That is the dilemma that’s heightened for adopted children, yes. But it’s not unshared by the rest of us. There’s an ambivalence in every relationship. The ambivalence is what makes the relationship intense. You love, you hate. Growing up is a process of learning to accept that ambivalence.
Es como si el pecho se me hubiera llenado de aire y no supiera cómo botarlo para volver a tirar de los pulmones y expandirse una vez más. Leer pasa por el cuerpo, lo atraviesa, lo contrae, lo hiere, y luego lo entrega, como si nada, a quien quiera que le pertenezca. No es así siempre, aunque basta con que suceda una sola vez para que una quiera seguir leyendo, esperando ese abandono, el secuestro de esta vida asignada a dedo por otras, escogidas al ojo.
Tengo mala memoria. Muy mala, para ser justa. Olvido los nombres de los personajes, las tramas e incluso dónde, o cuál es, más o menos, la cadena de eventos que estructura un libro. Cuando alguien me pregunta qué estoy leyendo muchas veces no sé qué responder. Sin embargo, tengo una memoria-otra que tiene que ver con las sensaciones y los lugares que visito cuando leo, y que se quedan dentro de mí, tan reales como otros. Si pudiera escoger entre la una y la otra, escogería la primera, la memoria que señala las cosas, pero ya es muy tarde para hacer reclamos de ese tipo. ¿Para qué leer entonces? Todas esas horas en silencio frente a unas páginas saturadas en tinta. La única razón que he encontrado hasta ahora es la siguiente: Leer sólo me sirve para sentir, nunca para recordar. Eso parece bastar.
Porque quiero abrazar más largamente las Notes to John de Joan Didion, me siento aquí, en mi mesa de trabajo, y subrayo algunos fragmentos que habían quedado pendientes porque el ritmo de la lectura permitía pocas pausas. Repaso otra vez estos diálogos rotos, los desplazamientos de un yo liviano, el de Didion, alrededor del cual orbitan su esposo, John, su psiquiatra, el psiquiatra de su hija Quintana; entre miedos y dudas, cada quien cargando con las sombras de su pasado, perpetuando maneras de estar en este mundo que apenas se entiende. En eso, en el misterio que nos forma y deforma, tal vez todos seamos más o menos iguales.
Es un cuaderno no pensado para la publicación, incómodo de leer por su estructura, fragmentado y duro de tragar. Detrás de eso emerge siempre la pregunta acerca de si es ético o no publicar un texto no autorizado por su autora, sobre todo cuando se trata de algo tan personal como estas notas, resultado de los diálogos entre Didion y su psiquiatra. En ellas, los traumas de infancia, el alcoholismo de Quintana y la culpa parecieran tropezarse una y otra vez con un muro infranqueable que jamás se desdibuja. No es que Didion no hubiese escrito antes desde ese lugar, sino que no lo hizo, al menos no de esta manera, con estas notas íntimas, recuperadas de su archivo después de su muerte. Dejando eso a un lado, lo que yo siento es un texto nervioso, abrazado a la vida, espeso, y sí, raro también, como chueco, pero todavía andando.
El hecho de que el comienzo no sea tal, como lo sería en un relato con forma de relato, pensado para ser consumido en tanto que relato, y de que el final simplemente se desvanezca porque no hubo entradas nuevas le da una naturalidad especial al libro. Nos llega de ninguna parte para luego diluirse, como la respiración que no termina de acomodarse. A eso se suma una angustia difícil de ignorar: muchos de los lectores que llegamos a este cuaderno sabemos que pocos meses después de estas visitas médicas John y Quintana morirán, que el 11 de septiembre dividirá al mundo en un antes y un después, y que Joan escribirá, más tarde, dos libros extraordinarios sobre el esposo y la hija de cuya ausencia escribe: El año del pensamiento mágico (2005) y Noches azules (2011). Leerlo ahora, o leerlo a secas, es quedarse en la suspensión que sucede a la palabra escrita cuando lo leído se convierte en prueba y evidencia de que algo, de quien escribió o de quien lee, todavía sigue vivo.




