El guardagujas de Tolstoi

Desde el otro siglo no se veían. La última vez fue en el XX, en el diciembre capicúa de 1991. Tenían menos de veinte años. La Habana se desmoronaba. La gente en fuga, los edificios colapsando tras cada aguacero. Enfermedades exóticas, crímenes pavorosos, noticias del fin del mundo que los cubanos comentaban con ilusión. La Revolución se iba a acabar.

El cambio estaba a la mano. Era cuestión de esperar. Para él y ella, el cambio eran ellos, dos inventándose un paraíso en el lugar menos imaginable. El desastre no podía tocarlos. Los ladrillos del Muro de Berlín podrían romper las cabezas de sus compatriotas. Las de ellos, no. Estaban en casa. El amor era su mejor traje de cosmonautas contra las radiaciones nocivas de la realidad.

Se conocieron a guitarrazo limpio, en un concierto en la escalinata universitaria, a los pies de un Alma Mater huérfana de profesores y estudiantes. Todos se iban. La ciudad pronto sería para ellos dos. La universidad, un páramo. Con sus laureles centenarios, su arquitectura neoclásica, sus columnas imperiales heredadas de una tiranía anterior. Vacías, las cátedras del pensamiento y de la materia y de todo lo humano. Cosas que ya a nadie en Cuba le interesaban.

Ellos no se fueron. Al menos, no todavía. Los amantes no se van del lugar donde el amor los descubrió como tales. Allí, en la ciudad más bella del universo. En un país en ruinas. Sin nada que hacer y con toda la vida por delante. Tan ingenuos, tan universitarios. En una Cuba que recién despertaba de su mentira mágica.

Desde el inicio, hablaron desproporcionadamente. Como hablan los habaneros, tocándose con la mirada. Hablando por hablar. Burlándose del mundo libre allá afuera, cagándose de la risa del comunismo que se “desmerengaba”. También, indolentes de los días que le quedaban a Fidel Castro. Hablaban para matar el tiempo y para que el tiempo no pasara.

Caminaban bajo los ficus, tomados de la mano. Qué mejor alianza que la de estar presentes, respirar en un mismo espacio, saberse de pronto contemporáneos. Él estudiaba Bioquímica, en tercer año. Quería encontrar la molécula de la inmortalidad. Detener el envejecimiento, no humillar su cuerpo con los resabios de la vejez, por entonces aparentemente lejana. Ella había cambiado de carrera, de Historia del Arte a Psicología. Como antes de Derecho a Historia del Arte. Y, aún antes, de Filología a Derecho. De primer año en primer año en primer año. No quería graduarse y terminar presa en alguna carrera profesional.

Por entonces no tenían edad. Respirar era respirar dentro de la boca del otro. Mirar era mirar el sol en las gotas de sudor lamidas sobre la piel del otro. Había tanta luz que nada podría salir mal. Cada palabra, de estreno. Cada acto, una aventura. Conocerse en Cuba fue una epifanía.

Estudiaban juntos. Se escondían en un cuartucho de alquiler y leían un rato, antes de ponerse, otra vez, a hacer el amor. Sus cuerpos se buscaban por ósmosis, por electromagnetismo, por las leyes de la termodinámica o la gravitación universal. Como animalitos asustados de su propia vitalidad.

No hay debacle allí donde se dispara el deseo. Qué podía importarles la patria. Ni ninguna de esas palabrotas que se pusieron de moda en las tribunas, la radio, la prensa, la televisión. Patria era dormir juntos y no separarse jamás, ni siquiera en sueños.

Los amantes no pertenecen a ninguna época, a ninguna especie, a ninguna nacionalidad. Uno más uno es igual a infinito. Infinito más infinito es igual a dos. Ese es el límite máximo, en La Habana de mil novecientos noventa y algo o en el New York de los años dos mil diecitantos.

Al final, pudo más la succión del mundo. La miseria de Cuba fue cansándola, hasta que la catapultó. Ella se hartó primero que él. Se fue y dio piruetas por todo el planeta. De Madrid a México a Miami, hasta recalar en la rivera oeste de la ciudad que nunca duerme, asomada al maleconcito del río Hudson.

Nunca más regresaría a Cuba. Solo en sus pesadillas. Despertaba a gritos. No hallaba consuelo en los cócteles de somníferos. Eran inútiles las drogas legales o ilegales. Con el tiempo, su propio pánico de volverse loca entre extraños la fue curando. Sin terapia. El miedo de verse expuesta entre ajenos la salvó de hundirse más, después de tocar fondo.

Él quedó atrás. Había vivido siempre en la misma casa de 25 y A, en El Vedado. Un barrio elegante, civil, pensado para durar milenios, justo antes del triunfo de la Revolución.

Para entonces, él los detestaba. Al Vedado. A la Revolución. Sin ella, Cuba se le hizo un asco. Un paisaje claustrofóbico, irrespirable. Además, la vejez de sus padres lo atormentaba. Era un espejo de su futura decadencia.

Enfermó de múltiples dolencias terminales. La hipocondría lo estaba matando. Le sangraban las encías y las fosas nasales. Cogió soriasis. Y decidió que su venganza sería contra el gobierno cubano. Arrastraría a los comunistas con él en su naufragio.

Escribiría contra el sistema. Al pecho, a patadas. Con la rabia del ángel que se rebela, en su caída, contra Dios y el Estado. Un apocalipsis a golpe de palabras. Y vio que su rabia era hermosa. Y vio que su rabia era buena. Y vio que su rabia se viralizaba entre los lectores que compartían sus columnas como si fueran el evangelio del último profeta. O del próximo mártir.

Se hizo famoso. Una voz sin miedo en medio de la barbarie de los pendejos. A veces, se preguntaba si lo hacía por él o por la falta de ella. Para que ella lo mirara a él desde la distancia. Para que ella no dejara de mirarlo.

Pero fue el gobierno cubano quien lo miró. Él no les dejaba otra opción. Lo acosaron en su cuadra, lo difamaron en internet, lo botaron de su trabajo en la Facultad de Biología. Le inhabilitaron su título de oro como licenciado. Querían convertirlo en lo que lo convirtieron. Un borrón humano.

Antes de liquidarlo, sus verdugos le dieron una oportunidad. Le advirtieron lo que le iba a pasar si no dejaba de publicar sus panfletos. No le pidieron arrepentimiento, ni siquiera un cambio de opinión. Bastaba con que se callara, como hasta entonces se había callado.

Hubiera sido tan fácil acatar, pero se le había hecho muy tarde. Ya era incapaz de retractarse. Su coraje era una consecuencia de su indolencia anterior. Su valentía, una especie de negación.

Los amigos le dieron la espalda. Vecinos y familiares renegaron de él. No tenía pareja, el amor era cosa del pasado. Y el pasado se le hacía impensable. El dolor era la materia prima que lo iluminaba, según se le necrosaban los órganos allí donde alguna vez estuviera alojada su humanidad.

De vez en cuando, ella le hacía llegar una carta. Por las vías más inesperadas. No había dejado de mirarlo, después de todo. Pero no fue suficiente. Él las depositaba, sin abrirlas, en una gaveta. Lo hacía con cariño, sin saber cuándo las abriría. No las leía porque, para un rehén, resulta cruel todo recordatorio de la libertad.

Cuando ganó un premio de periodismo del Parlamento Europeo, no lo dejaron viajar a Bruselas. A la semana, lo metieron preso. Lo juzgaron sumarísimamente. Por “peligrosidad” y no por “propaganda enemiga”. Le impusieron una sentencia moderada, a dos años de cárcel. El gobierno cubano seguía dándole muestras de benevolencia. Para ellos, lo importante era que la gente no lo aplaudiera más.

Cada minuto en prisión le resultó un cadalso. Estaba preparado para el confinamiento solitario, no para la reclusión colectiva. No lo anunció, ninguna de las dos veces. Simplemente intentó colgarse, dos veces. Sus carceleros lo salvaron, en ambos casos. Le pusieron una siquiatra que lo trataba como si fuese un apestado. Y lo era. Todo lo que tocaba se convertía en horror.

Tras el segundo intento de suicidio, lo liberaron a medio cumplir su condena. Con un certificado de “esquizofrenia paranoide”, para que nadie lo tomase en serio. A estas alturas, ni él mismo se tomaba ya en serio. El Estado o Dios le ganaron.

El G-2 prefería que se matase lejos de ellos, si es que por fin se iba a matar. Así no le haría más daño al país, con otro escandalito en los foros globales de derechos humanos. Mejor que se muriera siendo un Don Nadie.

De vuelta en la calle, Cuba se veía tan fea. Tan falsa, tan sofocante. Se arrepentía de haberse sumado a una rebelión que nunca ocurrió, excepto en lo que él escribía. Sintió pena propia en lo más recóndito de sus huesos, ablandados por las golpizas del presidio. No lo maltrataron los militares. Lo hicieron los otros cubanos encarcelados. Gente de a pie, como él. Los desposeídos, los vulnerables, los de abajo. Las víctimas habían sido sus peores victimarios.

Odió entonces a Cuba como nunca antes. Vendió la laptop que no le habían decomisado, donación de People in Need. Y se enclaustró en su apartamento del Vedado. La tristeza lo fue apagando. Se volvió opaco. Lo habían vaciado.

Afuera, ella odiaba a Cuba con idéntica intensidad. Odiarla la mantenía a salvo. Estuvo al tanto del calvario de él y ayudó en lo que lo pudo ayudar.

En la segunda administración Obama, unos amigos de unos amigos del presidente gestionaron para él una visa humanitaria. Ella nunca dejó de sentir que su salida precipitada de la Isla había sido una traición a lo único que no debía haber traicionado. Los dos coincidían en eso, sin ponerlo por escrito o pronunciarlo en voz alta. Irse ella lo sepultó a él. El amante que se aleja cava la fosa del amante que se quedó.

No hubo objeción por la contraparte gubernamental. Le dieron luz verde para exiliarse. Que se fuera el despojo humano. El día que Obama dio su conferencia de prensa en La Habana, el Ministerio del Interior le notificó a él que su licencia extrapenal le permitiría viajar al exterior.

Dejaron que el enfermo se llevara consigo su enfermedad. O que la enfermedad se llevara consigo a su enfermo. No quedaban ni trazas de su fuerza como escritor. Sin entusiasmo, no emocionaba hasta las lágrimas a ningún lector. El peligro había pasado para el G-2, junto con el eco digital de aquellos aplausos. Hasta la Seguridad del Estado apostaba ahora por su libertad.

Antes de irse, quemó una a una las cartas de ella. Con el mismo cariño con que las había atesorado. Al retorcerse los papeles, el fuego expuso aquella letrica de los años noventa que él se sabía de memoria. Pudo leer algunas palabras de puño y letra de su amor. Un “te extraño” medio chamuscado. Un “perdóname” imaginario. Y el nombre de ella, escrito con culpa, tan diferente de la caligrafía altiva de los primeros papelitos intercambiados en un aula, cuando eran jóvenes y no sabían que se iban a enamorar.

Fuera de Cuba, tuvieron que medicarlo enseguida. Sin piedad. La farmacopea norteamericana lo mantuvo a flote, frenando su tendencia a la autodestrucción. Tuvo suerte. No tuvo que doblar el lomo por un salario mínimo. Triunfó afuera solo porque venía de adentro. Así sobrevivió de beca en beca, con dinero privado y del contribuyente norteamericano.

Volvía a ser un estudiante. Una ONG le tramitó un préstamo para su maestría, no en Bioquímica sino en Literatura. El científico que iba a derrotar a la muerte en Cuba ahora escribía una tesis sobre la muerte de su nación. La falta de realidad la compensaba con un exceso de retórica.

Cuando fue recibido en el Departamento de Estado para los Asuntos del Hemisferio Occidental, los Estados Unidos ya eran otros Estados Unidos. Allí no fue bien visto su agradecimiento por la visa del ex presidente Obama. Lo despidieron con gentileza, con caras más largas que si él fuera un agente encubierto del gobierno de La Habana. De algún modo, lo era. Un agente al descubierto. El trauma de una tiranía como la cubana te recluta a perpetuidad.

Fue saltando de un programa de artistas censurados en Pittsburgh a una residencia académica en Providence. De una conferencia de cubanólogos en la FIU a un congreso del PEN en Boston. Viajó por fin a Bruselas, a recoger su premio en metálico, y viró sin saber qué hacer con ese montoncito de dinero en el banco. Nunca pidió asilo político. Se fue quedando como se quedan los cubanos en los Estados Unidos, por una especie de inercia o incredulidad.

Nunca se le ocurrió buscarla. Ella tampoco a él. Fuera de la Isla, no se comunicaron. Eso pertenecía a una vida que entre los dos habían clausurado entre las columnas de La Habana.

Cuando una profesora de NYU lo invitó a su clase de Arte y Activismo, aceptó sin demasiado entusiasmo. No tenía ganas de seguir viajando, pero New York era New York. Solo la conocía a la Gran Manzana en blanco y negro, en el televisor soviético de su niñez, cuando el gobierno cubano pirateaba películas norteamericanas cada noche de sábado.

Desde que se exilió, estuvo rondando a Manhattan, sin hacer escala en la megápolis de sus fantasías románticas o de acción. Lo cierto es que lo aburría su part-time dando entrevistas para las televisoras hispanas de la Florida. Cabeceaba de tedio manejando en los expressways de Miami. Por eso aceptó “impartir” aquella “conferencia magistral”. Además, le pagarían muy bien por entretener a una decena de estudiantes, compartiendo con ellos su biografía rota de veterano.

Al salir del JFK, se quedó rendido en el asiento del tren. Se le pasó olímpicamente la estación de metro a donde lo llevaba Google Maps. Lo despertaron los gritos, el olor a desgracia, la clásica conmoción cinematográfica que rodea todo accidente fatal. Para entonces, había recorrido media Manhattan. Estaba a la altura de la 116. Alguien se había resbalado o lo habían empujado delante del metro. A la tercera, va la vencida de verdad.

Los altavoces repetían inútilmente que nadie mirase: There is nothing to see here… Pero todos insistían en mirar. Él, no. Tenía la sensación de ser él a quien todos observaban, como en un museo fúnebre de la antigüedad. Un objeto inerte, ajeno a los hechos, mutilado por el maratón de ojos que lo miraba sin verlo, antes de seguir cada quien con su rutina hacia otra parte. Estaba exhausto, hastiado.

La escena transcurría en silencio, bajo los efectos de una calma desproporcionada. Una suerte de sed de siglos o largamente esperada paz. Por fin podría descansar ahora. Por fin ahora podrían descansar.

Se entregó a la belleza de no presentar batalla. Sin buscarla, encontró una mirada, una sola, entre el montón de gente que apuntaba hacia él con sus celulares. Los ojos de ambos se entrecruzaron, como al inicio del universo. De retina a retina. Hicieron contacto entre las alarmas, los flashes, los uniformes, los oh-my-god  y los help-please-help. Al verse, la anónima pantomima se disipó. Volvían a ser reales.

“No puede ser él”, se estremeció ella.

Todo comenzaba a cobrar sentido. Todo iba encajando a la perfección, en su peor momento.

“Es ella”, supo enseguida él.

Tenía que ser una estación de tren el sitio en que la muerte los convocara. Todo perdido, nada perdido. No los reunía el suicidio de Ana Karenina, que ellos se sabían de memoria desde sus lecturas de adolescencia. Se trataba de un final mucho más prosaico. En el subway no se había matado la protagonista de Tolstoi sino, varios capítulos antes, un guardagujas cuyo nombre, si lo tuvo en la traducción de Letras Cubanas, ninguno ahora lo recordaba. Frente a frente, después de siglos. Con carátula de San Petersburgo y contraportada de New York.

El metro de Manhattan, atascado en Columbia University, les devolvió con sus chirridos una melodía que ellos habían coreado bajo otra Alma Mater, en un concierto de fin de año en la escalinata universitaria de La Habana, donde ella pidió que él la cargara. En hombros. La pelvis de ella contra la nuca de él. Querían ver, aunque fuese de lejos, a Gunila cantando a guitarrazo limpio, con su sonrisa perdida hasta el fin de los tiempos en la barba revolucionaria de Santiaguito Feliú.

Otros dos jóvenes, como ellos entonces, haciendo poesía en vivo sobre una vida que era la vida que ellos debieron vivir. Allí y no en ninguna otra parte, en la ciudad donde el amor los había hecho humanos, únicamente humanos.

Vida, vendrás quemando el eco que quiera tener lo viejo… Estaban tan cambiados. O, tal vez, tan idénticos. Vida, porque es el verdadero trecho para que tu pecho rompa este cielo gris… No se oían, de andén a andén. Solo la letra de la vieja canción los conectaba sobre los rieles. No podían fallar. Tenían que sostenerse la mirada. Ese hilo de luz era la garantía de que nunca más serían dos extranjeros en el paisaje foráneo.

Vida, traes entre las manos vivas la esperanza y un motivo… Y el cristal de la voz de Gunila, reverberando a la zurda en los acordes de Santiaguito Feliú, los fue guiando, delicadamente, para que no se dieran cuenta de lo que pasaba, empujándolos en cámara lenta hacia lo inevitable de darse cuenta de lo que pasó. Vida, para que tu sed resulte para todos un camino… Sin perderse de vista, sin soltarse de las manos, sin dar ni un pestañazo. Hubiera sido funesto cometer la menor distracción.

Salieron de la estación ferroviaria convertida en morgue mediática. Libres, distantes de todo, levitando. Como mismo se habían conocido en La Habana, cuando estuvieron vivos y la muerte era solo la muerte de los demás.

Caminaron por Broadway, alejándose de la tragedia. Rumbo al uptown de Manhattan. Parecían dos neoyorquinos de toda la vida. Y lo eran, dos neoyorquinos para toda la vida. Así se habían soñado, en La Habana: libres, distantes de todo, levitando.

Ella lo fue atrayendo hacia sí. Él se fue dejando atraer, sin articular ni un quejido. Cero preguntas, cero respuestas. Sin la estupidez de arrastrar con él su equipaje, hecho trizas en la estación del encuentro. Nada material sería necesario para reencontrarse. Con el cuerpo de cada uno, bastaba. Bastaba con que el cadáver de un guardagujas partido en dos los acompañara.

Las calles de New York eran un manicomio. Escenografía de protestas a favor y en contra de alguna guerra. Carteles en lenguas intraducibles por Google Translate. Una babel de sirenas de bomberos, patrullas, ambulancias. Procesiones religiosas prometiendo la salvación por el espíritu, no mañana sino esa misma tarde. Periodistas acosando a paseantes, presionándolos a tomar partido ante la urgencia moral de sus breaking news. Camiones de delivery. Frenazos, vendedores ambulantes, hedor a carne chamuscada. Policías nerviosos en cada esquina, apostados en parejas. Como en pareja avanzaban ellos, de nuevo, sin que ninguna escaramuza bélica lo desviara. Indetenibles, intocados por el caos que los tentaba a equivocarse y tomar, de nuevo, por rumbos separados. Los dedos de ambos comenzaron a fundirse en una sola crispación de nudillos, tendones, uñas, falanges.

Bajaron de Broadway a buscar Riverside. Subieron caminando casi cuarenta cuadras. Pisada a pisada, hoy ninguna distancia los haría demorarse.

Los cerezos, cabizbajos, sin hojas. A la izquierda, los rumores del Hudson a medio descongelar. En la otra orilla del río, el sol poniéndose entre las dos torres gemelas de Fort Lee. A la derecha, la plancha metálica del Hombre Invisible. No el libro de H. G. Wells, sino el de un autor olvidado que los saludaba desde su propio panteón.

Bordearon el cementerio Trinity. Ella le contó que bajo sus lápidas yacía una cubana por la que Isadora Duncan, Greta Garbo y Marlene Dietrich se habían muerto de amor. Fue como decirle: “¿No hubiera sido hermoso morirnos de amor?”.

A él las cruces le recordaban la escenografía final de Gloria, aquella película donde una rubia disfrazada de anciana salva a un niño de la mafia. Desde pequeño, en la esquina de 25 y A en El Vedado, él sabía que hasta el día de su muerte recordaría ese desenlace feliz con subtítulos de la TV cubana.

