Onduras. Deriva de onda, del latín unda (ola, movimiento del agua), más el sufijo abstracto «-ura», que designa cualidad o efecto. Vocablo que sugiere profundidad, resonancia y propagación: lo que deja huella en su expansión. Neologismo acuñado por los editores de Bookish & Co. para nombrar ciertos natalicios literarios. Estas «Onduras de Reinaldo Arenas» celebran el natalicio 82 de aquel novelista maldito y provocador, que desnudó con rabia y belleza el horror del poder totalitario.
Para mí, lo cubano dista mucho de ser una abigarrada descripción monumental y barroca, al estilo de Alejo Carpentier. Para mí lo cubano es la intemperie, lo tenue, lo leve, lo ingrávido, lo desamparado, desgarrado, desolado y cambiante. El arbusto, no el árbol; la arboleda, no el bosque; el monte, no la selva. La sabana que se difumina y repliega sobre sus propios temblores. Lo cubano es un rumor o un grito, no un coro ni un torrente. Lo cubano es una yagua pudriéndose al sol, una piedra a la intemperie, un matiz, un aleteo al oscurecer. Nunca una inmensa catedral barroca que jamás hemos tenido. Lo cubano es lo que ondula.
Más que un estilo, lo cubano es un ritmo. Nuestra constante es la brisa. Más fuerte al atardecer, casi inmóvil al mediodía, anhelosa y gimiente en la madrugada. De ahí que la novelística cubana no esté escrita en capítulos, sino en rachas; no sea algo que se extiende, sino que ondula, vuelve, se repliega, bate, ya con más furia, ya más lentamente, circular, rítmica, reiterativa, sobre un punto. Así, si de alguna «teluricidad» podemos hablar es de una «teluricidad» marina y aérea… Nuestra selva es el mar.
«El mar es nuestra selva y nuestra esperanza» (Necesidad de libertad, 2001)
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Al oscurecer, agotada la bilis, solamente arqueamos. En el horizonte aparece un helicóptero; desciende. Nos tira unas cuantas fotos y se marcha. El viejo «que se hizo pasar por delincuente» se desmaya. Todos, aferrados a cualquier objeto, nos recluimos un poco en nuestras propias calamidades. Sólo el hombre que no sabe a dónde va, alza los brazos —en su mundo— y sostiene sus ininteligibles gemidos. A medianoche, un enorme barco con el estimulante nombre de Vigorosus II se nos acerca, conducido por el helicóptero. Es un guardacostas norteamericano. Que ya tira sus botes-salvavidas al agua, que ya llegan hasta nosotros, que ya nos transportan, que ya, subidos por sogas, nos depositan en la cubierta. Los enfermos de cuidado son transportados por el helicóptero que aterriza y despega sobre el mismo guardacostas. Su tripulación, en su mayoría puertorriqueña, nos recibe con júbilo. Podemos secarnos, tomar algo caliente, comer… Así pasamos la madrugada, y al día siguiente (el tercero de nuestra travesía) estamos ya frente a Key West.
«Un largo viaje de Mariel a Nueva York» (Necesidad de libertad, 2001)
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Así el intelectual cubano en el exilio está condenado a desaparecer dos veces: primero, el Estado cubano lo borra del mapa literario de su país; luego, las izquierdas galopantes y preponderantes, instaladas naturalmente en los países capitalistas, lo condenan al silencio. Para esos señores de las izquierdas occidentales, turistas de los países socialistas, ser anticomunista es de mal gusto; pero no es de mal gusto cobrar en dinero capitalista, vivir bajo el confort y la seguridad de las democracias capitalistas y, espléndidamente ataviados, mirar (como miraban los agentes fascistas por las mirillas de los crematorios) cómo millones de seres humanos, a golpes de puntapié, son reducidos a la terminología de «masa», a un anónimo y planificado bloque unidimensional, hambriento y amordazado, compelido siempre a arañar la tierra y aplaudir o sencillamente perecer. Ninguno de estos «señores» se preocupó nunca por saber ciertamente qué ocurría con los intelectuales cubanos.
