Fue Jacqueline Smith quien me invito a revisar la obra de Andrew Arocho un joven creador visual que, nacido en el Bronx, NY, en 1994, ha construido, desde Miami una visualidad desde la abstracción.
La obra de Andrew Arocho ocupa una posición interesante dentro de la abstracción contemporánea. No podría decirse que es puramente formalista ni abiertamente simbólica, sino que logra establecer un mix entre la iconografía urbana y un sistema lingüístico en desarrollo. La abstracción es precisamente eso, la capacidad de generar o al menos de esbozar un sistema lingüístico, es decir, un campo de marcas, gestos y signos que oscilan entre el significado y la sensación. El océano, los viajes, lo underground que muchas veces pasa —paradójicamente— por la legitimación del mercado hilvanan una visualidad plagada de «símbolos expresivos y concisos» insertados en una abstracción que tiene mucho de gestual e instalativa.
No sé si Arocho es consciente de ello, pero esta condensación simbólica plantea un conjunto de presupuestos conceptuales que me interesaría relacionar en este texto.
Hay cierta abstracción que se concibe no como la ausencia de significado, sino como la reconfiguración del lenguaje. En la pintura de Arocho la marca como signo esta precisamente en la densidad de sus superficies. La superficie deja de ser el repositorio de los pigmentos para poner en perspectiva la densidad de la carga en el espacio y el tiempo. La carga física, pero también psicológica que erosiona el cuerpo se expresa precisamente en una «una maraña de pinceladas y marcas» que generan una sensación de energía frenética. Los trazos, las marcas, pero también las laceraciones funcionan como unidades protosígnicas, cápsulas visuales que lejos de estabilizar una visualidad, lejos de anclar los referentes, dinamizan el encuadre del lienzo. Alineándose con una comprensión semiológica de la abstracción, la obra de Arocho propulsa una arbitrariedad en el ámbito y en el campo de lo visual demandando más que un mirar, el ejercicio de la observación. No basta con ubicarse ante la obra, hay que aprender a manejar una simbología «expresiva y abreviada» que sugiere un lenguaje como fragmento ha sido comprimido, erosionado o desplazado. Más que un mensaje, propone escenarios comunicativos.

Lo anterior me lleva a pensar en una forma de escritura prelingüística. Arocho desarrolla un sistema que precede al lenguaje discursivo. El gesto, el ritmo, las marcas del cuerpo conforman una imagen que, incrustada en la superficie, es cinética. El trazo se convierte en una huella de la acción corporal, que, como diría Maurice Merleau-Ponty, es una experiencia encarnada. Si las marcas presuponen una escritura, lo gestual sitúa a Arocho en una indagación expresionista. El gesto es una extensión de ese lenguaje.
Una referencia recurrente en la obra de Arocho, pero referencia en el sentido estructural de la metáfora es el mar, el viaje y por extensión el correlato del signo como inestabilidad simbólica. El mar deja de ser un mero recurso estilístico para convertirse en una reflexión sobre los límites. Y este aspecto de su pintura es muy relevante sobre todo en el sentido de la no distribución, de las jerarquías, de los desplazamientos en la red, algo de lo que tanto hablaron Gilles Deleuze y Félix Guattari. La mar condensa y refuerza, por tanto, la idea de la abstracción como un lenguaje fluido, es decir, un lenguaje que se resiste a una nomenclatura de lo cerrado.
Hay dos elementos que me gustaría destacar y que han quedado mencionados en lo anterior. La hibridez y el diseño gráfico ocupan un lugar estructural en la obra de Arocho. La hibridez cumple un papel estructural —no meramente estilístico— dentro de su producción. Es decir, no es un conglomerado de influencias dispares, sino, al menos, me gustaría entenderlo como una suerte de pensamiento visual. No solo rompe la formalidad en un modo de entender el arte, sino que concibe la producción como un campo atravesado por disciplinas aparentemente antitéticas. Esta “contaminación” de registros rompe con la noción de autosuficiencia o autorreferencial de la obra, abriendo el campo de las experiencias. Es decir, la abstracción “absorbe” fragmentos del mundo para traducirlo en imágenes disgregando cualquier forma de preconfiguración. Es precisamente en esa negociación donde la obra encuentra su potencia crítica y su densidad poética.

El segundo elemento al que me quiero referir es el peso del diseño gráfico en su producción visual. Más que todo, el diseño se convierte en una estructura subyacente del pensamiento visual. No opera como ornamento ni como guiño tipográfico, es más bien una lógica de organización, síntesis y economía del signo que atraviesa su abstracción. Arocho —a través del diseño— introduce su obra a la economía del signo, pero sobre todo a la conciencia de este como unidad comunicativa. El signo termina siendo un elemento cargado de intención, condensación y legibilidad potencial como si se tratara de acceder a logos erosionados o fragmentos de un alfabeto en ruinas. Ante la reducción lingüística que han operado los dispositivos inteligentes, Arocho refuerza la búsqueda ya no de lo literal sino de lo alegórico como territorio semiótico.
Finalmente, la obra de Andrew Arocho tiene en el paisaje, la memoria cultural y el diseño, extensión y reflejo de su formación en la práctica gráfica elementos de una hibridez que refleja una distancia con respecto a la «pureza formal» a menudo asociada con la abstracción moderna. Al desestabilizar las fronteras entre la representación y la abstracción, Arocho opera una búsqueda visual que «completa el vocabulario figurativo de paisajes específicos» sin dejar de ser abstracta. Lejos del extrañamiento, lejos de la ajenitud que podría propiciar una obra abstracta, Arocho propone una interacción —negociación— entre la imagen, el símbolo y la materia, como también lo ha hecho Richard Vico en su producción más reciente. El lenguaje se materializa al hacer coincidir acuarela, pastel al óleo, tinta y soportes no convencionales, como la tela de vela. La superficie termina siendo un palimpsesto, capas, cicatrices que se acumulan como inscripciones y que van dando cuenta de una obra, de una vida, de un modo de supervivencia.
Andrew Arocho no pinta, escribe más bien a través de la pintura. Su búsqueda asume la écriture en el sentido derridiano, como un proceso que desborda el lenguaje y se instala directamente en el campo del sentido como estructura fundacional. En consecuencia, la superposición, la supresión y la repetición dejan de operar como meros recursos formales para afirmarse como fuerzas activas de interacción, decisivas en la producción de significado.