Entraron por un costado del River Tower, como si lo hubieran hecho todos estos años. Nada perdido, todo perdido. Hacia el cielo por las escaleras. Eludiendo a los vecinos que congestionaban el ascensor de carga, donde yacía una anciana en camilla, la única persona del grupo con quien hicieron contacto visual. La moribunda les sonrió, su balón de oxígeno como una bomba a punto de hacer explosión.

De piso en piso, oyeron el tictac de sus pisadas sobre el granito. Los chasquidos de sus abrigos, lanzando relámpagos de corriente estática. Se les fue entrecortando más y más la respiración. Se iban quedando sin aire. Sus pulmones cubanos ya no eran los mismos que en Cuba respiraban ayer.

Salieron a un pasillo gélido, como de hospital. Con esa raya que divide en dos las paredes de la civilización occidental. Vieron la puerta con el número de ella. No el de los sobres de correo que él recibía de trasmano en la Isla. Era otro número, el mismo de la antigua dirección de ella en La Habana. La empujaron, sin usar llave, y la puerta cedió de inmediato.

Apenas entró, notó la minuciosidad con que ella había reconstruido en New York su apartamento del Vedado. La decoración, la distribución del espacio. Un hogar idéntico al que él recordaba en el apartamento de ella, en La Habana. Como si aquella mujer nunca lo hubiera abandonado.

La simetría lo conmovió. Se le aflojaron los músculos. Veía un poco nublado. La presión sanguínea zumbando en sus tímpanos. A ella la conmovió verlo conmoverse a él tan solo traspasar el umbral. Allí estaban. Por fin. Seguían siendo ellos dos. De nuevo. Tan mayores, tan frágiles, tan poco universitarios vitales.

Se desnudaron enseguida. Sin ponerse de acuerdo, sin pedir permiso. Entre ellos, pedir nunca fue necesario. Desde el otro siglo se debían este diálogo, desde aquella vez en la esquina de 21 y H, con la maleta de ella como testigo, minutos antes de montarse en un taxi, todavía húmeda de hacer el amor, y perderse de Cuba y de él en un aparato de Iberia.

A través del balcón, rebotando en el maleconcito del río Hudson, los entibió una luz dorada, crepuscular. La puesta de sol hizo diana en el centro de mesa, resucitando a la muñequita mínima que, en 1991, al despedirse, él le había regalado.

Aquel milagro rompió la mentira maravillosa de Manhattan. Si aquel piso era el piso de ella en 21 y H, entonces el apartamento de él, en 25 y A, quedaría a menos de diez cuadras del edificio River Tower. En otra vida, a los dos les hubiera gustado no solo vivir juntos, sino visitarse sin avisar.

Antes de tocarla o dejarse tocar por ella, él le enseñó su codo derecho. Tenía una masa colgante y una cicatriz que nunca había recibido sutura. Una caída, le dijo, no había por qué preocuparse. Cuando le dolía, bastaba con una pastilla over the counter.

Ella le enseñó su rodilla izquierda. Un prodigio de operación. Complicada, pero, con el tiempo, casi imperceptible. Un accidente en el carro a tope de velocidad. Peligrosísimo, tal vez. Aunque, ni antes ni después de hoy, nunca su vida había peligrado tanto.

Él le mostró la ingle, a la altura del bazo. Una tajada que, a cualquier cubano, le recordaba de inmediato la geografía de su país. Por la ubicación, no podía ser apendicitis. Una hernia, acaso. Acaso, una obstrucción intestinal. Él prefirió no dar detalles. Ella le pidió no dárselos. Amar es defender el silencio del ser amado.

Entonces él la vio arrodillarse. Besarle aquel tajazo, como tratando de borrárselo. Casi te mueres y yo sin enterarme, pudo haberle dicho, antes de mostrarle la constelación de pellizcos bajo el desplome de sus senos. Tumoraciones benignas, extraídas a tiempo, gracias a un capitalismo de ganancias profilácticas. Él se deslumbró ante la desnudez de ella, como en el diciembre capicúa de 1991, ante unos pezones de los que él había bebido una felicidad efímera, sí, pero disfrazada de eternidad.

