Onduras. Deriva de onda, del latín unda (ola, movimiento del agua), más el sufijo abstracto «-ura», que designa cualidad o efecto. Vocablo que sugiere profundidad, resonancia y propagación: lo que deja huella en su expansión. Neologismo acuñado por los editores de Bookish & Co. para nombrar ciertos natalicios literarios. Estas Onduras de Cees Nooteboom llegan ahora bajo el signo de su reciente adiós físico, que en vez de clausurar ensancha su eco. Con él se va uno de los grandes viajeros de la conciencia europea, que hizo del desplazamiento una forma de pensamiento.
Se puede oír poesía en pequeñas habitaciones o en grandes salas, pero para leerla se precisa recogimiento; las personas que la lean estarán solas. Juntas, esas personas constituyen una sociedad; quienes forman parte de ella saben que existe. En este sentido, los lectores son semejantes a los monjes cartujos, con frecuencia juntos, las más de las veces solos. Leer es algo que hace uno por sí mismo y en soledad, una aventura espiritual: quien busque claridad inmediata y rehúya lo ignoto es mejor que se mantenga alejado de la poesía, pues esta no siempre le servirá, no desde luego la mística de Hadewijch o Góngora, ni tampoco Eliot, Paz o Celan. Ha habido muchas veces que no la he comprendido, incluso cuando la he traducido, por ejemplo Montale o Vallejo. Pero no importó. El lector es la tablilla de cera y el poema el sello; algo me ha hablado y yo, sin entenderlo, sé lo que ha dicho. Muchas veces me he quedado contemplando unos versos de Wallace Stevens, anhelando que el poeta revelara el secreto que se escondía en el hermético espacio vacío en torno a las palabras, que dijera que no era relevante, que yo no podía leer su poema como una carta o un informe, que me llevaría tiempo hacer que se acercara a mí, o que el lenguaje no puede sobrevivir si no se le permite de vez en cuando ser oscuro e incomprensible, porque debe su posterior claridad precisamente a las aventuras vividas en regiones todavía inexploradas.
Introducción a Tumbas de poetas y pensadores (2007; traducción: María Cóndor)
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Con todo este barullo en mi cabeza me meto en el barullo de Nápoles, todavía mayor. La sepultura tiene que estar en algún lugar del extrarradio; me muevo por en medio del tráfico suicida, entro en los falsos túneles y vuelvo a salir de ellos, envuelto en apestosas nieblas de tubos de escape, me mandan de acá para allá, pero al final encuentro la tumba, que parece más bien una torre de piedras sin labrar. Están construyendo alrededor, al lado mismo, hay obreros trabajando en altos andamios. De la atmósfera de un lugar sagrado hace mucho que no se percibe nada. El poeta yace en una pequeña zona verde que se dispuso en 1930, dos mil años después de su muerte. Las plantas que veo las eligieron porque aparecen en las obras de Virgilio. Me entero de ello y al mismo tiempo me siento culpable porque no recuerdo de inmediato los versos correspondientes; con toda seguridad alguien ha escrito sobre el tema un estudio que leeré en mi próxima vida. Sobre una columna, entre hiedra y buganvilla, el rostro desfigurado del poeta; por encima de mí, una montaña pelada con anises silvestres, frente a la tumba una colina llena de bloques de pisos y una estación de metro. No, el gran poeta bucólico de la siembra y la cosecha no reposa tranquilo aquí, un tren arma escándalo con su prisa y su impaciencia, junto al túnel de abajo hay una presa y el temperamento napolitano desahoga bramando su furia por esta ofensa. Al lado de lo que debe de ser la tumba, un paso profundo conduce al averno de la montaña, pero delante hay rejas, y mientras en la húmeda oscuridad contemplo este aguiero en la piedra caliza pienso en los últimos versos de la Eneida, en los cuales el enésimo muerto se dirige hacia las eternas tinieblas:
… ast illi solvuntur frigore membra
vitaque cum gemitu fugit indignata sub umbras
el frío de la muerte le relaja los miembros
y su vida gimiendo huye indignada a lo hondo de las sombras.
«Virgilio, 70-19 aC» (Tumbas de poetas y pensadores)
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Me gusta saber lo que la gente lee. La mayoría de las veces se trata de mujeres, pues los hombres ya no leen. Y las mujeres, según he podido comprobar, suelen sostener el libro de tal manera —ya sea en el tren, en un banco del parque o en la playa— que resulta imposible leer el título. Fíjate de ahora en adelante y lo comprobarás.
Y aunque me muera de curiosidad, casi nunca me atrevo a preguntar. En la contraportada del libro figura una extensa dedicatoria. La mujer la lee con cierta premura, y, mientras deposita el libro a su lado en el asiento vacío, vuelve a mirar por la ventanilla. Los motores se ponen en marcha, el pequeño aparato empieza a dar bandazos, y los pechos de la mujer, marcados por su camiseta ajustada, le siguen el ritmo. Eso me excita. La mujer mantiene la pierna izquierda levantada, la luz le ilumina el cabello castaño con reflejos dorados. A continuación deposita el libro boca abajo. Imposible ya distinguir el título. El libro es fino, eso me gusta. En opinión de Calvino, los libros deben ser breves, ideal este al que él mismo casi siempre se ha atenido. El avión circula por la pista a toda velocidad. Durante el despegue, sobre todo en los aviones pequeños, hay siempre un momento excitante, en el que interviene la termodinámica, que es cuando el aparato se eleva como si recibiera un empujoncito por debajo, una especie de caricia, como lo que uno siente de niño al columpiarse.
Perdido el paraíso (2006; traducción: Isabel-Clara Lorda)
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Bien, el hotel ideal: Hotel Nooteboom, avenida del Paraíso, 1, Shangri La, Última Thule, junto al restaurante Chez Dios. Tumbonas en los céspedes elíseos del jardín de Alá, hielo polar tintineando en las copas de néctar, budas bajo los sagrados árboles de pan, huríes con palomas rellenas sobre bandejas repujadas de Erté, y todo ello envuelto en un silencio galáctico. ¿Será algo así? Tal vez deba empezar al revés con lo que no quiero. No quiero los susurros del vecino, ni el rastro o los ruidos de las pasiones de otro, ni las habitaciones en las que alguien probablemente se ha suicidado, ni el instrumento de tortura de la gutta cadendo del grifo y la seguridad axiomática de que a continuación caerá otra gota y otra y otra… Todo eso es lo que no quiero. No quiero que llame a mi puerta a la hora equivocada la masajista de Bangkok preguntándome: «Sir, you speak me come?». No quiero la seducción del frigorífico, la mala cerveza y el buen whisky. No quiero el rugido del aspirador en el pasillo evocando la idea de trabajo. No quiero la luz matutina penetrando como un rayo láser en la provincia freudiana en la que permanezco todavía, porque para mí aún es de noche. No quiero esa típica conversación entre voces femeninas de mediana edad, en un dialecto extraído de Finnegans wake, burlándose de mí porque aún estoy en la cama. No quiero televisión. ¿No quieres televisión? ¿Y tú te consideras periodista? ¡No quieres televisión! Y todas esas noches en hoteles de Nevada o Arizona…, ¿SIN TELEVISIÓN? Soledad, silencio, meditación, sueño. Para eso pago yo.
«Hotel Nooteboom 1» (Hotel Nómada, 2002; traducción: Isabel-Clara Lorda)
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A lo mejor es cierto que el verdadero viajero se halla continuamente en el ojo del huracán. El huracán es el mundo, el ojo, aquello con que el viajero contempla el mundo. La meteorología nos enseña que en el interior de este ojo reina la calma, tal vez la misma calma que en la celda de un monje. Quien aprenda a mirar por este ojo, quizás aprenda también a distinguir lo esencial de lo fútil o, cuando menos, a ver en que se diferencian y en qué son iguales las personas y las cosas. Según Baudelaire, los viajeros parten por partir y lo hacen cargados de falsas ilusiones. Los viajes dejan en el hombre un poso de «amarga sabiduría» al enfrentarse con un «mundo, pequeño y monótono, que ayer, hoy y mañana nos devuelve la imagen de nuestro propio ser: un oasis de horror en un desierto de hastío». Visto desde esta perspectiva, cabría decir que quien huye de la realidad es aquel que se queda en casa sometido a la rutina de la vida diaria, porque no puede soportar la amarga sabiduría que proporciona el viaje. A mí me da igual quién sea el héroe, lo importante es que cada cual siga los dictados de su alma, cueste lo que cueste.
