La risa de la historia y el ego de los intelectuales

Mircea Cărtărescu ha dicho en una entrevista reciente a un medio español que “un escritor debe implicarse en la vida pública porque es un modelo para la gente”. No hay ironía en su voz. Es una de esas frases pronunciadas con solemnidad europea, como si aún viviéramos en tiempos en los que la pluma tenía la virtud de guiar pueblos.

Sin embargo, lo que se oye con más fuerza es la risa ronca de la historia. Porque si los escritores son “modelos para la gente”, ¿qué clase de gente están modelando? El siglo XX —ese parque temático del delirio político— está lleno de autores que no solo se implicaron en la vida pública, sino que lo hicieron con el entusiasmo ciego de quien confunde una utopía con un plan quinquenal.

Recordemos, por deporte: Sartre, que justificó los gulags soviéticos como si fueran retiros espirituales marxistas. Heidegger, el filósofo que no encontró contradicción entre el nazismo y la metafísica del Ser. Neruda, que dedicó versos a Stalin con más ternura que a sus amantes. Brecht, dispuesto a cantar la revolución mientras otros ponían los cadáveres. Pound, fan de Mussolini y autor de panfletos fascistas. Hamsun, que regaló su Nobel a Goebbels como si fuese un ramo de flores. Diego Rivera, devoto de Stalin incluso después del Gulag.

Y no olvidemos a los músicos, esa noble casta de genios con oído absoluto y criterio político relativo: Karajan, miembro del partido nazi y director preferido del Tercer Reich. Shostakóvich, atrapado en un juego de aplausos fingidos. Prokofiev, que terminó componiendo para Stalin como si fuera una campaña de turismo forzado. Carl Orff, cuyo Carmina Burana sonó más en actos oficiales que en conciertos.

Y, claro, el ala oriental del entusiasmo revolucionario: Godard, que encontró en Mao una figura redentora tan útil como filmable. Maria Antonietta Macciocchi, que viajaba a China para encontrar pureza revolucionaria mientras millones morían de hambre. Alain Badiou, que justificó la Revolución Cultural como un necesario “desorden productivo”.

Y Cuba: el caso de siempre, el favorito de las revoluciones bien editadas. García Márquez, amigo personal de Castro, siempre dispuesto a mirar hacia otro lado cuando el régimen encarcelaba escritores y censuraba libros. Cortázar, que justificó los excesos castristas mientras firmaba declaraciones que hoy huelen a papel mojado. Harold Pinter, que calificó a Cuba como “una inspiración”, como si las prisiones políticas fueran un detalle. Nicolás Guillén, convertido en poeta oficial del régimen con la docilidad de quien pasa del verso a la consigna. Y Silvio Rodríguez, que afinó su guitarra al tono exacto del partido, cantando utopías mientras el Estado encarcelaba disidentes.

La lista no se detiene. Desfila con entonación ética y retrospectiva selectiva, como si todo el siglo XX hubiera sido una comedia de errores en la que nadie sabía lo que estaba firmando.

Eso sí, conviene reconocer que hay excepciones. Algunos escritores no se arrodillaron ante ningún comité central ni se dejaron seducir por el brillo de la propaganda. Camus, que incomodó a los suyos. Orwell, que vio el totalitarismo por lo que era. Havel, que pasó de escribir teatro a presidir un país sin disfrazarse de redentor. Y, en el caso Cuba, Reinaldo Arenas, que escribió contra la dictadura desde el exilio y cuya vida fue una larga nota al pie a la libertad, escrita con rabia, deseo y delirio. De que los hubo, los hubo. Como también hay faros en medio de los naufragios, aunque no sirvan para salvar el barco.

Pero volvamos a Cărtărescu. Cuando dice que “el escritor debe decir lo que piensa y expresar lo que, en su opinión, es bueno o malo para su propio país”, uno no sabe si escucha a un novelista o a un escritor con ambiciones de oráculo. (Platón habría aplaudido desde las gradas, justo antes de prohibir la poesía.) Porque la historia de los intelectuales opinando sobre lo bueno para su país es, más veces de las que conviene recordar, la historia de cómo se arman pesadillas con buena sintaxis y superioridad moral.

“He tratado de mostrar a la gente la dirección correcta, que es, en mi opinión, la dirección hacia Occidente, hacia Europa”, dice, como si escribir novelas fuera un certificado de visión geopolítica.

Por supuesto, Cărtărescu —como cualquier ciudadano, taxista o cuñado de sobremesa— está en su pleno derecho de opinar sobre el destino de su país, de Europa y del alma occidental. Faltaría más. Tampoco intento arrojar sobre su figura sombras sospechosas. Pero a estas alturas, pretender que la literatura tiene una brújula moral es como pedirle a una sinfonía que detenga una guerra. La historia ya ha enterrado suficientes manifiestos y firmas indignadas como para saber que la influencia del escritor en la vida pública suele oscilar entre lo anecdótico y lo ornamental. Lo que queda es un cementerio de buenas intenciones con tipografía elegante. Hay algo casi enternecedor en esta pulsión del gremio por autoproclamarse conciencia de la humanidad. Si algo ha demostrado la historia literaria es que los escritores no necesitan ayuda para equivocarse con estilo…

Resumo. Aquí no pongo en duda ningún derecho, y mucho menos el de expresarse —desde el berrinche ideológico hasta la revelación ocasional—, sino la superstición tardía de que un escritor es algo más que un fabricante de frases. Cuando no es más ni menos que aquel a quien el lenguaje, de cuando en cuando, apenas le hace un sitio en la cama.  

Que ahora ciertos intelectuales hablen de democracia, ¿debería inspirar confianza? Yo prefiero una cauta sonrisa. Y que pidan ser vistos como modelos… eso ya pertenece al terreno de la fantasía: la más peligrosa de todas, la que se escribe creyendo que es la verdad. 

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