Él se viró de espaldas. Ella notó un par de lipomas abofados, equidistantes de la columna vertebral. Uno en cada paleta. Como si fueran las branquias de un fósil viviente. Él aún no se atrevía a extirpárselos. Esas cápsulas de tejido adiposo lo habían acompañado, sin juzgarlo, cuando todos opinaban de él desde una pantalla cínica con pose de solidaria.

Ella se viró de perfil. Le señaló la reconstrucción del lóbulo en su oreja derecha. Se le había desprendido. Se lo habían desprendido. A puñetazos. Un tipo, en una relación anterior con un cubano que no había sido él.

Los dedos de él se crisparon. Los hizo crujir como si estuviera estrangulando a otro ser humano. Casi te matan y yo sin enterarme, pudo haberle dicho, antes de meterse una mano en la boca y quitarse la prótesis dental. Le faltaba el frontal izquierdo. Su hipocondría no le dejaba ponerse implantes. Lo aterraba una infección ósea tan cerca del cerebro. Ese hueco era la mejor evidencia de las golpizas de quienes él creía que estaba ayudando al teclear en Cuba un simulacro de libre expresión.

Desnudo, sin ese diente, él le pareció a ella indistinguible de su inminente cadáver. Esta imagen ya fue demasiado. ¿Qué habían hecho mal? Ella se llevó las manos al rostro, horrorizada. Rompió a llorar. Estrepitosamente, haciendo pucheros. Como una niña. Queriéndose confundir con la muñequita mínima que él le había regalado en El Vedado y que ahora los miraba, desconsolada, desde un centro de mesa en Manhattan.

Ella lloraba por ella y por el nosotros que entre los dos habían estropeado. Lloraba por su generación. Por haberse distraído tanto, despilfarrando su tiempo sobre la Tierra en pasajes de avión, seguros de vida, créditos, mortgages, deudas, currículos, bancarrotas, aplicaciones de trabajo, reclamaciones legales, tarjetas y más tarjetas de dinero plástico, hasta triunfar en medio de un páramo donde uno más uno solo sumaba uno más uno. Nunca dos. Ni infinito.

Él no lloró. Una angustia sin lágrimas se le atoró entre la garganta, los pómulos, el esternón. Le apretaba el pecho. Le dolía el brazo izquierdo, a lo largo y estrecho de las venas que irradian desde el corazón. Sintió que se le partían las costillas. Su tronco, a punto de ser desgarrado en pedazos.

Pensó que morir sería ese dolor no tan insoportable. Inclinarse en cámara lenta, en público, cabizbajo como los cerezos de invierno, en un capítulo de novela aprendido de memoria en una existencia anterior. Morir, mirándola. Morir, mirándola mirarlo. Morir, mirándola mirarlo morir a él.

Vida, a la muerte le queda un tiro y un corazón te defiende y hace de tus alas grandes una historia para siempre por el amor… Cayeron de rodillas, sobre las flores fúnebres de la alfombra. Se arrastraron como animales envenenados, hasta arremolinarse en una esquina del sofá, abrazados entre cien mil jóvenes a coro, bajo el bronce misericordioso del Alma Mater de La Habana.

Cerraron los ojos. Querían no ver. Ser estatuas que nunca sabrían cómo sus cuerpos serían derribados, fundidos en un solo amasijo de órganos, en posición fetal, como al inicio del universo. Entendieron, sin necesidad de entenderlo, que nunca debieron dejar de protegerse como se hubieran protegido esta vez, de no ser ya demasiado tarde.

Vida, te buscamos desde siempre… Seguían juntos, sin estarlo. Asistían al misterio de sus mutuas memorias desparramadas. Vida, quien no tuvo nunca manos, ni palabras…Porque no fue él quien rodó entre los rieles mortíferos de aquel país exquisitamente equivocado. Porque no fue ella quien voló desde su balcón neoyorquino sobre el malecón habanero del Hudson, al enterarse.

2 comentarios en “El guardagujas de Tolstoi”

  1. Miguel Iturria Savon

    Una historia de amor, nostalgia y desarraigo, éxodo y dolor con la ciudad de origen, la memoria y la escritura como telón de fondo.
    Gracias, Orlando.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio