Autores que nunca conocí: Norman Douglas

Puedes aproximarte a Norman Douglas de varias maneras; pero la mayoría de esos caminos serán equivocados, porque llevas contigo tu propio yo y te empeñas en aplicar a su obra y a su carácter tus criterios particulares. Nunca fue popular entre los jóvenes de su tiempo; jamás ha sido popular entre lo que podríamos llamar puntillosos —los hombres que prestan apenas una cuarta parte de su atención a un libro y tienen el lápiz listo en la mano para anotar sus imperfecciones y plagios—; nunca será popular entre los meros esnobs. Todos han sospechado, o sospecharán, con toda razón, que le es indiferente sus existencias. Es la mayor ofensa que puede cometer un autor.

Me atrevo a añadir esta nota a una breve serie de charlas radiofónicas porque, aunque nunca nos vimos, Norman Douglas y yo mantuvimos cierta correspondencia, y porque él creía que yo sabía de él algo que otros no habían advertido. Esto es decir muy poco. Era un original; y la dificultad con los originales es que quedan fuera incluso del gusto más fino de sus generaciones, que suele concentrarse en ciertas cualidades excluyendo otras. Esa concentración no es exactamente moda; pero sí entraña el egotismo del que hablé antes.

Ahora bien, la razón por la que Douglas no atraía a los jóvenes era que era lo que podría llamarse un escéptico sosegado. La juventud exige opiniones positivas. La razón por la que repelía a los puntillosos era que se reía de ellos. Y la razón por la que los esnobs nunca disfrutarán su obra es que lo que exigen de la escritura actual es —como dicen— lucimiento: exhibicionismo. Douglas no hacía alarde. Sibarita con pasión por la comida exquisita, el buen vino y la conversación de amplio registro, no se violentaba para complacer a otros. Si lo atacaban o lo contradecían, no se enfurecía; los consideraba, con la mayor cortesía, absurdos. Así lo muestra la pícara burla de Looking Back, autobiografía en la que finge dejarse guiar en sus recuerdos por una colección de tarjetas de visita.

La sátira no era maligna; era traviesamente blanda. Hacía que todos los hombres parecieran menos importantes de lo que deseaban ser. Pero el propio Douglas no había querido ser importante. Su actitud general era la de uno de los personajes de South Wind, que preguntaba: “¿Por qué habría de mortificarme con lo tedioso?” No hace falta decir que, por curiosidad, por su interés escéptico en casi todos los fenómenos naturales y humanos, y por su humor, nada le resultaba tedioso. Lo que le aburría era la seriedad de quienes daban importancia al atributo de la seriedad.

Su padre era escocés; su madre, me dijo en una carta, tenía un padre francés y una madre de Aberdeen; de modo que verás que era tres cuartas partes escocés. Este dato es esencial para entender su temperamento. Ayuda a explicar por qué, de muchacho, prefirió Alemania a una public school convencional en Inglaterra, por qué fue precoz en el estudio y en la conducta, y por qué se interesó minuciosamente por materias como la herpetología del ducado de Baden, sobre la que escribió un libro temprano. Podría haber sido pedagogo —hasta pedante—, pero detestaba toda clase de ñoñería o constricción, y puso su incalculable inteligencia al servicio de convertir toda experiencia en conocimiento irreverente.

Durante un tiempo estuvo en el servicio diplomático. Fue uno de los sucesivos subeditores de The English Review. Viajó por gran parte de Europa, especialmente por Italia; y su libro Old Calabria es una de esas inagotables mezclas de saber y desenfado que los hombres atesoran de por vida. Enseñó francés a soldados estadounidenses en París durante la Primera Guerra Mundial, se instaló en Capri (de allí sacó la isla de Néfeles de South Wind), y hasta la publicación de esta última obra no tuvo éxito alguno como autor. South Wind le dio reputación y éxito. Aún hoy deleita, irrita y provoca controversia.

El personaje principal de South Wind, el señor Keith, era mayor de lo que parecía —increíblemente mayor, en verdad—, aunque nadie lograba creerlo; estaba bien conservado gracias a un complicado sistema de vida cuyos pormenores, solía declarar, no eran aptos para su publicación. Era sólo su manera de hablar. Exageraba terriblemente. Su rostro, afeitado, sonrosado, poseía una plenitud querúbica.

Siempre supuse que aquello era un autorretrato; y cuando leí la descripción que hace D. H. Lawrence de Douglas como “decididamente desaliñado y caballeroso, con su malicioso rostro encendido y sus cejas hirsutas”, me pareció que lo que uno señalaba con cierto favor, el otro lo condenaba con cierto desagrado. Douglas negó haber intentado un autorretrato. No obstante, hay otro detalle relativo al señor Keith que lo contradice. Al señor Keith, aunque “anfitrión perfecto” (como lo era Douglas), se le describe como “un egoísta, un solitario en sus placeres”, que “sabía demasiado y había viajado demasiado para ser otra cosa que un irremediable incrédulo”.

Douglas no predicaba la incredulidad. Era demasiado humorista para eso; y no buscaba discípulos. Lo único que quería era gozar de su sabiduría acumulada, de su observación de hombres, mujeres, muchachos, insectos y animales, de la comida que comía, del vino que bebía y de los libros que leía con tanta discriminación. Se reía continuamente —para sus adentros—. Era escocés; y los escoceses guardan sin declarar sus mejores bromas. Si esto se debe a la frugalidad, o a que hallan más delicado el regocijo secreto que aquel entorpecido por la risa de otros, no sabría decirlo.

Por último, cuando hablé de escepticismo sosegado, unía la incredulidad que Douglas atribuía al señor Keith a la placidez que elogiaba en Old Calabria:

“Por plácido [dijo] no entiendo amante de la paz ni compasivo en el sentido cristiano. La doctrina de amar y perdonar a los enemigos se funda en el puro pánico; nuestra piedad hacia los otros es peligrosamente afín a la autocompasión, vicio de los más odiosos. La enseñanza católica —en la práctica, si no en la teoría— se desliza con arte sobre la pretendida deseabilidad de estas virtudes monstruosas, sabiendo que no pueden atraer a un tronco masculino. Por plácido entiendo firme, dueño de sí”.

Por “plácido” quería decir inamovible. También quería decir lo mismo que el filósofo leontino que, citado con aprobación en Looking Back, explicaba así su robusta longevidad: “Porque jamás me aparté un paso de mi camino para agradar a nadie más que a mí mismo”. Douglas dio muchos pasos para complacer a otros hombres; hasta Lawrence admitió de mala gana que “D—— nunca me ha dejado en la estacada”. Pero no cambiaba de parecer ni abandonaba sus hábitos cómodos por nadie en el mundo. Sabía demasiado; creía demasiado poco; y, como escéptico, era tranquilo en su escepticismo. La tranquilidad le permitía ser bondadoso, estado imposible para esas gentes agitadas que se consuelan de su propia incertidumbre con diversos dogmatismos.

 


Tomado de Authors I Never Met  (London, Frederick Books / George Allen & Unwin Ltd., 1956).
Traducción de Pablo De Cuba Soria.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio