Hace unos días encontré una piedra de cuarzo de camino a mi casa. Empecé a mirarla –entre los japoneses mirar piedras es un arte que se llama suiseki–, me la metí en el bolsillo y cuando llegué a mi escritorio le dibujé en una cara la letra aleph. Era el típico gesto pedante que en el fondo es modesto, o viceversa. La piedra tenía curvas y brillos muy antiguos, y yo coleccionaba cuarzos de niño, así que me permitía ir de un punto al todo, y del presente a los viejos tiempos.
¿Por qué aleph y no mejor alfa, o uno, o cero? ¿Por Borges? ¿Porque aleph también es equis y equis es la inicial de mi nombre? Según el Zohar, el libro judío del esplendor, “el mundo no fue creado hasta que el Santo, bendito sea, tomó una piedra llamada even shtiá, piedra del fundamento, y la arrojó al abismo. Una vez caída, se asentó abajo y a partir de ella se fundó el mundo. Se convirtió en el punto axial de la creación… piedra abisal que se compone de fuego, agua y aire. A veces el agua emerge de ella y colma las profundidades. Está colocada a modo de señal en el centro del mundo”.
La piedra-aleph, el cuarzo abisal, se ha convertido en mi pisapapeles preferido. Cuando me deprimo, la miro. Cuando necesito mantener abierto un libro, la ubico en el nervio de las páginas. Cuando fumo, es el primer objeto contra el que chocan las volutas de tabaco. Es, como dice el Zohar, el fundamento de mi mundo.
Dibujé aleph porque la cábala, la mística judía, la combinatoria, Kafka, Scholem, el gólem, todo un mundo hecho no de imágenes –nunca de imágenes– sino de letras y pulsaciones de letras, además del espacio en blanco sobre el que están escritas, todo eso, digo, lo dibujé porque el escritor enseguida ve en la cábala un dispositivo que le es afín. Como escritor, la cábala –igual que el I Ching o el tarot– me ayuda a pensar.
Cábala significa tradición, una tradición mística concreta. No es un método de adivinación, aunque los diccionarios digan que es un cálculo supersticioso para adivinar algo. Ningún cabalista es adivino ni necesita predecir el futuro, sino desmigajar el presente. La cábala surgió alrededor del siglo XII en la Occitania medieval y se extendió por todo el mundo mediterráneo y el norte de Europa.
Borges diría que los escritores casi no tenemos derecho a hablar de eso, pero la mente de un escritor tiene una flexibilidad matemática que lo emparienta con el cabalista. Ambos entienden la potencia estructural del alfabeto. Ambos buscan una verdad infinita en las permutaciones de las palabras. Ni siquiera un filólogo o un físico están tan cerca de un cabalista como lo está un escritor.
Para evitarse disgustos y estafas, lo mejor que puede hacer un lector que aspire a conocer bien la cábala es recurrir a Gershom Scholem. Nacido en Berlín en 1897, estudiante primero de matemáticas y luego de la tradición mística hebrea (“mi señor hijo se dedica nada más que a artes que no dan de comer”, decía su padre), murió en Jerusalén en 1982.
Gran parte de la obra de Scholem está disponible en español (en Siruela y Trotta), y en sus mejores ensayos –si se logra aceptar el estilo algebraico que le achacaba George Steiner– la cábala aparece tal y como él la concebía, como una doctrina unitaria en su complejidad.
De la mano de Scholem y con la lectura directa de los clásicos de la cábala (el Zohar, el Sefer ha-Bahir, el Sefer Yetzirah), quiero resumir las nociones fundamentales de la cábala que han reconfigurado mi relación con el idioma y la estructura narrativa. Son pocas ideas, pero dotadas de un poder tan radical que me han hecho dudar no solo de mi forma de escribir, sino también de vivir, mirar y hablar. La cábala es interpretación de uno mismo y del mundo.
A esa identidad entre el arte y el infinito dedica Steiner, de hecho, su ensayo Presencias reales. Para Steiner, el cabalista es un lector que crea sobre la Ley, opuesto al lector judío tradicional –el rabino– que comenta la Ley. ¿Es esto una herejía? A veces, porque la razón mística se sale de control y filosofa en libertad. A Spinoza, que no desconocía el legado cabalístico, intentaron asesinarlo varias veces.
¿Qué texto lee el cabalista? La Torá, fundamentalmente, los primeros libros de la Biblia Hebrea. Para un judío, la Torá es muchas cosas. En primer lugar, es la palabra de Dios, pero también la hija o la obra de Dios. En última instancia, es Dios. En un mundo donde la divinidad crea a través de palabras pronunciadas sobre el abismo, toda escritura es sagrada y entregada desde arriba. La primera consecuencia de esta fatalidad –así la llamaba Borges– es que estamos obligados a creer que las palabras de la Torá están dispuestas así no de manera fortuita, no por elección humana, sino porque Dios cifró en ellas la textura secreta de la realidad.
No son metáforas, o al menos no lo son para el cabalista. Esas veintidós letras primordiales y su combinatoria dan forma al cosmos, y la Torá –como mi piedra-aleph– es el modelo o miniatura de todo el universo.
Según Scholem, los judíos se acostumbraron a ver a la Torá como un organismo, una especie de tejido verbal que se enreda en cada objeto del mundo. El principio legible de ese hilo es la palabra bereshit, la primera palabra del Génesis; pero hay también una especie de contraseña, el Nombre de Dios, que consta de cuatro letras –Yhwh–, una adivinanza impronunciable que la zarza ardiente le formula a Moisés en el Sinaí.
El tremendo poder de este nombre es la razón por la cual la Torá, según dicen los rabinos, no se nos aparece en el orden correcto. Hay otra Torá –una especie de anagrama monstruoso, o de infinitos anagramas escondidos en la parte blanca del pergamino– que solo conoce Dios, y si alguien organizara las letras como Dios lo planeó, podría recrear el mundo. La idea es catastrófica.
A los escribas se les advertía que no añadieran nada más, ni una coma, ni la letra yod –la más pequeña del alfabeto hebreo y la inicial del nombre de Dios– al texto, porque podrían destruir la realidad. Por otra parte, al estudioso de la Torá se le prometía que Yhwh, por medio de visiones e intuiciones, le revelaría algo de la verdad.
Al escribir la letra aleph sobre el cuarzo yo quería un poco de esa verdad. Aleph, la portentosa aleph –como dice Scholem–, una letra sin sonido, un mero espíritu suave o movimiento de la laringe antes de pronunciar la primera palabra, verdadero aliento, era la clave para entrar a ese mundo secreto.
Necesariamente había que comenzar, como Yhwh, por esa piedra-letra encontrada en el camino. En una famosa historia jasídica, un rabino y su discípulo son trasladados de pronto a una dimensión confusa de la realidad. No logran acordarse de nada. No pueden salir. ¿Cómo rompen el hechizo? Recitando lo único que recuerdan: aleph, beth, gimel… las veintidós letras. Eso es lo único que la cábala nos ofrece en realidad, para qué engañarnos: aleph, beth, gimel.




