Citario. Deriva del latín «citāre» (citar) más el sufijo «-ārium» (repositorio), similar a «bestiario». Neologismo del siglo XXI, surgió entre los eruditos hispanohablantes de Bookish & Co., con raíces en antologías antiguas y florilegios. «Citario» se relaciona con libros medievales de lugares comunes (como de Erasmo) y proto-ejemplos del XIX, como «Familiar Quotations». Este «Citario de La Habana» celebra la ciudad que alguna vez fue y que persiste como sedimento verbal, más fiel a sus palabras que a sus ruinas.
Recuerdo los carnavales habaneros como un estallido de violencia y lujuria. En las noches húmedas nuestras humedades reafirmándonos frente al miedo y las carencias.
A pesar de las estrictas medidas de seguridad, los miles de policías y las recogidas de indeseables, el volcán erupcionaba y lanzaba ríos de ardiente saliva, sangre y semen sobre la angustiada ciudad.
Por unas noches, algo parecido a la libertad se paseaba entre las multitudes desenfrenadas.
Era como internarse en las tripas, en los sistemas reproductivo y digestivo de la ciudad. Sus ácidos jugos, su cremosa mierda. Las muchedumbres, divididas en dos bandos reconocibles: los pepillos y los guaposos o matones. Los pepillos vestidos a la moda, pantalones campana, melenas, vaqueros ajustadísimos; los guaposos con sus camisetillas, sus collares religiosos, sus cortes de pelo de patillas afiladas y rasantes y sus pantalones tipo batahola, es decir tan anchos que parecían figuras del teatro japonés de la cintura para abajo.
La música atronaba y las orquestas encaramadas en las carrozas que a pesar de tener nombres de batallas y héroes revolucionario seguían hablando de tiempos de abundancia, alegrías y excesos. Las comparsas arrollaban entre ríos de sudor. Las pipas de cerveza no daban abasto, el suelo apestaba a orines, eyaculaciones, ron y sangre.
A cada rato estallaba una pelea en el oleaje de cabezas y cuerpos en movimiento.
Los guaposos alcanzaban rango y notoriedad en sus clanes cortando a los danzantes que seguían a las carrozas. Para ello usaban navajas de barbero extremadamente afiladas que abrían las ropas y la carne sin que el agredido se percatara del ataque. Solo cuando sentía el fluir de la sangre y comenzaban los primeros escozores se daba cuenta de que estaba herido.
Juan Abreu, Debajo de la mesa. Memorias (Editores Argentinos, Buenos Aires, 2016)
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La primera mañana fui a la casa de Lezama Lima. Sucedió un poco por casualidad: salí a caminar para ver la ciudad, y como no hay mucho que ver porque todo está en ruinas, todo es sucio y sórdido y uno trata de pasar de largo lo más rápido que pueda, dejé atrás la Habana Vieja, de pronto estaba en Prado y se me ocurrió que la calle Trocadero no debía de estar lejos. Le pregunté a alguien, y aunque me dijo cualquier disparate (bienintencionado), la encontré, a unos pocos pasos. La dirección la sabía de memoria desde chico: Trocadero 162. Pues bien, tomé por ese pasadizo mitológico, esa vía regia que ahora es una callecita rota, con charcos y montones de basura y viejos sentados en los umbrales fumando cigarros malolientes. Un cartel en el 162 indicaba que era la Casa Museo de Lezama Lima. Estuve husmeando un momento por los postigos entreabiertos, sin mucha esperanza de entrar; eran las diez de la mañana y todo se veía muerto. La casa donde vivió Lezama es un departamento de planta baja, uno de dos perfectamente simétricos; el edificio tiene cuatro o cinco pisos. Parece una construcción del primer cuarto de siglo.
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Sobre platos o estuches no se practica la pintura realista sino la fantasía oriental o rococó, o la fantasía a secas. Y lo exótico tiene una relación intrínseca con su relato, con las historias adheridas a la distancia: la participación del lenguaje desvirtúa el carácter propio de la imagen. Es como si la imagen propiamente dicha se diera siempre en tamaño natural. Por ejemplo La Habana para mí en estos días, cuando se alza ante mis ojos en su realidad perceptible. Pasada por la memoria, la imagen se vuelve miniatura y exotismo. Debe de ser por ese estadio previo en que la vivo que La Habana es tan desalentadora: ruinosa, gastada, llena de turistas, con esa tristísima música alegre sonando por todas partes.
César Aira, Sobre el arte contemporáneo / En La Habana (Penguin Random House / Literatura, Barcelona, 2016)
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Cruzamos Inmigración y la revisión de Aduana. Me pusieron el sello de salida en el pasaporte, iban a dejarme ir. La Habana quedaba atrás. Después de haberse situado por delante, dibujada en el aire con el carbón del delirio; y después de habernos movido a la par, como falsos cuerpos idénticos, en ese lugar definitivo había encallado la ciudad. Pero ¿atrás de qué? ¿Atrás de la vida, quizá? En ningún mapa del tiempo, en ninguna de las rutas futuras, ni siquiera en los planes de fuga o huida, aparecía de nuevo La Habana como lo que había sido alguna vez: una promesa de rescate, una tentación o un hallazgo íntimo. Se trataba de un sitio precariamente dispuesto entre la bruma de la melancolía y la trampa de la indiferencia. Solo la línea de sal de su asfixiante situación política, lo que en otro momento habría degenerado en asco o desprecio, hacía que La Habana adquiriera todavía algún sentido para mí. Uno contingente y frágil, pero sentido al fin, el de la justicia pospuesta.
Carlos Manuel Álvarez, Los intrusos (Editorial Anagrama, Col. Crónicas, Barcelona, 2023)
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Inglaterra arma su flota. Esta vez no cometerá el error de embestir contra Cartagena, cuyas fortalezas ahora tiene por inexpugnables, sino que piensa en La Habana. El gobernador de Cuba hace cuanto puede por enderezar fuertes y murallas, pero cuando Sir George Pockoc asoma con sus naves, las esperanzas de resistir son casi nulas. Mujeres, niños, viejos, en precipitada romería, se van al interior de la isla. Adentro de la plaza no hay sino unos cinco mil hombres, y Pockoc tiene, para dar el asalto, 12000 infantes que ha traído de Inglaterra, 3000 que le envían Nueva York y de Jamaica, 4 000 negros y 15 000 marinos. Es más o menos la misma proporción que se tuvo cuando el sitio de Cartagena, con esta diferencia: Que aquí el almirante Pockoc y el general Albemarle se entienden, y que las defensas de La Habana no son como las de Tierra Firme. El sitio se prolonga por espacio de sesenta y siete días, por heroísmo de los sitiados. Los defensores del castillo del Morro hacen prodigios de valor. Pero al fin entra el inglés, y esta vez con el ánimo de quedarse en la isla. En 28 naves, salen camino de España, mediante una graciosa capitulación, los novecientos soldados y oficiales que sobreviven a la catástrofe y piden su regreso a la madre patria. El botín se calcula en 736 000 libras, de las cuales se hace un alegre reparto en que los generales quedan un poco mejor que los de la tropa.
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Y comienza el dominio inglés en La Habana. El pueblo, al principio, se resiste. El Cabildo se niega a jurar obediencia al nuevo rey, con estas palabras del presidente: «Milord: somos españoles y no podemos ser ingleses: disponed de nuestros bienes, sacrificad nuestras vidas antes que exigirnos juramento de vasallaje a un príncipe para nosotros extranjero…» Las señoras firman un manifiesto a la corte de Madrid considerando que la rendición de la ciudad fue cobardía del gobernador: El obispo se niega a entregar a Albemarle las listas de los clérigos, con relaciones de sus beneficios, y a darle una iglesia para que los protestantes celebren su culto. Albemarle va arreglando estas diferencias con mano firme, y a veces con tacto.
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Pero, de otra parte, Cuba conoce de repente «todas las mieles de la libertad mercantil». En diez meses que dura la ocupación inglesa, entran al puerto de La Habana cerca de mil embarcaciones: antes, al año, sólo llegaban seis. Las tiendas se llenan de mercancías que nunca se habían visto. Da gusto ir al comercio, en donde el movimiento parece una fiesta continua, y corre a chorros el dinero. Da gusto, en el atracadero, ver cómo sudan los negros descargando naves. La agricultura renace con elementos que todos los días llegan de Inglaterra. La compañía de comercio que fundaron las vascos es la que primero sufre la acometida de los invasores. Sobre los despojos de su extinguido monopolio, hierve ahora el comercio libre, y los negocios se multiplican. Es una lección que los cubanos nunca olvidarán.
Germán Arciniegas, Biografía del Caribe (1944; citado de Editorial Porrúa, México, 2014)
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En 1960 fui a La Habana. El 26 de julio Fidel Castro pronunciaba un enorme discurso y necesitaba público para llenar la Plaza de la Revolución. A nosotros, más de mil jóvenes, nos metieron en un tren cañero y llegamos a La Habana después de un viaje que duró más de tres días.
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Llegamos a La Habana. Me fascinó la ciudad; una ciudad, por primera vez en mi vida; una ciudad donde nadie se conocía, donde uno podía perderse, donde hasta cierto punto a nadie le importaba quién fuera quién. Nos alojamos en el hotel Habana Libre, es decir, el hotel Habana Hilton, súbitamente convertido en hotel Habana Libre. Dormíamos seis o siete jóvenes en cada habitación.
Desde luego, las «locas» de La Habana se dieron banquete con aquellos becados, que llevábamos como seis meses sin tener ninguna relación sexual y que de repente llegábamos al centro mismo de La Habana.
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El caso es que aquel primer viaje a La Habana fue mi primer contacto con otro mundo; un mundo hasta cierto punto multitudinario, inmenso, fascinante. Yo sentí que aquella ciudad era mi ciudad y que de alguna manera tenía que arreglármelas para volver a ella. De todos modos, en el poco tiempo que estuvimos allí, nuestra función fue desfilar y desde luego, desfilamos frente a la Plaza de la Revolución durante todo un día; aplaudiendo, coreando las consignas típicas del momento, entusiasmados hasta cierto punto.
Reinaldo Arenas, Antes que anochezca (Tusquets Editores, Barcelona, 1992)
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Del Hotel Rosita de Hornedo nos cambiamos a un departamento que estaba en el Vedado, exactamente a la vuelta de una de las grandes cafeterías de La Habana, El Carmelo, famosa por sus mantecados. La entrada a El Carmelo era muy grata, se quedaba uno embriagado con el aroma a tabaco que impregnaba todo el salón. Yo iba a comprar pan de ajo y de cebolla y algunas latas de chorizo de cantimpalo, que cada dos o tres meses traía al puerto de El Morro un hermoso barco, el carguero español Covadonga, que era de color blanco y negro.
Posteriormente a los días de la invasión, comenzó a escasear casi todo. Sara cocinaba con la exquisita manteca que venía de regalo en las latas de chorizo; para nosotros era un manjar cocinar con aquella manteca que era aprovechada gota por gota. Cuando eso se acabó, porque tenía que llegar ese día, no nos quedó más remedio que entrarle a la manteca rusa, que traía de cabeza a todas las amas de casa cubanas. Pronto el sabor de la comida cubana cambió por la manteca rusa: el fricasé de pollo, los chatinos, los petit-pois y el boniato ya no eran lo mismo. El único refresco que se podía tomar era la Materba. Había un anuncio muy cruel que decía: «Todos en Cuba toman Materba, Materba fría es bien digestiva». Otro anuncio de la radio era: «Ese buchito de las tres de la tarde, que sea café Pilón». Todos los días Sara escuchaba las canciones de Barbarito Díez. Cuando ya Orso no pudo ir a Ciudad Libertad, lo mandé a tomar un «cursillo» con una vieja mulata que cocinaba y planchaba la ropa al mismo tiempo que les daba clases a unos niños.
