Cuestionario Jonathan Edax: Amir Valle

¿Cuál fue el libro que destruyó tu inocencia literaria y te dejó emocionalmente disponible solo para personajes ficticios?

Thérèse Raquin, la novela de Emile Zola, que sobre los siete años tomé de un librero en el cuarto de mi madre y que ella me arrebató de las piernas –leía yo sentado en el piso, con el libro sobre mis muslos. Es una lectura para adultos, dijo. Y eso me incitó a velarla y leer aquello que años después supe era una libidinosa historia de adulterio y asesinato, porque mi curiosidad de niño entonces quería descifrar el misterio que había destapado mi madre: qué leía un adulto. Terminé aburrido de tanto naturalismo –también años después supe que Zola encabezó el conocido como «naturalismo literario» precisamente con ese libro– y regresé a la otra, esa sí, apasionante lectura que considero culpable del escritor que soy: Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain.

¿Qué autor/a te gustaría besar o abrazar y luego golpear con una edición de 800 páginas por arruinarte emocionalmente?

Thomas Mann y su montaña mágica… Una joya literaria que, no obstante, me puso de narices ante lo que considero un descomunal ridículo: morirse, pero no de cáncer, sino de la más estúpida insistencia en la soledad, la enfermedad más egoísta y absurda de eso que llamamos especie superior, un ser, sin duda alguna, hecho para vivir en manada, como cualquier otro animal que se digne de serlo.

¿Cuál es el libro que dices que «te marcó», pero en realidad solo lo leíste por presión estética?

Aunque para muchos en mi país suene a herejía: Paradiso, de José Lezama Lima, que leí, ya ni siquiera por presión estética, sino porque el crítico, y uno de mis mentores literarios, Salvador Redonet, amenazó con suspenderme en literatura en la universidad si no leía esa «cumbre de las letras cubanas» tras haberle confesado que me parecía una novela pésimamente escrita y con miles de problemas narrativos y dramáticos. La leí y recuerdo que después me propuse desintoxicarme de tanto artificio literario lezamiano sin alma releyéndome en cadena tres verdaderas joyas: El siglo de las luces, de Carpentier; La carne de René, de Virgilio Piñera y El pan dormido, de José Soler Puig.

¿Qué personaje literario querrías como pareja, aunque sabes que terminarías llorando en una librería con jazz de fondo?

La niña mala, protagonista de la novela Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa. Esa insufrible y sensual inconformista, aventurera, pragmática, manipuladora e inquieta es la mujer que todo hombre necesita para descubrir todos los límites, secretos y públicos, de la sensibilidad, y pesar en piel propia el más genuino sentido de la frustración, el engaño y la miseria humana.

¿Qué libro consideras «un clásico necesario» pero solo porque te da ansiedad admitir que te aburrió como misa en latín?

No hay historia más aburrida que la saga entera de En busca del tiempo perdido  de Marcel Proust. Dicen que escribía en una habitación forrada en corcho, para aislarse del ruido (otros aseguran que lo hacía para protegerse de las asfixiantes alergias que le provocaba el polen). Olvidó Proust que muy pocos tendrían la posibilidad de encerrarse en un cuarto forrado en corcho para leer sus soporíferas novelas, llenas, eso sí, de momentos inmortales. Pero hay que consumir mucha palabrería barata y muchas descripciones prescindibles antes de llegar a esos momentos. Con una buena tijera habría sido una obra perfecta.

¿Cuál es tu lectura secreta de vergüenza?

Corín Tellado y las innumerables novelitas de amor que había comprado mi madre cuando era joven. La leí a escondidas, analizando cada página, cada escena, cada diálogo, intentando descifrar cómo esa mujer logró convertirse en la escritora más leída en todo el mundo, en todos los idiomas y en casi todas las culturas. Perdí la vergüenza cuando, años después, oí a Vargas Llosa defenderla como una creadora genial, una experta del alma femenina, experticia que todo escritor y todo hombre desea.

¿Qué autor moderno te resulta tan brillante que lo detestas como se detesta un/a ex?

Borges, sin duda. El poco talento que Dios me dio ha ido a parar a la prosa: el cuento, la novela, pero una de mis frustraciones es que, para la poesía, género que considero el mayor, el decano, la cumbre de la literatura, no poseo ni una gota de talento. Alguna vez, en mis inicios, perpetré poesía y, por suerte, topé de narices con un recién publicado ejemplar de “Los conjurados”, allá por 1986. Era un libro que alguien, creo recordar que fue Eduardo Galeano, se lo regaló a mi mentor literario, el chino Eduardo Heras León. Me curé de golpe con aquella lectura. Ese libro me hizo entender que nada podía ofrecer yo en poesía. Pero desde entonces me queda el trauma de que puedo leer y releer los insuperables cuentos de Borges, pero leer su poesía me duele, porque hay como una vocecita jodedora e insidiosa que me susurra: “¿ves, estúpido?… esto es poesía”.