«La represión (intelectual) en Cuba» (Conferencia dictada en agosto de 1980 en la Universidad de Columbia, Nueva York)
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El amor en los tiempos del cólera no es una historia de amor (toda historia de amor es algo bello, terrible e irrepetible); es más bien la historia de un fracaso y de un aburrimiento. El fracaso evidente es el de García Márquez, enfatuado y mitificado hasta el límite injusto de habérsele otorgado el Nobel, cuando hay un Borges y un Paz que no lo han recibido; el aburrimiento, que cae como una carpa de circo vacía sobre el lector, el que produce la lectura de estas cuatrocientos cincuenta páginas tan monocordes y estériles que parecen el producto de un burócrata. trasnochado —y que me disculpen los burócratas—. «La música es buena para la salud», escribe aquí García Márquez en una de sus incesantes perogrulladas. Cierto, pero la mala prosa puede matar al lector más saludable. ¡Cuidado!
«García Márquez: fin de un mito» (El Nuevo Herald, 8 de febrero de 1986)
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Una de las características castristas es que castra sicológicamente a los hombres. El sistema caudillista cubano sólo admite dos tipos de hombre, el macho-macho, encarnado naturalmente por el propio Fidel Castro, quien es el único que habla, patea sobre la tribuna, truena, ordena y reparte premios o prisiones: el otro ejemplar es el macho-hembra, es decir, el hombre que obedece y admira incondicionalmente al macho-macho.
«Fidel Castro en Desnoes: transverberación» (Necesidad de libertad, 2001)
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No creo que un verdadero escritor deje de serlo porque ocupe la presidencia de su país. A calamidades peores se han enfrentado escritores de talento y han salido indemnes… La condición artística no es una profesión sino un don que hace su visita esporádicamente. Ese don se alimenta de la aventura, y como la presidencia del Perú no es afortunadamente un cargo vitalicio, una vez terminado su mandato el escritor podría emerger con una experiencia que bien podría integrar una de sus futuras novelas. Hasta me atrevería a afirmar que desde el punto de vista de la creación artística para Mario Vargas Llosa sería más útil vivir esa aventura política y luego transformarla en literatura que hacer de la escritura una profesión cotidiana y por lo mismo un fastidio. Aun para los talentos más fértiles resulta imposible publicar un buen libro todos los años.
«Vargas Llosa, presidente» (Libro de Arenas, Prosa dispersa, 2013 y 2022)
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Nueva York, agosto 5 de 1983
Señora Alexandra Reccio:
Quizás le sorprenda esta carta. Sé de usted por Enrico M. Santi, quien me comunicó cuán defraudada —y hasta indignada— se siente usted porque yo, al fin fuera de Cuba, es decir de la cárcel, puedo decir realmente lo que allí sucede. Usted fue a mi cuchitril de la calle Monserrate 401, en La Habana Vieja, en 1980, con el proyecto de una flamante antología de la literatura oficial cubana, además de un libro de entrevistas «positivas»… Usted, muy bien ataviada, miembro del Partido Comunista de Italia, oficialmente dirigida por Edmundo Pérez Desnoes (¿hubo también algún pequeño romance? Digo «pequeño» y usted sabe, naturalmente, a lo que me refiero…), muy bien albergada y tratada en La Habana, cumplía cabalmente con su misión: dar una imagen idílica y radiante del castrismo, una imagen para ser exportada. Como las mulas cuando van cargadas (con la única diferencia de que las otras mulas van obligadas) llevaba también usted unas enormes orejeras que no le permitían mirar más que hacia un fin «recto» y seguramente bien remunerado. La Habana Vieja en ruinas sucesivas, con sus balcones apuntalados, sus casas derrumbadas, sus mercados cerrados y con miles de familias viviendo en estrictos recovecos como el mío, le pareció «una de las ciudades más bellas del mundo»; la falta de transporte fue un motivo para que usted elogiase «el maravilloso silencio de la ciudad»; la escasez de comida para usted era hasta una medida sanitaria y una «forma de conservar la línea».
Recuerdo —cómo olvidarlo— que mientras en compañía de Vicente Echerri, me comía un huevo duro que usted «generosamente» se negó a compartir, me dijo que Virginia Woolf no era más que «una señora burguesa»… Comprendí en ese momento el grado de bajeza y miseria al que una persona puede llegar cuando es el instrumento (por cualquier razón) de una ideología perversa.
Ese instrumento es usted. Ejemplo típico de mediocridad resentida e insatisfecha, a quien la libertad que disfruta (y combate) le ha servido sólo para reflejar su incapacidad y fracaso…
Fragmento de carta recogida en Necesidad de libertad (2001)
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En 1985 murieron dos de mis grandes amigos: Emir Rodríguez Monegal, la persona que mejor había interpretado todos mis libros, y Jorge Ronet, junto con quien yo había emprendido enormes aventuras nocturnas. Emir murió de un cáncer fulminante; Jorge murió del SIDA; la plaga que, hasta ese momento, tenía solamente para mí connotaciones remotas por una especie de rumor insoslayable, se convertía ahora en algo cierto, palpable, evidente; el cadáver de mi amigo era la muestra de que muy pronto yo también podía estar en esa misma situación.
