Christopher Nolan ha ofrecido una traducción de la Odisea a la lengua cinematográfica. Concretamente, al dialecto IMAX, el más prolijo de los que se proyectan sobre una pantalla de cine: Image MAXimum fue su nombre, antes de recogerse en la apócope del brand. Ante este otro británico que lee a Homero, ¿cómo no recordar aquel artículo del joven Borges, «Las versiones homéricas», donde repasa una a una las traducciones de Homero hechas en aquellas otras islas? Las de Buckley, Chapman, la de Cowley o la que se hizo bajo la dirección de Pope, respondían, en distinto grado, al debate sobre cuán pegada al texto original ha de estar una traducción, si ha de ser literal o si, desasida de las obligaciones de la lengua original con su prosodia y su tradición trópica y adjetivadora, puede despegarse y fundar un texto genuinamente nuevo, como quien funda una república sobre las ruinas de un reino, ahorrándose la superflua vulgaridad de decapitar al soberano o el temerario descuido de dejarlo empuñando el cetro.
La lengua, el lenguaje al que traduce Nolan, tiene una particularidad y es que a ella se traduce desde todas las otras lenguas a la vez, desde todas las lecturas simultáneamente. Ello hace que la fidelidad aquí se le deba menos a la lengua como tal, que a la ortopedia de la narración, a la feroz manía de fijar los textos en la arcilla de su origen. ¡Como si hubiera alguien hoy, muerto Nietzsche, muertos con él y por él los Dioses, que supiera a qué olía el miedo en Troya, a qué sonaban los codiciosos balbuceos de los pretendientes de Penélope, cuál era el tamaño exacto de la ambición del joven Telémaco y qué prometían, melodiosos y sincopados, los cantos de las sirenas, cuyos juntísimos muslos ofrecían sus escamas iridiscentes al sol que quemaba los acantilados!
Nada de eso se sabe ya más que por las lecturas sucesivas de la leyenda y la hiperbólica poesía de la epopeya. Todo es olvido y, como en el poema de Brodsky «Carta a Telémaco» muy pronto, lo mismo en el tiempo que en la memoria, ni el propio Ulises supo quien había ganado la guerra de Troya. Lo olvidó mascando lotos junto a Calipso siete años seguidos, como olvidamos nosotros las afrentas del mundo y la épica de vivir fumando porros en la Barceloneta en siete caladas y media.
Nolan, pues, ha traducido la Odisea. Su rotunda versión está cargada de la poesía de la lengua que habla, una poesía, y eso lo sabemos desde Eisenstein y Vertov, cuyos hexámetros se miden en la mesa de montaje. Es una versión espléndida, rabiosamente antigua, porque rabiosamente moderna. Habría pasmado a Homero.
Ciego como el porquero Eumías, Borges habría escuchado la música hipnótica de Görannson, una música sin orquestas para un mundo donde no existían orquestas y, tal vez, se habría preguntado, como lo hago yo, qué hacer con un Ulises que apostata de su astucia, de la metis que lo ensalzó como héroe y lo devolvió a casa. De un Ulises que marcha al exilio en lugar de gozar del reposo del guerrero. Cómo encajar en nuestra idea del mundo forjada por la literatura y el culto a los héroes una traducción que modifica así el destino del héroe.
Nolan, y eso solo lo sabemos o lo sabemos mejor que nadie los traductores, ha creado una obra nueva contando la que leyó. Traducir es decidir, y la suya es una traducción llena de decisiones. Son un poco las de Circe, atrevida y errática, y un poco las del propio Ulises, que emprendió un viaje a un lugar que ya no existía. Son las de uno de los colosales artistas de nuestro tiempo. “Todas las islas acaban pareciéndose cuando viajas demasiado tiempo”, le dice Ulises a Telémaco en el poema de Brodsky. Las traducciones, no. Y esta, desde luego, tampoco.
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