Nelson Llanes: “No creo en la honestidad del escritor”

En  Los cerdos salvajes (Casa Vacía, 2025), Nelson Llanes (Cuba, 1962) erige una fábula oscura en la que el cerdo —animal bíblicamente maldito y emblema de lo impuro— sirve de eje para un examen descarnado de la condición humana. Desde la “advertencia al lector”, el libro se presenta como un “viaje hacia la naturaleza humana en su sentido más rudimentario”, donde la violencia y el odio operan menos como estallidos externos que como fuerzas latentes que modelan a sus personajes. Entre resonancias de Flaubert, Shakespeare y la gran tradición rusa, la novela propone una mirada sin redención posible, fragmentaria y llena de silencios, que obliga a cuestionar la frontera entre lo humano y lo animal, entre el lenguaje y su fracaso. Con estas claves en mente, la siguiente entrevista indaga en la simbología del cerdo, la ética del estilo y los mecanismos de violencia moral que atraviesan el texto, invitando al lector a adentrarse en un universo literario donde, más que respuestas, lo que se busca es exponer “los inhóspitos trazos de verdad que habitan en los abruptos pliegues del alma”.

 

La figura del cerdo, no como animal de fábula sino como presencia moral, social y casi metafísica, se impone con una claridad brutal desde el título en Los cerdos salvajes. ¿Qué te llevó a otorgarle tal centralidad simbólica? ¿Qué reconoce en ese animal que no encuentra en otros seres del bestiario narrativo?
A los cerdos se les menciona alrededor de una veintena de veces en la Biblia y siempre recae sobre ellos el estigma de los animales encerrados en pocilgas, y de ser depositarios del grado más elevado de repugnancia que cabe imaginar. “ No den lo santo a los perros, ni echen sus perlas delante de los cerdos, no sea que las huellen con sus patas, y volviéndose los despedacen”, dice en Mateo 7:6. Cuando Jesús expulsa los demonios que viven en los hombres, les manda a entrar dentro de unos cerdos, los cuales lejos de avenirse con los nuevos inquilinos, terminan precipitándose por un barranco. Cualquier otro animal no hubiera tenido misma la carga simbólica, la cual se desprende del solo hecho de mencionar la palabra. Necesitaba un cliché que tuviera gran parte del trabajo adelantado y no empezar a crear uno desde cero. La literatura, como el resto de las artes, especula con lo establecido. El problema está en saber darle un buen uso al símbolo. Claro, habría que ver a quiénes les otorga el lector el título de cerdos. Dependerá de la mirada de quien lee.

 

En el mundo representado por la novela no hay redención ni promesa, sino más bien la persistencia de una violencia que no necesita justificación. ¿Es esta visión una consecuencia del tiempo vivido, una lectura de la historia, o una forma de pesimismo estructural del narrador?
Exactamente, en la novela no hay ninguna de las dos cosas. No creo en la literatura que ofrece cualquiera de esas dos salidas. Por esa vía, es más corto el camino al panfleto. Recuerdo ahora el final de La montaña mágica, cuando el autor se pregunta si se elevará algún día el amor. Ni siquiera él se atreve a tomar partido. Hubiera sido un desastre si lo hubiera hecho. ¿Para qué necesitaríamos de lectores si cada autor nos ofrece su propia receta? En cuanto a la violencia, que en este caso (pese a las circunstancias) está muy disminuida, se trata de todo eso junto: una consecuencia del tiempo vivido, de una lectura personal de la historia y de un pesimismo que, más que en mí, habita en el común denominador de los hechos que han convulsionado el mundo desde su creación, y en sus derivaciones.

 

La escritura se construye con frases sobrias, pero por momentos asoman imágenes de inesperada intensidad. ¿Se trata de una ética del estilo —no ceder al exceso— o de una voluntad de dejar que el lirismo emerja como una anomalía?
Fue difícil para mí escoger el estilo, es decir establecer el tipo de línea por dónde se desplazaría el coche con toda su carga explosiva. Uno envía unos zapadores (yo al menos lo hago) y luego escucha con atención lo que cada uno te dice. La mayoría de los que envié me aconsejaron usar un lenguaje elaborado, pero sin desatender las características de la problemática. Los delincuentes, aun cuando estén cultivados (El Leñador parece estarlo) siempre llevan consigo las recias armas que otorga el oficio. De esta manera cuando aflora cierto lirismo o algún enfoque filosófico se percibe, en mi opinión, como una brisa fresca que, sin avisar, disminuye las tensiones y le dice al lector: ¡Cuidado!, no se trata de acciones, sino de visiones. Al final, el autor no puede establecer cómo se percibirá lo que dicte, pero puede tratar de que no sea, al menos, de la forma en que no quiso.

