Un príncipe renacentista en La Habana

A fines de 1940 llegó Orestes Ferrara a Madrid. Llevaba en su cartera un flamante nombramiento como embajador de Cuba en la antigua metrópoli firmado por el entonces presidente Federico Laredo Bru. El propósito era alejarlo de la Isla después del atentado al que sobrevivió milagrosamente y que dejó en su cuerpo diez impactos de bala. A pesar de su condición de delegado a la Asamblea Constituyente no podría asistir a las últimas sesiones de esta, tenía enemigos demasiado enconados en La Habana.

El jurista ítalo-cubano no pudo presentar sus cartas credenciales. El gobierno del caudillo Franco había rebajado el nivel de las relaciones diplomáticas con la isla, a causa de las virulentas críticas que la prensa de orientación pro republicana le prodigaba cada día. Sin embargo fue recibido con afecto y fijó su residencia en la capital española desde donde podría desplazarse con facilidad hacia Francia, Italia y otros puntos de Europa.

Como había sucedido durante su reciente etapa de embajador del gobierno de Gerardo Machado en Estados Unidos, se consagró a visitar archivos y bibliotecas. La investigación bibliográfica lo ocuparía por varios años. Esto lo llevaría hasta el punto de rechazar las propuestas de varios hombres de negocios que le ofrecían trabajar como experto financiero a cambio de ganancias millonarias. Aunque nunca dejó de hacer inversiones muy afortunadas estaba absorto en un proyecto mayor: un estudio amplio de aquellos sucesos de los siglos XV y XVI que ayudaron a forjar la Europa moderna.

Ferrara había dado a la luz un texto sobre Maquiavelo en La Habana de 1928 que pronto fue reimpreso en Chile por la imprenta Pax con el título Maquiavelo o la escuela del poder. Con más información y análisis lo rescribió bajo el nombre de Maquiavelo, la vida, las obras, la fama y lo hizo imprimir por la editorial La Nave en 1943 y en una reedición ampliada en 1949.

La figura del autor de El príncipe con su pragmática filosofía del poder es valorada y justificada en sus puntos esenciales por el diplomático. Quiere despojarlo de la leyenda negra que lo rodea, se encarga de justificar sus actos y escritos con las contingencias de su tiempo, a la vez que afirma la contemporaneidad y validez de muchas de sus ideas sobre el arte de gobernar.

Es preciso recordar que quien escribía no era un hombre de gabinete, ni siquiera se limitaba a ser un abogado con preocupaciones literarias, sino que había sido un político con una carrera meteórica. El joven estudiante de Derecho inclinado al anarquismo que había llegado en una expedición a Cuba en 1896 y se incorporó de inmediato a la tropa de Máximo Gómez y luego a la de José Miguel Gómez obtuvo los grados militares gracias a su conducta temeraria.

Sus relaciones con el caudillo villareño lo ayudaron a convertirse en un fiel miembro del Partido Liberal. Lo mismo participaba en un mitin electoral que protagonizaba acciones violentas, como ocurrió con el alzamiento de José Miguel y sus seguidores contra la reelección fraudulenta de Estrada Palma. Cuando miembros del Partido Moderado asesinaron al liberal Enrique Villuendas, Ferrara quemó el ayuntamiento de la localidad de Vueltas en protesta por el crimen.

Una vez que Gómez llegó al poder gratificó al joven abogado con la presidencia de la Cámara de Representantes y después la condición de embajador especial en Estados Unidos en 1912 para evitar una intervención en Cuba con el pretexto de la insurrección de los “independientes de color”.

Durante el mandato del conservador Mario García Menocal prefirió mantenerse en Estados Unidos y en el gobierno siguiente, el de Alfredo Zayas, reanudó su labor diplomática en Brasil.

Sin embargo, su gran oportunidad política llegó en 1925 cuando un viejo conocido del liberalismo villareño, el general Gerardo Machado, llega a la silla presidencial. Retornará como embajador a Estados Unidos entre 1927 y 1932. Cuando se celebró la Conferencia Panamericana en La Habana, con la presencia de Calvin Coolidge, Ferrara defendió en un discurso, sin rubor alguno, el intervencionismo norteamericano, frente a otros legados que habían esbozado ciertas críticas.

En sus últimos tiempos de gobierno, Machado lo quiso tener muy cerca, como secretario y hombre de confianza. Orestes le fue fiel hasta un extremo absurdo. El historiador Ramiro Guerra Sánchez y el terco napolitano fueron los últimos funcionarios en abandonar sus puestos en el Palacio Presidencial, cuando ya el dictador había escapado a Nassau y comenzaban en las calles los ajustes de cuentas. Una vez más sus habilidades le fueron útiles, pues, perseguido de cerca por miembros de la oposición, logró embarcar junto a su esposa en un hidroavión con destino a Miami.

