Desde la amplia puerta del Wony, Roy mira —en sesgo— la esquina de la plaza San Martín y la calle Belén, pasan raudos los autos hacia el Paseo de la República a esa hora solitaria del domingo en la noche. Decide entrar al chifa-restaurante. En eso, aparece Theo Arroyo y se sientan juntos en la primera mesa.
—Manya lo que tengo acá —dice Theo sonriendo.
Roy, muy sorprendido, coge dos o tres cuadernos ológrafos de Luis Hernández. No lo puede creer.
—¿Cómo los has conseguido? —le pregunta a su pata de la bohemia cotidiana del Wony, contemplando página tras página poemas escritos con linda caligrafía en tinta líquida y coloridos dibujos a plumón Faber-Castell.
—Vengo ahorita de la casa de Lucho. Todos los domingos voy a verlo, nos fumamos unos buenos tronchos y cuando salgo me obsequia uno, dos o tres cuadernos.
— Increíble —acota Roy, repasando una y otra vez los cuadernos donde puede leer versos agrupados bajo diversos títulos como “La avenida del cloro eterno”, “El sol lila” o “La playa inexistente”, desparramados sin orden ni concierto entre las hojas plenas de intensas ilustraciones alusivas en vibrantes colores.
“La avenida del cloro eterno” le recuerda inmediatamente una noche piurana en la esquina de Santa Isabel donde se reunían los patas. Allí encuentra al “Pollo” Vega y a Balto León con un chisguete de cloretilo en las manos y les pide un toque. Roy entonces moja un pañuelo con el líquido y se lo lleva a la nariz aspirando el psicoactivo, de pronto todo el mundo gira alrededor de su cabeza, debe agarrarse del poste para no caerse y así permanece unos segundos, quizá un par de minutos con todos los sentidos que parecen reventar o cinco mil ruidos de una fábrica demente como sus amigos califican el impacto del cloretilo en sus sensibilidades adolescentes, ávidas de experimentar una visión radical de la realidad circundante oliendo aquella líquida sustancia. Plumm de vuelta a la normalidad.
Pasó rápido el instantáneo efecto. Roy imagina una tarde de Piura metido con sus patas en algún carro corriendo por la avenida Grau o la Sánchez Cerro: esa es la avenida del color eterno, jalando ese éter alucinante que rompe todos los marcos de su zanahoria concepción de la vida en aquel entonces. Piensa que Hernández es un gran poeta: sabe captar el modo de sentir de toda una generación y lo escribe brillantemente.
Poco después Armando Arteaga —amigo suyo desde mis primeras incursiones en Lima durante el verano de 1974— le presta unos treinta cuadernos que, a su vez, le ha proporcionado Theo Arroyo, es decir, su colección de cuadernos de Luis Hernández obsequiados por el poeta en cada una de sus visitas domingueras. Roy no cabe de felicidad, tiene en su poder una apreciable cantidad de cuadernos para deleitarse a su regalado gusto aquellas frías noches del invierno en Lima, encerrado en su habitación de la Avenida Bellavista 724, urbanización Villacampa del Rímac, donde vive hospedado en casa de su tía Emma, hermana de su padre. En sus vagabundeos por el Cercado un buen día descubre en el jirón de la Unión la Cuchillería Bet y se mete un rato por ahí solo para ver en el mostrador a un viejito de pelo blanco: es el papá de Lucho Hernández, según se ha enterado por conversaciones con Lucho La Hoz. Gracias a La Hoz, grande e íntimo amigo de Hernández, Roy comienza a enterarse de muchas, muchísimas cosas acerca de la vida y obra del autor de Charlie Melnik. Tema recurrente de infinitos diálogos desde la primera vez cuando Armando le presenta a La Hoz y a Oscar Aragón una fresca tarde de febrero del 74 tras encontrarse en el café Haití de Miraflores para dirigirse a una fiesta en el departamento de Elsa Sánchez León. Recuerda entonces Roy que Armando le ha contado que Elsa ha sido la musa inspiradora de aquel hermoso poema de Enrique Verástegui que reza en una parte: “A ti te gusta la poesía, pero no tanto como el pastel de fresa”.
Entonces Lucho La Hoz le cuenta que andaba con Nico Yerovi desde sus días colegiales en La Salle donde publican en quinto de media la revista de poesía Ensayos y esa noche en su casa de la calle Las mimosas de Barranco frente al parque del mismo nombre (célebre por un poema del horazeriano Isaac Rupay que culmina así: “Recordándote que te esperé en el Parque de las Mimosas”), Lucho prosigue contándole (y mostrándole una edición mimeografiada de su primer libro El signo de los vientos), pero lo más bacán es la historia de la revista Collage con un grupo que a fines de los sesentas se reunía por el Bowling de Miraflores: los hermanos Igor, Fedor, Iván Larco, sobre todo Iván, gran pata suyo, y también Carlos Cornejo, talentoso escultor; todos de Collage, le enseña cuatro o cinco números de la revista, muy linda una de las tapas en serigrafía, aunque el cuerpo del texto iba a mimeógrafo. Roy se sorprende feliz de ver allí poemas de Lucho Hernández, y traducciones de Paul Celan del mismo Lucho.
