura el pensamiento, he pensado de un tiempo hacia acá. Ese profesor era José Fernández Pequeño, el autor de esta novela breve que no le envidia largura a texto alguno. Uno de aquellos alumnos en el caluroso Santiago de Cuba de mediado de los años 90 era este servidor, husmeando hoy los ramajes profusos de la vida novelada del gran Felo Ramírez.
«El corazón no falla, solo dobla por tercera. Es la obligación de correr sin mirar atrás», dice un Mello Domínguez asomado al atardecer de su vida.
Muchas gracias.
Miami, y 13 de diciembre 2025




