En Los muchachos de zinc, Svetlana Alexiévich se dio a la tarea de recopilar testimonios de víctimas y familiares de los caídos en la guerra que la antigua Unión Soviética desencadenó en Afganistán, es decir, los «afganos» rusos. Los muertos se contaron por miles, que llegaban en ataúdes sellados y recubiertos de zinc. La mayoría nunca llegó a saber qué había dentro.
¿En quién no va a dejar una huella brutal un libro donde reina la muerte, la mutilación, el dolor de las madres, la separación y la impotencia de principio a fin? Todavía cuando Gorbachov comenzó a patear el tablero, había bombas cayendo y soldados muriendo en campos minados.
Alexiévich indaga en los efectos de una guerra, pero su maniobra va mucho más lejos: examina un totalitarismo crepuscular. La obra también va de madres profundamente marcadas por la muerte, la mutilación, la impotencia y el dolor de la separación.
La autora alcanzó a encontrarse con las madres de varios jóvenes que allí murieron. También con enfermeras enviadas a curar heridos y con mutilados que recibían una pensión y alguna medalla al valor. Más o menos lo de siempre en regímenes que no destacan por el respeto a la vida y la atención a algunos derechos.
El libro contiene una lección sobre el papel del escritor. Tras publicar algunos adelantos del libro, dos testimoniantes se desdijeron y decidieron llevarla a juicio. Una de ellas, la madre de un soldado caído, regresa reconvertida en presidenta del comité de familiares de las víctimas, y alega que la autora mintió sobre la memoria de sus hijos, que calumnió y tergiversó la historia, y mencionan la grandeza del pueblo ruso, que siempre ha sido un hueso atravesado en la garganta, suponemos que se refieren a Occidente. A la autora la acusan de Judas al servicio de una vil Europa. Dicen no haber dicho lo que aparece en el libro. Niegan que se pueda hacer literatura y ganar dinero con su dolor.
Y aquí es donde la estatura de una escritora se alzó para dejar las cosas en claro: yo como persona las entiendo, como escritora nada puedo hacer distinto de lo que hice. Por detrás de ambos, dijo la autora, veo las charreteras de los generales, y también un nacionalismo y un patriotismo mal entendidos porque abogan por la exaltación a cambio de olvidar el error. Y que desconoce también el dolor causado en el otro, en las víctimas del otro bando.
«No se puede llegar a la verdad sin el dolor», les dice en su alegato de defensa.
He recordado también uno de los más crueles pasajes del libro de Alexiévich. Una madre intenta conseguir una dispensa para que su hijo no sea enviado a la guerra. Un oficial le dice que, si le lleva una carta firmada por un reclutador, él se encargará de que su hijo no viaje a Afganistán. La madre acude entonces al burócrata militar, pero este no comprende la petición: se niega porque está fuera de su estrecho margen de asimilación. Al poco tiempo, el burócrata militar toca la puerta del apartamento familiar: trae en un ataúd de zinc los restos del muchacho. Cuando leí ese pasaje sospechaba lo que sucedería; no podía tener otro desenlace y por eso también el libro deja a uno con un talante sombrío que demora en quitarse.
Un libro extraordinario.