Hace mucho tiempo, cuando aún no podía saber lo que sé ahora, opté por el movimiento, y más adelante, cuando ya sabía mucho más, comprendí que este movimiento me permitía encontrar la calma indispensable para escribir, que el movimiento y la calma, en cuanto unión de contrarios, se equilibran mutuamente, que el mundo —con toda su fuerza dramática y su absurda belleza y su asombrosa turbulencia de países, personas e historia— es un viajero él mismo en un universo que viaja sin cesar, un viajero de camino a nuevos viajes; en palabras de Ibn ‘Arabi: «En cuanto ves una casa, te dices, aquí me quedo, pero, nada más llegar a la casa, ya la estás abandonando para partir de nuevo». En cierta ocasión escribí un poema sobre el camino concebido como destino, llamada o seducción, con la intención de reflejar este eterno movimiento cíclico, por lo que lleva el título de:
El camino
Yo soy el camino
Estoy como una flecha
indicando a lo lejos,
pero en la lejanía
me pierdo.
Quien me siga
hacia allá, hacia acá, hacia aquí,
ha de ponerse en camino
a la fuerza.
En camino y perderse.
«En el ojo del huracán» (Hotel Nómada, 2002; traducción: I-C. Lorda, traducción del poema: Josefina Vidal M.)
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Pocas ciudades hay en las que la idea del tiempo se imponga con tanta fuerza como en Florencia. Durante las primeras visitas, la idea es aún rudimentaria. Todo lo que te envuelve está impregnado de tiempo pasado, y, dado que las manifestaciones de este tiempo pasado son materiales –edificios, pinturas, manuscritos iluminados, puentes, plazas–, lo percibes como un elemento unitario y compacto: la ciudad. No es hasta más tarde cuando empiezas a escarbar en ese elemento compacto, a deshilvanarlo, a descomponerlo en estilos e influencias, es decir, en hilos e hilachas de tiempo. Descubres así que los mismos objetos (el Duomo, por ejemplo) se reflejan en imágenes de siglos muy dispares, como si tales objetos tuvieran una existencia más prolongada que otros posteriores. Te percatas entonces, no sin dolor, de que para una persona del quattrocento un objeto de la época de Dante tenía la misma antigüedad que para nosotros una pintura de finales del siglo XVIII, y de este modo, sólo con pasearte por la ciudad no del todo ciego ni inocente, acabas atrapado en redes y emboscadas de épocas que se oponen las unas a las otras, trampas humanas, más o menos ocultas aunque siempre montadas por sorpresa, trampas de historia, de causa y de consecuencia.
«Especulaciones en el aire» (El enigma de la luz: Un viaje en el arte, 2014; traducción: Isabel-Clara Lorda)
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«Es posible imaginárselo, la misma estación del año, el mismo paseo hacia el Castello Sforzesco…» (stessa la stagione, stessi possiamo immaginare i passi: diretti al Castelb Sforzesco…). Al parecer, no soy yo el único que a veces se deja llevar por la imaginación. Será mi vertiente femenina. Mercedes Garberi, autora de este pequeño volumen acerca de Leonardo da Vinci y el castillo de los Sforza, tiene unas inquietudes un poco noveleras, como las que me asaltan a mí también de vez en cuando. Delante de mí se alza el castillo –una fortaleza de aspecto sombrío y de formas ligeramente nórdicas– tal cual fue en su día, porque con el tiempo no ha cambiado. Por este mismo lugar se paseó Leonardo hace quinientos años. Todavía hoy, a pesar de las maniobras de distracción ejercidas por la moderna metrópoli, ese edificio expresa poder, algo que no debió de sorprender al artista. Al fin y al cabo fue el poder lo que atrajo a Leonardo hacia Milán. Al poder de Ludovico il Moro se sometió en al menos diez facetas: en calidad de pintor, escultor, diseñador, inventor, ingeniero hidráulico, músico, ingeniero… Corría el año 1482, Leonardo tenía treinta años y ya era famoso. Vasari (1511-1574), pintor y arquitecto de la corte de los Médicis, relata en su Vidas de artistas que Ludovico invitó a Leonardo a tocar la lira, «instrumento que el duque adoraba». Es una historia muy entretenida, como casi todas las de Vasari. Cuenta éste que el pintor acudió con una lira construida por él mismo, elaborada «mayormente en plata» y con forma de cabeza de caballo, lo que hacía más profundo el sonido del instrumento y mejoraba su calidad. Ahora bien, resulta que la fecha mencionada es incorrecta y además se sabe que fue el propio Leonardo quien se ofreció a tocar el instrumento, pues se ha conservado la carta en la que éste, como buen cortesano, alimenta la vanidad dinástica de Ludovico proponiéndole realizar una gigantesca estatua ecuestre de Francesco Sforza.
«El espíritu de Leonardo» (El enigma de la luz: Un viaje en el arte, 2014; traducción: Isabel-Clara Lorda)
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Berlín Oeste. Primero se coge la Kurfüstendamm, adornada con altas luces blancas, hasta la iglesia conmemorativa, la Gedächtniskirche, corroída y mutilada, y luego se sigue. Para asombro de uno, se ve que también en el Oeste hay ruinas, fabulosos monumentos vaciados, con ventanas hueras sin habitaciones que les respalden, coágulos de guerra, puertas condenadas por las que padre ya nunca más saldrá riendo a pasear a Werner, el perro. El único paso para no alemanes no militares (!) está en la Friedrichstrasse, pero por equivocación vamos a parar a la Puerta de Brandeburgo. Nieve y luz de luna. En la explanada petrificada ante ella, nada, ni gente ni coches. Al final de la explanada, las negras columnas, y sobre ellas el carro triunfal. Furiosos corceles tiran de un ser alado que blande una corona de laurel hacia el Este. Debajo, hasta un cuarto de la altura de las columnas, los dientes ciegos del Muro. Un policía germano-occidental nos corta el paso y nos da a entender con señas que no podemos seguir. Nos detenemos, pues, y observamos lo que no ocurre. Dos tanques rusos encaramados a unos pedestales imponentes, recuerdo de 1945. Vemos a los dos centinelas rusos, siluetas entre el mármol.
La Friedrichstrasse no queda muy lejos de aquí. El mismo control que en Helmstedt, documentos, papeles insignificantes, contar dinero, barreras, un grabado clásico por el que nos movemos del modo más humano posible. En la calle hay dos tapias bajas construidas de tal modo que si un coche quisiera pasar a gran velocidad entre ellas tendría que efectuar dos virajes demenciales. Una vez que están cumplidas las formalidades, se nos permite continuar, y la ciudad sigue entonces como suelen hacerlo las ciudades tras los muros: igual, pero distinta. Puede que sea cosa mía, pero a este lado huele distinto, y todo es más pardo. Nos dejamos llevar por el coche, Wilhelmstrasse, Unter den Linden, nombres con los que nunca he tenido nada que ver, pero que según el modo en que otros los pronuncien, dejan un cierto regusto melancólico o no. Y, claro está, no es de extrañar que al oír Unter den Linden (literalmente, bajo los tilos) siempre me haya imaginado algo verde claro. Más extraño es que concluya en seguida que no es el invierno la causa de la falta de verdor. Edificios, de vez en cuando ruinas, calles, la avenida de Carlos Marx flanqueada por altos edificios. Poco tráfico. Muchos anuncios luminosos. ¿Me resulta quizá decepcionante? ¿Hubiera deseado un decorado más dramático? Y a todo esto, ¿con qué derecho? Ante un monumento, dos soldados petrificados haciendo la guardia. Un tren de vapor pasa por un viaducto junto a la Alexanderplatz, por lo demás nada que contar: de vez en cuando carteles con consignas que tienen aspecto de poco leídas, eslóganes que se hablan a sí mismos.
Noticias de Berlín. Crónicas de Alemania antes y después de la caída del Muro (2014; traducción: M.C. Bartolomé y P.J. van de Paverd)