(…)
Las brujas han conminado mi vida. Aquellas brujas nunca abandonaron la escoba, no porque pudieran volar, sino porque todas sus ansias y todas sus frustraciones y deseos se redimían barriendo y barriendo el corredor de mi casa, los patios, las salas, como si quisiesen barrer de esa forma sus propias vidas. Así, junto a todas estas brujas, se destaca la imagen de la bruja mayor; la bruja noble, la bruja sufrida, la bruja llena de nostalgia y de tristeza, la bruja más amada del mundo: mi madre; también con su escoba, barriendo siempre como si lo que importara fuera el valor simbólico de esa acción.
(…)
¡Oh Luna! Siempre estuviste a mi lado, alumbrándome en los momentos más terribles; desde mi infancia fuiste el misterio que velaste por mi terror, fuiste el consuelo en las noches más desesperadas, fuiste mi propia madre, bañándome en un calor que ella tal vez nunca supo brindarme; en medio del bosque, en los lugares más tenebrosos, en el mar; allí estabas tú acompañándome; eras mi consuelo; siempre fuiste la que me orientaste en los momentos más difíciles. Mi gran diosa, mi verdadera diosa, que me has protegido de tantas calamidades; hacia ti en medio del mar; hacia ti junto a la costa; hacia ti entre las rocas de mi isla desolada, elevaba la mirada y te miraba; siempre la misma; en tu rostro veía una expresión de dolor, de amargura, de compasión hacia mí; tu hijo. Y ahora, súbitamente, Luna, estallas en pedazos delante de mi cama. Ya estoy solo. Es de noche.
Antes que anochezca (1992)
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Abre, obra, obre, ubra, abra, ebro…
¿Sabrá Zebro que él sobra lo mismo si escribe Kobra o quema todas sus obras, volutas de falsos Sèvres? Jamás sabia, jamás sobria. Macabra culebra ebria sobre ubres de otros orfebres ante los que se descubre, la pobre, que toda es cobre. Voluble como una cebra, sus obras son sólo sobras que enhebra sobre otras hebras y sobre otros libros labra. ¡Y por extraño abracadabra por ese atraco ella cobra! [Para Zebro Sardoya]
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Ejo, ujo, ijo, ija…
Alejo, papujo y viejo, ¿por qué te alejas cada vez más lejos? Te vemos sólo como un reflejo. Hijo, deja esos pujos, renuncia al lujo, no te des más lija ni le saques lajas a La Habana Vieja con tu catalejo. Ven a comer lentejas y guataquear parejo soltando el pellejo sin ninguna queja. [Para Alejo Sholejov]
(…)
En la biblioteca
Cuando la Tétrica Mofeta entraba en la sala de lectura de la Biblioteca Nacional todo se transformaba; ella también. Allí, rodeado por los libros, un halo mágico envolvía a Reinaldo. Gabriel, casi completamente solo en la biblioteca, miraba para los estantes. De cada libro emanaba un fulgor exclusivo. Caminar hasta aquellos estantes, sacar al azar un libro… ¿Qué mundo nos descubriría? ¿Hacia qué lugar remoto nos transportaría? ¿Con qué ritmo nos llevaría hacia parajes, bellezas e ideas jamás soñados y sin embargo presentidos? Pero el momento más extraordinario era ese en que, la mano ya sobre el libro, aún no lo había abierto. En ese momento, la Tétrica Mofeta, Gabriel, Reinaldo, no tenía un libro en sus manos, sino todos los libros del mundo y por lo tanto todos los misterios posibles e imposibles. Entonces, una sensación de plenitud total envolvía a la Tétrica Mofeta, a Gabriel y a Reinaldo fundiéndolos en un solo ser. Así, radiante, aquel ser tomaba el libro y volviendo a la mesa comenzaba la lectura.
El color del verano (1999)
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Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer en el destierro seguramente no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país.
Al pueblo cubano tanto en el exilio como en la isla los exhorto a que sigan luchando por la libertad. Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza.
Cuba será libre. Yo ya lo soy.
Carta de despedida (1990)