¿En qué momento de tu vida descubriste que subrayar frases no significa que las entiendas?

José Soler Puig, uno de mis primeros maestros literarios, me introdujo en el arte de subrayar frases, no para entenderlas… para aprender que alguien se nos había adelantado. Me aconsejó repetir esas frases hasta memorizarlas, para evitar copiarlas en lo que escribiría luego. Tal vez por eso me sepa de memoria frases enteras de decenas de libros que me marcaron y que marqué, como aconsejaba el viejo Soler Puig, con “una tinta que nadie pueda borrar”. Pero eso me enseñó que nunca llegas a entender del todo la mayoría de las frases que marcas: es simplemente tu interpretación, y para cualquier otro lector esa misma frase puede tener otros significados.

¿Cuál es la palabra más pretenciosa que has usado para hablar de un libro y así sonar más intelectual?

No recuerdo que haya usado ninguna, pues no veo nada más ridículo que sonar intelectual, así que, para decirlo en términos cristianos, soy muy mundano en mis consideraciones intelectuales. Quizás por ello los académicos y ensayistas más apegados a la etiqueta, el purismo y las reglas académicas del género parecen no tener en cuenta mis ensayos, mis artículos críticos… El libro de ensayo y crítica más aplastantemente intelectual y enriquecedor que he leído se llama El infinito en un junco, de la española Irene Vallejo. Es una obra modélica de lo que debe ser un ensayo, y puede ser leído no sólo por lectores del género. La prefiero a ella antes que a todos esos petulantes que consideran que para analizar un libro seria y profundamente hay que mencionar a esos otros aún más petulantes incomprensibles que fueron Bloom, Bajtín, Deleuze, Guattari, Foucault… nombres que basta que pongas en cualquier galimatías disfrazado de ensayo o crítica para que recibas aplausos por tu genialidad y superioridad intelectual.

¿Qué edición de un libro compraste solo porque tenía cantos dorados y parecía un objeto de brujería victoriana?

Arabescos mentales, del guantanamero Regino Boti, en una viejísima edición restaurada por alguien que, obviamente, quiso preservar con esos cantos dorados de bordes metalizados el mayor valor de aquel libro –por suerte, que el vendedor desconocía–: el ejemplar dedicado por Botti al nicaragüense Rubén Darío en 1914, estaba anotado en muchas páginas por la hermosa caligrafía –era casi dibujada su letra– de Darío, quien elogiaba versos enteros del guantanamero. ¿Cómo regresó aquel libro a Cuba y llegó a manos de un librero que había trabajado para la familia Bacardí?, es algo para lo cual nunca tuve respuesta. Y no la tendré… durante los apagones de la década del 90 en Cuba, mi madre, claramente sin darse cuenta del valor de aquella joya, usó sus páginas para encender la leña con la que cocinó en el patio de mi casa en esos duros años de “período especial”.

¿Qué personaje literario usarías para que le diga verdades a tu ego?

Sancho Panza. No conozco un personaje más ingenuamente honesto. Se dice que los niños y los borrachos siempre sueltan la verdad. Sancho Panza dice verdades como templos, aderezadas con la sabiduría del pueblo llano y con la ingenuidad de quien nada teme, nada debe y, aún mejor, nada pretende ni esconde.

¿Qué libro te obligaron a leer en la escuela y ahora finges que amas por trauma y costumbre?

Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Mi maestra de literatura de primaria, Elia Figueredo, lo adoraba y hablaba maravillas del autor y de ese libro, aunque entonces a mí me resultaba simplemente la tonta historia de un tonto burro sin talento que toca la flauta por casualidad. Pero después no tengo que fingir nada, es un libro que me encanta por esa genialidad con la que unifica poesía y prosa en el que creo es el mejor conjunto de poemas en prosa de la literatura española.

¿Qué librería física es tu ruina financiera y tu capilla emocional?

No existe UNA librería. Mis libros los compro en todos los sitios en los que pongo un pie, y por suerte me paso buena parte de mi vida dando saltos de un lugar a otro de este mundo ancho y cada vez más ajeno (para usar palabras de Ciro Alegría) y, además, semana tras semana, encargo libros físicos en cualquiera de los muchos sitios/librerías que hoy existen en internet, empezando por Amazon (odiada por muchos, lo sé, pero fuente fértil de mis últimas lecturas, por las facilidades de acceso y oferta amplísima que ofrece).

¿Cuál fue la última frase literaria que te hizo decir: “maldito genio”?