Sara se llenó de pánico cuando se enteró de que no había jabón. Tuvimos que peinar todas las tiendas de la zona en busca de uno, no importaba su costo, lo que queríamos era tener jabón. (1961)
Orso Arreola, El último juglar. Memorias de Juan José Arreola (Editorial Diana, México, 1998)
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Gracias a su situación geográfica y a la magnífica bahía junto a la cual se había instalado, La Habana llegó a ser el punto obligado de reunión de los barcos españoles que hacían el tráfico comercial con las colonias americanas. Promovida a capital de la isla en 1603 (hasta esa fecha lo había sido Santiago de Cuba), tendría el privilegio de ser por muchos años el único puerto cubano autorizado a comerciar con España. Su continuo desarrollo —demográfico, económico, militar, urbano, administrativo— había creado las condiciones para que se extendiera la agricultura y la cría de ganado y aves de corral, se aumentara el número de fortificaciones, surgiera una activa industria naval y se garantizara la abundancia de agua por medio de un acueducto que conectaba a la ciudad con un río cercano llamado La Chorrera (hoy Almendares). A finales del siglo XVI no había en toda la isla un lugar más apropiado para la fundación de la manufactura de azúcar, ya iniciada en La Española hacía unas décadas.
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Debido al fracaso de las conspiraciones y a la bonanza económica, la idea de la independencia era casi impensable en La Habana de 1830. Beneficiada primero por el tabaco y después por el azúcar y el café, y conseguida ya la libertad de comercio, la ciudad era uno de los puertos más activos de América. Visitada ya por el turismo internacional, consumía hielo importado de Estados Unidos, cerveza inglesa, jamones de Westfalia, vinos de España, óperas de Italia y modas de París. Las especulaciones, los pleitos jurídicos, el juego y el derroche, hacían y deshacían fortunas de la noche a la mañana.
Antonio Benítez Rojo, Archivo de los pueblos del mar (Ediciones Callejón, San Juan, 2010)
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Era la primera vez que subía una escalera: en el pueblo había muy pocas casas que tuvieran más de un piso y las que lo tenían eran inaccesibles. Este es mi recuerdo inaugural de La Habana: ir subiendo unas escaleras con escalones de mármol. Hay la memoria intermedia de la estación de ómnibus y el mercado del frente, la Plaza del Vapor, arcadas ambas, colmadas de columnas, pero en el pueblo también había portales. Así mi verdadero primer recuerdo habanero es esta escalera lujosa que se hace oscura en el primer piso (tanto que no registro el primer piso, sólo la escalera que tuerce una vez más después del descanso) para abrirse, luego de una voluta barroca, al segundo piso, a una luz diferente, filtrada, casi malva, y a un espectáculo inusitado. Enfrente (para este momento mi familia había desaparecido ante mi asombro) un pasillo largo, un túnel estrecho, un corredor como no había visto nunca antes, al que se abrían muchas puertas, perennemente abiertas, pero no se veían los cuartos, el interior oculto por unas cortinas que dejaban un espacio, largo, arriba y otro tramo, corto, abajo. El aire movía los telones de distintos colores que no dejaban ver las funciones domésticas: aunque era pleno verano, temprano en la mañana había fresco y una corriente venía del interno. El tiempo se detuvo ante aquella visión: con mi acceso a la casa marcada Zulueta 408 había dado un paso trascendental en mi vida: había dejado la niñez para entrar en la adolescencia.
Guillermo Cabrera Infante, La Habana para un infante difunto (Editorial Seix Barral, Barcelona, 1979)
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Humboldt se quejaba, en su tiempo, del mal trazado de las calles habaneras. Pero llega uno a preguntarse, hoy, si no se ocultaba una gran sabiduría en ese mal trazado que aún parece dictado por la necesidad primordial —tropical— de jugar al escondite con el sol, burlándole superficies, arrancándole sombras, huyendo de sus tórridos anuncios de crepúsculos, con una ingeniosa multiplicación de aquellas esquinas de fraile que tanto se siguen cotizando, aun ahora, en la vieja ciudad de lo que fuera intramuros hasta comienzos del siglo. Hubo además, mucho embadurno —en azafrán oscuro, azul sepia, castaños claros, verdes de oliva— hasta los comienzos de este siglo… Mal trazadas estarían, acaso, las calles de La Habana visitadas por Humboldt. Pero las que nos quedan, con todo y mal trazadas como pudieron estar, nos brindan una impresión de paz y de frescor que difícilmente hallaríamos en donde los urbanistas conscientes ejercieron su ciencia.
La vieja ciudad antaño llamada de intramuros es ciudad de sombras, hecha para la explotación de las sombras —sombra, ella misma, cuando se la piensa en contraste con todo lo que le fue germinando, creciendo, hacia el oeste, desde los comienzos de este siglo, en que la superposición de estilos, la innovación de estilos, buenos y malos, más malos que buenos, fueron creando a La Habana ese estilo sin estilo que a la larga, por proceso de simbiosis, de amalgama, se erige en un barroquismo peculiar que hace las veces de estilo, inscribiéndose en la historia de los comportamientos urbanísticos. Porque, poco a poco, de lo abigarrado, de lo entremezclado, de lo encajado entre realidades distintas, han ido surgiendo las constantes de un empaque general que distingue a La Habana de otras ciudades del continente.
Alejo Carpentier, «La ciudad de las columnas» (Ensayos, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1984)
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Nuestro hombre en La Habana hace bascular el compromiso social con el sexo, espionaje con lujuria, y percibe La Habana como un espacio donde la gente llega a sentirse importante. Cualquier turista sale de allí como empresario de música, editor, curator de una exposición de artistas afrocubanos, iniciado sacerdote de lfá, amado hasta el delirio por una adolescente hermosa, «amigo de sus amigos» (esa frase absurda), traficante de reliquias o de cuadros revalorizados de Sorolla, experto en la revolución mundial…
En Greene, por su parte, La Habana que apunta al futuro es también una Habana en la que el tiempo se detiene. La hora británica del té es sustituida por la hora cubana del daiquiri, la hora de leer la prensa de la mañana, de tomar el cóctel, de adquirir la noción de los minutos. El cóctel, precisamente, marca el ritmo de estas intrigas, y como sabe un buen barman, todo depende de la destreza en la mezcla, la precisión del batido, la esgrima exacta de la coctelera, el ritmo de los hielos empuñados por los camareros.
Iván de la Nuez, «Cadillacs en la utopía» (Fantasía roja. Los intelectuales de izquierdas y la revolución cubana, Random House Mondadori / Debate, Barcelona 2006)
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¿Cómo diré mi impresión de las primeras calles de La Habana, mientras íbamos, charlando, hacia el hotel, en un auto español nuevo, es decir distinto de cuantos nos rodeaban? Me pareció un aire limpio y un mundo pobre. Y más. Todo parecía arrasado, desolado, como si hubiese habido una guerra —diría yo— pocos meses antes. Hacía sol y calor —Camus decía que al sol todo es menos pobre— pero aquello no parecía un mundo luminoso. Pocos coches y casi todos viejos, modelos norteamericanos de los años 50. Bastantes bicicletas. Luego creo que ha habido más. La gente —su vestido, aunque veraniego— tiene un aire corriente, como se dice en España. Eso quiere decir, en realidad (y otra vez brota la palabra) escasez y pobreza. Ello apenas podrá desdecirse. Nadie lo puede negar
Luis Antonio de Villena, «Precisiones y recuerdos —crítica y elogio— de mi viaje a La Habana» (Revista Encuentro de la Cultura Cubana, nro. 10, Madrid, otoño 1998)
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La Habana Vieja, con su casco histórico, sus plazas, sus fortalezas, su catedral, debía ser el principal centro de atracción turística de la ciudad, pero entonces era apenas el destino de unos cuantos turistas audaces. En cuanto a la gastronomía, su condición era tan desértica como en el resto del país. Si acaso unos pocos restaurantes en dólares en donde no podríamos entrar aunque dispusiéramos de moneda dura, porque su mera posesión era ilegal y punible. Y aunque no lo fuese: de conseguir algún dólar en esos días, no cometerías la extravagancia de comer en un restaurante. Con lo que costaba un café en sitios así podías comprar una semana de comida en el mercado negro.
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Mi verdadera suerte en lo que respecta al asunto del almuerzo fue descubrir que en la calle Muralla, a unas diez cuadras de donde trabajaba, existía un comedor para los trabajadores de varias instituciones estatales de los alrededores. Una de ellas era el Museo de Historia de la Ciencia, al que fueron a parar casi todos los historiadores de la graduación que siguió a la mía, varios de los cuales eran amigos míos. La solución es sencilla: los primeros días ellos me pasan como parte del grupo para que los custodios del lugar se familiaricen con mi rostro. Al rato ya soy como de la casa y puedo ir sin mis amigos a comer los frijoles colorados aguados y un poco arroz que, gracias a no tener la amplitud de experiencias del historiador de la ciudad, me saben a gloria.
Viajar, ese es el problema. Nada más poner un pie en el Mundo Exterior, la Gran Preocupación en lo que a la comida respecta consiste en contenerte. Pero con la experiencia acumulada se te hace insoportable la mera idea de dejar comida en el plato. No comes para saciarte, sino para evitar el mínimo desperdicio. En Cuba pesaba quince o veinte kilos menos de mi peso ideal, mientras que afuera he llegado a pesar hasta cuarenta kilos por encima de este: buena parte de esos kilos los obtuve gracias a la comida que no me atrevía a tirar luego de haberme saciado.
Lo dicho: mi actual obesidad está compuesta de mala conciencia y buena memoria.
Enrique del Risco, Nuestra hambre en La Habana (Plataforma Editorial, Barcelona, 2022)
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El lobby del Meliá no se comprara con el de los fabulosos Riviera, Capri y Deauville, ni siquiera con el de cualquier motel barato de Sunset Boulevard. El Moctezuma de la Calle Ocho, por la época en que yo lo frecuentaba, en los noventa, es el único equivalente que le encuentro a ese lugarejo. Por todas partes hay personas brutales, bebiendo y hablando alto.
En los pasillos del segundo piso han encasquetado una galería de arte.
En casa de una pariente conocí a una perra que amamantaba a un gato. La perra era vieja cuando el gato llegó, y entonces comenzó a dar leche. Los dueños me hicieron el cuento como si se tratara de la cosa más natural del mundo. A mí me pareció una señal del fin de los tiempos o, por lo menos, del fin de la capacidad de espanto en el país.
Recorro la galería del Cohiba. El arte cubano es como la perra que amamanta a un gato. La arpía del castrismo se le prendió de las tetas y lo obliga a producir leche negra. Pienso que, posiblemente, todo terminara con La jungla, de Wifredo Lam, o con La anunciación, de Antonia Eiriz. Lo demás es sobreproducción, las ubres magras de una nación que pare artistas por agotamiento.
No obstante, Cuba es un país de artistas, es decir, de «inventores», una nación de trepadores. Pero el verdadero arte no debe darse, no puede entregarse irrestrictamente a todos los seres. Hay un exceso que es maldición, una superproducción que es leche de brujas.
Néstor Díaz de Villegas, De dónde son los gusanos. Crónica de un regreso a Cuba (Penguin Random House / Vintage Español, New York, 2019)
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Durante el siglo XIX, a partir de la calle Zanja y la calle Dragones, comenzó la expansión de los inmigrantes chinos en Centro Habana. Alcanzaron a ser doscientos cincuenta mil antes de la Revolución y tras ella llegaron otros por motivos políticos. Hoy apenas queda un pasaje peatonal con restaurantes, un gueto diminuto por el que deambulan una decena de chinos como dueños de casa. Las calles aledañas se han ido descascarando hasta perder casi del todo esos revestimientos fantasiosos de los orientales. Salvo las islas rescatadas por Eusebio, el historiador de la ciudad, lo mismo ha ocurrido a lo largo y ancho de La Habana. Es una capital en ruinas, y con la belleza propia de las ruinas. Los edificios de Centro Habana tienen más o menos la misma altura y fachada continua. A veces galerías con columnas dóricas y corintias, y arcos en los que se mezclan estilos, alguna vez coloridos, hoy enteramente despintados. El tiempo mordió el material de estas construcciones, y han dejado asomar sus esqueletos de fierro, como cuerpos con lepra. Por esas veredas corren niños descalzos, pasan jóvenes negros con muy variados cortes de pelo y gorras; un Bronx caribeño, con poca ropa y poco miedo a la violencia. La Habana debe ser una de las ciudades más seguras del mundo. Su gente vive de la puerta para afuera, porque adentro hace mucho calor y no corre el aire. Los hombres conversan tomando cerveza apoyados en las columnas, o sentados en gradas, o directamente en sillas que sacan a la vereda, frente a la entrada de sus casas. No pasan muchos autos, y por algunas calles verdaderamente pocos, de manera que los niños las invaden persiguiendo pelotas viejas o aparatos cacharrientos. Los artefactos de la modernidad rara vez se dejan ver por ese barrio. Algunos de los departamentos son grandes, pero jamás lujosos. Casi no tienen muebles, y en la mayoría de ellos se vive a la usanza de las poblaciones cuando no de los campamentos, ignorando del todo la historia del inmueble, como los gatos en el Partenón. Los ex salones sirven de colgaderos de ropa, algunos han pintado los frisos de distintos colores y reemplazado las baldosas de cerámica con dibujos extraordinarios, hechos a mano, por suelos plásticos, «más fáciles de limpiar».
Patricio Fernández, Cuba: Viaje al fin de la Revolución (Penguin Random House / Debate, Barcelona, 2019)
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Eusebio Leal es la última victrola que quedó en pie cuando cerraron los bares del puerto de La Habana. Acerca de su ejecutoria como restaurador de la ciudad las opiniones se dividen: están los que lo acusan de construir una Disneylandia a la memoria de Cecilia Valdés, y los que avistan cuán peor estaría La Habana Vieja si él no le hubiera metido mano. De este último punto saltan a compararlo con las autoridades militares del país. Su ventaja es la de quien, dentro de una banda de facinerosos [sic], alcanzó estudios de secundaria. Por descontado que es quien mejor habla de toda la banda. Esto pronunció él en 2014, refiriéndose no solo a sus predios de La Habana Vieja, sino a la capital toda: «La ciudad está intacta, venida a menos a veces, pero cuando se rasga el velo de esa aparente decadencia, aparece su esplendor en cualquier edificio, en cualquier sitio. Lo que hay que tener es ojos para ver la maravilla y un corazón que nunca desmaye». Es decir, que lo que le falta a los moradores de las casas habaneras en peligro de derrumbe y a los almacenados en albergues estatales es esa clase de ojos de los que habla Leal, así como un corazón incansable. La Habana es, en el fondo, un problema oftalmológico y cardíaco. Resuelto ese doble problemita, todos aquellos a quienes se les haya desplomado el techo (y continúen con vida) serán capaces de apreciar lo intacta que se encuentra la ciudad. Cosa muy distinta es su gente, y el Historiador de La Habana se queja: «Hay que cuidar el ornato de la ciudad, su limpieza, su decoro. ¿Cómo es posible salir a la calle en camiseta?». Según él, la ciudad está intacta pero los habaneros no, y no hay ojo de ninguna clase ni corazón a trote continuo que logre sacar de un ente en camiseta al habanero intacto de siempre.
Fermín Gabor, «Diccionario de la lengua suelta» (La lengua suelta, Editorial Renacimiento, Sevilla, 2020)
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Santos Suárez era un barrio que nunca había tenido un gran empaque residencial, pero sí un halo de tenue desahogo y cordialidad. De esas viejas virtudes la zona conservaba algo aún, a pesar del deterioro general que predominaba en la capital desde años antes. Muchos otros barrios de la ciudad estaban semiderruidos, a consecuencia de que nunca se reparaban ni remplazaban los incontables componentes del ambiente urbano que se rompían o se desgastaban. Pero los inmuebles de Santos Suárez parecían de construcción más reciente y no se veían tan mal, la verdad. No imperaba el desgaste abismal ni la suciedad callejera que proliferaban en el centro de La Habana, donde yo vivía.
Reinaldo García Ramos, Cuerpos al borde de una isla. Mi salida de Cuba por el Mariel (Editorial Silueta, Miami, 2010)
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[Febrero 28] Pero también hay una Habana que me asoma. Esa Habana de las visitas a las Iglesias por la tarde. (Y creo que esto sea uno de nuestros relieves más habaneros); esas iglesias sumergidas en el ruido de los claxons, entre el oleaje de sus claroscuros; y, allí ese rostro lastimoso –otra vez esa ternura seca de que hablaba como intuición de nuestros personajes– de la frustración cubana.
Lorenzo García Vega, Rostros del reverso (Monte Ávila Editores, Caracas, 1977)
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Todavía en 1919 Cuba disfrutaba de la bonanza económica asociada a la Primera Guerra Mundial y los altos precios del azúcar. La llamada «Danza de los Millones» benefició sobre todo a la burguesía azucarera, los comerciantes y los grandes colonos, pero la derrama económica fue general. «El azúcar era un nuevo diamante —resume Robert Desnos en una crónica habanera—, y todos, desde el colono y el dueño de ingenio, hasta el humilde cortador de caña, conocieron la ilusión de la riqueza. Me contaron que ciertos estibadores de la Habana descargaban, por aquellos tiempos, fardos de camisas de seda y sacos de joyas».
Con casi 364,000 habitantes, La Habana empezaba a convertirse en una de las grandes ciudades modernas del continente, llena de tranvías, automóviles, teléfonos y cines. Atraídos por el bienestar o huyendo de la Ley Seca, a la isla llegaban cada vez más emigrantes y turistas. En los numerosos locales, el foxtrot y el one step convivían con sones y bailes criollos.
La geografía de la capital también se fue modificando. En enero de 1920 Menocal inauguró el nuevo Palacio Presidencial, de estilo ecléctico, situado frente al mar. Su construcción había durado casi una década: cuando al fin fue estrenado, la Habana Vieja comenzaba a ceder su alcurnia decimonónica a otros barrios más exclusivos. El Vedado, juzgado «vacío y advenedizo» por los más tradicionalistas, se llenaba de palacetes y residencias para la mediana burguesía, así que la elite comenzó a desplazarse hacia Miramar o, como se le llamaba entonces, la «playa de Marianao». La arquitectura abandonaba el estilo colonial para incorporar otras formas y espacios acordes con los nuevos modos de vida: viviendas alejadas de la calle con jardines enrejados y sin patio central, con un hall que enlazaba las distintas piezas. Se incorporaban zonas para los nuevos modos de ostentación, incluidos salones decorados al estilo Luis XV o Luis XVI, así como piscinas y áreas para deportes. La alta burguesía vivía cómodamente, a la americana, pero en sus gustos y gastos presumía de europea.
Ernesto Hernández Busto, José Lezama Lima: una biografía. Años de formación 1910-1939 (Editorial Pre-Textos, Valencia, 2025)
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La Habana puede demostrar que es fiel a ese estilo y al estilo que perfila una raza. Sus fidelidades están en pie. Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía un ritmo. Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico. Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones. Tiene un destino y un ritmo. Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo. Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.
Ese ritmo —invariable lección desde las constelaciones pitagóricas—, nace de proporciones y medidas. La Habana conserva todavía la medida del hombre. El hombre le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible. Esa clásica y clara medida del hombre la lleva a abominar de la vida nocturna. La Habana, venturosamente, después de las doce de la noche, cierra su flor y sus curiosidades. Frase de los Evangelios: El que anda de día no tropieza, porque lo alumbra la luz del sol. Mas el que anda de noche, tropieza, porque lo alumbra la luz de la luna. La luz matinal y la de los crepúsculos es el juego de luces de La Habana. La luna fría nos viene al pecho y allí araña y retira.
José Lezama Lima, “Sucesiva o coordenadas habaneras” (1958; citado de Tratados en La Habana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2009)
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Salimos del muelle por una puertecilla de hierro y seguimos nuestro camino por algunas calles estrechas y poco limpias, en donde algunos hombres, que no se hallaban en mejor estado que las calles, en lo que toca a limpieza, descargaban tasajo de unos carros mientras que otros los volvían a cargar de azúcar.
Desde a bordo del bergantín nos pareció La Habana más hermosa, más bella, aunque desde allí se había desvanecido ya nuestra ilusión de hallar bosques de palmeras y ver danzar, cerca de las orillas, las tribus de indios cargados de plumas y de oro. Los grandes almacenes que ahora veíamos con el suelo grasiento, pringoso, con las paredes sucias, húmedas, llenas de negras telarañas, con sacos y cajas apiladas hasta el techo, del cual pendían cuerdas de henequén, jamones, cubos, ganchos en apiñada confusión; esos almacenes hondos, oscuros, iluminados allá en el fondo por una débil claridad azulosa que parecía luz crepuscular a mediodía, nos llenaban de tristeza profunda.
Llegamos a un bonito parquecillo en el centro del cual alzábase una estatua de mármol blanco rodeada de jardines repletos de plantas de pintorreadas hojas y coposos árboles alineados tras los largos asientos de piedra, que también circuían aquel parque, en los cuales dormían, a pierna suelta, muchos desarrapados.
—Esta es la Plaza de Armas —nos advirtió Domingo—. Allí, en ese palacio, reside la primera autoridad de la isla de Cuba.
Ramón Meza, Mi tío el empleado (1886; tomado de la edición de la Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2010)
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Lo sé, el diario de viaje no es mi fuerte. Y sin embargo, siempre trato de engañarme: uso infinitas razones, o por lo menos infinitos razonamientos, que no es igual, para convencerme de que esta vez sí. Cuba —me digo— no es lo mismo que Roma o que París, sobre los que ya se ha dicho todo. Y es cierto. En Cuba, tan aparentemente atrasada como cualquier país hispanoamericano, todo es nuevo, el espíritu diferente, las cosas tienen otro sentido; y el mar, el mar también es nuevo, éste del Caribe, del que irradia desde hace cinco siglos la actual historia de este continente, como desde el viejo Mediterráneo irradió hace miles de años la antigua y algo gastada historia del mundo viejo.
Augusto Monterroso, «Negación para un género» (La letra e, Ediciones Era, México, 1987)
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La mañana era suave y húmeda, justo al borde del verano. En el Parque Central de La Habana, una asamblea cotidiana de viejos discutía con pasión minucias de la historia de los Yankees y los Red Sox, y la probabilidad de que los Industriales de La Habana barrieran a los advenedizos de Camagüey en la serie nacional. La mascota del béisbol habanero —un perro salchicha gordo y apacible, con camiseta de béisbol, gafas de sol y un gorro de pescador griego— era llevada cada tarde a un sitio cercano al mercado de baratijas para tomarse fotos. Y por todas partes los muchachos jugaban béisbol. Jugaban en el estacionamiento del Estadio Latinoamericano, casa de los dos equipos de La Habana, los Industriales y los Metropolitanos; y a lo largo del muro del Malecón, observados por las jóvenes prostitutas estiradas que suelen alinearse allí a fumar; y en el denso centro de La Habana Vieja, allí donde algún edificio había terminado por completar su paulatino y melodramático derrumbe, abriendo apenas el espacio suficiente para improvisar un juego. Cada vez que entraba o salía de mi hotel, había un grupo de muchachos en la calle, esquivando baches tan grandes como palanganas, y tanto si era el brillo temprano de la mañana como la semipenumbra al final del día, siempre estaban en plena partida.
Susan Orlean, «Diamantes en bruto» (My Kind of Place. Travel Stories From A Womam Who’s Been Everywhere, Random House, New York, 2004; revisión de la traducción: MHM)
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Mi conducta extraña en La Habana en enero de hace dos años, impresionado por mi encuentro con Virgilio Piñera. Le llevé una carta de Pepe Bianco. V. P. vino a verme al hotel, un hombre magro, lúcido, al que yo admiro mucho. Me dijo: «Vamos al jardín, acá adentro está lleno de micrófonos.» Al aire libre me dijo rápidamente que estaba siendo hostigado por la policía política, lo habían aislado, no tenía trabajo, lo espiaban, etc. Una persona frágil, amable, muy educada, a la que sólo le interesa la literatura pero que aceptó con alegría la revolución y no se exilió. ¿Por qué es perseguido? «Porque soy invertido», dijo él con una sonrisa, recurriendo a un término de la vieja escuela. El invertido, el inverso, el que está dado vuelta. Les parece un peligro político, ésos son los delirios que generan los que se creen imbuidos por la historia de una verdad política. Después pedí en la Casa de las Américas el libro de cuentos Así en la paz como en la guerra de G. Cabrera Infante. Hubo vacilación, rodeos, pero seguramente prefirieron evitar un escándalo si me negaban el acceso a un libro editado por la Revolución. Bajamos una escalera que no terminaba nunca de hundirse en las entrañas de la tierra y al fin, allá abajo, encontraron el libro y me lo dieron con mirada sigilosa y reprobatoria. En la biblioteca de la Casa de las Américas había un cuaderno colgado de un armario con un lápiz incluido. Allí debían anotar su nombre y sus datos los que quisieran leer Tres tristes tigres, la novela de G.C.I. editada en España en 1967. Muchos lectores corrieron el riesgo de dar la cara para poder leer una novela que admiraban. Imagino que todo eso, aparte de las discusiones y los encuentros, me llevó a un estado de gran excitación nerviosa que me duró hasta el fin de mi estadía en Cuba. Se trató de la presencia brutal de una realidad para la que no estaba preparado. Me caí de la mata, como dicen los cubanos.
Ricardo Piglia, «Diario 1970» (Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices, Editorial Anagrama, Barcelona, 2016)
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(Calle Obispo, Habana Vieja)
Es mi calle. Si uno tiene propiedad sobre una calle aun sin tener negocio o casa en ella, sin tener tampoco en ella casa de amor o amigo, Obispo es de mi propiedad. En una enciclopedia de principios de siglo descubrí una vieja fotografía suya: la calle de comercios y toldos rayados en las dos aceras parece un zoco, un mercado árabe visto desde arriba. Hace tiempo escribí que tiene algo de playa. Su comienzo está en las librerías y su final abierto, en la plaza y el puerto. Una de las librerías vendía entonces volúmenes en ruso. Los barcos soviéticos pasaban por el puerto. Obispo era acotada por esos dos letreros en cirílicas: el título de un libro y el nombre de algún barco.
Ahora ha cambiado mucho su naturaleza. No la veo ya en forma de playa, sino de lecho seco de un río, el río de los años ochenta. Con el tiempo hasta la geografía de una calle se hace adusta. Obispo es el lecho de un río extinto. Pasó el agua y dejó dos moles cortadas a pico, dos líneas de fachadas.
Antonio José Ponte, «Lugares perdidos» (Un seguidor de Montaigne mira La Habana, Editorial Verbum, Madrid, 2001)
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Teníamos una casa alquilada para pasar unos días en la playa (era la primera vez que pasaríamos unos días en la playa, juntos). Pero la niña —de cinco años entonces— me dijo que no quería ir al mar porque tenía miedo de encontrar alguna cosa: una pierna, un brazo, un corazón, algo desgarrado o mutilado entre las algas. Pensé mucho en esa «marca de agua» en el mar. También en los bañistas y en el frágil muro donde nos sentábamos de espaldas al olor de la resaca. La ciudad es lo que vemos y lo que está sumergido es doble como su transparencia. El agua que delimita la otra orilla siempre está por detrás y por debajo, adentrándose. Es un mar que no miramos, pero que reaparece en cada bocacalle. Reaparece y se esconde, para exigirnos su visión. Pensé en las algas enredadas a restos humanos de un paisaje, y sentí las exigencias de ese mar, su maremoto. Desde entonces, no he vuelto a mirarlo.
Reina María Rodríguez, «El cuento de la niña» (Otras cartas a Milena, Ediciones Unión, La Habana, 2003)
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Pero hé aquí, hija mia, que la ciudad empieza ya á confundirse con los barrios. Héla aquí ¡Ella es, ella, con sus balcones, sus tiendas y sus azoteas , con sus preciosas casas bajas de la clase media, casas de grandes puertas cocheras, de inmensas ventanas enrejadas; las puertas y las ventanas, todo está aquí
abierto; se puede penetrar con una mirada hasta en las intimidades de la vida doméstica, desde el patio regado y cubierto de flores hasta el aposento de la niña, cuyo lecho está cubierto de cortinas de linón con lazos de color de rosa. Mas allá están las casas aristocráticas de un piso, rodeadas de galerías que se anuncian á lo lejos por sus largas filas de persianas verdes.
Ya distingo el balcón de la casa de mi padre, que se prolonga frente por frente del castillo de la Punta. A un lado hay un balcón mas pequeño… Allí era donde, siendo yo niña, contemplaba el cielo estrellado y resplandeciente de los Trópicos. Allí donde, al ruido sordo y regular de las olas que se deshacían en espuma sobre la playa, exhalaba mi alma sus primeros perfumes, y se perdía en religiosas contemplaciones. ¡Allí donde inquieta, turbada, enternecida, con los ojos fijos en la inmensa extensión de la mar azul y centellante, adivinaba yo en los candorosos ímpetus de mi corazon que habia una cosa tan vasta como el mar, tan movible, tan grande, tan poderosa! Sentia yo ya moverse fuera de mí misma este mundo inferior en donde bullían á lo lejos todas las alegrías y todos los dolores humanos; pero cuyos primeros rumores llegaban á mí acompañados de tan puros deleites y de tan deliciosas armonías!…
María de las Mercedes Santa Cruz, Condesa de Merlín, Viaje a La Habana (1844; ortografía del original)
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Hace en La Habana una noche de invierno tibia, ventosa, de palmas que tremolan, y los principales restaurantes están repletos de turistas de Europa, Asia y Suramérica, que presencian la serenata de guitarristas que cantan sin descanso: «Guan-ta-na-me-ra… guajira… guan-ta-na-me-na»; y en el Café Cantante hay unos bulliciosos bailarines de salsa, reyes del mambo, artistas masculinos de pechos descubiertos que bufan y levantan mesas con los dientes, y mujeres de turbante, enfundadas en faldas que les ciñen las nalgas y que tocan silbatos mientras rotan sus cuerpos resplandecientes en un frenesí erótico. Entre el público del café, así como en los restaurantes, hoteles y demás lugares públicos de la isla, se fuman cigarros y cigarrillos sin límites ni restricciones. Dos prostitutas fuman y charlan en privado en la esquina de una calle mal iluminada que limita con los prados impecables del hotel de cinco estrellas de La Habana, el hotel Nacional. Son mujeres cobrizas, rozan los veinte años y llevan blusas abrochadas en la nuca y minifaldas desteñidas; y al tiempo que conversan abren los ojos mientras dos hombres, uno blanco y negro el otro, se agachan sobre el maletero abierto de un Toyota rojo estacionado cerca, regateando los precios de las cajas de puros del mercado negro que se apilan dentro.
Gay Talese, «Alí en La Habana» (Retratos y encuentros, Alfaguara, Madrid, 2010; traducción: Carlos J. Restrepo)
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Apenas llevo aquí doce horas, y no halla uno el modo sosegado de pormenorizar lo ocurrido, porque acostumbrado a la vida sin acontecimientos de la calle del conde de Xiquena, una ciudad como La Habana y un país como Cuba nos han de dejar necesariamente mudos y desconcertados. Va mirando uno a todas partes sin querer que se le escape nada, como ese niño a quien se mete en una juguetería y se le dice que se lleve cuanto quiera.
Es la Habana, con Venecia, la ciudad más hermosa del mundo, por lo que tiene de imprevisible. Ya sabe uno que París o Roma o Florencia son como son. Pero ni de Venecia ni de La Habana podía uno sospechar que fuesen… tanto, aunque claro, en muy diferente orden de cosas cada una de ellas. Por ejemplo: en Venecia se podría vivir dos, tres, seis meses; en La Habana podría también estar uno todo ese tiempo, pero en La Habana, si no se es de aquí, no se vive dos meses, se pasan. La Habana siempre será una ciudad de paso. Venecia o Roma son ciudades de llegada. París es una ciudad de partida. La Habana, de paso.
Andrés Trapiello, Do fuir (Salón de pasos perdidos, vol. IX, Editorial Pre-Textos, Valencia, 2000)
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Había salido de permiso dos veces y había deambulado solo por La Habana, con las manos en los bolsillos y la mirada recelosa de un prófugo; en una ocasión le había dado cuatro vueltas al parque frente al Capitolio, hasta que unos maricas lo habían chiflado desde un banco (sonaba como un piropo) y en ese instante había decidido regresar a la escuela, a pesar de que aún faltaban cuatro horas para que terminara la autorización de salida. Aunque no se atrevía a confesárselo, lo cierto era que La Habana lo había decepcionado. Las ciudades son sólo gente, se decía, y en ésta él sufría una desventaja: no conocía a ninguna. Los rostros desconocidos sólo le recordaban otros rostros, penosamente enmarcados en un paisaje ajeno. Y tampoco lograba olvidar su pueblo natal; es decir, no lograba olvidar la ilusión, la ingenuidad con que había dado tantas cosas y esperado otras a cambio; ni tampoco el pasaje intrincado de su niñez y su adolescencia, que había llegado a su final. Y ahora se preguntaba si su huida no era un mero correr en círculos, si toda fuga no apareja también un deseo de volver al punto de partida.
Carlos Victoria, La travesía secreta (Ediciones Universal, Miami, 1994)
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Cuando era niña, mi abuela materna iba por las tardes a la heladería de su familia en Progreso, Yucatán. Al anochecer se acercaba al malecón a contemplar el único espectáculo de aquellos años: el resplandor de La Habana.
Hoy la capital que encandiló la infancia de mi abuela, y que a principios del siglo XX se ufanaba de ser la segunda «ciudad luz» vive sumida en la oscuridad. «Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche», dijo Martí, que ahora no distinguiría una de otra.
El incombustible buen humor de los cubanos continúa a oscuras. Risas y canciones salen de las casas mientras el viajero recorre con pasos precavidos la espesa penumbra de una calle. Alguien toca con ritmo caribe el «cajón», alguien conversa a gritos con un vecino en la azotea de enfrente (su camiseta blanca de basquetbolista flota en lo alto como una prenda sin cuerpo). Aunque las casas tengan luz, la gente trata de usar pocas bombillas. A la intemperie, el alumbrado público es una nostalgia y no hay más destello que el ocasional cerillo que enciende un puro o el faro solitario de una moto como un bajel a la deriva. De pronto, rodeado de carrocerías oxidadas, aparece un busto blanco de Martí, como un espectro que se asoma a un tiempo equivocado. La noche ya no es una condición buscada. La luz parece haber huido en una balsa.
Juan Villoro, «Cosas que escuché en La Habana» (Safari accidental, Editorial Joaquín Mortiz / Planeta Mexicana, México, 2005)
Imagen: Plano de La Habana (1900). Archivo digital de la University of Miami.