 

La estructura del libro, lejos del arco tradicional, parece obedecer a una lógica fragmentaria: no lineal, sino hecha de restos, intervalos, y un ritmo a veces asfixiante. ¿De dónde proviene esta forma? ¿Del oído, de la respiración del texto, o de una concepción más profunda del tiempo narrativo?
Para un narrador como yo, cuyo ejercicio ha sido mayoritariamente el cuento, es comprensible que, aún en la novela, le siga debiendo a las técnicas del pequeño formato, si bien, en mi caso, he sido un cuentista que lee más novelas que cuentos. En lugar de visitar las técnicas de otros cuentistas, prefiero inventar las mías a partir de lo que está oculto en otros géneros. Creo que es un ejercicio más estimulante. Pues bien, posiblemente esa lógica fragmentaria viene en parte del cuento y en parte de una violación del consabido tiempo narrativo que tan solo promete lo que ya el lector espera o lo que le han enseñado a esperar en esos caminos. Aun así, creo que la estructura es consecuente con los ingredientes que maneja.

 

La novela parece escrita desde una frontera entre lo humano y lo animal, entre lo que aún articula lenguaje y lo que ya solo responde al instinto. ¿Es esa zona ambigua donde se instala tu escritura una manera de pensar lo político desde el despojo, o simplemente el lugar literario más honesto para narrar?
No creo en la honestidad del escritor. Eso es para los mártires. El escritor se debe a la materia bruta que tiene entre las manos. Te dan un trozo de plastilina y si eres honesto con el material nunca conseguirás nada diferente a lo que hasta ahora se ha hecho con él. Hay que tratar de que esa misma plastilina desobedezca (o parezca desobedecer) las leyes físicas de su composición. Dentro de ese malabarismo se debaten los grandes. ¿Por qué no competir con ellos? Y en cuanto a la ambigüedad, no conozco un escritor que no sea un rey en armas en esa contienda. Tolstói o Dostoyevski no me dejarían mentir. ¿Cuántas veces un autor afirma algo que parece ser una especie de declaración de principios y cinco páginas más tarde lo echa completamente a la basura? Kafka sabía hundirnos en un mar de dudas.

 

A lo largo del libro se percibe un malestar no solo con el lenguaje sino con su función. Como si la palabra no alcanzara, o llegara siempre tarde. ¿Escribir fue aquí un acto de testimonio, de negación, o simplemente una forma de seguir caminando entre escombros?
Escribir es, en este siglo y posiblemente desde hace mucho, una forma de caminar entre escombros. Después de dos guerras mundiales, más de una decena de movimientos literarios y tantos excelentes escritores titilando en lo alto, no queda más remedio que rumiar entre las sobras que este o aquel dejaron. En Los cerdos… hay un homenaje a Flaubert, pero también a otros escritores, a Shakespeare, por ejemplo. Pero homenaje no significa copia, significa apropiarse del espíritu y en cierta forma negarlo en otro contexto. Visto así el asunto se podría decir también que se trata de una forma de negación. Se supone que las grandes obras sean, en cierto sentido, una negación de las precedentes.

 

Frente a una novela así, cabe preguntarse qué lector se imagina el autor. ¿Un cómplice, un intruso, un heredero de las ruinas? ¿Es este un libro para quien ya ha visto demasiado, o para quien aún necesita aprender a mirar desde el horror?
Me imagino que casi todos los escritores (de esto no estoy muy seguro) se contentarían con encontrar ciertos cómplices, alguien que crea a pies juntillas en ciertos presupuestos; pero en esta novela no cabe otro lector que un heredero de las ruinas. ¿O es que alguno de nosotros se salva de esta categoría? En cuanto a quién va dirigido el libro, aunque me parece más consecuente la segunda categoría (quienes necesitan aprender a mirar desde el horror), creo que está diseñado para aquellos que aún creen en la buena literatura, en una literatura que independientemente del tema que aborde, se interese en decirle al lector: de nada vale una buena historia (si es que todavía existe alguna) si no nos muestra los inhóspitos trazos de verdad que habitan en los abruptos pliegues del alma humana.

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