Una carta de T. S. Eliot sobre la lengua de la poesía

A veces los libros usados alcanzan una segunda vida, paralela al texto impreso. Esa existencia se revela en subrayados, dedicatorias, manchas de café, una carta doblada, una nota editorial, algún resto de memorabilia  que transforma el ejemplar en pieza de archivo. Tengo en mi Wunderkammer  una primera edición —tercera impresión— de Four Quartets, adquirida en la librería londinense Peter Harrington. Este ejemplar conserva, junto a la inscripción de T. S. Eliot a Aurelio Valls, una carta fechada el 28 de junio de 1945, escrita en papel membretado de Faber and Faber, donde el autor de The Waste Land  trabajó también como editor.

El conjunto tiene algo de pequeña escena literaria. De un lado, el libro de Eliot, ya situado en el centro de la poesía del siglo XX; del otro, la figura menos visible de Valls, poeta bilingüe y diplomático español (1917-1988), a quien Eliot dedica el ejemplar. Entre ambos, una carta que desplaza el interés desde el objeto bibliográfico hacia una pregunta quizás más radical: ¿cuál es la lengua de un poeta?

La escena podría reducirse a una rareza bibliográfica, un ejemplar dedicado, una carta conservada, el comentario de un gran poeta sobre otro poeta casi secreto. El interés verdadero se encuentra en otra parte. La carta vuelve visible una tensión central de la literatura moderna: la lengua como patria insuficiente, elección, disciplina y extranjería. Valls aparece ahí en una zona intermedia, entre el inglés y el español, entre dos formas de pertenecer a la poesía.

Eliot lee desde esa incomodidad. Lo que tiene delante excede el manuscrito, la destreza verbal, el caso pintoresco de un escritor bilingüe. Una lengua puede aprenderse, dominarse, incluso imitarse hasta borrar casi toda huella de extranjería. Convertirla en destino expresivo exige otra intimidad, menos visible que la corrección, más difícil que la fluidez, ligada al oído —más que al sentido—, al uso diario, a la materia cambiante de la conversación.

Por eso la carta importa más allá de Valls. Eliot parece desconfiar de la lengua entendida como instrumento disponible. El poeta escribe dentro de una presión verbal, de una memoria sonora, de un sistema de hábitos que lo precede y lo excede. La lengua adoptada puede abrir una libertad inesperada, aunque también obliga a una vigilancia constante. Puede dar distancia, precisión, incluso elegancia. Puede convertir, además, el poema en demostración, en esa brillantez ligeramente separada de la vida que Eliot llama tour de force.

La mención a Jean Moréas —poeta nacido en Grecia que eligió el francés como lengua literaria y vivió dentro del espacio verbal francés— introduce el punto decisivo. Moréas funciona como figura de una adopción llevada hasta sus últimas consecuencias. Elegir una lengua literaria implica, para Eliot, habitar el espacio donde esa lengua se gasta, se equivoca, se ensucia, se renueva. La lengua del poema necesita rozarse con la lengua común. Sin ese contacto, la escritura corre el riesgo de permanecer en una zona demasiado alta, admirable quizá, pero todavía suspendida.

Leída hoy, la carta conserva una extraña actualidad. Nuestro tiempo ha vuelto común aquello que para Eliot todavía parecía una excepción exigente: escritores formados en varias lenguas, vidas partidas entre países, obras atravesadas por traducciones, acentos, desplazamientos, pérdidas. La pregunta permanece intacta. ¿Cuál es la lengua de un poeta? ¿La primera que oyó? ¿La que lee con mayor intensidad? ¿La que le permite tomar distancia de sí? ¿La que le ofrece una máscara?

He aquí la carta en español:

Faber and Faber Ltd Publishers
24 Russell Square, Londres WC1
28 de junio de 1945

H. F. G. Morris Esq.
35d Queens Gate,
S.W.7.

Estimado señor:

Debo una disculpa a usted y al señor Ketton Cremer, y sobre todo al señor Valls. He tenido los poemas del señor Valls durante varios meses. Los he leído varias veces, pero confieso que no he logrado formarme una opinión. Supongo que debería decírselo al autor. Entiendo, por el señor Ketton Cremer, que usted regresa enseguida a Madrid, y que por tanto debo devolverle a usted los poemas manuscritos y, si es posible, enviarle unas palabras para el señor Valls.

Espero escribir directamente al señor Valls con más calma y, dado que entre la colección hay un volumen que contiene sus Lenten Songs, que él me ha dedicado, tendré todavía alguna prueba sobre la cual trabajar.

El logro del señor Valls en inglés es ciertamente notable. Nadie tendría motivo para sospechar que sus poemas en inglés fueron escritos por alguien que no fuera un inglés; y se comparan muy favorablemente con la mayor parte del nuevo verso que llega a mi atención. La cuestión es, sin embargo, qué consejo debería dársele a un poeta bilingüe. Yo tendría que conocer el español infinitamente mejor de lo que lo conozco para poder formarme una opinión sobre qué lengua parece ser la más adecuada como vehículo de su expresión. La cuestión que tengo en mente es si es posible ser poeta en dos lenguas. Lo que un hombre escribe en una segunda lengua tendrá siempre algo del carácter de un tour de force. Además, si un hombre decide deliberadamente escoger una lengua que no es la suya para escribir poesía, debe, creo, como Jean Moréas, vivir donde la lengua de su adopción sea la vernácula. Todo poeta necesita mantenerse en contacto continuo con la lengua hablada en la que escribe. Por tanto, si el señor Valls estuviera domiciliado en algún país de habla inglesa, quizá podría adoptar sin riesgo el inglés como medio para su verso; pero si ha de residir en un país donde cualquier otra lengua sea la vernácula, probablemente sería mejor aconsejarle que se atenga al español, que, después de todo, es una lengua magnífica en la que se ha escrito —y todavía puede escribirse— gran poesía. Usted ve, por tanto, lo difícil que es, a esta distancia, saber qué decirle al señor Valls. Si pudiera venir a Inglaterra y pudiéramos hablar, estaría en terreno más firme. De modo que lo único que puedo decir es que deseo expresar mi aprobación por su logro, pero no puedo, sin saber más, aconsejarle que disperse sus energías entre las dos lenguas.

Atentamente,

T. S. Eliot

1 comentario en “Una carta de T. S. Eliot sobre la lengua de la poesía”

  1. Ese desafío entre lenguas forma parte de lo que un poeta experimenta, siente. La elección, como Eliot sugiere, cuando se dominan dos lenguas –Beckett supo–, quizás depende del motivo argumental, del ánimo, de dónde están cuando escriben… La sensatez, tan huidiza, Pablo de Cuba suele tenerla cerca, como aquí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio