Fútbol, barro y estampitas. Una conversación

Que hoy comience el Mundial es apenas el pretexto cronológico. La FIFA despliega su habitual simulacro planetario, los análisis deportivos se repiten como dogmas de fe y el espectador promedio se dispone a tramitar sus neurosis frente a la pantalla. Imposible bajarse del mundo. Ante la invasión inminente de las transmisiones vespertinas y nocturnas y la sobremesa interrumpida, los editores de Bookish & Co. decidimos abrir este diálogo, no tanto para sumarnos al coro de la épica deportiva, sino para buscar una vía de escape. Lo que sigue es el cruce informal de dos náufragos que, a falta de un orden más sensato, prefieren contrastar el fango de la grada y el delirio dionisíaco del césped con las páginas de Joyce, Handke o Walser. Una breve tregua conversacional antes de que ruede el balón.

MHM: Hay cosas que siempre me han llamado la atención del fútbol, tras una vida entera, prácticamente, participando de él como espectador: lo que podríamos llamar una “suspensión de la moral”. No sé bien por qué me ha venido a la memoria el Jakob van Gunten de Walser, donde habla todo el rato del Instituto Benjamenta como ese espacio que obliga a adoptar una moral; esto es, el ladrón allí percibe de pronto que es un granuja y el fanfarrón se vuelve más modesto y reflexivo. En el fútbol todo esto parece operar en sentido contrario. Pienso que una de las formas más curiosas del deporte tiene que ver con el distanciamiento de la razón para entrar en el espacio de lo tribal, y, todavía más interesante, es que esa percepción se haya mantenido activa durante tanto tiempo. Es como si al fútbol lo acompañara de por vida la pulsión emocional, la incapacidad de embridar las emociones. Aquí, por supuesto, se tendría que mencionar el trayecto vital de un niño que, como fue mi caso, vio por primera vez un Mundial en 1986, el gran Mundial de Maradona, la entrada de una suerte de épica sudamericana moderna en el deporte de élite. No me he perdido un Mundial desde entonces y tengo vivos esos recuerdos del niño que tocaba la puerta de unos vecinos que tenían el único televisor en colores en todo el barrio, ya esto fue en Italia 90. Yo, al contrario de la archiconocida frase de Javier Marías de que el fútbol es lo que nos permite volver a ser niños cada fin de semana —y cada mitad de semana si tu equipo juega competiciones europeas—, diría que es la coartada para perder un poco la razón cada tres o cuatro días.

 

PDCS: Creo que hay un equívoco en esa frase de Javier Marías, en la que dice que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia. El fútbol no necesariamente te devuelve la niñez; es la coartada perfecta para perder la cabeza cada tres días, “sin consecuencias” y sin que nadie venga a pedirte explicaciones. Pienso en Joyce, en ese pasaje de Retrato del artista adolescente donde Stephen Dedalus observa un partido (¿de fútbol o de rugby?) desde fuera de la línea, sintiéndose ajeno y débil ante el choque de los demás en el barro. Esa sensación de Dedalus, temblando mientras escucha los gritos de los muchachos y el sonido de las botas en la tierra húmeda, ya contiene todo el conflicto. Él está ahí, excluido por su fragilidad, mirando la fuerza bruta de un grupo que corre tras un balón y, aun así, siente que en ese barro y en esos cuerpos que chocan hay una verdad física que se le escapa. El campo de juego impone una geografía violenta que no responde a las reglas del lenguaje. El estadio es lo opuesto a la civilización; es ese cuadrilátero moderno donde incluso el más culto deja la razón de lado y se entrega al delirio colectivo con una facilidad asombrosa. Al final, la literatura y el arte funcionan con esa misma chispa; nada realmente vivo se sostiene solo con técnica o con ideas refinadas. Si no hay un fondo de barro, de impulso ciego y tribal que sostenga la estructura, la obra se cae por su propio peso intelectual. El gran arte, como el gran fútbol, sucede cuando la claridad formal se enfrenta a la barbarie. Por eso creo que soy un seguidor incorregible de la selección argentina. Ningún otro equipo representa mejor esa tensión. En la camiseta albiceleste conviven el bajo fondo, ese lugar donde “el barro se subleva” con rabia popular, y un lado intelectual y lírico como el de Menotti o Valdano. Es el único equipo capaz de hablar de la belleza del juego mientras te da un “golpe táctico” en los ligamentos de alguna rodilla. Aunque esa mitología me llegó tarde. De México 86 solo me quedó el nombre de Maradona, un eco lejano que a mis seis años no significaba nada. Mi verdadera iniciación, mi Big Bang, fue Italia 90. Tenía diez años. Desde entonces no me he perdido una sola Copa del Mundo, casi ningún partido. El fútbol se queda ahí, en la memoria, como la certeza de que el orden del mundo puede romperse durante noventa minutos.