Pero más emocionante es cuando La Hoz comienza a contarle de aquella especie de comuna hippie que armó el grupo en la selva de Chanchamayo con Hernández a la cabeza. Como era médico curaba a los niños de los Campas (aún no se conocía su verdadero nombre de Ashaninkas) y ellos les daban yuca y otras cosas con la que se alimentaban. Lucho le sigue contando a Roy que su menor hijo Diego se enferma y entonces deciden regresar a Lima. Circa 1970. Y Roy recuerda unos muy buenos poemas de La Hoz aparecidos en Haraui y que según dice en los créditos pertenecen a un libro de La Hoz en preparación titulado “Diego, el loco”, Roy comprende que se trata de su hijo y también rememora el poema “Odalisca bien pensada”, que termina “y te guardaremos en una cajita de fósforos”. Piensa entonces que es un poquito de marihuana o una chicharra de lo mismo, como se acostumbraba a guardar la yerba en los tiempos de su adolescencia piurana.
De pronto estamos en diciembre de 1976. Hay un ciclo de poesía peruana contemporánea en el Instituto Nacional de Cultura (INC) al que Roy ha asistido en varias ocasiones, por ejemplo, recuerda una noche con el viejo poeta arequipeño Guillermo Mercado entelado en brillante terno azul marino y corbatita michi diciendo todos sus poemas de memoria, de pie ante el auditorio. No mucho después Roy leerá un excelente poema de su paisano arequipeño Oswaldo Chanove en la revista Ómnibus, que reza “Te vi Guillermito en San Camilo / Pronto morirá Guillermo Mercado” (que no le gustó nada a Guillermo Mercado, hijo, escritor también, autor de la novela esotérica indigenista Yachay, amigo de Roy en la bohemia nocturna del bar Tívoli de la Colmena por el 77-78).
Pero aquella noche de fines de 1976, Roy ha leído que se presentará Luis Hernández en el INC y les pasa el yara a sus patas de Melibea, reunidos en casa de Edgar O’hara en San Antonio. Todos se sorprenden porque saben algo, pero no mucho, del autor de Las Constelaciones. Roy los insta a asistir a la lectura, entonces se meten todos como pueden en su Fiat 600 —el Chechento—, unos encima de otros (entre ellos Kike Sánchez) y marchan por el Zanjón hasta el Centro para ver a Hernández leyendo sus poemas.
Al llegar al auditorio casi vacío, es decir, con la cantidad de público normal para este tipo de eventos, ven a Hernández sentado al frente, íntegramente ataviado de blanco con una camiseta de jersey, casi pelirrojo, junto a Jorge “Coco” Salazar, quien lo ha presentado. Ya el gran Lucho está leyendo sus poemas, y lo hace desde la copia mimeografiada, empastada de la tesis de Nicolás Yerovi en la Universidad Católica, que será la base para la edición de Vox horrísona por el sello editorial Ames (cuyo dueño es Omar Ames, un poco mayor, pero todavía estudiante de Literatura de San Marcos). Se trata de la primera recopilación realizada por Yerovi de la obra dispersa de Hernández en innumerables cuadernos ológrafos que, a medio escribir, el poeta regala a quien esté a su alcance por su barrio en 6 de agosto de Jesús María o donde sea que encuentre y a quien sea que esté cerca, por ejemplo, el policía de la esquina o el contertulio tránsfuga de un bar al paso.
El poeta pasaba hoja por hoja escogiendo qué poemas ofrecer a la divertida concurrencia, la cual sonreía o soltaba abiertamente la carcajada ante las inteligentes y muy graciosas ironías de Hernández. De rato en rato se dirigía a su padre colocado en primera fila. Todo el auditorio permanecía en estado hipnótico ante la cadencia y sensualidad que Luchito imprimía a su lectura: era una atmósfera irreal la que circundaba el recinto, plena de la rara elevación de la poesía y la entrañable personalidad del grande artista. Cuando culminó el recital todos los patas de Melibea hemos salido a la calle como suspendidos en el aire, flotando en el espacio ingrávido de una experiencia única e irrepetible. Así lo testimonió Edgar O’Hara en un artículo que publicó con el título de “Luis Hernández: La locura real” en el suplemento cultural de La Imagen dominical del diario La Prensa. Y a partir de entonces se desató una devoción intensa por el genio de Una impecable soledad, no solo en O’Hara sino en la totalidad de los amigos de Melibea que asistieron conducidos por Roy al INC (varios de los cuales pronto formarían el grupo La Sagrada Familia), aquella incomparable noche de comienzos del estío en Lima, la esponja (como la llamó el mismo Lucho).
Están sentados alrededor de la redonda mesa del comedor en la casa de Lucho La Hoz en Barranco. La noche otoñal de Lima se cierne sobre el aire salino que sube desde el mar por los acantilados. Reunión de AUKI: se prepara el Segundo número de la revista. Lucho entrega mimeografiada una selección de poemas de Luis Hernández, aprobación unánime. Salen en AUKI # 2 en julio de 1975. Es el primer movimiento de rescate de la poesía de Hernández que está un poco olvidada. Todos contentos con ello. Hace poco se ha publicado en el diario Correo de Lima la entrevista que le ha hecho Alex Zismán y que ha concitado la atención de todo el mundo.
Una noche en el Wony, Roy le entrega a Marco Martos unos cuantos textos de Hernández que ha escogido de los Cuadernos (a pedido de su profesor y mentor de esos días), un par de aquellos poemas sale en el sexto y último ejemplar de Hipócrita lector en 1976. Roy recuerda que La Hoz le ha contado finalizando el verano del 74 que Marco e Hildebrando Pérez se apersonaron en la casa de Hernández para solicitarle poemas para una antología peruana que preparan, titulada 33 poetas 33. De Vicente Azar a Enrique Verástegui, que nunca llegó a salir, pero Hernández le comenta a La Hoz (y La Hoz a Roy) que Lucho los tomó irónicamente porque se sorprendió que fueran a verlo y con aquel propósito después de tenerlo olvidado e ignorado bastante tempo. O sea, según La Hoz, no le gustó dicha visita al autor de “Orilla”.
Lucho le dice a Roy: Hernández escribió en la pared sobre César Calvo: Porcum est. ¿Y por qué?, le pregunta Roy. Ah, porque Calvo, sin su autorización, pasó los poemas a máquina, organizó el libro y lo mandó al concurso. Se refiere a Las constelaciones, que luego queda segundo en el Poeta Joven del Perú del 65, con el escándalo de todos ya que piensan que debió ganar, igual que el libro “Elogio de los navegantes”, de Juan Ojeda (que obtuvo una Mención). Roy recuerda un cuaderno de Hernández en el que reza: A Juan Ojeda, a quien no conocí, dedicatoria escrita luego del suicidio de Ojeda en noviembre de 1974.
Y sigue La Hoz: Era increíble, a veces estábamos con Lucho en su casa en una juerga total, eventualmente se ponía a recitar en alemán y oíamos a los Beatles, que lo habían deslumbrado porque él era de música clásica, pero de repente sonaba el teléfono y Lucho contestaba: era una señora preocupada por su hijo enfermo. Ante el estupor de todos los presentes, Lucho, con toda lucidez —mientras había estado loqueándose— y como si estuviera perfectamente sano, le daba una receta al toque y listo, volvía a la locura como si no hubiera pasado nada. “La locura real” como bautizó su artículo Edgar O’Hara en La Prensa después de presenciar la singular lectura de Hernández en el INC, diciembre de 1976.
Alonso Ruíz Rosas andaba por Lima circa 1975 recogiendo materiales para una revista llamada Mesa de Partes que proyectaba en Arequipa todavía cuando estaba en quinto de media. Visita a Antonio (Toño) Cisneros para pedirle unas colaboraciones. De pronto alguien toca la puerta del departamento sito en la calle Roma de Miraflores. Era Lucho Hernández con el pelo revuelto. Entra a la sala, saluda, luego se inmiscuye en el balconcito interior que da a la calle. Se sienta junto a Alonso y Cisneros que departen cordialmente. Toño se lo ha presentado, entonces Alonso aprovecha para pedirle una colaboración a Hernández para su nueva revista. A lo que Lucho responde cogiendo una servilleta de la mesa y escribe: “70 veces siete / te he perdonado 70 veces 7”, verso bíblico que cunde por aquí y por allá en los cuadernos ológrafos. Pero Alonso no sabe nada de eso, simplemente dice “Gracias” sin entender bien qué es lo que está sucediendo. Súbitamente Lucho Hernández se levanta y se despide raudamente. Alonso le pregunta a Cisneros: ¿Qué es esto? ¿Qué te parece?, mostrándole la servilleta escrita por Lucho. Cisneros, sin darle importancia responde: “Improvisaciones de borracho”. Roy escucha el relato de Alonso mientras consumen un par de cervezas en el Haití de Miraflores un par de años después y recuerda una conversación con Toño, quien le comenta: “Mira, si quieres verlo así: Lucho es Ribeyro, pero yo soy Vargas Llosa”.
Lucho La Hoz recuerda, está charlando con Roy en el bar S.O.S. de La Herradura, adonde van con frecuencia. Era increíble, dice, nadie se dio cuenta, estábamos reunidos en la casa de no sé quién y en eso veo a Lucho que, solapa, extrae una hipodérmica de su bolsillo y subrepticiamente se inyecta en el brazo por debajo de la manga de la camisa, Sosegón. Yo me quedé con la boca abierta, nadie se dio cuenta, y Lucho seguía conversando, normal, sentado en el sofá de la sala; computé que lo hacía tratando de calmar el intenso dolor que sufría en la espalda. ¿Te acuerdas?, le pregunta a Roy: “Soy un hombre herido por la espalda / y como estoy herido sé adónde voy”. Entonces, ya en el verano de 1977, Roy visita —como siempre en cualquier momento— a Lucho en Las Mimosas de Barranco. “Ayer me vino a ver Lucho”, le comenta La Hoz. “Sí, se va a Buenos Aires a hacerse un tratamiento en la clínica del Doctor Baldaraco, especialista en dolores físicos de origen psíquico”. “Asuuu”, contesta Roy.
Corría febrero, marzo o quizá hasta abril de 1977, deciden bajar a Barranquito: allí está Mariela, la compañera de La Hoz. Pasan una tranquila tarde mientras las olas fabrican suaves tumbos en el océano más pacífico que de costumbre. Roy recuerda una vez en el Sambor de la avenida Benavides: La Hoz le cuenta una historia bacana de Hernández. Una tarde, más precisamente a la hora del crepúsculo convence al grupo de muchachos amigos para acercarse a los acantilados de Barranco a contemplar la inmensidad del mar. El genio de Vox horrísona está alegre, de buen humor y se pone a tocar bellas melodías en su flauta dulce; interpreta armonías con su “añil claridad” (como afirma en uno de sus más hermosos poemas) que a todos los emociona inesperada y dulcemente. De pronto, Hernández extasiado, en un trance indescriptible se acerca al borde y lanza de espaldas su flauta hacia las aguas que reinan en el horizonte de sus perfectas soledades, a esa hora demudadas ante la loca creatividad del grande poeta.
La noticia corre por todo Lima. Ha muerto Luis Hernández, se ha suicidado en Buenos Aires. Roy va en busca de Lucho La Hoz, lo encuentra saliendo de su casa acompañado de su gran amigo Nicolás Yerovi. Parten los tres a La Herradura en el Dodge negro de amplias dimensiones de Nico. Los recibe el S.O.S. con unas cervezas heladas. Están muy consternados. El calendario marca pocos días después del 3 de octubre de 1977. La Hoz recuerda algo que él sabe: Hernández se quedó todo un día en una locación de Hungría justo en el sitio donde Attila József se había arrojado a los rieles de un tren que por allí pasaba a toda velocidad. Silencio total en la mesa. El mar al frente se va tornando de un verde oscuro. Alguien cita el poema “A un suicida en una piscina”: “No mueras más / oye una sinfonía para banda / Volverás a amarte cuando escuches / Diez trombones / Con su añil claridad / Entre la noche”, originalmente publicado por Mirko Lauer en el suplemento dominical de La Prensa por 1975.
Pronto saldrá la poesía recopilada por Nico Yerovi, Vox horrísona es el título y Dalmacia Ruíz Rosas, tomando un café en el Haití, le dice a Roy: “Como los horrísonos de los Picapiedras, o sea la banda de rock”. Sonríen ante la genialidad del gran Lucho. Y La Hoz le comentará a Roy, unos días después: “Ese Lucho, ya tenía que volver a Lima, le habían dado de alta, pero no quiso, yo sé que no quiso volver a una vida normal. El deseaba seguir viviendo en su locura libre y juvenil de siempre”.
Ambos recuerdan lo que dijo Yerovi: se lo llevó el tren y no quedó prácticamente nada de él. La leyenda suscribe que tras tomarse una chela en un boliche, caminó de frente, difícil bajo la noche, contra un tren que venía a una velocidad imposible de detener. Juntó su vida a su escritura, piensa Roy mientras deambula por un parque de San Isidro, cerca de Dasso, donde hay un cactus y unos versos de Hernández dibujados en uno de los hitos con el nombre del parque. Se sienta sobre el pasto unos instantes y siente que una lágrima corre por su mejilla. Y entonces repite en voz alta: Solitarios son los actos del poeta / como aquellos del amor y de la muerte.
Orillas del río Cooper, sur de New Jersey, mayo de 2025.




