Domingo, Soundgarden, y las cuentas por pagar…

Hoy es domingo, y esto, que no parece en lo absoluto importante, tal vez sí lo sea. Hay un tipo de pensamientos que solo aparecen en mí, en la tranquilidad casi absoluta de los domingos que quedo en casa. No son pensamientos de la euforia del viernes después del trabajo, ni de la disciplina del martes. Surgen en ese momento extraño en que la semana parece detenerse y uno puede contemplar, aunque sea por un instante y ante una taza gigante de café, el tejido irregular de la propia vida.

Vocación, arte, afectos y cuentas por pagar. Tendemos a imaginar durante años que estas cosas pertenecen a mundos diferentes y en contradicción. La vocación habita una región elevada, fría y platónica, diríamos. Los afectos del corazón, otra. El arte parece exigir territorio propio: los tres ojos… (el pineal, digo). Y las cuentas por pagar quedan relegadas a una dimensión gris de la existencia, práctica y casi vergonzante. Las cuentas son siempre como una interrupción de lo verdaderamente importante. Pero la experiencia nos enseña algo distinto: la vida no está organizada en compartimentos. En ella todo ocurre al mismo tiempo.

Uno intenta escribir una página de prosa medianamente decente o, al menos, comprensible al lector, y al mismo tiempo está pensando en la cuenta de electricidad. Quieres a alguien con quien prefieres pasarte la mañana en casa, y tienes que levantarte temprano e ir a trabajar ante personas que, tal vez, ni te soportan. Escuchas una canción que te cambia el ánimo del día, te emociona hasta las lágrimas, y luego vas y haces la compra de la semana. La realidad mezcla lo sublime y lo cotidiano con una indiferencia absoluta hacia nuestras clasificaciones.

Cuando llego acá, siempre llego también a aquella observación de Santa Teresa de Jesús, según la cual Dios andaba entre los pucheros. La frase suele citarse por su valor espiritual, y, para mí, como la quintaesencia de lo que fue la mística española del siglo XVI; pero, creo, también tiene una intuición humana, que se descubre sin necesidad de ser místicos: lo importante, lo trascendental no ocurre fuera de la vida ordinaria. Ocurre dentro de ella, dentro de su temporalidad inmanente, es decir, entre los cacharros y pucheros o, quizás en el “fango del macadam”, que decía Baudelaire. El Sutra del Corazón, del Budismo Mahayana, tiene también una frase única al respecto: la forma es vacío, y el vacío es forma.

Este domingo pensaba en esto mientras veía algunos conciertos de Soundgarden. No el Soundgarden de los años 90, de los comienzos del grunge. No la banda potente y joven que parecía destinada a conquistar el mundo, y lo conquistó. Hablo del Soundgarden de la etapa final, entre 2012 y 2017, antes de la extraña muerte de su cantante y compositor Chris Cornell. Lo que aparece allí no es una banda de rock veterana y experimentada intentando recuperar la juventud perdida en una segunda bocanada de oxígeno. Tampoco un grupo aferrado a la nostalgia como tantos que conocemos. Lo que aparece es algo más raro y más interesante: hombres que han aprendido a convivir con el tiempo…y con la fama.

Chris Cornell ya no posee la belleza casi sobrenatural de las fotografías antiguas. El rostro muestra el desgaste por noches de insomnio, consumo excesivo de sustancias, y quién sabe qué más. Matt Cameron, con sus camisas abotonadas, conserva esa sobriedad casi obrera que lo distinguió. Ben Shepherd parece haber salido de casa con una chaqueta oscura, unas botas desgastadas y el pelo revuelto. Kim Thayil se ha convertido en una especie de sabio inmóvil cuya mera presencia basta para alterar el equilibrio del escenario. Lo notable es que ninguno parece estar intentando ya, demostrar nada.

Y esto, en mis afectos y “escogencias” estéticas, para mí es fundamental porque, en una cultura como la nuestra obsesionada con la exhibición permanente, en esta sociedad del espectáculo de la que nos hablaba Guy Debord, esa ausencia de voluntad de impresionar a mí me resulta sorprendente. Hay una tranquilidad que no proviene del éxito ni del fracaso. Proviene de otra parte. Quizás de la aceptación.

