Labatut-Lovecraft: de la ficción al saber que enloquece

Como género híbrido y dentro de las vanguardias artísticas, la novela alcanza sus cotas de mayor realeza en las primeras décadas el siglo XX. Con varios autores —suerte de vanguardia dentro de la vanguardia— da un paso ulterior un siglo después. Uno de estos “raros”, en quien la ficción alcanza las formas más tensas y productivas, es el chileno Benjamín Labatut. Lejos del intento de cerrar el espacio narrativo haciéndolo autosuficiente, típico de las vanguardias clásicas, su escritura se asienta en un territorio híbrido e inestable donde, historia, ciencias duras, ensayo e invención literaria, se energetizan mutuamente.

Un verdor terrible (2020), la tercera de sus entregas, confirma lo anterior. Es decir: no solo la ausencia de una voluntad de clasificar o delimitar géneros y temáticas, tramas o personajes; antes bien, aprovechar esa productiva indeterminación para acercarse a objetos supuestamente no “novelables” —ciencia, procesos internos de la materia, conocimiento matemático y físico aplicado al continuo espacio-tiempo—; objetos que, por su propia “incertidumbre” dentro del conocimiento humano, resisten una forma única y totalizable de representación. Por eso, en Labatut, la hibridez es exigencia y no ornamento formal. Solo a través de ella, es posible rozar una “realidad” cada vez más difuminada dentro de la conciencia humana; una realidad que ya no se deja organizar sin dejar un resto que se asemeja, cada vez más, a un peligroso agujero negro.

Es en este cruce, en esta necesaria hibridez para captar una realidad cada vez menos gravitante y expresada a través de números binarios, donde la novela ha dejado de ser una “máquina” ordenadora de la realidad, para convertirse en un campo de exposición —y más— en un terreno minado. Ahí —lo han entendido las conciencias más lúcidas— los materiales ya no pueden disponerse desde una conciencia demiúrgica que produce una totalidad significativa, puesto que el mundo ha perdido todas las certezas.

Ahora, la novela —sigamos llamándola así por convención— no se empeña en mostrar una totalidad coherente, sino en mostrar las fisuras, las zonas de sombra que habitamos. Así, puesto que la forma cede y ya no contiene, la ficción ha dejado de ser un objeto de conocimiento entre otros. Evidencia agujeros que muestran la plurivalencia, y ya no solo ambivalencia de lo real. Y es en este ceder donde aparece algo que no termina de integrarse y produce terror: una opacidad consustancial —al mundo, a la materia, a la ciencia, al ser humano— que, al ser absorbida por el relato, lo agrieta desde dentro.

En esa zona opaca —en la cual el conocimiento humano ya no garantiza la verdad y se transforma en riesgo— es donde la escritura de Benjamín Labatut parece, sin declararlo, rozar una tradición más antigua vinculada a la gnosis, a los hermetismos y esoterismos: la del saber que enloquece. Por supuesto, locura, no en el sentido clínico del término y sí como desviación de cualquier medida moral: una forma de conocimiento que rompe con el marco humano que debiera contenerlo.

Esta es la misma intuición que atraviesa buena parte de la obra del escritor norteamericano H.P. Lovecraft —desde los lectores del Necronomicon hasta figuras como el protagonista de Los sueños en la casa de la bruja— donde las matemáticas dejan de ser instrumento de orden y belleza para convertirse en acceso a otras dimensiones que exceden y desorganizan “lo humano”. Sin necesidad de establecer una filiación directa, puede leerse en Un verdor terrible una resonancia de ese mismo clima: un punto en el que el saber, lejos de iluminar al modo ilustrado, introduce una forma de oscuridad filosa, enérgica e irreversible.