Hace poco, para hundirme en el ambiente de monasterio que necesito para una novela que escribo, estuve releyendo El nombre de la rosa. Allí, Eco suelta una maravilla –hay muchas en esa novela– que me hizo saltar algo muy parecido a “maldito genio”, aunque en palabras, digamos, más mundanas: “cuando no dispone de armas para gobernarse, el alma se hunde, por el amor, en la más honda de las ruinas”, frase que podría resumir la trama de buena parte de la literatura universal. 

¿Has tenido una relación que terminó por diferencias librescas irreconciliables?

Cierto escritor cubano en la isla intentó convencerme hace unos años de la idea de que existía una “literatura negra, porque un escritor negro no puede escribir como blanco”. Estuve de acuerdo porque tener la piel negra ha significado históricamente diferencias radicales en las experiencias de vida de los individuos, y se sabe que la literatura es, en parte, resultado de nuestras experiencias de vida. Pero todo se despeñó por un profundo barranco cuando quiso imponerme la idea de superioridad de una u otra literatura (él las enfrentaba en un esquema claro: “literatura blanca vs literatura negra”), y le dije que solo había dos tipos de literatura: la buena y la mala, que eso de la superioridad de la literatura escrita por negros, por mujeres, por gays, y cualquier otra clasificación, eran invenciones de acomplejados que buscaban destacarse en el gremio remarcando obvias diferencias colgándose esas etiquetas.

¿Cuál es tu lugar favorito para leer como si fueras un personaje de Murakami? ¿Café hípster, ventana lluviosa, cama existencialista? ¿Algún otro?

Una poltrona en mi estudio que ya casi tiene la forma de mi cuerpo. Frente a ella, si acomodo los pies sobre una banqueta de mimbre, veo las copas de los árboles del condominio en el que vivo moverse siempre acompasadamente, con esa calma resignada con la que se balancean los árboles en una ciudad como Berlín, salvo en tiempos de tormentas o durante los vientos de cuaresma en abril. Si es invierno y hay esa opresiva nata gris pegada al cielo, la zambullida en la lectura es absoluta.

¿Cuál es el libro que usas para impresionar a gente culta y que jamás has terminado?

Confesión difícil porque no podré seguir usando esa jugada intelectual que, aclaro, no utilizo contra toda la gente culta con la que me codeo, sino solamente con aquella que va de culta por la vida, es decir, solo con quienes se jactan de ser cultos. Pero sin dudas, uso otro libro de José Lezama Lima que me resultó insoportable y francamente menor: Oppiano Licario, un esperpento farragoso que Lezama etiquetó como novela y que, como todo lo que hizo, genera rabiosas defensas que me hacen pensar que, posiblemente, sea yo el equivocado.

¿A qué personaje literario le confiarías tu diario?

Al doctor Watson, de Arthur Conan Doyle. Mi vida es tan agitada –mi amigo, el novelista Guillermo Vidal, decía que Amir Valle no era un ser humano, era un consorcio de enanos con mi figura dedicados cada uno a una labor distinta– que necesitaría alguien con esa fidelidad, esa docilidad y esa capacidad de sacrificio, para acercarse a todo lo que he vivido, pues si de algo me precio es de haber vivido intensamente cada día de mi vida.

¿Qué autor muerto invitarías a tu funeral solo para que lea algo devastador y elegante sobre tu mediocridad redimida por el amor a los libros?

A un ser inolvidable que ya he mencionado aquí, el gran novelista cubano Guillermo Vidal, fallecido a los 52 años, en plena madurez literaria. Me encantaría ver cómo se burla de mi muerte, igual que en vida recreó y se burló de la suya en varias de sus novelas. Él y yo sabemos, y lo conversamos mucho en los últimos momentos de la enfermedad terminal que se lo llevó, que nuestros funerales serán apenas el Introito de nuestro tránsito hacia la eternidad junto al Dios al que ambos le entregamos nuestras almas.

¿Cuál fue la peor traición literaria que sufriste? ¿Un mal final, una adaptación atroz, o que tu autor favorito profesara una ideología incompatible con tus principios?

Que mi mentor, alguien a quien de muchos modos yo veía como un ejemplo de inteligencia casi sobrenatural, insistiera en que yo debía ver más allá de lo que él llamaba “las sombras de la Revolución”: “si te fijas solo en las sombras, nunca verás sus luces”, me decía, y la verdad es que pasé décadas intentando encontrar esas luces, por fidelidad a ese maestro que, cierto día, decidió anteponer esos supuestos “principios revolucionarios superiores y humanistas” a la hermandad que habíamos construido desde que tuve el privilegio de convertirme en su alumno, con apenas 16 años.

¿Cuál es el insulto más refinado que has pensado hacia alguien que dice “no me gusta leer”?

Una frase que se le atribuye a Santa Teresa de Jesús: “Lee y conducirás; no leas y serás conducido”, aunque no creo que tenga efecto, pues a quien es capaz de decir, sin sonrojarse, “no me gusta leer”, le dará igual lo que le digas sobre ese “problemilla”.

Tienes una pila de libros por leer tan alta que si se cae podría matarte. Aun así, ¿cuál(es) compraste ayer?

La edición de Penguin de una novela del keniano Ngugi Wa Thiong’o, eterno candidato al Nobel de Literatura. Hace un tiempo me propuse leerlo, pero me decidí a buscarlo cuando se anunció su muerte hace un tiempo y me di cuenta de que este escritor, considerado uno de los grandes narradores africanos, había escrito la novela Un grano de trigo, en 1967, el año de mi nacimiento. Y ese es un vicio que tengo: coleccionar obras de clásicos universales que hayan sido escritas ese año. Comencé con Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

¿Qué libro «profundo» te pareció un fraude elegante lleno de humo, citas sueltas y pseudomística de librería hípster?

El capital, de Carlos Marx, la obra supuestamente monumental y esencial que más ha engañado y más estupidez ideológica ha generado mediante la sarta de conceptos errados que incluye, la que más tontos útiles ha cautivado, la que más daño le ha hecho al mundo en toda la historia de la humanidad.

¿Cuál es la última vez que leíste algo tan hermoso que reveló algo de ti mismo y quisiste arrancarte los ojos como Edipo?

Más que una excentricidad, arrancarse los ojos por algo tan nimio es una soberana estupidez. Aún así, confieso haberme sentido desnudado recientemente al releer una de las novelas que definieron el escritor que soy: La parcela de Dios, que en Cuba se publicó como La tierrita de Dios. Allí, la historia de los Walden llenando de huecos su parcela, ilusionados en encontrar el oro que los sacara de sus miserables vidas, me hizo recordar los años de mi infancia, en un pueblito pobrísimo en el “revolucionario” oriente cubano, donde conocí personajes que parecían salidos de esa novela de Erskine Caldwell, incluso con sus mismos defectos y vicios. No se ha escrito una denuncia tan crudamente hermosa como esa historia.

¿Cuál es tu edición de “libro fetiche”, esa que no prestas, aunque la otra persona te prometa su alma?

La edición de la Biblia, en la versión Reina Valera, que me regaló hace ya casi treinta años la señora que se empecinó en demostrarme que no había decisión más importante en la vida de un ser humano que reconocer a Cristo como Señor y Salvador. Está viejita, gastada, manoseada, y ha viajado conmigo por todo el mundo.

¿Qué autor invocarías en una sesión espiritista para preguntarle por qué te dejó con ese final?

No invoco a nadie, y menos en una sesión espiritista, pues va contra mis credos. Si acaso, podría lanzar mi memoria a un alocado intento de revivir a Ernest Hemingway. Si ambos pudiéramos encontrarnos en Cuba, lo invitaría a sentarnos en su Finca Vigía, allá en las afueras de La Habana, para preguntarle, entre otros muchos temas sobre su técnica creativa, por muchos de los cabos sueltos que dejó a nuestra adivinación en su más famoso cuento, “Los asesinos”, incluido ese demoledor final.

¿Cuál es tu ritual de lectura secreto que te hace sentir que el mundo tiene sentido, aunque sea por diez páginas?

No tengo que leer ni una sola página para saber que el mundo tiene sentido, pues es la mejor creación de Dios, aunque los seres humanos estemos empeñados en negar esa maravilla y, encima, en destruirla. Carnalmente hablando, tengo una relación casi orgásmica con la lectura, un reverente respeto por el simple acto de leer. Cada página que leo, incluso las de pésimas obras que obviamente también caen en mis manos, son un cara a cara con distintas escalas de la inteligencia humana.

¿Qué frase literaria usas para justificar tu adicción a leer en lugar de resolver tus problemas reales?

No tengo que justificar nada, pues suelo resolver mis problemas reales con la misma pasión con la que me entrego a otras adicciones menos prácticas que vivir, pero en cualquier caso tendría una frase del escritor George RR. Martin: “Un lector vive mil vidas antes de morir. La persona que nunca lee vive solamente una”.

¿Qué libro quema lentamente tu conciencia porque nunca lo terminaste y aun así opinas de él como si fueras crítico del Paris Review?

Soy masoquista como lector: no existe un solo libro que haya empezado y que no haya logrado terminar. Aunque he sufrido mucho, siempre llego al final. Y por respeto a mí mismo jamás he hablado de un libro que no he leído.

Si fueras un libro olvidado en una estantería polvorienta, ¿qué frase pondrías en tu contratapa para que alguien, por fin, te elija?

Aquí se ha escrito la historia de un muerto distinto que, sin embargo, puede ser tu propia historia. Me resisto a creer mi muerte como cualquier otra: la nada, el silencio, un túnel, en el fondo una luz. ¡Tremendo chasco!

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