Hay conciertos memorables por su perfección: Horowitz regresando a Moscú en el Gran Salón del Conservatorio (1986), como si el piano hubiera esperado más de sesenta años para recibirlo; Rostropóvich interpretando a Bach frente al Muro de Berlín (1989), mientras la historia cambiaba de tonalidad; o Leonard Bernstein dirigiendo la Novena de Beethoven en la Schauspielhaus de Berlín (1989), convencido de que, por una vez, la música podía adelantarse a la política. Son esas raras ocasiones en que cada nota encuentra su lugar con la naturalidad de una ley física y cada silencio parece haber sido negociado con la eternidad. The Köln Concert, en cambio, pertenece a una categoría mucho más interesante: la de las obras que sobreviven gracias al desastre.
Keith Jarrett llegó al teatro agotado, con dolor de espalda, tras un viaje que habría doblegado a cualquier mortal con sentido común, y descubrió que el piano preparado para él era poco más que un mueble con aspiraciones musicales y complejo de grandeza. Agudos metálicos, graves raquíticos, pedales con carácter propio. El instrumento, en suma, había decidido tomarse la noche libre. Cualquier pianista razonable habría exigido otro instrumento o cancelado la actuación. Pero Jarrett se sentó a tocar. Porque hay personas a las que la catástrofe, lejos de detenerles, simplemente les parece un punto de partida razonable.
Lo extraordinario no es la improvisación —para eso vivía, y el mundo ya se lo había aplaudido lo suficiente—, sino la obstinación casi clínica. Obligado por las limitaciones del piano, evitó los registros que sonaban peor, construyó patrones repetitivos con la concentración de quien construye un dique con los dedos, convirtió la escasez en arquitectura y la precariedad en estilo. A veces las grandes revoluciones nacen de una avería. Otras, de un técnico que llevó el piano equivocado y se fue a casa sin sospechar que acababa de hacer historia.
Escucharlo hoy produce un efecto, curiosamente, irritante. Parece una música inevitable, como si siempre hubiera existido, como si el universo la hubiera estado guardando en un cajón, a la espera del momento oportuno. Pero cada compás se inventaba en ese mismo instante, sin partitura, sin red de seguridad y sin garantía de que el siguiente funcionara. Solo un hombre negociando en tiempo real con un instrumento que parecía haber sido afinado por un funcionario pesimista en su último día de trabajo.
El éxito fue tan descomunal que terminó convirtiéndose, con la elegante justicia que solo tiene el universo, en la maldición particular de Jarrett. El álbum de piano solo más vendido de la historia también fue la sombra más larga de su carrera, el tipo de legado que aplasta en lugar de sostener. Hay artistas que pasan la vida entera buscando una obra inmortal; Jarrett tuvo que pasar la suya intentando convencer al mundo, con escaso éxito, de que había compuesto algo más. El mundo, agradecido, siguió sin escucharle.
Existe, además, un detalle deliciosamente irónico que la historia guarda con especial cariño. La promotora del concierto era una estudiante de dieciocho años, Vera Brandes, que prácticamente movió cielo y tierra —y algún piano de dudosa calidad— para que aquella actuación no se cancelara. Si hubiera aceptado el primer “esto es imposible”, que llegó pronto y con energía, el disco jamás habría existido. La historia de la música depende, con demasiada frecuencia, de personas obstinadas y de una logística desastrosa.
The Köln Concert es la prueba definitiva de que la inspiración no siempre desciende del Olimpo en condiciones óptimas. A veces llega con sueño, la espalda destrozada, un piano que ha tirado la toalla y un contrato que ya no admite más excusas. Lo demás es jazz. O, si se prefiere una definición más presentable, el arte de convertir un accidente en una obra maestra mientras el resto de nosotros seguimos buscando el afinador, las condiciones perfectas y una señal inequívoca del universo que, por lo visto, nunca llega.




