Cuando aprendimos a hablar de niños nos daba la sensación de que los nombres capturaban las cosas, que había un vínculo sagrado entre la cosa y el nombre. Y recombinar nombres era entonces crear cosas. Pero recombinar nombres en verdad solo era crear más nombres. Me di cuenta muy tarde de que de lo único que valía la pena escribir era de lo que no se podía escribir.
(Capítulo I)
(…) las palabras empezaban a contener cosas que no se encontraban fuera de ellas. Y en el mundo había cosas que no se podían contener en las palabras. El vacío durante el crepúsculo en los viajes de regreso de la playa. La sensación de algunos sueños misteriosos que yo nunca olvidaría, y que los demás escuchaban con desinterés. No había un nombre para el color que ocasionaba el grosor de un vidrio. El borde de la mesa, verdeazulado, agua dulce, que traicionaba la transparencia. Y hay un momento clave en la infancia. Al principio aprendíamos las cosas, los objetos, y después los nombres de las cosas. Primero veíamos un sombrero y luego aprendíamos que se llamaba sombrero. Pero en algún punto el orden se invirtió. Aprendíamos los nombres y luego lo que las cosas, cada vez más abstractas, eran. Aprendíamos el nombre de un país en el que nunca habíamos estado. Aprendíamos lo que era un impuesto, o un sintagma. Las palabras empezaron a reproducirse entre ellas. Y ya no hubo vuelta atrás. Llegados a un punto, Natka, las palabras solo pueden hablar sobre las palabras. Fue doloroso para mí entender que dedicarse a escribir implica renunciar a la verdad del mundo y aceptar solo la verdad del lenguaje.
(Capítulo I)
Apreciaba a los estudiantes que terminaban rastreando el origen de las ideas que el resto solo repetía. Pero este rastreo (y aquí estaba el maleficio) no resolvía ninguno de los problemas elementales. Bien podía la asignatura teoría literaria ahorrarse la teoría literaria como tal y presentar dichos problemas elementales, en su estado más puro. Si acaso intentar responder por qué dichos problemas eran irresolubles, por qué eran en su mayoría antinomias. Sin embargo, él tenía que ganarse su sueldo, tal y como al parecer había tenido que ganárselo la academia en los últimos cien años. La academia estaba hecha para que el conocimiento creciera hacia afuera, y no hacia adentro, por la sencilla razón de que (al menos en las humanidades) crecer hacia afuera proporcionaba más empleos que crecer hacia adentro.
(Capítulo V)
Me pregunto si quedará siempre una última palabra, un último vínculo con la realidad, antes de que el blanco de la enfermedad triunfe por completo. Una pisada en la nieve.
(Capítulo V)
Llamo inteligencia a la capacidad de decidir entre una serie de opciones. Esa capacidad no solo consiste en balancear las ventajas y desventajas de cada opción, sino en hallar opciones que no se sabía de antemano que eran opciones, y también evaluar sus ventajas y desventajas (la prueba última de la inteligencia es no asumir que la opción que uno ha descubierto es la correcta: que hayamos sido nosotros sus descubridores no debe darle ningún privilegio por encima de las otras). De eso se trata. Creo que la inteligencia es muy simple, lo complejo es el mundo, lo complejo es procesar cada información que nos llega del mundo (desde la alineación de los astros hasta las manchas en el pavimento) con la misma meticulosidad, con el mismo rigor, sin encariñarnos con nuestras propias conclusiones. Y la tragedia de la consciencia está en que es imposible procesarlo todo utilizando el mismo rigor. De hecho, apenas podemos usar nuestro máximo potencial unas pocas veces al mes, en condiciones muy específicas. El resto del tiempo nos vemos obligados a ser indulgentes en un sentido filosófico, a tolerar verdades a medias, a mirar nuestro entorno como un chimpancé miraría una obra de arte. Y es que cuando nos permitimos algún rigor solemos usarlo para trabajar, para ganarnos la vida, en cosas que no nos interesan, y cuando hay un interés genuino esas breves conclusiones, esos fuegos secretos de la conciencia, suelen perderse de manera irremediable, porque a veces ni siquiera encajan en el lenguaje, y si encajan raras veces se comunican a otro, y si se comunican a otro raras veces el otro las entiende, y si las entiende raras veces las recuerda. Y en eso consisten las instituciones de la inteligencia desde hace siglos, en el aprovechamiento de las modestas contribuciones individuales. Como mismo las hidroeléctricas aprovechan la fuerza de los ríos o los molinos la fuerza de los vientos, las instituciones de la inteligencia (las academias, los centros de investigación científica y demás) redirigen las modestas contribuciones individuales y tratan de sacarle algún partido. Ese ha sido el gran cambio de la humanidad en los últimos siglos: las academias y los centros de investigación científica son en sí mismos una tecnología, una máquina que recibe algo y lo transforma en otra cosa, una fábrica que hace que diez seres humanos produzcan en diez años lo que millones no produjeron en miles de años. Y esa ha sido la tecnología más importante de todas, porque ha sido la que ha permitido las demás. Nos encontramos, no obstante, en un punto extraño de la historia de las instituciones de la inteligencia. Los seres humanos tal vez estemos comenzando a entender nuestros límites, los límites de nuestro pensamiento.