En lo poco que he leído sobre el chileno, o escuchándolo en alguna entrevista, no hay referencia a esta filiación. Sin embargo, esta opacidad es el punto de contacto entre ambos autores. Aunque los registros difieren —pues uno se apoya en lo histórico y la ciencia, y el otro en lo fantástico mezclado al horror cósmico— ambos convergen en una misma intuición fundamental: hay irrupciones en la realidad —que no es lo real— que no destruyen el mundo de inmediato, solamente lo vuelven un poco más extraño. El mundo permanece, pero, por momentos, deja de ser plenamente habitable. La referencia a Freud y a su concepto de “lo siniestro” no está fuera de lugar…

En El color que cayó del cielo, de H. P. Lovecraft, lo inquietante será la forma en que ese color indeterminado —nunca se sabe bien cuál es— altera la materia. En este sentido, no se trata de una catástrofe súbita, sino de algo que va penetrando o, más bien, brotando desde el interior de la materia. En un primer momento, la tierra parece más fértil: madre grávida de un embarazo múltiple. Las plantas se desarrollan con una intensidad inusual, los frutos crecen sin proporción. Pero es dentro de esa exuberancia que rompe con un patrón y una norma milenaria, donde se contiene ya toda la corrupción posterior. Algo en esa vida indetenible excede las formas normales y conocidas, y las de-forma desde dentro. El problema no será, entonces, la desaparición de lo realidad por cualquier causa. Es la persistencia de una vida “anómala” bajo una realidad con condiciones alteradas. El campo, la tierra, la naturaleza siguen siendo “iguales” pero ya no ofrecen un suelo confiable.

Han pasado cien años y, por supuesto, Labatut ya no tiene necesidad de recurrir a lo fantástico lovecraftiano, al terror cósmico, reflejo de su fobia social —de creerle a Michel Houellebecq—. En su novelística, de prosa tersa, ascética, limpia, ya no hay venenos extraterrestres, ciudades sumergidas o montañas que producen locura, brujas que atraviesan dimensiones del espacio-tiempo. Hay procesos químicos, hipótesis científicas y descubrimientos en el interior de la materia documentados mediante fórmulas físicas. Y, sin embargo, ambos escritores nos generan una sensación similar: el mundo adquiere una consistencia extraña en ese devenir del cual también somos responsables, como si, al profundizar en la materia, la inteligencia humana abriera una grieta que no puede cerrar.

Prueba de esto es Azul de Prusia, la primera historia de Un verdor terrible. En ella se cuenta la historia de un pigmento que impregna y hasta conforma la pintura europea del siglo XIX. Con el tiempo, esta base química será fundamental en la fabricación de pesticidas y fertilizantes que aumentan las cosechas, multiplican la población humana y acaban con las hambrunas. Pero, al mismo tiempo, y paradójicamente, envenenará a cientos de miles de soldados enemigos en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Así, en Azul de Prusia, Fritz Harber, químico alemán de origen judío, quien fija el nitrógeno como fertilizante, es también el “padre de la guerra química” con gases venenosos. En otras palabras: la misma operación que alimenta y salva del hambre a millones de personas, es la que provoca la muerte. No hay, o no parece haber en las dos operaciones, nos dice Labatut, contradicción, solo continuidad.

Lo inquietante en ambos textos de Lovecraft y Labatut no es el daño en sí, es la  ambigüedad que precede a este daño. La tierra del cuento de Lovecraft, no se vuelve estéril de forma inmediata. Primero, produce más, en una proliferación incontenible de formas que anuncia ya su degradación. En igual forma, en las ficciones del chileno los avances científicos aparecen, de entrada, como éxitos científicos que funcionan con eficacia. Y, es precisamente por eso, que resultan perturbadores: muestran que el problema radica en la propia lógica del desarrollo científico y la investigación, y no, en un error del conocimiento, o en un desvío de la inteligencia humana. La inteligencia no falla, acierta plenamente; y es en ese acierto donde se abre algo que se vuelve incontrolable para el propio ser humano.

Otro punto de coincidencia entre ambos escritores es la temporalidad. En Lovecraft, la degradación es lenta, imperceptible en los comienzos, casi destilada gota a gota. Lo monstruoso no irrumpe en forma espectacular, se infiltra en los procesos internos de la materia y de las comunidades humanas. En Labatut, los descubrimientos de la ciencia se encadenan en una progresión que parece natural. Solo, al final, retrospectivamente, vemos la sombra, el tumor destructor que solapado estuvo ahí desde el mismo comienzo. El gas letal, que mata al enemigo en las trincheras, no es una anomalía en el proceso humano de la ciencia; es el resultado de una serie de pasos razonables y una lógica que se encadena en forma brutal.

Pero también, entre ambos, hay diferencias decisivas. En las ficciones góticas del norteamericano, la alteración de la realidad proviene de un “afuera”: algo ajeno al mundo humano irrumpe y lo contamina. En el chileno, desaparece la distancia entre lo exterior horrible y lo interior humano. Es decir: no hay un exterior amenazante. Lo que deforma la realidad y la convierte en algo terrible surge desde el interior mismo de la actividad humana, específicamente, desde la ciencia y sus procesos de investigación y conocimiento. El horror ya ha ocurrido en un mundo ordenado, y no necesita ser imaginado como irrupción desde un “afuera”. Está inscrito en la historia —¿genética? — del ser humano: espera el momento preciso —histórico— de manifestarse.

Quizás Maniac —para mí su mejor obra— sea el desarrollo más radical de este desplazamiento, de lo exterior a lo interior. En el controvertido científico húngaro-norteamericano, John Von Neumann, figura principal del tríptico novelístico (Paul Ehrenfest, Von Neumann, Lee Sedol), el saber, el conocimiento científico, no se limita a abrir una grieta para observar los procesos internos de la materia; sino que se convierte en un principio de organización generado, casi, desde el cerebro de un Demiurgo maligno. La abstracción, el cálculo matemático —puro, ingenuo y lúdico, desligado de consecuencias— organiza escenarios de desarrollo, anticipa comportamientos, calcula, incluso, la destrucción en una guerra. Con Von Neumann, este saber que enloquece –en el sentido de desviarse de toda medida moral- deja de ser una intuición para convertirse en un sistema que intenta modelar el mundo desde un lugar ajeno a toda ética, a todo humanismo.

Empleo de la ciencia para el bien y el mal, “moralidad” del científico atado a condiciones históricas precisas, temporalidad, afuera y adentro de la materia y de la vida…modificarán, también, por supuesto, la posición del sujeto humano. En Lovecraft, el hombre es testigo, juguete y víctima, de una fuerza excesiva y cósmica que no alcanza a comprender. En Labatut, es espectador, pero también agente activo de transformación. Es decir: produce, desde algo que brota de su capacidad casi infinita de investigación e invención aquello que lo desborda…y lo destruye. Y, es en esa doble condición de espectador, y demiurgo ingenuo que manipula fuerzas que lo exceden, donde se pierde toda posibilidad de inocencia. Si algo de esta inocencia vemos, todavía, en el químico Fritz Harber, todo vestigio de ella se ha borrado en el matemático y cibernético Von Neumann. Pero, en uno y otro, el mensaje de Labatut es contundente: la catástrofe no es algo que le sucede al mundo desde un “afuera”; es algo que el propio mundo realiza a través del hombre. Aquí, la coincidencia con antiguas sabidurías y cosmogonías de origen gnóstico no es casual.

Si pese a la distancia temporal ambos textos pudieran leerse con alguna continuidad, es por compartir una intuición de fondo: existen formas de conocimiento –o de materia- que, una vez aparecidas, alteran de manera ya irreversible nuestra relación con la realidad. No es que la destruyan de forma inmediata, es que vuelven inestable y controvertida esta relación. El mundo sigue, seguirá ahí; en cierto sentido reconocible y hasta familiar, pero atravesado por una extrañeza que no se deja disipar, y presta a transformar una realidad, tantas veces edulcorada, en caos, oscuridad y catástrofe.

Una imagen para terminar: en Lovecraft, el campo, la tierra, el mundo natural —¿los afectos humanos?— ya no pueden cultivarse sin inquietud. Labatut da un paso adelante: es el mundo el que ya no puede pensarse sin, y desde la fisura de una sustancia química transformada en veneno letal. Y en Maniac, ese mismo proceso —de fisura…y fisión— alcanza su forma más fría y demoníaca: el saber no solo revela la entraña y produce desestabilización:   organiza el caos como proceso de destrucción pensado y controlado.

En los tres casos, como un tumor incontrolable, algo ha crecido indeteniblemente –un color indefinido que viene del espacio exterior, el descubrimiento y aplicación de un gas, un modelo matemático que organiza la destrucción-; algo que, si bien excede las formas humanas, en un sentido u otro brota desde la misma entraña de “lo humano”.

No es un exceso que ilumina: deja expuesto el corazón del mundo y a nosotros dentro de él…como aquel principio de fertilidad dentro de la naturaleza, que ha roto todos los límites convirtiéndose en un verdor intenso y terrible: un verdor donde la vida misma comienza a volvérsenos sospechosa.

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