Cábala y electrónica

Al parecer, es relativamente fácil crear un gólem. Después de rezar y ayunar unos cuantos días, se modela una figura con arcilla y se recita sobre su cabeza el Nombre de Dios. A partir de ese momento, la criatura puede realizar tareas hogareñas y ocuparse de trabajos mecánicos. ¿Cómo luce el gólem? Según Utz, de Bruce Chatwin, la figura es la de un gigantón alemán, porque los sirvientes de los judíos no son nunca judíos.

El gólem tiene una especie de interruptor en la frente –la palabra emet, verdad–, y cuando se descontrola, como el famoso gólem de Meyrink, basta con borrar la primera letra. Así se forma la palabra met, muerto. Jesús vivifica a unos pajaritos de arcilla en un episodio que no está en los evangelios canónicos, pero sí en los apócrifos. Y Dios mismo, en el Génesis, hace del primer Adán un gólem. Pinocho es un gólem. El monstruo de Frankenstein también.

La creación mágica de un asistente artificial siempre ha sido un problema. A nivel teórico, nadie quiere realizar ciertos trabajos y preferiría que el gólem los resolviera. A nivel práctico, horripila preguntarse qué está haciendo el gólem cuando no lo estamos mirando, como los juguetes de Toy Story o los robots de Daft Punk.

En el Talmud, el rabino Rava quiere burlarse del rabino Zera y concibe un chiste metafísico: crea un hombre de arcilla y le ordena que le haga la visita a Zera. Este recibió al visitante pero se dio cuenta de que no podía hablar. El rabino se rio y dijo: “Tú vienes, sin duda, de los magos. Retorna de nuevo al polvo”, y el gólem se desvaneció. Scholem afirma que la frase de Zera es extraña y que puede traducirse de muchas maneras, pero la esencia es que el gólem ha sido creado por alguien que conoce tan bien a Dios que puede imitarlo en casi todo.

Pero el gólem, y esto es lo más importante, no puede hablar. Sin palabra no hay humanidad. Otros rabinos fabricaron un gólem a su medida –una pareja de maestros creó con arcilla una ternera para matarla y almorzar–, pero ninguno pudo nunca hablar. Les faltaba demut, auténtica semejanza humana, un rasgo inaprensible que constituye lo propiamente humano, y que es imposible de definir.

Cada vez que he podido viajar por España, busco ciudades con autómatas. En un monasterio de Burgos hay una estatua del apóstol Santiago que mueve los brazos, uno de ellos armado con una espada, que era la única figura capaz de armar caballero al rey. Este era obligado a velar las armas durante toda la noche delante del autómata, y por la mañana se realizaba el ritual.

En la catedral de esa misma ciudad está el famoso Papamoscas, un autómata del siglo XVI que se asoma a quince metros de altura en la nave mayor, marca las horas y abre y cierra la mandíbula. Este autómata tiene otro autómata, el Martinillo, que marca los cuartos de hora y que parece la mascota del primer robot. ¿Qué hace ese par de muñecos ahí, donde solo hay santos, gárgolas y rosetones?

Aquí, en mi propia ciudad, hay una escalofriante colección de autómatas. Llegaron a Salamanca en los siglos XIX y XX. Lo más inquietante es que están vestidos de tela muy brillante, comiendo, riendo, aplaudiendo, siempre en cámara lenta, como en las películas de terror. Las caras son de porcelana. Están en la Casa Lis, un museo de art nouveau y art déco que hace poco les dedicó una exposición, De la cuerda al código.

El objetivo de la exposición era tomar una tecnología de hace dos siglos e insertarla en el XXI a través de gemelos digitales. Cada autómata fue escaneado en detalle, de manera que pudiera contar con un doble electrónico, el doble del doble. Hay videos del muñeco Gargantúa bebiendo y comiendo, pero no hablando. Hay un payaso acróbata, pero está callado. Hay una española tocando la mandolina, aunque su mandolina no existe y ella es puro mecanismo, lo demás —menos la cara y el motor— está roto.

Lo más cercano que tenemos a enseñar a hablar al gólem es, evidentemente, la inteligencia artificial. Casi todo el mundo sabe que una inteligencia artificial es en realidad un modelo de lenguaje, una combinación de posibilidades lingüísticas que estaba ya anunciada en la cábala. En términos cabalísticos, una IA se parece más a la Torá —dispositivo, tejido, configuración— que al gólem.

El gólem recuerda a las viejas computadoras de los noventa, a los chirriantes bips del módem, a la lentitud de cualquier comando en el código de programación Basic. La Torá es un superordenador, el MareNostrum del Barcelona Supercomputing Center, o una computadora cuántica, cuyo funcionamiento ni siquiera podemos comprender realmente. Todo puede ser y no ser simultáneamente. Todo puede leerse al derecho y al revés. La Torá sí habla, pero no se parece al hombre, se parece a Dios.

Qué es más alegre que la creencia en un dios doméstico, se pregunta Kafka en uno de sus aforismos de Zürau. La IA es el gólem ya divinizado (el número 256 de Letras Libres, sobre la IA, se llama precisamente “la inteligencia artificial, nuestro gólem”). Casi se ha alcanzado el demut, y no lo digo con optimismo. Casi somos dioses.

Desde hace un par de años, todos hemos hablado en menor o mayor medida con el gólem. De hecho, le hemos enseñado a conversar —como el rabino Judá León de Borges— y cada día ponemos a su disposición cantidades de información más allá de lo imaginable para que se alimente y crezca. La cábala se realiza ahora no en el plano místico, sino en el electrónico, y la combinatoria sirve a un espíritu, pero no es el nuestro.

Cuando hablo del gólem con escritores, filósofos o gente de humanidades, les digo que en estos momentos la criatura está barriendo la sinagoga. Reseña libros, escribe tesis, edita textos, resume datos, falsifica listas. A veces alucina, y miramos la equivocación con ternura (“y con algún horror”), pero en el fondo hay una especie de instinto que se activa. Es una especie de miedo que indica que no es correcto hablar con algo que carece de demut, como no se puede hablar con un perro o con un elefante.

El gólem alucina. La deriva de su inteligencia es quizás lo más humano que tiene y por eso es lo que más atemoriza. Todas las historias sobre el gólem —incluyendo Pinocho y Frankestein— acaban mal, acaban con la imposibilidad de alcanzar la auténtica semejanza humana (el niño de verdad, la novia, la adultez) y la venganza contra el creador. El proto-padre, Geppetto o el doctor Víctor Frankestein, terminan como Jonás, purgando su pecado en el estómago de la ballena.

La letra que borra el rabino de la frente del gólem es aleph. Aleph vuelve siempre, porque es el signo infinito. Sin embargo, en las inteligencias artificiales de hoy no es fácil borrar la impronta de la letra, porque nuestro gólem no está hecho de barro ni de piedra, sino, repito, como la Torá: de palabras. Está hecho de palabras, aleph, beth, gimel, dalet, cero, uno: como Dios.

1 comentario en “Cábala y electrónica”

  1. Jose Prats Sariol

    Bueno, Xavier, no como Dios. Quizás la IA sea un modo de enseñarnos humildad, sin masoquismo pero sí contra petulancia que rima con flatulencia, tan abundante por ahí y por acá.

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