Para mí la figura que mejor encarna esto es Ben Shepherd. Nunca fue un virtuoso en el sentido estricto del término. Incluso, según el mismo ha contado, sus carencias técnicas casi le impidieron ocupar la vacante de Jason Everman. Y, por supuesto, nadie lo menciona junto a los grandes nombres del bajo eléctrico en el rock, en cuanto a técnica, velocidad o espectacularidad on stage. Sin embargo, posee algo más difícil de encontrar: una personalidad sonora inconfundible.

Su forma de atacar las cuatro cuerdas de su bajo Fender Precision produce un sonido “sucio y raro” que, según el propio Shepherd, mucho le debe al bajista de jazz Charles Mingus. No es el clásico sonido pastoso y suave del Fender. Es un sonido con una rudeza peculiar donde las notas no parecen ser acariciadas con las yemas de sus dedos, parecen arrancadas con furia, cólera, casi odio. Muchas veces el bajo no funciona como un instrumento melódico, sino como una extensión física de la sección rítmica, como el verdadero corazón del Universo. No es solamente sonido lo que produce Ben Shepherd. Tiene la gravedad y el peso de una locomotora chirriante.

Y ocurre algo parecido con su presencia escénica. El Shepherd joven todavía participa de ciertas convenciones del rock. Hay movimiento, energía, teatralidad. Pero con los años, y la madurez, parece abandonar progresivamente todo eso. Permanece sobre el escenario con una naturalidad desconcertante. Ni reclama atención ni compite por ella. No intenta fabricarse una imagen. Y sin embargo termina convirtiéndose en una de las figuras más interesantes de observar. Parece ausente y presente al mismo tiempo. No está, pero está. Quizás esa paradoja explique buena parte de su atractivo. Hay músicos cuya presencia depende de la acumulación: más notas, más gestos, más velocidad, más espectáculo. Shepherd pertenece a otra categoría. Su presencia surge de la densidad. Cuanto menos parece hacer, más significativo parece cada movimiento.

Y lo mismo podría decirse de Kim Thayil. En los últimos años de Soundgarden llega a parecer un monje eléctrico, si es que esto no es un absoluto contrasentido. Mientras ejecuta algunos de los riffs más extraños y pesados de la historia del rock permanece casi inmóvil. Como si estuviera meditando. Sus solos de guitarra –creo que siempre Gibson– están llenos de ángulos y de disonancias imprevisibles, Pero él los interpreta con la tranquilidad del monje que riega plantas en su jardín… por cierto, jardín de piedra. Esa inmovilidad tiene algo profundamente expresivo. Transmite suficiencia musical, no pasividad. Como si ya no existiera necesidad de convencer a nadie.

Y aquí aparece una idea que tal vez sea el verdadero centro de estas notas de domingo. Cuando envejecemos hay que quitar capas, no agregar. Durante la juventud acumulamos. Ambiciones, personajes, estrategias, defensas, explicaciones. Algunas son necesarias. Otras simplemente responden al miedo. Con frecuencia, imaginamos la madurez como una forma de enriquecimiento continuo. Más experiencia. Más libros y lecturas. Más conocimientos. Tal vez madurar consista en saber desprenderse, y no en acumular. Convertirse en algo más esencial y no más complejo.

El Soundgarden de los años 2012-2017 transmite precisamente esa sensación. No parece una banda que haya añadido elementos a su identidad. Parece una banda que los ha ido eliminando. Queda un setlist de lujo. Queda un oficio acendrado on stage, queda el Groove. Y queda la amistad. Todo lo demás empieza a perder importancia. Y quizás por eso algunas formas de histrionismo resultan cada vez menos atractivas con el paso del tiempo.

Intrínsecamente, el espectáculo no tiene algo malo. Hay artistas extraordinarios cuya grandeza depende precisamente de su capacidad teatral; pero llega un momento en que uno se interesa más por aquello que permanece cuando la representación termina, cuando las luces se apagan. La pregunta deja de ser quién parece extraordinario y pasa a ser quién es verdadero. Hay algo conmovedor en contemplar a personas –artistas o no– que han dejado de negociar con la mirada ajena. Personas que parecen decir simplemente: aquí estoy. No es una declaración heroica y tampoco es proclama. Y resulta curioso comprobar hasta qué punto esta actitud se parece al groove.

Porque el groove tampoco intenta impresionar. Simplemente se instala en sí mismo con tal firmeza que termina arrastrando todos los sonidos e instrumentos que encuentra a su alrededor. Tal vez, por eso, algunos de los momentos más memorables de Soundgarden no se encuentran en los estribillos ni en los grandes gestos vocales. Se encuentran en esos pasajes donde el bajo y la batería encuentran el groove y permanecen allí. Son esos instantes mágicos, donde la música parece dejar deja de correr hacia adelante. Empieza a caminar, y lo hace como una locomotora que no necesita demostrar su fuerza. Basta con verla avanzar. Algo parecido ocurre con ciertos seres humanos. Con la edad dejan de perseguir una imagen. Simplemente avanzan. Y ahí aparece otra cuestión inevitable: la vocación.

Existe una fantasía romántica, totalmente vigente, según la cual el verdadero artista debería crear sin preocuparse por cuestiones materiales. Esto, como si el dinero contaminara la autenticidad del trabajo creativo. Pero la realidad que habitamos los humanos suele ser menos elegante. A uno le gusta escribir, por ejemplo, lo que no significa que no tengamos cuentas por pagar. Cioran decía que por eso odiaba a Rilke y amaba a Dostoievski y Baudelaire, que todo el tiempo están hablando de dinero, dinero y dinero…Y no existe contradicción alguna entre ambas realidades. La contradicción solo aparece cuando separamos lo que nunca ha estado separado.

El arte no ocurre fuera de la vida. La escritura, la música, toda forma de arte, exigen tiempo. El tiempo exige recursos y los recursos exigen trabajo. Ese trabajo forma parte de la misma realidad que hace posible la obra. De ahí que la frase «me gusta escribir, pero necesito que me paguen» contenga una verdad. No es renuncia al ideal, es reconocimiento de las condiciones concretas de toda existencia. Por ejemplo, un carpintero ebanista puede amar la madera y cobrar por ella. Un músico ama la música y cobra por sus conciertos. Un escritor puede amar la escritura y aspirar a que tenga valor material; aspira también a transformarla en dinero, dinero, dinero… Nada de eso disminuye la dignidad de la vocación que sentimos. Quizás la acrecienta, porque la devuelve al mundo real, al que habitamos.

Y aquí regresamos al domingo. Creo que hay algo profundamente dominical en todas estas reflexiones. El domingo no es el día de la conquista, tampoco el de la derrota. Es un día de comienzo, en el que me gusta observar y divagar, hacer balance. Contemplar aquello que permanece cuando el ruido de la semana disminuye. Quizás por eso, el Soundgarden tardío parece una banda de domingo: del domingo, como perspectiva de las cosas.

Kim quieto en su rincón izquierdo, apenas balanceándose. Matt Cameron sosteniendo la estructura de la canción Jesus Christ Pose, con un groove alucinante. Ben Shepherd con el bajo colgando demasiado bajo, como si hubiera salido a comprar algo al mercado y terminara accidentalmente sobre un escenario. Cornell cantando con la intensidad de quien todavía tiene algo importante que decir e, intuye, que ya no le queda mucho en este terrible “mundo de los vivos”.

Y después cada uno vuelve a su casa, sin épica, sin triunfo, sin revelación final: solo la vida. ¿Es este su verdadero misterio? No la posibilidad de escapar de la realidad mediante cualquier adicción; menos la posibilidad de convertirnos en leyenda glamorosa. Sino la capacidad de habitar plenamente la mezcla irreductible que forman la vocación, el arte, el amor y las cuentas por pagar. La capacidad de comprender que nunca estuvieron separados; que pertenecen a la misma trama vital. Que el artículo que escribimos, la canción escuchada que nos conmueve, el afecto, la conversación con el amigo, el trabajo y la factura por pagar, forman parte del mismo tejido.

Y eso es la madurez: aceptar ese hecho. Quitar algunas capas y conservar lo esencial. Encontrar el groove: seguir adelante. Porque hoy es un domingo como otro cualquiera, delante de una gran taza de café. Y mañana… Mañana inevitablemente volverán las cuentas. Pero también volverán las canciones que nos conmueven.

 


Imagen: Interior (1911), de Peter Ilsted. The Metropolitan Museum of Art.

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