De José Luis García se podían decir cosas terribles, varias me dijeron y varias dijo él de los otros, pero yo en aquel momento, finales de los años noventa, solo sabía que era un escritor de cuentos y de obras de teatro que habían sido premiadas y que vivía solo. Recuerdo haber estado un par de veces en su apartamento, no muy lejos de donde yo vivía, cerca del mercado aquel de calles rotas donde compraba los vegetales y las escasas carnes, su apartamento frugal, vaciado de lo trivial del vivir, pocos muebles, pocos libros, etc. Allí me enseñó sus proyectos de escritura desmenuzados en tirillas de papel, allí supe que vivía un escritor.
Era la nuestra una vida ciclística y municipal, como es la mayoría de las vidas, pero José Luis creía que estaba para consumar algunas grandezas. Por eso escribía como despreciando lo pequeño, intentando mantenerse lejos de tanta mundanal mediocridad. Se pueden tener diversos oficios, pero la escritura es respiración y no se mancha.
Yo era un recién graduado cuando me invitó a colaborar en sus programas de radio y muchos momentos compartimos en aquellas frías cabinas encristaladas y pasillos desiertos y con olor a humedad y miedo al error político, el terror de la censura en los huesos de cada día. Afuera casi siempre lo esperaba alguna chica a la que yo imaginaba que había seducido con maniobras de hombre mayor, sabedor del mínimo poder que sobre la candidez de la juventud se auto otorgan, como lobos de la noche cubana, los escritores, los artistas, los directores radiales y otros especímenes de la jungla del sexo.
Yo trabajaba en Ediciones Holguín y había editado su novela Apuntes de un cazador, con el que regresaba a las librerías después de varios años. Era un libro que no se parecía a nada que uno hubiera visto por aquel lugar, chejoviano y a la vez anti Chejov, salpicado de una fraseología chispeante, a veces venida del frío, como aquel «¡Thackeray, bribón, envidioso de Swift!», que aparecía en la sección final, en el diario del protagonista, y jamás olvidé.
A mí el escritor diferente que era José Luis quedó marcado en ese diario de la segunda mitad de aquel libro. La literatura cubana no sabe de diarismos, es demasiado opaca y cobarde, es estúpida y cerrada como un miliciano y un carcelero o como un funcionario del partido o el enjuto censor radial. Los diarios son escritos por gente solitaria y se escriben en el más absoluto aislamiento, pero hace falta algo de espíritu libre. En aquellas páginas resonaba una voz genuina que sabía de lo que había que hablar. Sabía que madurar era envejecer y eso era un exceso de pasado, un atropello de memoria que la escritura debía de alguna manera ayudar a conjurar.
Luego de que me fui de Cuba supe que siguió escribiendo y que alcanzó a obtener un Premio Alejo Carpentier de Novela, uno de los más importantes de aquella desdichada isla donde nacimos los dos. Y me alegré porque si había un escritor desconectado de ciertos círculos paraliterarios, que escribía con dedicación mientras debía ganarse la vida repicando en guiones de radio y dirigiendo y conduciendo programas, ese era él.
Era un escritor agudo y un tanto puntilloso, exigente y respetuoso de sus manías. Creo que le gustaba que sus historias quedaran abiertas, pero sobre todo creo que no se engañaba, que escribía con un absoluto compromiso con la literatura y consigo mismo, como quien no le debe ni desea deberle nada a nadie. Detestaba el mundo de las revistas literarias —le escuché una vez describir a otro escritor como «un lector de revistas»— y hablaba de sus padres literarios con devoción: Faulkner, Chandler, Hemingway y su admirado Norberto Fuentes, a quien parecía tener siempre presente.
No era de carácter fácil y lo recuerdo como un solitario, pero tenía un sentido del humor peculiar. No era hombre de carcajadas, más bien reía por lo bajo y creo que se le coló a la radio por ahí. No era ni locutor ni tenía el vozarrón que muchos les exigen a los que ahí trabajan. Pero tenía una voz nocturna y a Martha y a mí siempre nos incorporó a los nuevos programas que sumaba a la parrilla de la radio, como aquella revista interminable de cinco horas que cubría la madrugada de los lunes cuando la emisora provincial de Holguín extendió su programación.
Releo uno de sus cuentos («Sobre la muerte de mi padre y la precariedad del amor») en una antología de autores holguineros que me han enviado desde Cuba, una historia distópica en la que la ciudad ha sido renombrada y es ahora un lugar irreconocible. Las calles, parques y hospitales tienen nombres alemanes y asiáticos. Hay refugiados liberianos, fosas comunes de nombres eslavos, conductores holandeses, filipinos malhumorados, plantas nucleares iraníes, colonias mineras norcoreanas, burdeles regentados por suecas y represas construidas con tecnología estadounidense y mano de obra siria y afgana. Por Key West II, antes Cayo Saetía, viejo feudo de los militares del antiguo régimen, se cuelan los inmigrantes. Lo leí poniendo atención a algunos detalles, como esos potes de cobre con empuñaduras de madera en los que beben “café con hierba pajonera” el protagonista y su amigo armenio ajedrecista. La historia de ese cuento tiene que ver con la muerte del padre, atropellado por un auto, y recordé que entre las tantas cosas que hablamos nunca dijo nada de su padre ni de su madre y que de alguna manera al hablar siempre de los otros, los colegas, amigos y conocidos, apartaba de la conversación todo rastro que delatara un vínculo familiar, un pasado.
Toda su narrativa tiene un tono muy irónico. Pensé que en Apuntes de un cazador, cuyos detalles recuerdo con vaguedad, y en Últimos días junto al mar, su novela del 2014, hay siempre una representación de la autoridad en la figura de un militar retirado o un almirante. En el caso de este último su nombre es Handke y pienso en el andamiaje de un juego de espejos entre una autoridad castrense en un contexto específico de gorilones de toda la vida como el cubano y una literaria que pocos años después ganaría el Premio Nobel. En su caso esos militares son figuras veteranas, oficiales retirados o venidos a menos que conservan cierto orgullo (también conservan sus pistolas), pero han sido desplazados o marginados por un poder que ayudaron a forjar en el pasado, y que ahora el autor convierte en material narrativo. La idea de desmembramiento, de indefinición e incertidumbre está en el centro mismo de esas historias, en las que además los otros personajes tampoco parecen tener muchos asideros, como la joven del cuento mencionado arriba, quien se convierte en un elemento indispensable para el viaje del protagonista hacia la resolución del caso, si es que algo de eso puedo decir que hubo, de la muerte del padre.
La vida es un gas sutil, pero la memoria pesa más. Después de muchos años volvimos a cruzar mensajes hace poco a propósito de no sé qué problema con el techo de la casa donde vivía. Pero no volvimos a vernos. Presiento que tampoco volveré a ver a muchos. He pensado en todo eso justo en un día de abril, cuando hace dieciocho años que salí de Cuba para siempre y me he quedado mirando fijamente una foto suya que alguien ha compartido en las redes.
La eternidad siempre es leve.




