Tres viajes

Virginia Woolf, El viaje de ida
Ediciones del Viento (A Coruña), 2021

Novela delicada, con la belleza de lo terrible.

Cuando Virginia Woolf narró la enfermedad y muerte de Rachel, quizás tenía en mente la suya propia como fin previsto para una vida marcada por la inestabilidad emocional y psicológica. La influencia de su hermana Vanessa, que tan bien biografió Jane Dunn alguna vez, aparece como una sombra en la concepción de un personaje que es central en la novela, la tía Helen.

Se ha dicho que uno de los jóvenes, orgullosos lectores y miembros excluyentes del pijerío anglo, está pensado a partir de Lytton Strachey. Para ese entonces, la galería de lo humano se completa con la aparición del matrimonio Dalloway en busca de algo más que la tumba de Henry Fielding en el cementerio inglés de Lisboa.

A Rachel no le alcanza la vida para revelarse, no termina el primer tomo de Gibbon que, como desafío, le regala un pretendiente, el impulsivo Hirsch. No lo presentíamos, pero luego quedará destrozado por la torcedura cruel del destino, casi tanto como su amigo y rival, el elegido Terrence, pobre muchacho.

Novela clásica, historia de caminantes, delicia de escritura, que morosamente quiere desprenderse del ropaje «fin de siècle» como inicio del tránsito hacia nuevas formas, concretamente el discurrir de conciencia que leeremos luego en ‘Mrs. Dalloway’.

Buena la traducción de Miguel Temprano. Edición decente, aunque hay descuidos reiterados en la puntuación y el uso de guiones en los diálogos.

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Albert Caraco, Post Mortem
Ediciones Sígueme / El Peso de los Días (Salamanca), 2006

Es muy probable que no se haya escrito un libro de médula tan corrosiva sobre la relación madre e hijo como este. De principio a fin, Caraco nos está anunciando su lento suicidio, que finalmente ocurrió algún tiempo después tras la muerte del padre.

¿Quién puede asegurar que conoce a un escritor llamado Albert Caraco, judío nacido en Turquía y viajero del mundo, y cuya biografía en la red de apenas un par de escuetos párrafos asegura que es un filósofo franco-uruguayo? La relación con la Señora Madre (así llamada en este libro) es tan importante para su formación y comprensión del mundo que llega a responsabilizarla por cualquier borrón que produzca su andadura por la vida, ejemplo de ello es su pésima opinión del mundo femenino.

Es uno de los libros de mirada más misógina que he leído, pero cuidado: su posicionamiento no es en particular hacia las mujeres, sino hacia el mundo, que odia con todas sus energías. «Odio al mundo como enfermo y como judío…, amo la muerte y hago bien», escribe.

Su madre le inoculó, dice, un egoísmo razonable y lo previno contra toda ebriedad. Cioranesco antes de Cioran, Caraco desprecia la ciencia a la que pertenecen unos médicos encargados de mentirle a una moribunda. Y en el aire queda un par de frases memorables: El culto a la memoria es pueblo…, debemos olvidar a los muertos.

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James Joyce, Dublineses
Editorial Porrúa (México), 1989

Ha vuelto a pasar y sólo pasa con los grandes libros. No me entusiasmó Retrato del artista adolescente. Sin embargo, la galería de personajes de Dublineses está toda en mi habitación, todos han regresado y conversan, se pelean, tocan el piano, se lían con la letra de unas arias, danzan alegres por el whisky que beben caliente y finalmente mueren para retornar de nuevo como se retorna a una capilla familiar.

Joyce dejó dicho que quiso escribir «un capítulo de la historia moral» de su país, un país paralizado y en el que Dublín era el centro de esa parálisis. En cada cuento llueve el alcohol y hay un sacerdote o alguien se ha ido al convento o se debate entre lo que trae ser jesuita y lo que quita ser protestante o al revés. La literatura es un sacerdocio, también lo dejó dicho Joyce.

Todo lo que aquí está escrito es el resultado de una muerte pensada. «La historia de una frustración», dice Harry Levin. Son cuentos realistas, pero en ellos el realismo adquiere otras carnes, otro espesor. Su ars narrativa es engañosamente simple: en la ejecutoria de esa simplicidad está la singular complejidad joyceana. Joyce transforma lo real en otra cosa, lo reviste, y lo notamos desde la página uno, sin pompa ni luces firmes, toda luz es opaca, titilante, es su maniobra de despojo, de quiebre de la tradición decimonónica que exigía una transparencia, un candor, una completitud. Todo sucede como a medias, los personajes flotan, contemplan la nieve caer, esperan por un coche, los amores no se consuman, un cáliz roto ha sido el detonante de una muerte.

Qué bien leyó Faulkner estos cuentos. En ellos hay una violencia contenida, una catástrofe está siempre por suceder, justamente lo que hizo grande a la novelística del autor de ‘Mientras agonizo’: hacer vibrar el nervio de la pulsión destructora que hay en lo rutinario, en lo cotidiano, que demora en llegar, pero nos hace saber que llegará porque la infelicidad de los mortales es como el mal, irremediable.

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