Una velada con Monsieur Teste (Fragmentos)

La ignorancia no es mi lado fuerte. He visto a muchas personas, he visitado algunas naciones, he sido parte de diversas empresas sin que me gustaran, he comido casi todos los días, he tenido relaciones con mujeres. Ahora vuelvo a ver a varios centenares de rostros, dos o tres grandes espectáculos y quizá la esencia de veinte libros. No me he quedado ni con lo mejor ni con lo peor de esas cosas: lo que ha podido ha quedado. 

Esta aritmética me ahorra la sorpresa de envejecer. También pudiera hacer un recuento de los momentos victoriosos de mi espíritu e imaginarlos juntos y soldados, componiendo una vida feliz… Pero creo haberme juzgado siempre bien. Raramente me perdí de vista a mí mismo; me he detestado, me he adorado —luego envejecimos juntos. 

A menudo supuse que todo había concluido para mí, y me consumía con todas mis fuerzas, a fin de esclarecer cualquier situación dolorosa. ¡Esto me hizo comprender que valoramos nuestro propio pensamiento según la expresión del de los otros! Desde entonces, las miles de palabras que han sido murmuradas en mis oídos raramente me han sacudido por el significado que han querido otorgarles; y todas aquellas que dije a los demás, las sentí distinguirse siempre de mi pensamiento —pues se convertían en invariables.

Si hubiera decidido, como la mayoría de los hombres, no sólo me hubiera creído su superior, sino que lo habría parecido. Me preferí a mí mismo. Eso que ellos llaman un ser superior es un ser que se ha equivocado. Para admirarlo hay que verlo —y para esto tiene que mostrarse. Y me muestra que la tonta manía de su nombre lo domina. Así, cada gran hombre está mancillado por un error. Cada espíritu que creemos poderoso comienza en el error que lo identifica. A cambio de la gratificación pública, se le concede el tiempo necesario para hacerse perceptible, la energía dilapidada para transmitirse y para preparar la satisfacción del otro. Llega incluso a comparar los juegos sin forma de la gloria con la alegría de sentirse único —gran voluptuosidad particular. 

Pensé entonces que las cabezas más fuertes, los más sagaces inventores, los más exactos conocedores del pensamiento debían ser unos desconocidos, gente avara, hombres que mueren sin confesar. Me era revelada su existencia por la de los individuos brillantes y un poco menos sólidos. 

La inducción era tan fácil que a cada instante veía su formación. Bastaba imaginarse a los grandes hombres ordinarios, purificados de su primer error, o incluso apoyarse en este para lograr un grado de conciencia más elevado, un sentimiento menos grosero de libertad de espíritu. Una operación tan simple me libraba de curiosas dilataciones, como si hubiera buceado en el mar. Perdido en el brillo de los descubrimientos publicados, pero junto a invenciones desconocidas que el comercio, el miedo, el aburrimiento y la miseria llevan a cabo a diario, creía distinguir obras maestras interiores. Y me divertía extinguiendo la historia conocida bajo los anales del anonimato. 

Eran, invisibles en sus vidas límpidas, unos solitarios que conocían el mundo más que nadie. Parecían doblar, triplicar, multiplicar en la oscuridad a cada persona célebre —ellos, con ese desdén de haber ofrecido su suerte y sus resultados particulares. Habrían rechazado, en mi opinión, considerarse nada más que cosas… 

Solían invadirme estas ideas durante el mes de octubre del 93, en esos momentos de ocio en los que el pensamiento juega solamente a existir. Comenzaba a no preocuparme más de aquello cuando conocí a M. Teste (pienso ahora en las huellas que un hombre deja en el reducido espacio en que a diario se mueve). Antes de hacerme amigo de M. Teste, me sentía atraído por su aire particular. Estudié sus ojos, su vestimenta, las palabras, sordas e insignificantes, que le dirigía al camarero en el café donde lo veía. Me preguntaba si se sentía observado. Desviaba rápidamente mi mirada de la suya para comprobar que esta me seguía. Tomaba los periódicos que él acababa de leer, rehacía mentalmente los sobrios gestos que se le escapaban; y notaba que nadie le prestaba atención. 

Cuando comenzamos nuestra relación, no tenía más nada de lo que enterarme. Apenas lo veía por las noches. Una vez en una especie de b…, a menudo en el teatro. Me comentaron que vivía de mediocres operaciones semanales en la Bolsa. Cenaba en un pequeño restaurante de la calle Vivienne. Comía con el mismo afán que tienen quienes se purgan. A veces se permitía una comida, fina y pausada, en otro lugar.

M. Teste tenía tal vez cuarenta años. Su manera de hablar era extraordinariamente rápida, y su voz era sorda. Todo se iba borrando en él, los ojos, las manos. Sin embargo, tenía hombros militares y el paso de una regularidad asombrosa. Cuando hablaba, nunca movía un brazo ni un dedo: había matado a la marioneta. No sonreía, no decía buenos días ni buenas noches; parecía no escuchar el “¿Cómo está usted?”.

Su memoria me hizo pensar. Los rasgos por los que yo podía juzgarla me hicieron imaginar una gimnástica intelectual sin parangón. En su caso, no se trataba de una facultad sobresaliente, sino de una educada o transformada. Así me dijo: “Hace veinte años que no tengo libros. También quemé mi papelería. Tacho lo vivo… Conservo lo que me parece. Pero esto no es lo difícil. ¡Lo difícil es retener aquello que desearía mañana! He buscado un tamiz maquinal…”

A fuerza de pensar en ello, terminé creyendo que M. Teste había llegado a descubrir leyes del espíritu que nosotros ignoramos. Seguramente le dedicó años a esa búsqueda: con toda seguridad habría empleado muchos más y más a madurar sus invenciones y a transformarlas en sus instintos. Encontrar no es nada. Lo difícil es incorporarse a lo que uno encuentra. 

El delicado arte de la duración, el tiempo, su distribución y su régimen —su empleo en cosas bien escogidas para educarlas específicamente— era una de las grandes búsquedas de M. Teste. Ponía mucho cuidado en la repetición de ciertas ideas; les otorgaba un número. Esto le servía para finalmente convertir en maquinal la aplicación de sus estudios conscientes. Buscaba incluso resumir este trabajo. A menudo decía: ¡Maturare! 

Ciertamente su memoria singular debía retener casi únicamente esa parte de nuestras impresiones que la imaginación es incapaz de construir por sí misma. Si imaginamos un viaje en globo, podemos con sagacidad, con energía, producir muchas de las sensaciones probables de un aeronauta, pero siempre quedará algo de individual en la ascensión real, cuya diferencia con nuestra fantasía exprese la validez de los métodos de un Edmond Teste. 

 


Imagen: Detalle de L’Absinthe (1875-76) de Edgar Degas.
Traducción del francés: Gerardo Fernández Fe.

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