(Capítulo VI)
Se había planteado dejar de usar la palabra de aquello que no podía recordar. Usaría disfraces. La masa de agua ahora se llamaría obsidiana. La figura en las cartas de navegación ahora se llamaría el reloj. Lo que estaba a un lado se llamaría el lado de la mano que escribe y lo que estaba del otro se llamaría el lado de la mano que no escribe. Quizás de esa forma pudiera recuperar su memoria sensorial. No, ya eso se le habría ocurrido a alguien. Su cerebro se percataría del engaño. Mi cerebro sabe más de mí que yo mismo, pensó, lo cual es otra forma de decir que yo pertenezco a mi cerebro, pero mi cerebro no me pertenece a mí. Temió que si usaba las palabras disfraz la enfermedad fuera a propagarse también a estas.
(Capítulo VI)
Regresaba el miedo a la muerte, el miedo que no podía reconstruir de día. Cerró los ojos y trató de entenderlo (lo de cerrar los ojos era un acto casi teatral, puesto que su cuarto se encontraba en absoluta penumbra). ¿Y si se trataba de un miedo al infinito? Supuestamente el infinito era inimaginable e irrepresentable. Pero podía sentirlo cuando se asociaba a la muerte. Interna, profundamente. Si asignaba un lapsus de tiempo finito después de la muerte su cerebro parecía preguntar qué seguiría después. Pensó en la fiesta de las primicias que celebraban los judíos en la primera cosecha del año. Pensó en la resurrección que prometía el cristianismo. Si tan solo fuera posible creer en una salvación. O tal vez era falsa su intuición del infinito. Varias veces Vasil había pensado que ningún ser humano podía concebir desde su experiencia una longitud espacial mayor que la que había de su cabeza a sus pies. Un centímetro más solo podía concebirse desde la proyección. Y había pensado que con el tiempo sucedía lo mismo. Que cada ser humano tenía una longitud en el tiempo y que cualquier cosa fuera de esa longitud se hacía difícil de imaginar. Había períodos de tiempo imposibles de concebir, ciertamente. Y era más fácil concebir un período de tiempo infinito que un período de tiempo que se acercara (pero que no tocara) el infinito.
(Capítulo VI)
El sol no había aparecido, pero ya una franja rojiza se coagulaba en el horizonte. Encima crecía un abismo azuloso que no terminaba hasta el otro extremo de la tierra. La distribución del color en el cielo no era pareja. Unas franjas eran amplias, otras delgadas, otras, como la verdosa, casi imperceptibles. Se preguntó a qué se debía, por qué los fotones se aglutinaban en ciertas zonas del espectro, y se distendían en otras, por qué no había una degradación uniforme. Tal vez no era la luz, sino sus ojos, más sensibles a unas coloraciones que a otras. El rojo concentrado en el horizonte, ciertamente, habría sido el resultado de una selección natural, y él por tanto estaba viendo no un color sino una fuerza primitiva, necesariamente asimétrica, que adquiría la forma de lo rojo.
Cada imagen es un mapa del mundo. Pero de un mundo que no conocemos y que trata inútilmente de explicarse. Dios nos habla, pero no podemos entenderlo. Vasil pensó en el anillo negro. Miró las estrellas infantes que se perdían en el amanecer como sueños celestes. Había sido más fácil en apariencia comprender las estrellas, el cosmos, los mecanismos que regulaban la música de los planetas, que la mente humana. Se suele comparar la mente con una cámara fotográfica, pero una cámara fotográfica puede fotografiarse a sí misma, pensó. La mente funciona más como un espejo, que puede reflejarlo todo menos a sí mismo. Cuando se refleja a sí misma solo refleja en verdad a otras cosas externas. La mente solo puede conocerse por lo que conoce de otras cosas externas. ¿Sucedería lo mismo con el anillo negro? ¿Dios podría conocerlo todo menos a sí mismo? ¿Vería su reflejo en las cosas, y su reflejo solo sería lo que de otras cosas él mismo refleja? ¿Rebotarían las palabras que nos dirige contra sí mismo? Quiso pensar que tal vez lo único que compartiría el ser humano con Dios sería la soledad.
