¿Qué lee un intelectual cubano que ahora mismo vive fuera o sobrevive dentro de un país en ruinas? ¿Las rutinas cotidianas le dejan ánimo para lecturas y reflexiones filosóficas? ¿Por qué no? ¿Acaso La isla en peso de Virgilio Piñera no mostraba en 1944 prodigios caribeños insólitos? ¿De cuáles naufragios no sabremos los cubanos? ¿Miramos para atrás? ¿Reaccionamos bajo la idea de que mucho del tiempo pasado fue mejor?
Una reacción puede leerse en La mente naufragada, reacción pública y nostalgia moderna, del filósofo social estadounidense Mark Lilla. Así me ha parecido. El ensayo suscita desde su aparición hace ahora diez años (The Shipwrecked Mind, 2016), un fértil debate. Un debate quizás no tan intenso como el que logró Lilla en su provocativo Pensadores temerarios, con certeros capítulos dedicados a Martin Heidegger, Hannah Arendt, Karl Jaspers, Carl Schmitt, Walter Benjamin, Alexander Kojève, Michel Foucault y Jacques Derrida. Donde logra caracterizar la seducción de Siracusa, la propensión de muchos intelectuales —como Platón— a acercarse a las fascinaciones de corrientes filosóficas totalitarias, como el marxismo, y al poder totalitario ejercido por dictadores. Temática, por cierto, muy cercana a Cuba, a la relación —un solo ejemplo— entre Fidel Castro y Gabriel García Márquez.
La mente naufragada mantiene la misma redacción amena y sagacidad exegética, análoga a la de historiadores brillantes como Robert Darnton; similar talento para conseguir que meditemos. Meditemos aquí la pregunta esencial: ¿Soy reaccionario? ¿Los cubanos debemos ser necesariamente un poco reaccionarios?
Tras releer el libro, intentaré responder, por supuesto que sin miedo a que me encasqueten el mote de reaccionario —la derecha hegeliana—. Sobre todo si proviene de marxistas —la izquierda hegeliana— cuyo sello progresista ha quedado en los parques jurásicos de la filosofía de la modernidad, con sus leyes de una peculiar dialéctica colgada de una realidad que los ha ido destrozando axioma tras axioma, cátedra tras cátedra, país tras país, hasta arrinconarlos en los clósets de la arqueología filosófica. También, desde luego, sin temor a descalificaciones por elogiar algunos de los rescates críticos del pasado, provenientes de revolucionarios charlatanes cuando no corruptos, hundidos en una cándida ingenuidad política, ceguera francamente risible, como ese “antimperialismo” latinoamericanista de élites políticas como la mexicana que hoy allí está en el poder.
De entrada —desde mi simpatía por el pensamiento liberal— intentaré dar una idea del poderoso estudio del pensador de Detroit, desde hace lustros profesor en Columbia University. En los dos párrafos finales individualizaré mi respuesta, bajo la sonrisa de una flexibilidad proveniente de la fenomenología —mi admiración a Edmund Husserl, a los estudios sin presupuestos— que se burla de dogmas y cerrazones. Sobre todo de caricaturas. Casi siempre pegadas por holgazanes y embaucadores que presumen tener la verdad en el bolsillo, por supuesto que en el bolsillo izquierdo.
Hay consenso en que La mente naufragada es portador de una tesis sugerente, aunque no sea —como ninguna otra— enteramente nueva. Lilla parte de que re-accionar como actitud de ir hacia el pasado no es simplemente una postura conservadora, sino una estructura mental que permite imaginar el tiempo histórico como una caída desde un pasado que se idealiza, que se observa como algo perdido que es mejor que el presente. Karl Mannheim, Hirschman, Arendt, Nietzsche —entre otros— esbozaron la idea con anterioridad. Lilla lo reseña con admirativa objetividad, sin aspirar a establecer una novedad conceptual, una innovación teórica. Su excelente modo de resumir los conceptos en torno y dentro de lo reaccionario como tradición intelectual, le otorgan, sin embargo, por su vigorosa síntesis expositiva, un sitio similar a lo que quizás significó Georg Lukács para los marxistas europeos, sobre todo de lengua alemana.
Las mentes naufragadas o reaccionarias ciertamente parecen atemporales. Su ucronía —similar a los otros tipos de mentes, como las revolucionarias— las vuelve tan cotidianas como las guerras. Tras los fracasos brutales de regímenes totalitarios como los comunistas, fascistas y nazis, son sencillamente atractivas formas del liberalismo contemporáneo. Muestran en la mayoría de los países donde han gobernado o gobiernan, más eficacia práctica que socialdemócratas y otras ideologías, por lo general aún dependientes de absolutizar la idea de progreso, sofisma por lo general inoperante.
¿Quizás se trata de que la reacción —en general— es solo un delirio nostálgico? No lo creo, las exaltaciones de formas de gobierno y leyes antiguas no solo sirven como antídotos para evitar la confianza infinita y acrítica en lo moderno; sino en el orden individual como una eficaz manera de evitar las novolatrías, ese culto a lo nuevo por ser nuevo, que lleva también a la adoración acrítica de la juventud, con todas las consecuencias previsibles cuando inexorablemente comienza a apagarse, a desaparecer.
Lo que además atañe a los diferentes tipos de pensamiento reaccionario, sobre todo a la reacción intelectual, filosófica, teológica, artística, literaria… Que incluye la reacción popular, la económica, la étnica y hasta las actuales reacciones religiosas, junto a las feroces nacionalistas, que observamos o padecemos en un planeta donde alguna vez se pensó que la historia se había acabado, que el progreso dejaba atrás guerras y regionalismos, fundamentalismos religiosos y fronteras comerciales.
