El estudio de la reputación de un autor, sobre todo fuera de su propio país, conduce inevitablemente a una conclusión: que un autor es popular en la medida en que puede ser interpretado según una moda vigente o una tendencia predominante de la época. Chaucer, el poeta burgués y erudito de la Inglaterra del siglo XIV, consideraba a Dante un hombre docto, un sabio, autor de un verso que no dejaba de zumbar en el oído de Chaucer, aunque con una variación característica: “pity” en lugar de “love”: “For pitee renneth sone in gentil herte”. Para Chaucer, Dante era el poeta que, antes que ningún otro, había tocado las cuerdas supremas de la piedad y la simpatía humanas en el episodio de Ugolino. Mientras el gusto público favoreció lo terrible y lo pintoresco, los ingleses vieron a Dante bajo una luz nueva: el mismo episodio de Ugolino fue contemplado desde otro ángulo, y un delicioso horror prevaleció sobre la ternura compasiva. Es mal lector quien busca en un libro nuevo lo que ya posee en sí mismo; pero el público en general, y los dictadores de la moda en particular, no son mejores que malos lectores. ¿Por qué, si no, habría de exigir casi invariablemente cada nueva generación nuevas traducciones que sustituyan a obras maestras reconocidas? ¿Por qué Cary fue tan elogiado en su tiempo, y por qué su traducción de la Commedia nos recuerda hoy más bien el frío neoclasicismo de Flaxman que al Dante auténtico? ¿Podemos culpar realmente al reseñista de la Critical Review —junio de 1814— que ofreció una primera acogida poco generosa a los tres diminutos y mal impresos volúmenes de la traducción de Cary? “El asunto es sublime, pero no así el lenguaje dominante de su traductor”, escribió aquel crítico. Luego, esta versión inglesa tuvo un golpe de fortuna que no es infrecuente en la historia de las traducciones:¹ cayó en manos de alguien cuya opinión era capaz de crear una moda. Después de que Coleridge, al disertar sobre Dante ante la London Philosophical Society, el 27 de febrero de 1818, llamara la atención sobre los méritos de la obra de Cary, el público fue ruidoso en sus elogios. La Edinburgh Review no solo comparó a Cary con Shakespeare y Milton, sino que no vaciló en afirmar que Cary “camina no pocas veces al lado de su maestro y a veces, quizá, lo supera”. Un crítico de la Monthly Review, aunque señalaba los puntos débiles del traductor, fue lo bastante generoso como para admitir que estos “armonizan de manera singular con las cualidades afines de su célebre modelo”. La Quarterly Review, en 1821, expresó su gratitud al señor Cary “por habernos abierto los recesos salvajes y románticos de la visión de Dante”. Wordsworth proclamó la traducción “una gran obra nacional” y juzgó que la falta de una preferencia eclesiástica distinguida hacia Cary era “una desgracia para la época”. De hecho, recibió alguna prebenda eclesiástica menor y, más tarde, fue nombrado ayudante del Conservador de Libros Impresos del British Museum; pero su traducción, ya entonces famosa, no lo ayudó a obtener el codiciado puesto de Bibliotecario Mayor y, tras el nombramiento de Panizzi en 1837, Cary renunció disgustado. Le estaba reservado un reconocimiento mayor: su tumba en la abadía de Westminster, entre los maestros de la literatura inglesa. Lleva esta orgullosa inscripción: “El traductor de Dante”.
Si solo se tratara de su importancia histórica, la traducción de Cary merecería ser reimpresa como un clásico inglés. “All hope abandon ye who enter here” es un verso familiar para todos, y gran parte de Cary ha pasado a la lengua de los poetas románticos ingleses. “La duplicación y reencarnación inglesa de Dante”, como Coleridge llamó a la traducción, ejerció una poderosa influencia sobre Shelley, quien lamentaba, sin embargo, que no estuviera en el metro del original. Pero su importancia histórica no es la única razón por la que la traducción de Cary debe volver a imprimirse. El hecho es que, pese a su pátina neoclásica, esta versión ha envejecido mejor que las versiones de Rossetti de la lírica de Dante y de la Vita Nuova. A veces resulta plana, pero nunca importuna; su sabor puede ser tenue, pero nunca rancio. Léase el episodio de Francesca: recuerda una estatua griega copiada por Thorvaldsen. Posee esa misma delicada suavidad que no puede, con justicia, despacharse como mera debilidad. Cary no es, acaso, un traductor vigoroso, pero su misma contención ha impedido que su obra pase completamente de moda, y la ha salvado de los amaneramientos más estridentes de su época. En conjunto, es un buen traductor, no indigno de ser alineado con Chapman, Florio y Urquhart, quienes pertenecían a una escuela muy distinta. ¿De cuántas otras traducciones de Dante publicadas desde entonces podrá decir la posteridad lo mismo después de más de un siglo?
1954
¹ Un caso famoso es el “descubrimiento” de FitzGerald y su Rubáiyát por parte de Rossetti.
Prólogo a la célebre edición de la Divina Comedia (en la clásica versión inglesa de Henry Francis Cary), publicada en la colección Everyman’s Library (J. M. Dent & Sons) en 1955. Traducción del inglés de PDCS.