(Capítulo VI)
El gran problema a la hora de entender el mundo es que las cosas son específicas, tremendamente específicas, e inseparables de su relación con las otras cosas. Y sin embargo no las podemos pensar en toda su especificidad, ni en su relación con las otras cosas. Inventamos que hay una esencia, y de eso se trata nombrar, de inventar esencias en cúmulos de especificidades que no guardan esencia alguna. Un pez en el agua es un cúmulo de genes únicos tratando de encontrar alimento. Colonias de células en deliberada simbiosis que pueden replicarse a sí mismas en el orden correcto, pero que para replicarse deben encontrar más de los elementos químicos de los que están hechos. Y a esa colonia de células específicas, cada cual con su propio interés y su propia voluntad (las neuronas, los lipocitos, los glóbulos rojos y blancos), rodeada por agua (y en cierta medida evolutivamente modelada por el agua), le llamamos pez. Y no solo eso, sino que decimos que hay toda una raza de cúmulos de colonias semejantes, y hay una palabra para la familia, la clase, e incluso el reino de cúmulos. Como si fueran una cosa autónoma con sus leyes, pero no. Las partículas más diminutas de los cúmulos no operan bajo leyes exclusivas de esos cúmulos. No hay ninguna esencia en ellas. Son libres de los caprichos de los nombres y del orden que damos a las cosas. Siendo estrictos, podríamos decir que no existen las cosas. Solo existen las partículas en su relación con el todo de partículas, o algo parecido que no podemos entender. Una mano humana no es menos fantasmal que los signos zodiacales en la bóveda celeste. Lo que se presenta ante nuestros ojos son las alucinaciones de Dios después de beber del vaso de absenta de la vida humana. La vigilia del universo está allá, fuera de nosotros, y si hubiera modo de colocarla dentro de nosotros, nos resultaría ciertamente incomprensible.
(Capítulo VIII)
Imaginaba que la enfermedad me impediría asociar los objetos con las palabras. Pero más bien lo que hace es ir reduciendo la variedad de los objetos, e ir haciendo que sus adyacencias sean más extrañas e inexplicables. El lenguaje todavía se esfuerza por nombrar. Una palabra se va y otra quiere ocupar su lugar. Pero lo que queda como resultado es bizarro. Se siente como si me dieran un cerdo en pedazos, sin cabeza, y me pidieran que armara la cabeza, usando únicamente lo demás.
(Capítulo IX)
Toda su vida había ido por el camino incorrecto. Había renunciado a la verdad del mundo por la verdad de la literatura. Ahora tenía la verdad del mundo delante. Manchas azulosas en la oscuridad. Formas que se juntaban momentáneamente, queriendo fabricar cosas. Falsos rostros, falsos mapas, falsos bosques. La verdad del mundo está en la totalidad de las cosas, pensó. Las palabras aíslan las cosas de la totalidad y niegan el continuo del mundo. Nada más tengo ya que lo interrumpa. Yo mismo cada vez estoy menos aislado del continuo del mundo. Solo quedan estas palabras que me describen y me separan, y que me mantienen despierto en la noche cuando cierro los ojos.
Se fijaba en una esquina y se le aparecía lo que podría ser un perfil abyecto, o una mano degenerada. Curioso, su mente seguía buscando lo humano en lo no humano, seguía la voluntad de procesar los sentidos hacia una compañía, aunque fueran monstruos. Trató de recordar un rostro y visualizó una carnosa tumoración, de la que brotaban glándulas rosadas y húmedas, el rostro que veía tal vez fuera el rostro de un mandril, o tal vez viera un hongo jaula del diablo, o un coral hecho de músculos humanos. No sentía horror ante aquellas pesadillas, no obstante, porque no invocaban nada o casi nada. La enfermedad lo había privado de la belleza, pero también lo había privado del horror.
(Capítulo IX)
Lo más sorprendente era cómo el mundo había seguido. Cómo a pesar de las profundas transformaciones que atravesaba el Instituto Noumena, cómo a pesar de los rumores y los escándalos, los profesores seguían allí para cobrar sus sueldos, porque probablemente no fueran a encontrar trabajo en otro lugar, ni pudieran ya acomodar sus rutinas a las necesidades de otra vida. Si las universidades seguían existiendo en el futuro, si se las arreglaban para sobrevivir otros cien años, no sería por su capacidad de adaptarse, sino lo contrario. Sobrevivirían por su incapacidad para convertirse en otra cosa, por su complacencia y por su pereza.
(Capítulo IX)
Fragmentos de Noumena (Bokeh, 2026).




