Paul Morand y el libro cubano

¿Qué tiene que ver Paul Morand con las editoriales cubanas? ¿Cómo se observa el panorama actual? ¿Responden armónicamente a los catálogos de autores y obras, según la compleja herencia del pasado siglo XX y hasta hoy? Una graciosa visión —punto de partida— la brinda un ágil escritor francés del pasado siglo.

Se trata del irónico repertorio que nos regalara Paul Morand, el perspicaz cosmopolita parisino —también célebre por bon vivant—. Decía que para la editorial Gallimard hay cuatro clases de autores: Los que llegan y se ocupan de sus propios libros; los coronados, cuyos premios pagan la publicidad; los de la casa, que tienen su pequeña clientela local; y los autores de quien nadie se ocupa y cuyos libros permanecen poco conocidos o ignorados.

Parece que todas las editoriales comerciales del planeta ajustan sus autores a la clasificación del discutido escritor francés, pues se sabe que durante la Segunda Guerra Mundial trabajó con el régimen de Vichy, por lo que tuvo que esperar que se borraran recuerdos —aumentara la tolerancia— para su ingreso en la Academia Francesa en 1968; aunque él mismo por la calidad y difusión de su variada obra  ocuparía sitio en la primera clase, la de los que llegan y se ocupan de sus propios libros.

Por supuesto que las editoriales estatales, las apadrinadas por algún mecenas o fundación y las académicas —casi siempre universitarias—, cambian el surtido, no siempre para bien del turbio universo de lectores, más nebuloso hoy con las baratas versiones digitales y los disímiles productos —muchos engañosos— de la inteligencia artificial (IA). Incluir autores y obras dentro de esta otra clase implica una flexibilidad crítica en las valoraciones, pues hay de todo: Un amplio espectro que exige prudencia, no irse con la mala —como dicen en el beisbol— porque ser un autor édito o inédito hoy (2026) no tiene ninguna importancia, salvo para ese insumergible pelotón de académicos o miembros de asociaciones de escritores que exhiben sus ridiculum vitae como pasaporte a la posteridad.

Para evitar lugares comunes —Marcel Proust hizo innumerables gestiones para que le publicaran—, nombraré a escritores que ocasionalmente he conocido y contaré alguna que otra anécdota que sugiere clasificarlo en una de las cuatro clases; clases llenas de matices según la época y el país.

De los que llegan y se ocupan de sus propios libros conozco el relevante caso de Alejo Carpentier, el único escritor cubano que ha estado entre los finalistas del Premio Nobel y el primer hispanoamericano en recibir el Premio Cervantes, en 1977. Carpentier siempre se ocupó de situar sus libros, no sólo en los ámbitos de habla hispana, sino en las editoriales europeas, sobre todo en las francesas. Sabía a qué puertas tocar y como muchos escritores no dejó de aprovechar sus puestos diplomáticos —fue Consejero Cultural de Cuba en Francia— para hacer gestiones de promoción, algo que encuentro válido, cuando, desde luego, se trata de autores de talento.

 Ambrosio Fornet me comentó alguna vez que Carpentier era muy cuidadoso en la revisión de las pruebas, que devolvía a imprenta mientras exigía —casi como Balzac o Flaubert— que se le permitiera quitar alguna oración o adjetivo, añadir una frase… ¿Fue Borges quien dijo que los libros se entregan, nunca se terminan? El autor de Los pasos perdidos  ejemplifica ese respeto a sí mismo y al lector.

De la segunda clase —los escritores coronados, cuyos premios pagan la publicidad— se me ocurre, entre una amplia variedad de candidatos, ilustrar el acápite con Gabriel García Márquez, que publicó Cien años de soledad  cuando tenía 39 años de edad —nació en 1927—, y recibió el Premio Nobel a los 55, en 1982. Me contó Severo Sarduy que su agente literario, aquella leyenda catalana llamada Carmen Balcells, le discutió a él en la Feria del Libro de Frankfort la cesión de los derechos para la edición francesa de Crónica de una muerte anunciada. La puja entre varias editoriales francesas, llevada por Balcells, se coronó con el equivalente de medio millón de dólares de adelanto, sólo por firmar el contrato, un dólar extra por cada ejemplar vendido y desde luego que el 10% establecido por la ley sobre el precio al público. Coronaba la publicidad, desde luego, una entrevista donde de “mucho secreto” (sic) se anunciaba la fecha en que aparecería la excelente novela. Supongo que en la cubierta el autor tenía letras más grandes que el título. La publicidad pagaba los “premios”, las ediciones del bestseller.

Para los escritores “de la casa, que tienen su pequeña clientela local” tengo muchos ejemplos, que hasta podrían situarse por generaciones. Esta clase no distingue —valga la aclaración— entre mercados ricos y pobres, tampoco entre ciudades de mayor o menor poder adquisitivo en relación con su tamaño. Paul Morand no da ninguna pista, ni siquiera se refiere a sus años de diplomático en Suiza; o de antes, cuando sus viajes a New York entre 1925 y 1929 le dieran motivos para escribir una crónica maravillosamente sagaz y entretenida de la llamada Babel de Hierro, ese Manhattan que describe y narra como pocos han sabido hacerlo, libro que publica en 1930 y que hoy sigue siendo leído con placer.

Comienzo la ilustración de esta tercera clase con el colofón de un libro hoy fácil de reconocer. Dice: “Se terminó de imprimir este libro, Dador, poemas de José Lezama Lima, el día treinta de diciembre de mil novecientos sesenta, estando la edición al cuidado del regente, Roberto Blanco, en los talleres tipográficos de Úcar, García, S.A., sitos en la calle de Teniente Rey número quince, en la ciudad de San Cristóbal de La Habana, Cuba”.

Los impresores Úcar García S.A. establecían una relación amistosa con sus clientes, al punto de que algunos de ellos suscribían un contrato que les permitía pagar a plazos —como si compraran un juego de comedor o una bicicleta— el libro que deseaban editar, según su extensión, cantidad, tipo de papel, cubierta blanda o dura, tiempo de entrega y demás detalles.

Las ventas, desde luego, correspondían al autor. Entiéndase: a su “pequeña clientela local”. Incluía ejemplares para bibliotecas públicas, librerías, familiares, amigos dentro y fuera del país, paquetes con ejemplares que se quedaban en algún escaparate, closet o librero de la casa, a la espera de nuevos lectores. Así ocurrió con Dador  y antes, desde los años 40, con las revistas y la mayoría de los libros que hoy conocemos como del Grupo Orígenes, pagados por cada escritor, colectas entre amigos y algún mecenas, como José Rodríguez Feo y después Mario Parajón.

 Para la clase de autores de quien nadie se ocupa y cuyos libros permanecen poco conocidos o ignorados, tengo en la memoria afectiva a varios escritores mexicanos que me gustó tratar en mis años en Puebla o antes, cuando desde La Habana iba a Villahermosa, Tabasco, invitado a las Jornadas Internacionales Carlos Pellicer. Sus esfuerzos por darse a conocer los hizo crear con muchos sacrificios editoriales como LunArena, dirigida por el matrimonio que formaban los escritores Miraceti Jiménez y Víctor Rojas, junto a un grupo donde estaban —entre otros— el poeta Enrique de Jesús Pimentel, el talentoso cuentista Alejandro Meneses, la narradora y ensayista Beatriz Meyer y Armando Pinto, traductor, director de la revista Crítica de la BUAP y temido intelectual.

Mientras Villahermosa, la ciudad de ríos y lagos donde nacieran nada menos que José Gorostiza —Muerte sin fin— y José Carlos Becerra —El otoño recorre las islas—, contó hace apenas tres décadas con la Editorial Hora y Veinte, donde entre otros publicó el poeta tabasqueño Ramón Bolívar, casi un desconocido entre los poetas mexicanos de su generación.

Regreso a Paul Morand y Cuba: No necesita argumentación el muro de las lamentaciones que en general ofrece la sobrevida cotidiana de la inmensa mayoría de cubanos en el triste país de ahora mismo, donde las desolaciones nos hace asombrarnos de la fuerte vocación y voluntad de sus artistas y escritores. Antiguos y pequeños sellos editoriales —en las quince provincias— subsisten milagrosamente. Y no es una exageración.

Es en el exilio —sobre todo en los Estados Unidos y España— donde la literatura cubana vive y crece con fuerza, como es elocuente constatar alrededor de Universal, fundada en 1965 por Juan Manuel Salvat en Miami. Tradición que allí re-crea hoy —entre varias— Ediciones Furtivas. Verbum y Betania en Madrid o Aduana Vieja en Valencia, aumentan su caudal sin discriminaciones a ningún género literario, como la literatura para niños y jóvenes; sin distinciones de edad, sexo, raza, idearios estéticos, inclinaciones filosóficas… El catálogo de Casa Vacía en Richmond, Virginia —fundada en 2016 por Pablo de Cuba Soria— presenta escritores que viven actualmente en La Habana, como Daniel Céspedes Góngora y Alberto Garrandés…; en Miami: María Elena Hernández Caballero, Rosie Inguanzo, Alfredo Triff…; en Bayamo: Hugo Fabel Zamora López, al que concedió el premio internacional de poesía —entre 250 libros concursantes— y publicó su libro Matar al Buda; en Caracas: Octavio Armand…

Ninguna excluye autores de otros países de habla hispana o de otras lenguas. Tampoco ninguna —sea sano decirlo— ha podido evitar del todo los sudorosos asedios de la mediocridad. Además, editoriales más comerciales y reconocidas en los circuitos internacionales del libro, también acogen a autores cubanos: Tusquets publica entre sus novelistas a Abilio Estévez, Leonardo Padura y Antonio José Ponte; Ena Lucía Portela aparece en Siruela… Pre-Textos está publicando la biografía de José Lezama Lima que escribiera Ernesto Hernández Busto… El prestigioso Fondo de Cultura Económica de México —otro ejemplo fuera del país— se honra en publicar a cubanos, aunque sea una dependencia del gobierno.

Cifras actuales de autores y libros permiten concluir —tras elocuentes comparaciones— que es aquí entre transterrados donde crece la rica y disímil herencia del libro cubano. Paul Morand estaría de acuerdo, aunque su filiación medio cercana a los totalitarismos tal vez lo hubieran vuelto miope ante el castro-comunismo, como les ocurrió y aún les ocurre a ciertos intelectuales europeos. Su clasificación, sin embargo, sigue siendo útil. Estamos en una de las cuatro clases, para mal o bien o vaya usted a saber para qué.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio