Spoiler

Para Arturo Pérez-Reverte, que caza las velas para navegar.

 

Y aquí no hay spoiler. Apenas adelanto que ella tuvo la culpa. Su puerilidad al principio era graciosa, de niña grande, de juego donde sus reacciones parecían frívolas y lo eran. Pero escoba nueva barre bien, le oía decir a mi abuela. No había reacción impulsiva, exagerada o caprichosa ante la que yo no soltara una sonrisa de blanda, blandita respuesta.

No le exagero. Dicen que uno se enamora…

Esté tranquilo, no puedo adelantarme a contar el giro de la trama porque mi vida nunca ha tenido, hasta hoy, hasta la noche de hoy, ningún giro de azar, esa sorpresa que por ahí llaman destino. No hay escenas clave sin detalles de los alrededores porque hasta lo que acaba de pasar carecía de argumento.

 Juro que no habrá ningún spoiler que estropee la expectativa, como el domingo pasado, cuando estaba viendo el penúltimo capítulo de una serie policiaca en Netflix y entró mi primo Juan Miguel y me dijo quién traicionaba a la heroína. No. Nada que ver, lo juro por los inesperados finales de Agatha Christie; por las averiguaciones de Philip Marlowe, el detective de Raymond Chandler. Lo juro, sencilla y llanamente. Usted verá que cumplo mi promesa de párrafos iniciales.

Para colmo ella no sólo es cubana sino oriental, de un pueblo al borde del golfo de Guacanayabo, creo que me dijo Niquero o algo así. Y digo para colmo no sólo por la pronunciada curva de entonación, que llaman cantadito porque va cayendo cada frase como si se precipitara hacia una furnia; sino porque llegaban a La Habana con una mano alante y otra atrás —como también decía mi abuela. Perdone, pero las frases de mi abuela Rafaela se me han pegado como lapas en la boca. No las puedo o tal vez no las quiero desprender. Aquí están como ella, mi oriental que tenía que llamarse Reina. Mi reina.

Usted no tiene que postrarse ante mi Reina, pero sí ante el cuento que me atribula. Sus genuflexiones me consolarán, creo. Aunque no sé, quién sabe, últimamente estamos en Facebook, una casa de empeños, Instagram, atentos a nosotros mismos. Pero deme unos minutos para Reina. Le haré el cuento despacito, como se paladean unos buches de ron añejo guatemalteco o dominicano, tal vez de las míticas reservas de Bacardí en sus cavas originales de Santiago de Cuba. Así me bebería entera a Reina. Enterita, con este diminutivo no de cariño sino de antropofagia, de caníbal caribeño adicto a las redundancias.

Reina merece un mejor narrador, pero esto es lo que hay, como también decía mi abuela Rafaela cuando algo del almuerzo me enfurruñaba la cara de niño malcriado. Y nada, eso sí, de spoiler, de revelar la trama, arruinar el suspenso. ¿Quién hablaba de la otra esquina de las palabras?

Huyo del énfasis, pero me tengo que morder la lengua cuando ella sonríe, gesticula, camina, baila. Le aseguro que me llega una ráfaga de palpitaciones, poemas cursis. Sudo hielo polar. Soy, le confieso, un enamoradizo iluso, de bolero. ¿No se me ve en la cara? Hay gente que nada se le ve en la cara, pero a Reina sí, no puede ocultar su ánimo. O achina los ojos o mueve los labios para un costado, se sonroja o palidece… Adereza las expresiones con pocas palabras, suele callar, escuchar. Escuchar, creo, lo que digo. Aunque a veces me da la impresión de que anda por otros lados, tal vez la Cartagena de Murcia o la de Indias, en el Caribe de huracanes.

Perdone, me permito irme a un costado del tema: Reina quizás me deje apartar un párrafo hacia unos días atrás, caer entre balbuceos de la memoria, cuando me hizo confidencias que yo apartaba. De egoísta. De que enterarme lejos de servir atizarían mi imaginación,  representaría a otros hombres, besos que no tenían por qué ser diferentes a los nuestros.

Le confieso que no vengo de ninguna Reina. Más bien de reinas por un día, como aquel programa que dicen alegraba los domingos, en tiempos de cuando empezó la televisión en La Habana de cacofonías, tigres tristes, ampliaciones de este mismo Malecón donde Reina ahora mismo deja su incógnita, su qué se va a hacer sin ensueños de Andersen cuando leía La sirenita.

Poco de fantasear. Prefiero el delirio, como el bolero que si mal no recuerdo dice que ella era la razón de su existirTú mi delirio como mi Reina que debe llegar al fondo de mi corazón para expresarle este amor delirante que abraza mi alma, que tanto le pedían cantar a César Portillo de la Luz en el Pico Blanco del Hotel Saint John

Retrocedo despacio por La Rampa de El Vedado mientras evito revelar el final. Aunque me bate la cabeza su gesto de estar apurada, la sequedad del desierto de Sonora, apretar una agua mala en Guanabo, de las que llaman fragata portuguesa. Las medusas no pueden ser más urticantes que Reina… Sin maltratar el spolier puedo ofrecerle dos o tres rasgos inesperados, raros.

Reina no es rara, para qué exagerar. Y yo tampoco, para qué hacerme el interesante. Lo que pasa —lo que ha pasado— es tan común que con cambiar la locación y ponerla en Barcelona con Juan Marsé, en el Lübeck de Thomas Mann o en Arequipa con Vargas Llosa, no habría necesidad de otras alteraciones. Somos gente inadvertidas. Imagine otra pareja que se parezca a la nuestra, no será difícil. Somos más o menos similares entre detalles más o menos folclóricos. Eso es: antropología en Internet, Inteligencia Artificial que en tres minutos armaría un relato, aunque Reina y yo mantendríamos la singularidad de nuestro spolier.

Ya verá. Trate de que la ansiedad no se lo coma en esta lectura; de  no entrar a un pequeño horno, a un infierno tan temido como el de Juan Carlos Onetti, el uruguayo de la Lombardía. Cuidado con dejarse arrastrar por fotos,  ladridos, exclamaciones, chismes de los que aman las tragedias.

Sepa de una vez por todas —diría mi abuela Rafaela— que esta noche de aguacero merece cerrarse, que llega Reina, sonríe debajo de la sombrilla de listas azules y blancas. Pero enseguida cierra los segundos de la sonrisa, suspira, levanta la mano para escurrir unas gotas de lluvia, me mira, pero en realidad me doy cuenta de que está mirando detrás de mí al mar. Se despide para siempre con un lo siento, mientras se cae el cielo con la borrasca y en la acera del Malecón parece que hay más agua que del otro lado. Da media vuelta hacia la avenida y no pasa más nada. Más nada. ¿No le di mi palabra de que no habría spoiler?

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