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Decía una muchacha hebrea, cuyo nombre no recuerdo, que el verdadero nombre secreto de la vagina es ghetto. De haberlo oído en sueños (o visto en una pizarra ilustrada). El origen de la vida, el de Courbet, de una ghettidad anterior a Moisés y al Big Bang, es la iluminación filosófica. Útero o valvas cósmicas, el ser vivo es expulsado de una prisión, pero sin obtener la libertad. De inmediato, un poder férreo en la ciudad de la natura naturata lo ghettifica. Separación, espacios estrechos… laberintos de templos góticos, cadenas de montaje, grilletes de la mente, apartheid para blancos y negros, columbario para los vivos… Cuerpos-ghetto, se nos aparece como móvil luna brumosa la eterna Jerusalén-del-próximo-año, la salida de todos los ghettos, la torreada Jerusalén Celestial, abierta a los circuncidados, y finalmente a los incircuncisos perdonados.
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La Constitución de la República abolió la pena de muerte en 1947. Pero la aplicamos frenéticamente (la gente ni siquiera mira) a la lengua italiana. Cada nuevo letrero de una tienda, o indicación o contrato en inglés, cada sustitución de una palabra italiana con expresiones de habla inglesa, están cargadas de pelotones despiadados de chequistas asesinos.
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Ninguna sabiduría de vida puede soportar tres días de estreñimiento.
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Decir: “un viejo solitario” da una imagen de fuerza; decir: “un viejo solo” no indica más que la descomposición del cuerpo.
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El humorista negro es el hijo predilecto del Ángel Exterminador.
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Ni siquiera podemos imaginar la inmensidad de la infelicidad humana si le faltara el pan de los ángeles, reservado para unos pocos, de la filosofía. Y esta infelicidad nuestra no ha hecho más que crecer, y la profecía schopenhaueriana, que a partir de su época la infelicidad habría aumentado intolerablemente, la podemos sentir infalible; y la filosofía pierde control, se quiebra, se pierde en especializaciones, en doctorados, pierde peso mientras aumenta el de las religiones despojadas de sacralidad, se estanca en las universidades. Los maestros están ahí pero hay que viajar viajar para acercarlos al oído —dame algunos nombres, dime dónde… No está vencida, pero ya no puede luchar sola contra el mal y la infelicidad, necesitamos un arsenal de medicamentos, aplacar la psique, con técnicas de yoga y tantra para apuntalar los derrumbes: la filosofía se rebaja a mera distracción, a blando exorcismo. La situación empeoró con el estiramiento del puro existir en el tiempo vulgar.
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Las lechuzas y otras aves nocturnas cantan alabanzas a Dios, pero comen gusanos.
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La luz de Rembrandt como acontecimiento, digo, ajeno al mundo de la materia y la historia, se ve claramente en la encantadora interpretación del artista en la biografía de Henri Focillon (1936): “La luz de Rembrandt nunca existió antes que él, desconocida incluso para Leonardo… pertenece tanto a nuestro cielo como a un cielo lejano… símbolo y figura de un mundo profundamente secreto… parece no posarse en evidencias, sino emerger de las profundidades”.
Rembrandt visita telepáticamente otros mundos que nos están vedados, aplicando sus imágenes a la realidad visible, a su propia figura en el tiempo ilusoriamente lineal. Introduce su propia luz en un árbol solitario, en una escalera de caracol, en un viejo que duerme, y lo que trae al lienzo es la luz vista en otra parte, donada para ser donada, solo por él.
Fragmentos de Traducción del italiano: Jorge Yglesias.
Imagen: The Little Owl (1506), de Albrecht Dürer.




