Dietario para inactuales IV

Con más de ciento treinta kilos corporales, Diego Rivera invadía cada espacio que ocupaba. Su apetito era tan desmesurado como sus murales. Frida Kahlo, quien lo llamaba su “sapo-rana”, tenía que subir a los andamios cargando canastas de tacos, mole y tortillas para mantener funcionando aquella maquinaria biológica mientras pintaba la historia de la lucha de clases. Esa misma voracidad retiniana saturó sus frescos: en el mural del Mercado de Tlatelolco pintó el pasado de México como una inmensa despensa prehispánica, donde la geometría del maíz, los pavos y los chiles se despliega con una sensualidad que trasciende la etnografía para volverse estética de la glotonería visual. Sin embargo, su lugar en la historia universal de la gula se lo ganó en París, con una confesión que oscilaba entre la boutade surrealista y la verdad clínica. En su autobiografía, aseguró haber participado en un experimento dietético basado en cadáveres de la morgue, sentenciando con frialdad de gastrónomo: “La carne humana es la más deliciosa de todas; parecida a la del cerdo, pero más dulce, tierna y digerible”. Para el ogro que quería tragarse visualmente toda la historia de México, el canibalismo fue la consecuencia lógica de un amor voraz e indiscriminado por la materia.

Construyó su carrera sobre el miedo, pero su propio terror privado residía en el plato. Aunque Alfred Hitchcock convirtió su silueta en una de las marcas gráficas más reconocibles del siglo, vivió su inmensidad física con una mezcla de placer culpable y repulsión victoriana. “Soy un cerdo acorazado”, llegó a confesarse, reconociendo que su grasa era una barrera contra el mundo exterior. Su relación con la comida era de una violencia contenida: desayunaba filetes de res y helado, pero tenía una fobia patológica a los huevos (“esa cosa blanca, redonda, sin agujeros… ¿han visto algo más repugnante que la yema rompiéndose y derramando su líquido amarillo?”). Hacia el final de sus días, la neurosis ganó la partida: tras beber té, arrojaba las tazas hacia atrás por encima del hombro para que se rompieran, incapaz de soportar la visión de los “residuos” de su propio placer.

Giacomo Leopardi es la prueba de que la gula no requiere necesariamente un cuerpo gigante, sino un alma vacía. Encorvado, de salud frágil y amargura infinita, el poeta del pesimismo cósmico despreciaba la existencia como un error de la naturaleza. Aun así, tenía una debilidad que contradecía su nihilismo: los dulces. En su retiro en Nápoles, mientras escribía sobre la vanidad de todas las cosas, devoraba con ansia infantil beignets, pasteles y helados. Su biógrafo, Antonio Ranieri, relata que Leopardi exigía sorbetes con una frecuencia maníaca, convencido de que el azúcar era lo único que hacía tolerable el “mal de vivir”. La ironía fue letal, ya que el filósofo que deseaba la muerte no pereció por su melancolía metafísica. Una indigestión masiva de helados —durante una epidemia de cólera— le cumplió su máximo deseo, demostrando que incluso para el más triste de los hombres, el goce puede ser una trampa mortal.

Más que una necesidad biológica, el acto de comer devino en Victor Hugo una anexión territorial. El autor de Los Miserables se comportaba en la mesa como un “estómago con ojos”, una fuerza de la naturaleza incapaz de distinguir entre la gastronomía y la geología. Sus contemporáneos observaban aterrados su costumbre de triturar la comida: mezclaba en el mismo plato chuletas, frijoles, aceite, vinagre y mostaza, creando una informe longaniza que engullía con la voracidad de un cíclope. No dejaba nada: se comía la piel de las frutas, trituraba las cáscaras de los crustáceos y llegaba a tragarse naranjas enteras. Omnívoro y totalitario, digirió el mundo con la misma potencia ciega con la que asimilaba la historia en sus novelas.

1 comentario en “Dietario para inactuales IV”

  1. Jose Prats Sariol

    Lezama solía trasladar su glotonería a Roberto Fernández Retamar, juraba haberlo visto devorar una fuente honda de boniato con tasajo. Pero no engordaba ni un adarme por una extraña enfermedad similar a las boas del Amazonas –decía–, soltaba una de sus risitas inconfundibles y cerraba con una advertencia: Hay flacos que comen como un hipopótamo del Congo. Felicitaciones a Pablo, desde el équipe de gourmands et de gloutons.

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