Dos insularidades en una isla

Castro hablando ante quinientos mil cubanos…
Simone de Beauvoir

si los Estados Unidos no existieran, quizás la Revolución cubana los inventaría: son ellos los que le conservan su frescura y su originalidad
Jean-Paul Sartre

 

Ella había escrito Los mandarines, La mujer rota, El existencialismo y la sabiduría de los pueblos, El segundo sexo, Memorias de una joven formal… Él ya era el autor de, entre otros libros, La náusea, Los caminos de la libertad, La puta respetuosa, El ser y la nada, Baudelaire y pronto de Crítica de la razón dialéctica. La pareja era atractiva por polémica para cualquier mundo intelectual. Para la naciente revolución cubana —El Gobierno Revolucionario—, era como una suerte de legitimación cultural invitarlos. Con posterioridad a los sucesos de Argelia, los convidó Carlos Franqui. Mas, en verdad, ¿qué vinieron hacer a La Habana Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre? ¿Fueron recibidos con bombos y platillos por muchos intelectuales y diversas instituciones cubanas?

El registro bibliográfico sobre sus visitas a Cuba es tan interesante como las imágenes que Korda (sobre todo en el sepelio de las víctimas de La Coubre), Mario García Joya y Ernesto Fernández lograron hacer para un contrafuerte de la memoria. Sartre viste casi siempre de traje negro y De Beauvoir tiene el pelo cubierto con un pañuelo en una de las fotos realizadas por Fernández. El vestido es bastante florido y tal vez tan inconveniente para las temperaturas de Oriente y La Habana. En una de estas fotografías, ella se integra a la vegetación. Busca la sombra y sonríe porque Cuba es oasis con respecto a Europa y la misma Latinoamérica, incluso para el ojo avizor que acapara Sartre. No hay celo ni recelo. Ella se encuentra satisfecha. Eso parece. Por ejemplo, cuando él es solicitado por casi todos los medios y lo entrevistan por la televisión, la autora de El pensamiento político de la derecha asiste y le preguntan («Madame De Beauvoir», de Enrique Núñez Rodríguez), ella solo responde: «Lo siento, pero la entrevista de esta noche es con el señor Sartre». El comentario heteronormativo y machista del periodista le motivó resumir:

Con precisión y gracia se echó a un lado y dejó al compañero el dominio absoluto y total de la escena. Como podía haberlo hecho nuestra aplaudida Alicia Alonso. En aquel momen­to Madame de Beauvoir —como un rayo de sol en el extremo de la mesa— se ganó todas nuestras simpatías. Era una feminista muy fe­menina. Era alguien que, en un mundo ansioso de manifestarse, sabía callar a tiempo. Y todo aquello con una naturalidad exquisita, con una modestia nacida de lo más hondo de su espíritu cultivado. Si se hubie­ra hecho necesario un gesto, para borrar de una vez de las pantallas la actitud vulgar de un embajador grotesco, habría bastado el gesto humilde, dulce, sereno de Madame de Beauvoir. Fue como colocar una flor en el ojal de los televisores[1].

Lo de la Beauvoir, por supuesto, era retozar con la audiencia cubana. Ella, parecía secundaria ante su esposo, pues

no se ha limi­tado a mirar y juzgar el mundo en sus obras. Heredera de las mejores tradiciones humanistas de la cultura francesa, su generosa voz se hace oír cada vez que en el mundo la dignidad humana se ve amenazada en el destino trágico de un patriota indochino, de un combatiente griego de la resistencia, de un negro americano o de un torturado de Argelia. Simone de Beauvoir tiene los pulmones requeridos para respirar el aire vivificante de la Revolución cubana[2].

«Invitado por el Gobierno Revolucionario permanecerá en Cuba un mes. Simone de Beauvoir está con él», dice en crónica Lisandro Otero («Sartre y Beauvoir en la provincia de Oriente»). El texto de Otero se pone más interesante por cuanto se coloca en la mirada y palabras de Sartre:

Me agrada la timidez de Castro. Lo que más me agrada de este proceso es su espontaneidad. Me impresionó muy bien que Castro no sea ese tipo de hombre resuelto que llega, dice su discurso, besa a un niño y se marcha. Más bien él dudaba, vacilaba, no quería herir al pue­blo marchándose de allí. El pueblo tiene un gran sentido de posesión con respecto a Castro. Aquella gente lo quería. El niño de ojos afie­brados que tanto le llamaba no sabía en el fondo para qué lo llamaba[3].

Muestra la “inocencia” de la primera impresión de felicidad que tiende a fallar. Porque, en cuanto a esta, ¿costaba suponer las cuotas de violencia derrochadas para obtenerla? ¿Y obtenerla para quién o quiénes?

Con una figura joven en el poder como Fidel Castro, Cuba estaba de moda. Más que una esperanza, era la representación de muchas utopías a un tiempo que la muerte de las mismas para un proyecto que parecía concretarse pronto. Lo aseguraban los cambios apresurados de la Revolución. Aún no se percibía la explotación cínica de un término que pronto se cobijó en la invariabilidad de su ejecución diaria. El gerundio tramposo que no alcanzaron a ver, en su paso por la isla de promesas políticas y culturales, el matrimonio de filósofos. La revolución siempre iba a estar haciéndose. Aunque Sartre lo veía venir, no se había decretado el socialismo. Castro, entonces primer ministro, pidió que no era el momento de mencionar esa palabra.

Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana, Jorge Mañach, aún en Cuba, presentó a Sartre para un conversatorio en la magna institución el 14 de marzo. Beauvoir asistía a casi todas las actividades, pero prefirió mantenerse en un segundo plano. Que brillara más su esposo. El periódico Revolución, al día siguiente, registró lo que allí aconteció. En un pasaje de Sartre y Beauvoir en Cuba se lee:

Comenzó preguntando un estudiante si estimaba interesante rea­lizar una novela sobre la Revolución cubana.

Sartre respondió que la Revolución le apasiona pero que no escri­birá novelas por eso mismo. Los cubanos son los que deben escribir sobre su Revolución. Dará su testimonio en artículos de periódicos[4].

No habían venido en febrero de 1960 para regocijarse con los aires nuevos de La Habana. Visitaron hasta la tumba de José Martí en Santa Ifigenia. Martí había fijado la pauta del presente. Había continuidad. Se los hicieron creer. Además, querían atestiguar el espíritu de cambios de toda la isla. Los cubanos eran afectuosos pero la multitud, contenta, a ratos se indefinía. Demasiado alboroto. No obstante, se mostraba «la alegría caribeña junto a las transformaciones revolucionarias, el carnaval de la raza en sintonía con la fiesta revolucionaria, la riqueza de la tradición y la potencia de la modernidad», como recuerda Díaz Infante en «El fantasma de Sartre en Cuba (remix)», el primero —tal vez el más historiográfico— de sus tres ensayos en apariencia dependientes. En principio, cada uno puede leerse por separado. Poseen su propia autonomía.

La compilación de Duanel Díaz Infante y Marial Iglesias Utset recoge, sin dispersión, un cuento de Rolando Sánchez Mejías («Umbral») inserto también en el cambio de recepción hacia dos intelectuales que, con posterioridad, fueron tildados de degenerados burgueses. Todavía hoy, sobre todo a Sartre, no se le analiza con justicia por descaro intelectual en relación con la Cuba épica de los primeros años revolucionarios. No es pretensión de los recientes investigadores y ensayistas (Díaz Infante e Iglesias Utset) defender la estancia de los franceses en Cuba. Lo que sí dejan en claro —y es uno de los grandes méritos de este libro— de su simpatía inicial con el proceso cubano. Lo que interactuaron confundidos (o al menos esperanzados) con cuanto se prometía y estaba lejos de cumplirse. Iglesias Utset —que redactó una cronología bien detallada para esta obra— lo ha dicho muy bien desde el inicio:

A través del prisma de la mirada (notablemente miope) y la imaginación (desbocada) del filósofo, Cuba, una “isla diabética” con una economía hipertrofiada en manos de monopolios norteamericanos, se trastoca, de la noche a la mañana, en la “Atenas del Caribe” donde florecía la “democracia directa” gracias al advenimiento milagroso de una “revolución sin ideología”.

Ya se sabe —o quizás “algunos” aquí se enterarán— de lo que significó mencionar a ambos filósofos años después de sus visitas, incluso cuando ellos pudieron aquilatar el fenómeno Cuba a la distancia prudencial; cuando se preocuparon por el caso/affaire Padilla:

Entonces el nombre de Sartre, muy presente en los debates acogidos por los medios cubanos de los años sesenta, desapare­ció de ellos. Sartre, que en 1960 había manifestado que la “crítica no tiene derecho a existir” fuera de la Revolución, pasó, con cierta justi­cia poética, a engrosar el bando de los inexistentes; terminó en una lista negra de autores cuyas obras había que retirar de los catálogos de bibliotecas[5].

Salvo poquísimos casos que no se conforman con lo dicho por la historia oficial, por mucha cultura que hubiera en la Cuba de inicios de 1960 con respecto a las circunstancias actuales de desapego e ignorancia de la historia nacional, Sartre y Beauvoir no eran de una comprensión generalizada. Nunca lo fueron. Esa imagen popular de Franqui en la que registra el discurso del canto: «Saltre, Simona, un dos tres / Saltre, Simona, echen un pie» es risible, cuando no de espuria familiaridad. Que los reconocieran, es una cosa; que se identificaran con ellos, es otra bien distinta. En realidad, ¿«pasados unos días, en los rincones más apartados de las provincias cubanas la cara de Sartre era tan familiar como la silueta de Marilyn Monroe»? Es como si uno se creyera ingenuamente que un pueblo en pleno fanatismo se tomara tiempo para una confianza que estaba lejos de sentir.

Simone y Sartre sí creyeron en la euforia de la muchedumbre y se “contagiaron” del entusiasmo en su primera visita. Pero se les quería más bien de viaducto para popularizar lo que no estaba solidificado. Y, ello, como cabe esperarse, consintió directa e indirectamente opiniones encontradas, adjudicaciones y rechazos de quienes pudieron en rigor justipreciar sus presencias en suelo cubano. Con fortuna, o tal vez ya tarde, avizoraron lo que se ocultaba, sin tanta desfachatez, tras el barullo colectivo. ¿Fue fácil luego para ellos disentir? Eran extranjeros y estaban muy lejos de aquí. Por reservado, el rescate de ambas figuras en relación con su recepción en Cuba, había sido hasta hoy muy fragmentario. Sartre y Beauvoir en Cuba. La luna de miel de la Revolución ha tenido a bien favorecer con creces y mucha fuerza la imparcialidad que, para la cultura cubana, ambos creadores merecen.

 


Notas

[1] Enrique Núñez Rodríguez: «Madame De Beauvoir» en Sartre y Beauvoir en Cuba. La luna de miel de la Revolución, Casa Vacía, 2024, Estados Unidos, pp. 172-173.
[2] Edith Depestre: « Simone de Beauvoir, testigo de nuestro tiempo», en Sartre y Beauvoir en Cuba. La luna de miel de la Revolución, ob.cit., pp. 43-44.
[3] Lisandro Otero: «Sartre y Beauvoir por la provincia de Oriente», en ob.cit., p.50.
[4] «Charla en la Universidad», ob.cit., p.125.
[5] Duanel Díaz Infante: «El fantasma de Sartre en Cuba (Remix)», Sartre y Beauvoir en Cuba. La luna de miel de la Revolución, en ob., p.359.

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