Breve tratado sobre el millón de Aena

En un país donde los premios literarios brotan con la misma alegría que los bares —y con frecuencia cumplen una función similar: reunir a los de siempre—, la irrupción del Premio Aena en España ha provocado un fenómeno curioso: la súbita aparición de expertos en premios literarios. No en literatura, cuidado, sino en premios literarios, que es disciplina distinta y, por lo visto, mucho más rentable.

Recién se supo que la ganadora es la argentina Samanta Schweblin, pero el debate ha sido presentado como una cuestión de más alto calado: si un millón de euros puede comprar el prestigio. La pregunta, naturalmente, está mal planteada. El prestigio no se compra: se simula. Y en eso el nuevo galardón no inventa nada. Como recordaban algunos analistas, el premio nace ya rodeado de sospechas previsibles: favorecer a autores consolidados, reforzar grandes editoriales y aportar pocas sorpresas. Es decir, exactamente lo que viene haciendo el sistema literario desde que existe la imprenta.

Uno de los argumentos más repetidos —con ese tono de gravedad que suele anunciar lo obvio— es que los premios sirven para “visibilizar” libros valiosos en un mercado saturado. Traducido: sirven para que alguien decida por usted qué libro debe leer este año, ahorrándole la molestia de equivocarse por su cuenta. Nada nuevo bajo el sol: todos los premios, desde el más humilde certamen municipal hasta el venerable Booker, cumplen esa misma función publicitaria con pretensiones metafísicas.

Más interesante es la indignación moral selectiva. Ahora vendrá la controversia sobre si el libro de Schweblin vale o no, mas algunos expertos seguirán calificando de “obscena” la dotación económica, como si la literatura fuera una actividad que debiera remunerarse en vales de biblioteca y discretas palmadas en la espalda. Sin embargo, la obscenidad no parece residir en el millón en sí —que no deja de ser una cifra redonda y fotogénica— sino en quién lo reparte y a quién acaba llegando: sospechosamente, a quienes ya estaban sentados en la mesa. Porque, como señalan varios observadores, el premio parece inclinarse hacia autores consolidados y circuitos editoriales dominantes. Es decir: se premia lo premiado, pero ahora con combustible de aviación.

El caso más delicioso es el de los propios escritores que participan en el dispositivo legitimador: unos como jurados, otros como comentaristas, otros como candidatos potenciales a futuras ediciones. Se diría que asistimos a una coreografía perfectamente ensayada en la que todos denuncian el sistema mientras comprueban discretamente si su nombre figura en la lista de finalistas. Como apuntaba con ironía un articulista, el jurado está compuesto por autores que “el año que viene bien podrían ganar ellos mismos el premio”. Nada escandaloso: es la economía circular de la reputación.

Mientras tanto, planea la comparación inevitable con el Booker, ese horizonte aspiracional que se invoca con la misma fe con la que se menciona la Champions League desde la tercera división. Pero incluso quienes defienden el premio reconocen que la existencia de un gran galardón no garantiza nada parecido a un consenso sólido sobre la calidad. Pretender competir con él no deja de ser un gesto entrañablemente español: querer llegar tarde, pero con más dinero.  

En el fondo, todo este debate tiene algo de impostura cuidadosamente coreografiada. Como si alguien hubiera descubierto de pronto que los premios literarios son arbitrarios, discutibles y profundamente interesados. ¡Qué escándalo! A estas alturas, lo verdaderamente novedoso no es que exista un premio de un millón de euros, sino que alguien finja sorprenderse. Porque el Premio Aena no viene a corromper un sistema puro: viene a hacer más visible, más ruidoso y mejor financiado un mecanismo que siempre ha funcionado igual. 


Foto: Website de Samanta Schweblin.

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