 

MHM: Creo que podemos pasar olímpicamente de la pregunta de por qué estamos hablando de fútbol, más allá de que el Mundial, este Mundial al que le quieren desfigurar tanto el rostro, comienza hoy. El fútbol está y el fútbol es. Se nos mete por la ventana, nos asalta a diario. Por mucho que alguien intente tomar distancia, que no sería nuestro caso, ese ruido de lo mundano lo circunda. Nos debemos a un orden de los días, nos llaman unas urgencias y no estamos al margen de casi nada de lo que tiene que ver con estos deportes de élite que ciertamente mueven multitudes y muchos millones, pero que uno como espectador encuentra algún tipo de retribución y de conexión en ellos. A mí me gusta estar al tanto de la mayoría de los deportes, sé quiénes marchan ahora mismo a la cabeza de las seis divisiones del béisbol de las Grandes Ligas y veo bastantes partidos de la NFL, el baloncesto algo menos. Pero ninguno me consume tanto tiempo como el fútbol europeo, que para nosotros es mañanero y a veces nos interrumpe un poco la sobremesa en las Américas. ¿Sabes lo que yo encuentro también en el fútbol? Un perfecto teatro de silencios en el que los espectadores aportan siempre el ruido pero sin conseguir alterar el mutismo que es el sello de la inteligencia y el genio. Porque yo a los genios que he admirado observándolos en una cancha los he imaginado siempre desde el silencio, sus silencios. Solo desde ese mutismo se piensa una jugada, se alcanza alguna dimensión.

 

PDCS: Comparto esa intuición. Ese “teatro de silencios” que mencionas me parece clave, sobre todo porque saca de escena la lectura típica del ruido en el estadio. Ese mutismo no responde a un vacío esotérico ni a una elegancia pura; es más bien un aislamiento radical. Ese jugador callado, absorto, está demasiado ocupado en descifrar la geometría del caos mientras a su alrededor ruge la tribu. Ahora recuerdo El miedo del portero al penalti, la novela de Peter Handke. Allí el fútbol aparece menos como espectáculo que como una situación de lectura extrema, casi insoportable, en la que un hombre debe interpretar signos mínimos antes de que la realidad se le venga encima. El portero ante el penal no mira solamente una pelota; mira una constelación de amenazas, fintas, desplazamientos, silencios… Algo de eso ocurre también con el gran jugador cuando parece ausente: no se ha ido del partido; ha entrado en eso que llaman the zone. Uno se sienta a ver el partido no solo por mero entretenimiento, sino también para ver si el milagro de la lucidez ocurre en medio de la prisa. Ese silencio del que hablas —pienso en la mirada ausente de Messi durante los partidos, mientras camina, o en la frialdad de Zidane— es el verdadero ojo del huracán. Afuera está el grito de grada; adentro, en esos segundos de aislamiento, el tipo está solo frente al espacio-tiempo. El espectador cree que empuja con su ruido —y a veces lo logra, porque también la tribu participa activamente de la épica futbolera—, pero la belleza de la jugada siempre se gesta en una desoladora soledad. Es ahí donde el fútbol, como bien dices, nos da esa retribución que justifica todo el tiempo perdido. 

 

MHM: Has mencionado a Messi y a Zidane, dos jugadores que parecen pertenecer a galaxias distintas y encontradas. Antes salió también el nombre de Maradona. Son tres jugadores que parecen salidos menos de una cartografía y más de un santuario o de una iconografía de lo sacro. Alguien ha titulado, por estos días en los que tanto se escribe sobre el tema, que el fútbol es una religión en busca de dioses. Y eso también me resulta de alguna manera atractivo o provocador: su capacidad para reunir esas esferas que le son tan ajenas, las religiones, las mitologías paganas, la épica, la ética, todo lo que sirva para intentar explicar sus efectos y de paso explicarnos nosotros mismos y darle forma intelectual a lo que podría ser para muchos una mera inclinación o acaso un receso en las obligaciones. Las imágenes napolitanas de un Maradona en estampitas incita a pensar en ese complejo mundo relacional que lleva a que uno se pregunte por cierta hegemonía de una sensibilidad latina, si se quiere, en la forma en que entendemos el juego y a riesgo de lanzar algunos estereotipos: la simulación, la visceralidad, el barro en su acepción menos literal, pero también la aparición del genio, el diez, el enganche, el bajito con la pelota cosida al pie, en contraste con el jugador tipo Pelé en ese arco que llega hasta Cristiano Ronaldo, todo potencia, músculo, voracidad, fisicidad.


PDCS: Es cierto lo de las estampitas de Maradona en los callejones de Nápoles, esa mezcla de paganismo e iconografía sagrada. En toda esa zona, desde la costa amalfitana hasta Sorrento, hablar mal de Maradona trasciende la opinión deportiva; es un sacrilegio, podría decirse que una ofensa teológica que puede costarte la expulsión de la mesa o del taxi. Aunque quizá la trampa de ese contrapunto entre la “sensibilidad latina” del genio bajito (Maradona, Messi) y el atleta puramente físico (Pelé, Cristiano, Mbappé) es que la magia técnico-táctica y el músculo también crean su propia mitología. En el fondo, es la vieja tensión entre lo apolíneo y lo dionisíaco llevada al césped. El fútbol de alta competición es un santuario extraño; no busca santos piadosos, sino semidioses implacables. Al final, esa “religión en busca de dioses” funciona porque el fútbol es el único espacio moderno en el que todavía se permite la idolatría sin remordimientos. Creamos esos íconos para explicarnos a nosotros mismos, pero también para proyectar en ellos una soberanía que ya no tenemos en la vida civil. Maradona no es santo sólo por lo virtuoso que había en su fútbol, sino por lo trágico de su vida, por encarnar ese fango sublevado del que hablaba antes; es el mito del héroe defectuoso, puro delirio dionisíaco, que la cultura mediterránea entiende a la perfección. En cambio, la máquina perfecta que es Cristiano Ronaldo o la potencia de Pelé inspiran una devoción distinta, basada en la conquista del límite físico, una épica de la forma y el orden apolíneo que también tiene su liturgia. Lo fascinante es cómo el fútbol absorbe todas esas esferas —la ética, la estética y la religión— y las transforma en noventa minutos. No importa si el genio piensa la jugada desde el cálculo mágico de Messi o desde la fuerza física de CR7; lo que el espectador busca en ese santuario es la teofanía, el momento en que el cuerpo, ya sea por astucia o por potencia, rompe la lógica de lo posible. Necesitamos esa coartada sagrada para explicar por qué nos sigue conmoviendo algo tan gloriosamente inútil.   

 

MHM: Maradona era un rey que reinó en solitario. Nuestros padres le oponían a Pelé, pero nos sonaba inútil la comparación porque no lo habíamos visto jugar. Luego llegó la epifanía del dueto más mortífero, Messi y Cristiano. Me estimula pensar en esas dinámicas entre opuestos que genera el fútbol, la imposibilidad de imaginar a los tuyos sin su némesis: Argentina sin Brasil, Liverpool sin Everton, Barcelona sin Real Madrid, Boca sin River, los dos de Milán, la Roma sin la Lazio, el United sin el City o el derbi del norte de Londres… Todo ese branding de la violencia que tan bien narra Bill Buford en su libro, Entre los vándalos. Rivales que se devoran entre ellos, pero que son reconocibles a partir muchas veces de unas curiosas alternancias: cuando a uno le va muy bien, el otro sufre su travesía por el desierto, y cuando se gana el primer pensamiento va en la dirección del contrario al que imaginan apurando el trago amargo de la derrota propia y el triunfo ajeno. Esa rivalidad —que mengua mucho con el fútbol de selecciones, todo sea dicho— es la que ha hecho que continuamente se quiera ver a este deporte en el umbral de una catástrofe cuando se enfrentan dos multitudes enfurecidas. Y sus batallas horribles ha habido, como la tragedia de Heysel y la masacre de Hillsborough. Kapuściński tiene un libro sobre la llamada «guerra del fútbol», que fue sólo parcialmente futbolera, entre Honduras y El Salvador. Todo eso parece hoy de la prehistoria, pero lo cierto es que, tras la escaramuza del domingo, al otro día las aguas toman su nivel y hasta la semana próxima.