Con qué optimismo leímos a Francis Fukuyama. Aunque hoy recordemos que El fin de la historia y el último hombre se publicó en 1992, hace nada menos que 34 años. Lo que alimenta mi posible inscripción en el club de los náufragos, de los reaccionarios. Lilla cala hondo, sin edulcoramientos en las ilusiones políticas de antaño… Aunque su perspicacia no abarca —excede los objetivos del estudio— zonas del poder como las que analizara en 1960 Elias Canetti en su monumental Masa y poder.
En este sentido, Lilla anticipa el auge de populismos y nacionalismos. Su diagnóstico, por supuesto, no abarca círculos colindantes o derivados, como por qué algunas formas totalitarias se vuelven hegemónicas en momentos imprevisibles. Tampoco fue su propósito estudiar la influencia de los medios, la economía y las redes de Internet en las reacciones liberales y sus opuestas. Pero sí logra convencer —y me parece suficiente— de la complejidad del problema. Convencimiento que debe comenzar con desterrar el uso peyorativo de reaccionario.
Un pensador reaccionario es un interlocutor intelectual tan respetable como cualquier otro. Esta es una de las consecuencias inmediatas de la lectura de La mente naufragada. Porque la reacción va más allá de un programa político. Es un modo de figurarse el mundo, que en efecto, tiene mucho de nostalgia y algo de melancolía… Nostalgia que podría llamarse resentimiento, como tantas en mi cercana, inevitable referencia, la historia de Cuba.
La mentalidad reaccionaria, desde cualquier punto de vista, es central dentro de la política de ahora mismo, sin caricaturas facilistas, que Lilla enseña a desterrar. Es verdad que se tiñe de catastrofismo, de ahí el naufragio, pero tal rasgo puede tomarse como una hipérbole necesaria. No hay que compartir totalmente esa idealización del pasado para coincidir en que estamos inmersos en un mundo lleno de hostilidades de todo tipo, hasta apocalípticas. Sus menciones a Franz Rosenzweig o Eric Voegelin, la idea de que hubo un “antes” mejor —no solo bíblico—, la teología secularizada o el supuesto mito fundacional que el presente ha traicionado; arman un estudio que contribuye a las caracterizaciones de mesianismos y caudillos. Lilla logra, mediante una prosa sin recovecos sintácticos supuestamente eruditos, una densidad que hace asentir: Las ideas reaccionarias no son reliquias, no están solo en los museos.
La capacidad de persuasión del libro se apoya en una realidad donde los progresistas han perdido terreno, como en el complejo tema de los éxodos migratorios o el respeto a las minorías. Su elocuencia invita a pensar sin los viejos esquemas de la derecha reaccionaria o la izquierda hipócrita, harto conocidas, lo suficientemente desprestigiadas. No pocos intelectuales cubanos en 2026 caen en el derrumbe de la confianza en cambios positivos, miran la triste realidad cubana desde ópticas catastrofistas, muchas veces desde la autoflagelación que a los exiliados alguna vez nos ha mordido.
Lilla sugiere volver a un “liberalismo cívico”, a proyectos comunes… Tal proposición —mutatis mutandis— podría ser válida para la Cuba que imaginamos, sin adoloridos victimismos, tan abundantes —tal vez con razón— entre el sector que no ve contradicciones antagónicas entre el progresismo y lo rescatable del pasado o reaccionarismo. Al menos como crisis pluralista necesaria, tras tantas décadas de opresión. Con ese tan repetido eslogan del respeto al otro que intelectuales como Jorge Mañach quisieron inútilmente que prevaleciera en la sociedad cubana.
Aunque sean inevitables —en cualquier parte del mundo— aquellos personajes que cuando se derrumban sus argumentos, recurren a los ataques personales. Aunque programas y textos de filosofía sufran intentos de presiones y represiones estatales, federales, religiosas, docentes; a veces exitosas contra la libertad académica. Aunque Cuba aún esté en 2026 bajo la bota del castro-comunismo… Mucho me gustaría que profesores de filosofía e intelectuales cubanos, en especial los que sobreviven dentro de aquellas ruinas, pudieran intercambiar puntos de vista sobre el liberalismo, lo conservador y lo reaccionario en el pensamiento actual. Ensayos como los de Mark Lilla servirían para el inicio de un liberalismo cívico que mejorase la calidad de pensamiento, de vida.
A diez años de su aparición, La mente naufragada convive con peligrosos naufragios globales, donde el peligro de que solo las cucarachas sobrevivan es mayor que cuando la Guerra Fría. Pero su motivo central a favor de un proyecto político liberal, su énfasis en priorizar educación y ética, no han perdido ilusiones, también válidas para Cuba. Mis ideas liberales —de instrumental aprendido en la fenomenología— albergan porciones de pensamiento reaccionario. Me alegra tener algo de reaccionario. ¿Por qué no? Miro hacia atrás, hacia adelante y hacia los lados, como los náufragos. Lilla enseña.





Dear José Prats,
I can’t tell you how much it pleased me to receive your appreciation of Shipwrecked. To tell the truth, I wish it were not so timely, but the truth is that the psycho- and politico- dynamics I describe are still those of the present time, and only seem to be getting worse. My health declines every time I open a newspaper.
But I hope you are well and stoical enough to keep on pushing. I will try, too.
my best
M Lilla