Aunque regresó en 1938 para ponerse a la cabeza del Partido Liberal y por este fue electo delegado a la Constituyente de 1940, donde tuvo algunas intervenciones brillantes, Ferrara era ya una figura del pasado que no encajaba en los nuevos partidos políticos. Lo perseguían, eso sí, los feroces rencores de algunos antimachadistas, para ajustar cuentas con un pasado que no lograban cerrar. Aunque su nombre no estaba ya entre los que descollarían en la nueva república no era posible prescindir de su experiencia como diplomático, eso explica que se le confiara la representación ante la UNESCO desde la incorporación de Cuba en 1947.

En 1943, el mismo año en que entrega a la editorial La Nave la versión ampliada de su Maquiavelo, aparece también la biografía que mayor celebridad le dará: El papa Borgia. Recuerdo con cierta nostalgia el sitio que en mi biblioteca cubana ocupaba el volumen empastado de color púrpura que lleva en su lomo impresos en caracteres dorados el título de la obra y el emblema pontificio de la tiara y las llaves, como listo para depositarlo en la mismísima biblioteca vaticana.

Esta era un empresa aventurada para el escritor. La historiografía liberal acumulaba ya en esos tiempos verdaderas montañas de escritos donde el valenciano Rodrigo de Borja que ocupara el solio pontificio con el nombre de Alejandro VI era acusado de toda una montaña de crímenes que implicaban además a sus familiares César y Lucrecia. Ese apellido era uno de los recursos preferidos de las campañas anticlericales.

El escritor napolitano no era exactamente religioso aunque se hubiera casado en la parroquia del Sagrado Corazón del Vedado, pero rescatar del barro a esa figura prolongaba sus conceptos sobre la política del Renacimiento. Su biografía no era exactamente una apología del personaje para rescatarlo desde el punto de vista religioso, sino una evaluación crítica de la trayectoria vital de Borja desde el punto de vista humano y siempre a la luz de los hábitos y convenciones de los políticos de su tiempo.

La obra ejerció una auténtica fascinación entre los lectores de Europa y América. La figura biografiada tenía un sabor prohibido y a la vez apasionante. Muchos de los que concluían la lectura de ese grueso volumen tenían la sensación de que era un gran sofisma, que algunas de las premisas esgrimidas eran falsas, pero consideraban atractiva la presentación de los argumentos y la construcción de una vida con un sabor más humano que les permitía identificarse con ciertas actitudes del prelado. En poco tiempo se tradujo a varios idiomas y además de la edición en rústica se ofrecía otra de tapas duras para los bibliógrafos. Varias universidades de Francia y Estados Unidos se interesaron por este material novedoso y lo incluyeron en las bibliografías complementarias para los que estudiaran ese período histórico.

Más polémico y hasta peligroso para el autor fue dar a conocer otra de esas obras que devolvían a la luz un asunto que las historias oficiales y escolares procuraban disimular o acallar. Se trata de Un pleito sucesorio; Enrique IV de Castilla, Isabel la Católica y la Beltraneja. En la España del Caudillo las figuras de los Reyes Católicos habían sido mitificadas a partir de considerárseles los padres de la unidad de España y particularmente Isabel era considerada un emblema del catolicismo nacional hasta el punto que una orden religiosa impulsó el proceso de beatificación de la soberana, causa que no progresó en su tiempo, pero que varias veces hasta el nuestro ha sido enarbolada por grupos de católicos tradicionalistas y partidos conservadores.

Con mano de avieso príncipe italiano –docto en venenos– se sumerge en las aguas turbias del reino de Castilla y especialmente en la Guerra de sucesión castellana (1475-1479) en la que se disputan la corona del reino Juana de Trastamara, representada por su esposo Alfonso V de Portugal, contra los partidarios de Isabel –tía de Juana, aunque ella defendía que no era hija de su hermano Enrique IV, sino un fruto de la infidelidad de su esposa con el favorito del rey, Beltrán de la Cueva–. La guerra se libró no solo en tierras que hoy son de Castilla o de Extremadura, sino en sitios tan lejanos como el Golfo de Guinea, pues el rey portugués quería controlar el mercado de oro y esclavos de esa zona de Africa.

Ninguna violación de reglas religiosas y políticas es ocultada en la obra: la campaña difamatoria de Isabel y su bando contra su sobrina a la que apodan “la Beltraneja”; la falsificación de la bula pontificia para que pudieran contraer matrimonio la infanta de Castilla y Fernando; la mediación del papa a través de su enviado a España, nada menos que el cardenal Rodrigo de Borja, que lleva una bula auténtica pero que no quiere entregarla a menos que los recién casados le concedan el ducado de Gandía como patrimonio para su familia. La guerra fue cruenta, todavía hoy quedan huellas de esta. Cuando visité hace unos meses el pueblo extremeño de Trujillo me mostraron varios palacios de nobles que habían luchado en el bando de la Beltraneja y a los que como venganza Isabel tras su triunfo hizo que demolieran sus torres para demostrar que esas casas nobles se inclinaban ante los vencedores.

El problema era que las autoridades españolas, esas que habían devuelto al escudo de la nación el águila de San Juan, el yugo y las flechas de los Reyes Católicos, no estaban dispuestos a que su marmórea e inmaculada soberana fuera acusada de falsificación, calumnia, conspiración, componendas con la Santa Sede y otras bellezas. El escándalo estalló precisamente cuando Ferrara intentaba ser reconocido como embajador de Cuba. La Academia de la Historia rechazó las afirmaciones del libro y uno de sus miembros, el jurista e historiador Félix de Llanos y Torriglia, publicó un opúsculo refutando varias de sus tesis, a lo que don Orestes respondió con otro donde demostraba punto por punto tales aseveraciones, pero prefirieron no creerle.

En sus Memorias refiere que, aunque obtuvo el reconocimiento de personalidades como Gregorio Marañón o el Duque de Maura, se le comenzó a considerar antiespañol en los espacios políticos oficiales. Un intelectual “orgánico” del franquismo, Agustín González de Amezúa, secretario de la Real Academia Española de la Lengua, resumió la opinión generalizada de este modo: “Yo hubiera censurado su libro, no porque deja de ser exacto todo cuanto dice, sino porque los tiempos no están maduros para ciertas verdades”.

Nada de esto detuvo los empeños del antiguo seguidor de Maslatesta. Siguió publicando volúmenes sobre el embrollado de tema de la política en las cortes renacentistas. Para mí el más memorable es El siglo XVI a la luz de los embajadores venecianos, aparecido en 1952, si bien resultó menos atractivo para los lectores, sin embargo ese volumen de casi quinientas páginas – otro de los perdidos en mi biblioteca habanera- fruto de las investigaciones del autor en varios archivos europeos, resultó para mí lectura morosa y estimulante; aquel repaso y transcripción de los informes que los diplomáticos enviaban a la Serenísima República, mezcla de chismografía cortesana, espionaje comercial y relato de oportunidades políticas, tiene el atractivo de ser editado por el diplomático cubano que hurga en la historia para encontrar en lo particular y secreto el núcleo de lo que desatará los grandes acontecimientos del orbe.

Casi hasta el fin de su existencia siguió Ferrara dando a la luz volúmenes para completar su panorama de una época. Dan fe de ello: Ambrosio Spinola y su tiempo (1943), Retratos escritos extraídos del archivo de Venecia (siglo XVI) (1946), El cardenal Gaspar Contarini y sus misiones (1956) y Felipe II (1962). Y nada de esto impidió que se ocupara de otros temas, desde su testimonio Mis relaciones con Máximo Gómez, hasta sus variados ensayos sobre la Guerra Europea, la Revolución francesa y asuntos de la política de su tiempo. Sus memorias tituladas Una mirada bajo tres siglos, fueron publicadas póstumamente en 1975 por la Editorial Playor en Madrid con un amplio prólogo de Carlos Márquez Sterling y resultan muy útiles para explorar los entresijos de la política cubana durante buena parte del siglo XX.

El 11 enero de 1959 un cablegrama enviado por el Ministro de Estado Roberto Agramonte Pichardo le notificaría abruptamente que por disposición del consejo de ministros revolucionario había sido cesado en su cargo de embajador ante la UNESCO.

Aunque él confesara que esa cesantía era algo que ya deseaba para esas fechas, en realidad aumentó su tristeza por la ruptura oficial de sus relaciones con Cuba, país al que ya no regresaría. Así escribió en sus memorias:

Mientras tanto, me he mantenido fuera de Cuba. Hubiera podido recobrar la nacionalidad italiana, no lo he hecho ni lo haré. A los 92 años espero erguido y respetado que la victoria sonría a los que la merecen y que la incapacidad desaparezca, por fin, del gobierno de mi país. He quedado cubano, en la desgracia, como en los buenos tiempos. Tengo la misma fe en Cuba que tuve cuando peleé en los campos frondosos de la Isla.

Su vida y escritura se prologaron tercamente hasta el 16 de febrero de 1972 cuando falleció en el Grand Hotel de Roma. Las veces que he pasado por el vetusto edificio en la Vía Vittorio Emanuele me ha parecido que su lujo un poco demodé era el sitio ideal para aquel príncipe napolitano que quiso ser otro Maquiavelo en Cuba.

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