‘Nueve ficciones’: una topografía de la invención narrativa

Ciertos relatos se leen como se cruza una calle, con prisa y ansiedad, temiendo ser atropellados por el argumento. Nueve ficciones  (Bokeh, 2025), de Carlos Ávila Villamar, en cambio, se lee como se traza el mapa de un territorio aún inexistente. Más que una simple colección de cuentos, el libro se configura como un sistema de exploración textual: desde su discurrir sintáctico, la indagación teológica y una constante pesquisa metanarrativa.

El relato que abre el volumen, «Los profetas», revela la naturaleza programática del conjunto. Esto es, se trata de interrogar las fuentes del significado en un paisaje donde la autoridad ha sido radicalmente destituida. Alejandro, su protagonista, se obstina en inventar una religión para guiar a sus sobrinos huérfanos, no por un arrebato de fe, sino por la fría lógica del método: “Tuvo entonces la idea. A fin de procurar una educación perfecta que el nihilismo de la razón jamás iba a conseguir…, enseñaría a los niños a creer en Dios, y los dejaría descubrir por su cuenta que no existía”. Aquello que Alejandro urde, lejos de ser una doctrina religiosa en sentido estricto, se revela como una hipótesis moral provista de un mecanismo de autoanulación, un constructo dogmático diseñado para su propia disolución. ¿No es esto acaso una forma narrativa esencialmente moderna?

Sobresale el modo en que la prosa misma se somete a este principio rector arriba descrito. El lenguaje oscila, se espesa, se fractura. Cada oración traza una curva deliberada, casi geométrica, sobre un plano de construcción invisible. Ávila escribe con la meticulosidad de quien restaura un fósil, sabiendo que manipula la materia misma del tiempo y el sentido.

A medida que avanza el relato, Alejandro deja de ser el autor de su doctrina para convertirse en su primer exégeta. Samanta, la sobrina, transmuta la religión en rito y, a su vez, el rito en práctica comunitaria: “La propagación de la doctrina se inició como un juego… La transcripción de las historias ni siquiera implicaba el entendimiento”. La ficción original deviene texto sagrado; este, a su vez, se transmuta en objeto performativo. La comunidad entera se abandona a la meditación, memoriza parábolas escritas con café, venera la estética como si en ella se encarnara la metafísica última.

Hay ecos de Joyce aquí, no tanto en el tono ni en la sonoridad o el léxico, cuanto en la arquitectura subyacente. Estamos ante un sistema clausurado que engendra sentido a partir de la recirculación interna de sus elementos. Cuando Saúl, uno de los niños, cae enfermo, su presunta recuperación milagrosa no reanima la fe, sino que la somete a una profunda problematización: “Dios nos espera en la otra orilla del río, le dijo. No me interesa que me esperen si yo no voy a estar, respondió Saúl con voz moribunda, Dios tomará mi mano cuando ya no tenga cara”. La religión, bajo esta óptica, no dispensa consuelo; se revela, más bien, como una compleja interfaz.

Cada historia contenida en Nueve ficciones opera como una caja de resonancia donde se ensayan combinaciones de lenguaje y verdades. En «Disección del suceso impensable», por ejemplo, la causalidad se suspende, y los hechos no se ordenan por consecuencias, sino por posibilidades narrativas. Las estructuras parecen inevitables, pero los sentidos que las habitan resultan intercambiables.

Pero volvamos a «Los profetas», que merece leerse como una novela breve embalsamada dentro de una colección. La escena en que Alejandro observa el cadáver que la multitud cree que resucitará —una escena que debería parecer absurda, pero conmueve profundamente— marca la culminación y el colapso de su proyecto narrativo: “El cadáver sonreía… Samanta trató de ponerse en el medio. No lo toques, le dijo, o Dios va a enfurecerse mucho”. Lo que él concibió como pedagogía termina operando como mito fundacional. El escritor deviene apóstata de su propia ficción.

Desde una perspectiva estrictamente técnica, la destreza sintáctica de Ávila Villamar merece una ponderación especial. Su prosa, lejos de buscar una fluidez melódica o transparente, parece articularse desde un principio arquitectónico. Cada oración condensa en miniatura una tesis filosófica que apenas se insinúa, un pensamiento en estado germinal: “La separación entre juego y realidad…, quizás no estaba tan lejos de la separación entre el mito religioso… y la realidad”. Esta idea —que el juego podría ser un ensayo inconcluso de lo real, y la religión, a su vez, un ensayo fallido del juego— condensa, creo, el proyecto profundo del libro.

En otros autores, tales dispositivos podrían percibirse como artificiosos, incluso como una forma velada de pretenciosidad. Pero aquí opera una densidad distinta. Nueve ficciones no se propone demostrar la existencia o inexistencia divina; su empeño reside en evidenciar que el lenguaje, incluso cuando su referente último es nulo o inaprensible, genera consecuencias tangibles en el plano de lo real. Aquello que se inventa mediante palabras adquiere la potencia de moldear el mundo físico. “Si el tiempo es infinito, hay infinito tiempo en compañía de Dios antes de nuestro nacimiento y hay infinito tiempo tras nuestra muerte. Morir hoy no te va a dar más tiempo en compañía de Dios que morir dentro de cien años”. Esta frase, enunciada por una niña que, casi por accidente, pone en marcha una secta, destila una agudeza filosófica más penetrante que cualquier tratado pseudo-einsteiniano sobre la naturaleza del tiempo.

Hacia el final, Alejandro, el demiurgo, parece intuir la vasta magnitud de su desvío, de su error fundacional: “Dos de los tres hermanos ya han desertado, pronunció Alejandro para sí como el narrador de uno de sus relatos sagrados”. El autor ha sido desplazado; el texto ha conquistado una autonomía radical. ¿Qué otra cosa podría querer un escritor?

El resto de los relatos se despliegan como variaciones temáticas y formales sobre una misma inquietud medular: ¿de qué modo se sostiene la ficción una vez que la creencia que la cimentaba se ha disipado? «Dodos contra moas» propone una suerte de zoología metafórica de la extinción espiritual, teñida de una ironía que evoca lo darwiniano: la supervivencia no favorece al más apto, sino a aquel que mejor fabula su propia desaparición. «Fósiles», por su parte, se edifica a partir de una textura eminentemente sedimentaria, acumulando capas de memoria y lenguaje hasta diluir los contornos entre la arqueología personal y la colectiva. Su prosa, aquí más opaca y de cadencia casi litúrgica, parece albergar una duda intrínseca sobre el poder de sus propios signos.

«El imitador» se sumerge en una reflexión sobre el incesante deseo de autenticidad en un orbe saturado de réplicas. Su protagonista no persigue tanto una identidad propia como una copia que lo libere del peso de sí mismo. «Sueños de salamandra» y «Zorros» retoman la particular fauna moral que puebla el libro para explorar las fronteras difusas entre el instinto puro y la voluntad consciente, entre la culpa heredada y una autonomía siempre incierta. «Sol de medianoche» adopta una escritura deliberadamente fotofóbica, como si rehuyera la luz cegadora de su propia brillantez conceptual. Finalmente, «La intuición de la caída» no clausura el volumen con una resolución tajante, sino con una pregunta ralentizada, suspendida en el aire: ¿qué adviene cuando incluso el acto de caer pierde su dirección inherente? Aquello que persiste no configura el descenso, sino su simulacro último, una gravedad que paradójicamente carece de peso.

Se cuenta que James Joyce, ante la recurrente pregunta sobre la dificultad de Finnegans Wake, respondía con una sonrisa cómplice: “Sí, pero eso se debe a que la vida también lo es”. En Nueve ficciones, Ávila Villamar parece adherir a un principio similar: la dificultad intrínseca no constituye un demérito, sí una forma radical de fidelidad a la complejidad de lo real. Como el autor de Ulysses, que forjó un texto diseñado para transformar a todo aquel que se aventurara a leerlo, Ávila propone una ficción que solo se activa, que solo cobra vida cuando el lector la habita desde una posición de herejía, con la duda escéptica y el fervor del creyente a un tiempo.

En una época donde abundan los textos diseñados para una comprensión instantánea, para ser consumidos al primer vistazo, Nueve ficciones  se resiste a ser simplemente leído; invita a que se le habite. Y en ese habitar, a veces arduo, a veces áspero, se revela una verdad acaso incómoda pero liberadora: que la lectura misma constituye, en su esencia más profunda, una forma de devoción. Mas no una devoción al autor o a una verdad preestablecida, sino al acto mismo de leer como un perpetuo suceso en el que se inventa el mundo.

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