Cuestionario Jonathan Edax: María Cristina Fernández

¿Qué libro arruinó para siempre tu capacidad de disfrutar literatura «ligera»?

El Alquimista, de Paolo Coelho. Cedí por no dármelas de soberbia, y terminé repitiendo como el cuervo de Poe: «nevermore».

¿Qué autor/a te gustaría invitar a cenar, solo para llevarle la contraria durante tres horas?

Generalmente si invitas a un autor a cenar durante tres horas, no es precisamente para llevarle la contraria. Más bien, lo contrario.

¿Qué libro fingiste haber leído con más convicción?

En busca del tiempo perdido, no pude terminarlo, pero convencí a mi dulce profesora de literatura de que sí, y parece que lo hice bien porque no recuerdo haber desaprobado. En ese entonces, más que a las magdalenas en el té del exquisito Marcel, mi atención iba hacia un libro que acababa de desquiciarme, El lobo estepario, que por cierto, no era parte del programa.

¿Qué personaje literario matarías tú mismo?

Le procuraría a Williams Figueras, de Boarding Home, una muerte digna, lejos de esos tugurios maléficos de Miami. Una muerte al estilo de Aldous Huxley, por ejemplo.

¿Qué libro «clásico» consideras un castigo de lectura y aun así lo defiendes en público?

Walden, de Thoreau. Es uno de mis libros más entrañables, digamos que por su capital simbólico. Leerlo puede ser muy ríspido, por momentos.  No así el libro Cartas a un buscador de sí mismo, que recoge correspondencia del mismo autor y es un paseo delicioso.

¿Cuál es tu placer culpable literario, ese que escondes detrás de una falsa copia de Proust, Kafka o Joyce?

Cartas a María Mantilla, de José Martí, que traje de Cuba como un tesoro. La escondo, pero para que a nadie se le ocurra «cambiarla» de lugar.

¿Qué libro tratas como objeto sagrado, pero cuya primera página sigue más virgen que tu Kindle nuevo?

La doctrina secreta, de Helena Blavatsky. Espero que una alineación favorable de planetas me lleve al fin a involucrarme en su lectura.

¿Con qué autor intercambiarías vidas, aunque sea solo para tener una beca en la Sorbona?

Ernesto Sábato, para saber qué se siente renunciando a una carrera brillante como científico y pasarse al campo «enemigo» de la literatura con total convicción de que no puede ser de otro modo.

¿Cuál es la librería que más dinero te ha robado con tu consentimiento?

La librería Canelo, de la calle Reina, en La Habana. Considerando que era una niña que vendía las botellas vacías en la bodega para comprar libros de uso, ya te imaginarás lo que significaba llevarme conmigo Oros viejos, un libro de Tagore, El Conde de Montecristo…

¿Qué libros has empezado más de tres veces sin pasar de la página 40?

He empezado un par de veces Elogio de lo insípido, de Francois Jullien, pero no logro cogerle bien el sabor. Insistiré una tercera vez algún día, a ver si venzo.

¿A qué personaje literario querrías como terapeuta, sabiendo que te arruinaría emocionalmente?

Myrna Minkoff, de La conjura de los necios. Detrás de todo antagonista se esconde un buen terapeuta.

¿Cuál es la edición más absurda que compraste solo por estética?

Antes de irme de Cuba compré Las aventuras de Pinocho, ilustrado por Fabelo.

¿Cuántos libros tienes pendientes de leer y cuántos sigues comprando al mes?

Tengo pendientes La vida sexual en la antigua China, de Van Gulik, dos novelas del escritor Gerardo Fernández Fe,  Paper boat, de Margaret Atwood…  Ultimamente compro solo libros que estrenan los amigos.

¿Qué escena literaria te hizo cerrar el libro y mirar al techo como si hubieras vivido algo?

Muchos, muchos, pero recientemente fue la escena final de Baumgartner, de Paul Auster, cuando, luego de tener un accidente por evitar atropellar a un ciervo, llega todo sangrando, en medio del invierno, a una casa desconocida. El motor del carro se trancó y él no sabe cómo arreglarlo. Lo curioso es que lleva años escribiendo un libro filosófico llamado Misterios de la rueda, lleno de metáforas sobre el auto en relación con el ser humano, la vida y la muerte. Apabullante paradoja que me hizo mirar no solo al techo, sino mirarme por dentro.

¿Qué libro regalarías solo para poner a prueba si alguien es digno de ti?

Cartas a un joven poeta, de Rainer María Rilke, me ha ayudado a encontrar almas gemelas.

¿Cuál es el crimen literario más atroz? ¿Doblar las páginas, subrayar los libros, o no leer?

El crimen literario más atroz es confundir autores con personajes. Sé que pasa mucho más de lo que quisiéramos.

¿Lees la solapa del autor antes de empezar un libro, o prefieres arruinarte la experiencia después?

Lo leo todo, incluyendo la ilustración de portada.

¿Has robado un libro alguna vez? ¿Cuál(es)?

Confieso que robé How to change your mind, de Michael Pollan, Las mujeres que miran a los hombres que miran a las mujeres, de Siri Hustvedt, y algún otro que no recuerdo ahora.

¿Qué libro te habría gustado escribir solo para poder firmarlo y presumirlo?

Entre tantos, Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.

¿Qué personaje secundario merecía más protagonismo que el principal?

El personaje de Paloma, de La elegancia del erizo, de Muriel Barbery.

¿Cuántos marcapáginas posees, y cuántos usas realmente (más allá del ticket de lotería que, por supuesto, no ganaste)?

Mi preferido es un regalo de una amiga: un pez hecho en cuero, adornado con motivos de un mosaico típico portugués. Con él me es muy grato navegar entre las páginas de los libros y espero me acompañe por mucho tiempo en estas inmersiones.

¿Qué autor te parece brillante, pero preferirías no tener cerca en una cena?

A Jack Kerouac.  Hay tres novelas suyas que me cautivaron, pero las personas, autores o no, con adicción al alcohol me deprimen mucho.

Si tu vida fuera un libro, ¿en qué estante de la librería la encontraríamos: «drama innecesario», «ficción pretenciosa», o «ensayo sobre la decepción»?

Me gustaría que me pusieran en la sección de viajes, porque vivir es eso, un viaje.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio