Cézanne los había pintado con majestuosa dignidad, contraviniendo el viejo postulado que establece que el juego de naipes es material exclusivo de El libro de oraciones del diablo y de los papeles sucios y negros. Otros artistas como Caravaggio, La Tour, Gerrit Van Honthorst, Goya y Balthus habían descubierto también la belleza escondida detrás de los ludópatas del juego. Luego, ¿en qué lugar quedaban los círculos puritanos, las autoridades y los que siempre han sido incordiados por la diversión y el despilfarro del ocio, para quienes los adictos al juego no son sino bueyes a los que es necesario impedir la visión panorámica?
En su serie de ocho cuadros, Cezánne va oscureciendo progresivamente la escena sin retirar la luz del rostro de los jugadores. Algo similar ocurría en casa de Manríquez; el cuarto destinado al despliegue de los “papeles sucios” adolecía de una amplia iluminación, no así la mesa, ni la cara de los conflagrados. Aunque la neutralización de la desconfianza podría explicar el asunto, ello no le restaba artisticidad al conjunto. No se podía subestimar que la artificialidad teatral del sitio, estimulaba, también, la manifiesta voluntad de permanencia. Las miradas inquisitivas y los movimientos suspicaces acentuados por la luz cenital había hecho las delicias de los espectadores del arte manierista y barroco; siendo este último modelo luminotécnico el que el señor Manríquez se empeñaba en reproducir, con estricta fidelidad, tres siglos después de su apoteosis.
Los movimientos calculados por parte de los barajadores; el desplazamiento meticuloso y, en consecuencia refinado de cada uno de los naipes; las chispas azufradas que despiden los ánimos sobresaltados; así como el leve temblor de párpados y labios, concienzudamente reprimido, son material indispensable en las más célebres puestas teatrales. ¿Estábamos ante un ejercicio de un gran dramaturgo? ¿Por qué negarlo? ¿O es que este tipo de transgresores, como les consideran algunos, tienen reparos ante lo estéticamente encomiable? Sus diatribas van en otra dirección. El vicio no solo esclaviza a las almas a la mesa de juego, sino que las devuelve al auténtico teatro de operaciones al que pertenece el género humano. Existe la creencia de que lo que no es teatro y pantomima está circunscrito al sueño o a cualquier estado de breve somnolencia en que la conciencia pierde sus cualidades histriónicas; y los jugadores, por más que les pese, adquieren un carácter histriónico y grotesco porque permanecen confinados en la antesala del timo; algo que les dice que ante el menor descuido vendrá el zarpazo, la jugarreta inadvertida.
Manríquez, situado estratégicamente en primer plano, se erigía como una figura monumental que se recortaba sobre el resto de los jugadores, proyectando la única sombra que se movía discretamente alrededor de la mesa: una estampa parecida al siniestro personaje de la escena del Moulin Rouge, de Toulouse-Lautrec, que parece supervisar lo que acontece en el salón de baile. La pintura, como el arte en general, sintetiza de antemano las acechanzas. Vista a través de la pequeña ventana de la habitación, la escena tiene muchos más tintes pictóricos, siendo el lienzo mayoritariamente una ventana, y posee (para descrédito de sus detractores) los requisitos indispensables que hacen de un conjunto una obra de arte.
Y por último, hablemos de la introspección. Los jugadores de naipes, conforme a los protagonistas de otros juegos de mesa, desarrollan una comunión con sus pensamientos que difícilmente es superada por cualquier otra operación autárquica. Pocas veces la relación circular entre causa y efecto llegó tan lejos en el ámbito del comportamiento humano, una razón adicional para considerar la belleza estética del juego. No sería azaroso suponer que alguno o todos estos elementos reunidos son los que atraen, como un imán, la avidez cada vez más metalizada de nuestro protagonista.
Ernst Jünger lo advertía en uno de sus diarios cuando apuntaba: “A última hora de la tarde en casa de Baumgart, en la Rue Pierre-Charron, para jugar nuestra habitual partida de ajedrez (véase que la nomenclatura es intercambiable). En este juego adquirimos el conocimiento de la superioridad del espíritu, no de la superioridad absoluta, desde luego, pero sí de una superioridad particular, de una especie de coacción lógica, y de la sórdida reacción de quien la experimenta”…
Obviamente, casi ninguno de los pintores que han reproducido escenas del juego de naipes, era ajeno a la naturaleza malévola del espectáculo ni a la imagen del hombre que hace trampa. El arte hace tambalear, pero no desbarata el estigma. Tanto Goya como Balthus enriquecen las escenas con un esbozo de complicidades manifiestas. En el cuadro de Goya, uno de los jugadores hace señas a su compañero, y en la versión de Balthus, el joven representado se haya predispuesto al engaño para imponerse. Al igual que en la sala de Manríquez, se establece una especie de duelo metafísico enfatizado por la iluminación fría y calculada que entra por un extremo. Arte de una pureza adúltera, pero arte a fin de cuentas.




