Nunca me gustó la postura del lector de novedades. Si bien uno de mis intereses es la poesía contemporánea, particularmente adoro las joyas que puedo descubrir a destiempo, o con otro matiz: a contratiempo. Con los años he aprendido a permitirme esas llegadas tarde, a considerar que lo desconocido (y en el terreno de las publicaciones de poesía, tantas y de tan corta tirada, eso tiene dimensiones galácticas) puede ser una inversión en sorpresivas satisfacciones más que un déficit. Entender la actividad del lector como un ejercicio de competencia sería un error capaz de aniquilar la esencia de todo esto: el placer.
De Mario Arteca (La Plata, 1960) llevaba leídos una decena de libros (los cuento: once en total sin considerar antologías) hasta que hace unas semanas encontré Bestiario búlgaro en la bellísima librería platense Malisia (si visitan la ciudad, no pueden perdérsela).
La edición de Vox (2004) es un lujo. Comprende la totalidad de la idea del objeto poético (véase Ulises Carrión, 1975), de la experiencia física como cuerpo-literario llevada a cabo con una delicadeza singular. Más que en cualquier otro género, las primeras ediciones de los “libritos” de poesía son un significante más del hecho artístico; los materiales, la fuente, el espacio, todo ello deviene en formatos de lecturas. Lo sentí allá lejos y hace tiempo cuando después de haber trajinado la Poesía Completa de Alejandra Pizarnik (Lumen, 2000) fui descubriendo en la biblioteca de la universidad sus volúmenes individuales. Haciendo memoria, lo mismo podría decir de otras obras, hermosas en sus primeras ediciones, como Marinero en Tierra de Rafael Alberti o Veinte poemas para ser leídos en el tranvía de Girondo.
Volviendo a Bestiario búlgaro, el juego comienza por una especie de álbum horizontal con broche, en cuyo interior aparece una plaquette (diseño de Carlos Mux, Almicar Gutiérrez y Milton López). En ambas portadas encontramos ilustraciones de seres teriocéfalos, adelantando el concepto de bestiario exótico y la sospecha de un algo más.
Ahora bien, al abrir el libro, nos recibe como página de guarda un recorte de una revista alemana de modas. Unos ojos femeninos con flequillo observan en diagonal al título y al autor: la delicadeza contrasta desde ya con la bestialidad anunciada. ¿Hacia dónde iremos entonces?
Se empieza a trazar un mapa: Sofia, Filipópolis, Plovdiv… lugares e —infaltables en la poesía de Arteca—libros: las Crónicas profanas de Ivan Kafallo, por ejemplo, que aparecen como un intertexto interferido por Elías Canetti y Charles Simic. Arteca es un viajero de la literatura, un tipo maravillado en los jardines de las palabras.
“Quedaste helado, sin entender
si es la palabra la que lleva su estiércol
o es la mísera manipulación
de sus combinaciones.
Sobre lo escrito extiendes tu humor,
el tamaño de las cosas que escupes,
la piel que baja hasta sentir el estallido.
De la duda en el papel nada sabemos,
y ahora escribimos hasta en una lonja
de satén, un envoltorio más dulce
que su contenido (…)”
Leemos en otros de los poemas: “La industria que preocupa / a los vivos no es oferta para estos muertos”, “La paz que hicimos / alcanza su estilo en la ingratitud”. La tensión política Occidente–Oriente está presente: Bulgaria había dejado de ser comunista en 1989 y se convertía en miembro de la OTAN en el mismo año de publicación de este libro. La crisis económica búlgara en su transición democrática nos recuerda mucho a nuestro (en Argentina) 2001, cuando las privatizaciones, las exigencias del FMI, el desempleo y la pobreza llevaron al colapso de las instituciones de gobierno. De alguna manera Arteca encuentra una sintonía en ese tejido del modelo neoliberal que constituye un tipo de sociedad particular. La nostalgia solo devuelve una imagen borrosa de nombres y cosas que ya no alcanzan a definirse; pierde utilidad una buena parte de lo que hasta ayer era elemental. La cualidad volátil de la nueva vida occidental (que en la Argentina implicó la farsa de una tercera vía postmenemista) termina por socavar los cimientos de la sociedad y de la cultura.
El consumo, la superficialidad, las fotografías como eje de una mirada que aceleraba en virtud del individualismo (proto redes sociales), todo ello se sintetiza en el último poema de esta obra, una pieza de relojería poética, titulado “Zentralpark”. Esa grafía alusiva al comunismo apuesta toda la ironía en primer plano. Cito, porque vale la pena, el texto completo:
“Más bien parecían de vidrio,
bulbos que surgían redondos
y extraños, revolviendo el agua.
Las mujeres estaban pesadas.
No eran con todo la generosidad.
Sólo un estanque entre ellas y ellas.
Vencida ahora la repugnancia
se abre sin corola el paladar,
igual que cualquier luz limpiando
el aire en las flores. Y huyen
hacia atrás —¿dónde, si no?—
insectos a veces ordinarios.
Esa luz me indicaba en qué sitio
apoyar los pies al regreso.
De pronto todo oscureció,
en eclipse.
Tuve que hacerlo, y miré:
la perturbación se deshacía
en innumerables carriles,
volvía hacia mí por un canal
europeo de invierno
y mucho lodo entre las suelas.
Hasta que un sonido me hizo levantar la vista.
Estaban aún allí, paradas
en el césped fresco, como árboles.”
La oferta es la de un espejado perturbador. La vida pesada queda afuera de ese trance tras el deshielo. Los vientos ahora traen signos que pueden agruparse porque sí. Es el ciclo de un mundo no tan distinto en sus porciones. ¿Podría la poesía ayudarnos a entender el movimiento de los hilos de estos sujetos —hombres o mujeres, da lo mismo— con cabezas de pájaros y miembros destacados? Si la lengua desde ahora (ese ahora, que volverá a serlo) queda atrás de los materiales, ¿cómo podremos contar la Historia? La belleza parece poder transitar como el agua o como el viejo Príamo, por entre los muertos y las armas, por entre las contradicciones y las figuras de papel. No hay una bajada de línea naif ni una reducción panfletaria del asunto. Esa es la punta que nos sirve: el asunto puesto en cuestión. Digámoslo así: mientras las columnas de los imperios se derrumban, nos alimentamos de los retazos de todos los bandos, sabemos —humanos, profundamente humanos— resignificar el valor de lo que para unos pocos —los poderosos— es visto como la resaca del tiempo.




