Cuando leer es un drama

Hace unas semanas, una youtuber española —iluminada por el resplandor de un aro de luz que ya querría Platón en su caverna— lanzó la frase del año: “No sois mejores porque os guste leer, hay que superarlo”. Y claro, el país se estremeció. Los intelectuales de guardia se levantaron de su sillón chester con libro en mano (qué casualidad, justo estaban en la página 432 de un ensayo de Foucault) y corrieron a escribir columnas indignadas.

La escena fue digna de ópera: de un lado, los guardianes de la Cultura, armados de clásicos encuadernados en piel, defendiendo la lectura como quien defiende las murallas de Troya. Del otro, la influencer, despreocupada, con millones de seguidores y un mensaje sencillo: leer no te convierte en buena persona. Y entre los dos bandos, un país entero dividido: unos agitando El Quijote como arma arrojadiza y otros tuiteando frases motivacionales de Paulo Coelho sin haber abierto jamás el libro.

Ahora bien, conviene matizar. La youtuber, aunque aparentemente venía a dinamitar las bibliotecas, no andaba del todo equivocada. La historia nos recuerda que Hitler poseía más volúmenes que un club de lectura, Mussolini traducía a Nietzsche y Pol Pot no dedicaba su tiempo a leer manuales de autoayuda precisamente. Leer mucho no inmuniza contra la miseria moral: si acaso, la hace más sofisticada.

Pero tampoco conviene glorificar la ignorancia como si fuera un nuevo movimiento juvenil. Presumir de no leer delante de millones es como anunciar con orgullo que uno nunca se lava los dientes: será auténtico, sí, pero tampoco muy recomendable. “Si no lees no pasa nada; si lees, pasa mucho”, dicen en la redes que dijo Gandhi. Para Borges, “la lectura es una de las formas de la felicidad, y uno no le puede imponer a nadie la felicidad”. La lectura no garantiza la bondad, pero sí regala herramientas: sentido crítico, palabras con las que defenderse y, de paso, una excusa para no contestar WhatsApps durante la siesta.

La paradoja es deliciosa: los que leen se enfadan porque alguien dice que leer no salva, y los que no leen se sienten libres de toda sospecha moral por vivir sin libros. Y mientras unos escriben sesudos artículos titulados “Sin libros no hay civilización”, los otros acumulan “likes” diciendo “la vida es demasiado corta para leer a Proust”.

Quizá el problema no sea leer o no leer, sino lo que hacemos con ello. Porque lo cierto es que sin lectura no hay ciencia ni progreso (adiós a las vacunas, hola a las pseudoterapias), pero tampoco con ella garantizamos sociedades justas (basta ver los siglos de doctísimos ilustrados que no tuvieron reparo en colonizar medio planeta). El libro no es la salvación, pero sí la herramienta. Como el martillo: puedes clavar un cuadro o amenazar a un idiota con usarlo en su contra.

En fin, que tanto aspaviento por una frase de YouTube y al final todos tienen un poco de razón. Los libros no nos hacen santos, pero sin ellos seríamos presas fáciles de la manipulación y la mentira. Quizá la auténtica sabiduría esté en no convertir ni la lectura ni la ignorancia en dogma.

Lo triste es que el debate ya no es sobre libros, sino sobre likes. En un mundo que necesita más memoria que memes, la polémica sirve solo de entretenimiento: una excusa más para que unos se indignen en artículos de prensa y otros acumulen visitas en TikTok. Y mientras tanto, seguimos atrapados entre Shakespeare y los filtros de Instagram, entre Nietzsche y los tutoriales de “cómo hacer la tortilla perfecta en tres pasos”.

Así que, si de verdad hay que elegir entre leer a Proust o ver reels de gatitos, ya sabemos qué ganará. Porque al final, la única lectura que une a todos los bandos es la del subtítulo: “Video recomendado para ti”.

 


Imagen: La città che sale  (1910), de Umberto Boccioni.

1 comentario en “Cuando leer es un drama”

  1. Quizás es que ahora nos enteramos del porciento de analfabetos funcionales que inunda el planeta y de quienes lo alimentan , lo hacen crecer. Lo peor es que muchos creen que no lo son. Entre ellos los hay hasta supuestos escritores.

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