Leo el interesante post de Rafael Rojas en Libros del crepúsculo, tema lleno de aristas que agita ideas.
Rojas sugiere que Baudelaire y Pessoa definen dos estilos de crítica. El primero, entre la pasión y la parcialidad; el segundo, el crítico del desdén.
Para mí se trata de un binomio.
De las muchas corrientes sobre la influencia literaria me inclino por la oscura teoría de Gérard Genette. La idea central: todo texto es hipertexto de otros a través de tramas de referencia, citas, parodia… y ¡ojo! Pura casualidad. Todo marco literario se debe a un entramado cultural, y este a otro y así sucesivamente.
Para Genette no hay obra completamente aislada:
El mensaje de texto no es obligatorio para comprender, mucho menos para declarar su validez genérica. La novela no se designa explícitamente como novela, ni el poema como poema. Todavía menos, quizá (pues el género es solo un aspecto del arquitecto): el verso como verso, la prosa como prosa, la narración como narración. En última instancia, la determinación del estatus genérico de un mensaje de texto no resulta aparente para el lector, el crítico, el público, es decir, el estatus se revela a través del paratexto.
Estatus genérico proviene de genus, es decir, linaje, clase amplia. El texto (novela, poema, ensayo) no marca una diferencia conceptual precisa, sino que agrupa figuras bajo un aire de familia, ya sea por desdoblamiento, espectralidad o multiplicidad del yo. La literatura funciona por parentesco temático, no por imposición teórica.
Visto así, Baudelaire toma de Poe, Nerval y Hoffmann —mirada sobre la ciudad, spleen y la modernidad— y los rescribe a su estilo. Pessoa retoma esa mirada fragmentaria: Baudelaire vía Hoffmann, Poe, etc., la interioriza, aplicándola a Lisboa y al yo disperso de Bernardo Soares.
En términos genettianos, Livro do Desassossego es paratexto de la modernidad literaria de Baudelaire/Nerval/Hoffmann/Poe.
Nadie copia; todo se transforma y reinventa.
Veamos, Pessoa tiene piel baudelairiana en Libro del desasosiego.
¿Quién inculcó la fiebre citadina que aqueja a Pessoa/Soares? ¿Y el amor por Poe? ¿Y la fijación con T. A. Hoffmann? Coincidencias sincrónicas, entre dos poetas geniales de un mismo continente separados por menos de un siglo. Pessoa lleva consigo el spleen de París a Lisboa. Otro tanto: Walter Benjamin —nómada baudelaireano— y su fijación en Berlín en el Libro de los pasajes.
El libro retrata un París fantasmal –pasajes, el flâneur, la pequeña burguesía. Pero Benjamin escribe desde el Berlín de la inflación y el fracaso del Weimar de entre guerras. Un Berlín vacío de aura.
¡Sorpresa! Otro Berlín reaparecerá como memoria latente ¡en la infancia de los 1900! Miniaturas exquisitas: “Esquinas”, la ciudad como pensamiento urbano en miniatura. “El armario”, el objeto/archivo histórico. Y el monumento a la reliquia citadina: “La Columna de la Victoria”, cercano a la fantasmagoría de Hoffmann.
Benjamin rehace lo que Baudelaire hizo con París. Leer la ciudad desde el desencanto.
¿Quién escribe aquí, Baudelaire o Pessoa?
No a todos les es dado tomar un baño de multitud; gozar de la muchedumbre es un arte. Solo a expensas del género humano puede darse ese atracón de vitalidad aquel a quien un hada insufló en la cuna el gusto del disfraz y la máscara, el odio del domicilio y la pasión del viaje. Multitud y soledad: términos iguales y convertibles para el poeta activo y fecundo. Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en la atareada muchedumbre.
Si bien pertenece a Baudelaire, la esencia será pessoanista en un futuro cercano.
He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y entonces, porque el espíritu humano tiende naturalmente a criticar por lo que siente y no por lo que piensa, la mayoría de los jóvenes ha escogido a la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no ven sólo la multitud de la que son, sino también los grandes espacios que hay al lado.
Baudelaireano, ochenta años después de Fleurs du mal.
Como bien apunta Rojas, Baudelaire deja claro en Écrits sur l’art, que la crítica debe ser partiale, passionnée, politique, et c’est-à-dire faite à un point de vue exclusif, mais au point de vue qui ouvre le plus d’horizons.
¿Apasionado? ¿político? ¿Exclusivo… que abra horizontes? Un programa quasi vanguardista en pleno siglo XIX.
Seamos atrevidos e implosionemos épocas –espero que el Rojas, historiador, no me suspenda en la materia.
Lo que predomina en casi 400 páginas de Écrits sur l’art (cuerpo del Baudelaire crítico), es la fina ironía.
Así abre el primer acápite de su salón 1846, bajo “¿Qué sentido tiene la crítica?”
¿Con qué provecho? La pregunta agarra al crítico por el cuello, por así decirlo, casi desde el primer paso del primer capítulo que este se dispone a escribir. El artista le reprocha al crítico no poder enseñarle nada al burgués, a quien ni le interesa pintar ni escribir versos, ni siquiera el arte mismo: que es del vientre del arte que sale la crítica.
La crítica es actividad paradójica, tan estéril como necesaria.
Baudelaire transmite via télégramme a Pessoa una experiencia negativa y reflexiva: el spleen —conciencia en état de choc ante lo efímero— reaparece despojado de dramatismo moral, en Alberto Caeiro. Lo que en Baudelaire es malestar histórico, en Pessoa se convierte en condición existencial. ¿Quién no advierte el vínculo entre Pessoa y Kierkegaard? El paratexto es más que pretexto: en ambos la escisión interior, la imposibilidad de coincidir consigo mismo.
Otra arista baudelaireana: “Sinceramente pienso que la mejor crítica es la que es divertida y poética”.
Let’s have fun. Si Pessoa (siguiendo a Hoffmann) fragmenta el sujeto vía desdoblamiento, el autor alemán, por su parte, plasma la modernidad fragmentaria en prosa poética. Extraordinario: si el autor de Piezas de fantasía al estilo de Callot hubiese viajado al futuro y hubiese leído la Filadelfia descrita por Poe, el Berlín del primero habría sido distinto. Dato curioso: Hoffman es compositor de ambient music en su época (aunque no la llamaran así).
Desde el flâneur, Baudelaire proyecta al Paris Nouveau como espejo de la conciencia moderna. Pessoa, la Lisboa de la introspección estética. Ambos personifican la modernidad como malestar. Baudelaire y su spleen; Pessoa y su hastío solipsista.
Hablemos de grados de acidez en la crítica—Rojas le llama desdén.
¿La acidez? Tan decimonónica como la burguesía. Baudelaire atesora un maestro de la acidez, casi desconocido en nuestra época: Barbey d’Aurevilly. No hay más que leer algunas páginas de Les Œuvres et les Hommes para darse cuenta de que la obra funda una crítica axiológica de la literatura: una nueva posición ante el mal, la fe y la modernidad. Es el tipo de crítica que Rojas equipara a la de Pessoa, medio siglo después.
Cierto que la crítica de mediados del siglo XIX no representa lo que será casi setenta años más tarde, para Pessoa o Walter Benjamin. Baudelaire, por ejemplo, no se ve a sí mismo como erudito especializado en la crítica. Siente profundo desprecio por el profesor juré académico del momento. El autor de Les Paradis Artificiels es más que nada, un periodista a gusto (en 1848 casi estrena la profesión).
Dígase que Baudelaire y Pessoa conjugan dos polos que se atraen y se rechazan: la ironía y la anomía del flâneur con la pasión del romántico trasnochado. Barbey, maestro de la crítica del desdén, odiaba al Víctor Hugo moralista, humanitario y grandilocuente.
El binomio que comentaba al principio consiste en conjugar la ironía con la pasión. El poeta maudit da prueba de ambas en Salon de 1846 y el subtítulo Critique en vers et contre tous (“crítica contra todos”).
Aquí la pasión de Pessoa (bajo la escisión irónica del yo): Tenho uma ternura imensa por mim próprio. Tenho pena de mim como de um outro.
Otro: Sou, em grande parte, a mesma prosa que escrevo.
Baudelaire concibe la modernidad como una ruptura irreversible entre el deseo absoluto y la caída en lo efímero. Es la metafísica del duelo. Pessoa radicaliza el yo como ficción práctica. De ahí que la conciencia se repliegue y multiplique. Pessoa es un escéptico sin razón.
Para ambos la conciencia moderna es un cul de sac.





¿Y quién quita, querido Triff, que en alguna sesión espiritista en Lisboa, Pessoa haya conversado con Baudelaire?
En efecto, maestro: Bernardo Soares debió conocer a Fernando Lacerda (maestro espiritista portugués de principios de siglo XX). Las concomitancias lo indican: Soares era entusiasta del esoterismo, el ocultismo, el hermetismo, la numerología y la alquimia.