 

PDCS: Es curioso que menciones a Buford y esa coreografía del odio. Hay algo de perversa simetría en el hecho de que necesitemos al enemigo para saber quiénes somos; es una forma de parasitismo existencial. El hincha de Boca no duerme bien si sabe que el de River está festejando, y viceversa. Esa lógica del espejo cóncavo es la que sostiene todo el andamiaje del fútbol de clubes, una maquinaria de resentimiento mutuo que resulta, en el fondo, una gran lección de supervivencia: el otro existe para que yo pueda culparlo de mis propias miserias. Con el fútbol de selecciones me parece que ocurre un desplazamiento, una mutación del conflicto. En los Mundiales, la violencia ya no es la del vecino de barrio, sino otra más abstracta, histórica, geopolítica.. Es el resentimiento u orgullo nacionalista, las viejas facturas de las fronteras procesadas en un rectángulo de césped. Lo que pasa es que hoy, como bien dices, todo eso se ha domesticado bajo el paraguas del entretenimiento global. Las tragedias de Heysel o Hillsborough, o esa guerra centroamericana que retrató Kapuściński, pertenecen a un fútbol que todavía olía a pólvora y a precariedad industrial. El fútbol de hoy prefiere el simulacro. La FIFA ha convertido la catástrofe en un producto de exportación con música de fondo y repeticiones en HD. Consumimos el peligro desde la comodidad del sofá, sabiendo que el lunes, tras “el combate”, las oficinas volverán a abrir y el mercado seguirá su curso. El fútbol nos permite jugar a la guerra sin cadáveres, y quizás por eso se lo perdonamos todo.

 

MHM: En ese mismo sentido, pensaba que a menudo se habla de sufrir cuando toca un partido importante. Algunos equipos se apuntan a un estado de cosas modo Schopenhauer repitiendo aquello de que «la vida es la historia de un sufrimiento». Ahora que comienza este Mundial, ¿qué fanático realmente cree que su equipo va a ganarlo? ¿Es posible que argelinos, haitianos, coreanos y qataríes lleguen a pensar que pasarán de primera ronda? Y sin embargo es probable que no les pase por la mente la idea del sufrimiento. Mirarán los partidos y celebrarán algún gol que logren anotar, pero la idea de sufrir puede que la tengan ya tan arraigada en su día a día que no lo derramarán sobre los hombros de esos desconocidos jugadores que han llegado a un Mundial gracias a la expansión que ha dado la FIFA. En ellos, sin embargo, sí veo algo del carácter lúdico que según Huizinga el deporte tan profesionalizado había acabado perdiendo. Para Huizinga, la sistematización y la disciplina viajan en sentido contrario del juego para instalarse en otro territorio donde la legítima actitud espontánea y despreocupada no aparece más. Esto por supuesto que pertenece a un libro que fue escrito hace casi cien años, en pleno auge de aquel olimpismo que hoy tenemos tan digerido. Yo por mi parte, divagaciones, dicterios y digresiones aparte, me sentaré como el menos avisado de los espectadores a ver lo mismo un México-Sudáfrica inaugural que un hipotético Brasil-Inglaterra en cuartos, si mi «bracket predictor» no me engaña. Pero lo cierto es que, ya lo dijo alguien: entre el fútbol y la vida uno seguirá optando, naturalmente, por la literatura.

 

PDCS: Comparto tu escepticismo final. Al apagarse el televisor, el hechizo se deshace y queda el vacío de sobremesa. En el fondo, el fútbol es solo una tregua, un orden artificial que (nos) inventamos para que el caos del mundo se detenga durante hora y media. Por eso, cuando el árbitro pita el final y los dioses de plástico se van al vestuario, uno se levanta del sofá, deja a un lado el bracket y vuelve a abrir un libro. El fútbol nos da el mito y el delirio del cuerpo, pero es la literatura la que se queda a limpiar los escombros y a explicar la derrota.  

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio