Debió haber sido la casualidad la que hizo que se encontraran en el mismo tren. Se conocían desde hacía algún tiempo y habían acordado reunirse para ventilar el asunto. Desde entonces transcurrieron varios meses sin que el encuentro se concretara. Los compromisos contraídos en el maremágnum de la vida de una gran ciudad no resultan fáciles de solventar.
Cuando el abogado comprobó que en el vagón había entrado su cliente, tuvo a bien desplegar el primer periódico que encontró a mano. Por encima de la página vio cómo este examinaba las localidades disponibles y se decidía por el asiento que estaba enfrente, de manera que, si bajaba un poco más el diario, se encontraría con los ojos de su asociado. Fue por ello que decidió mantenerlo a la misma altura y aguardar a que una nueva casualidad le permitiera cambiar de vagón. No es que hubiera un vínculo entre ellos parecido a una amistad, pero tampoco se trataba de un simple conocido. Se habían reunido en varias ocasiones y, como hemos dicho, esperaban por un nuevo encuentro.
El abogado, alertado por un descuido de su contraparte, liberó una mano del periódico y se acomodó el sombrero de modo que este cubriera gran parte de la frente y las cejas. El mayor obstáculo que había entre ambos era la distancia a la que se encontraban, al punto de que los pies de uno estaban a merced de los del otro. En estas circunstancias era muy difícil mantener la discreción.
—¿Le molesta que fume? —preguntó el advenedizo.
—No —balbuceó el letrado con una voz disfrazada de anonimato.
El tren se movía con notable bamboleo a causa de la vieja línea ferroviaria por la que se desplazaba, por lo que al abogado le costaba mantener el periódico debidamente levantado. Más de una vez estuvo tentado a ponerse de pie y retirarse, pero dudaba que la porción de su rostro que quedaba expuesta fuera suficiente para no delatarle. Por otro lado, desplazarse con la cara cubierta por el diario resultaría un acto significativamente sospechoso. Al parecer, no subestimaba el poco nivel de maniobrabilidad que le otorgaba la cercanía. Aun así, debía intentarlo.
Junto al letrado viajaba un adolescente para el que empezaba a resultar incomprensible que, una hora después de la partida, la vista de su vecino continuara fija en el mismo punto del diario, si bien era lícito pensar que se trataba de uno de esos que suben y bajan del transporte público sin razón aparente. Sin embargo, su vecino de enfrente había de dormirse en algún punto del camino. ¿Por qué no habría de ocurrir? Casi todo el que viaja por más de tres horas en tren termina durmiéndose en algún momento. Sopesaba esta idea y estaba atento a cualquier sonido que indicara que el acto se había consumado. Incluso, si era necesario, estaba dispuesto a preguntarle al muchacho de al lado. Los jóvenes se suelen prestar para ejercer el espionaje de manera complaciente.
El último encuentro entre ambos había transcurrido en un clima de notable cordialidad; en cambio, ahora todo se había malogrado. De repente, el oficial con la campanilla anunciaba la revisión de los boletos. Justo cuando lo tuviera enfrente, si es que tenía la suerte de ser revisado primero, se pondría de pie y se retiraría. Debía aprovechar la oportunidad ahora que el periódico empezaba a llamar la atención de su contraparte. Para su suerte, su boleto fue revisado antes que el de su potencial interlocutor, por lo que, cuando el oficial se interpuso entre ambos, se incorporó y rápidamente salió del compartimiento.
Una vez en el pasillo, respiró aliviado. Dio un paseo por el extenso corredor y se acomodó en un descanso donde podía contemplar el paisaje en toda su extensión. No pasó mucho tiempo cuando creyó ver que su antiguo conocido se acercaba, por lo que tomó el periódico nuevamente y se colocó de espaldas. Diríase que contaba los pasos de aquel que se aproximaba. Buscaba sin éxito el pretexto adecuado para explicar su extraño comportamiento cuando comprobó que el individuo pasaba a su lado con el sombrero calado hasta las cejas y con un periódico semejante al suyo con el que cubría parte de su cara. El tren anunciaba su primera parada.
Imagen: Le Wagon de troisième classe (1864), de Honoré Daumier.




