Cábala y cosmos

Aleph, beth, gimel. Por cada generación hay treinta y seis justos escondidos. Si quisieran –dice la cábala– podrían recombinar las letras y crear un mundo. ¿Por qué no acaban de crearlo? ¿Por qué no dan la cara? ¿Por qué no llega el mesías? ¿Se podrá retornar al paraíso? ¿Se podrá, por lo menos, volver a Jerusalén? Los judíos se han acostumbrado a vivir con esas preguntas a cuestas a lo largo de varios milenios.

Ni la religión ni la política han dado respuestas satisfactorias a estas cuestiones. El místico –el cabalista, el maestro jasídico, el santo– ha intentado siempre reinterpretar el problema volviendo al origen de todo, es decir, al centro de la Torá. La Torá es una casa de muchas puertas, según la conocida metáfora, cuyas llaves están cambiadas de lugar. ¿Cómo se puede leer correctamente en una situación así?

En primer lugar, el cabalista trabaja con los mismos textos que el rabino. No hay dos palabras de Dios, sino dos –muchos– estilos de interpretación. ¿En qué se fundamentan? En la autoridad de un maestro y en la tradición que parte de él. Los maestros de la cábala suelen ser muy celosos con sus enseñanzas. La familia de Jaim Vital, el rabino que dio forma escrita a la doctrina del autovaciamiento de Dios –el tsimtsum–, fue sobornada para que, durante uno de los desvanecimientos del viejo, permitiera que un rival copiara sus enseñanzas.

La mística no es la religión de todos, y por eso los postulados de la cábala, aunque coexisten perfectamente con la religión oficial, no aspiran a conformar ellos mismos una religión aparte. Un pequeño diccionario puede ayudar a entender la visión del mundo del cabalista.

YHWH. En el Tetragrama sagrado y sus combinaciones –la palabra Adonai, por ejemplo– está contenida la esencia de Dios. La cábala llama a esa esencia En-Sof, lo infinito. La abstracción e imposibilidad de asimilación de esa idea es la clave para comprender por qué un judío no pronuncia nunca el nombre de Dios. Más que blasfemia, pronunciar esas cuatro letras es una burla que se revierte contra el propio ser humano: ¿cómo va a hablar de lo que no sabe? ¿Cómo nombra lo que no conoce? Es como tener delante una bomba y atreverse a desmontarla sin el menor cuidado o conocimiento. Para el cabalista, el nombre de Dios es energía comprimida y a punto de explotar.

TSIMTSUM. Ya estalló una vez, de hecho. En un momento sin tiempo –según el célebre cabalista Isaac Luria–, Yhwh abrió una esfera dentro de sí mismo, una esfera absolutamente vacía de Dios, se apartó, se autocomprimió, separó algo dentro de sí mismo para allí crear el cosmos. Esta separación tiene algo de trágico: la distancia que se abre entre Yhwh y su obra –y por supuesto del hombre– es inabarcable. El cristianismo argumentará que esa separación era tan insoportable que Dios había tenido que encarnarse en la materia para poder restaurar el lazo entre ambos planos. En ese vacío supremo comenzó a emanar de Dios el Árbol de la Vida.

SEPHIROT. Hay diez mundos: son los sephirot. Se representa como una sucesión de círculos conectados por líneas plateadas. Por estas venas cósmicas pasó la luz de Dios y, dada la baja calidad del material –¡que él mismo había creado!– esos recipientes se quebraron. El mal en el mundo procede de ese error, un error que antecede incluso a la creación del hombre.

ADAM. En ese momento primordial no existía el Adán que vemos en el Génesis, sino una especie de proto-padre llamado Adam Kadmón, el ser primordial. No era más que un gólem, una criatura inmensa y torpe. Adán viene de la palabra hebrea para tierra, porque fue creado del polvo. Se supone que solo estuvo en el paraíso doce horas. En la cuarta hora la materia de su cuerpo fue insuflada con espíritu divino. En la octava hora “se metió con Eva en el lecho siendo dos, y salieron siendo cuatro”. En la duodécima hora abandonó el Edén, tras pecar y ser castigado. Adán no quiso tener más relaciones con Eva después de que Caín asesinó a Abel. Se supone que entonces se acostó con diablesas –creadas el viernes por la tarde, como todos los demonios según la mitología hebrea– y procreó espíritus malignos.

SHEKINÁ. El dios judío no es trinitario, pero tiene una consorte –Shekiná– y una hija –la Torá–. La Shekiná y la Torá se transforman a menudo en meros atributos, pero hay estudiosos y arqueólogos (recomiendo en especial a Thomas Römer) que han encontrado evidencia del antiguo culto a la deidad femenina del judaísmo. El oscurecimiento de la Shekiná es tal que, en algunas épocas, fue sinónimo del Árbol de la Muerte, opuesto al de la Vida. También tiene que ver, en calidad de madre y princesa expulsada, con la idea del exilio. “En todo exilio al que tuvo que dirigirse Israel, la Shekiná lo acompañaba”, dice un tratado talmúdico citado por Scholem.

TIKÚN. Por cada desastre en la historia judía hubo restauración –o en el peor de los casos, retribución–. Por la caída del cosmos habrá una restauración igual de suprema, que el cabalista llama tikún. Si al principio de todo Dios se vació y separó una parte de sí, al final todo volverá a la identidad con lo divino. Por cada movimiento de dispersión hay uno de retraimiento. “El hombre que obra según la Ley hace retornar las chispas caídas de la Shekiná, pero también las de su propia esfera anímica. Restituye su propia figura espiritual a su perfección divina” (Scholem).

Este es el mundo que el cabalista contempla. Un Árbol de la Vida, un Dios que se vacía a sí mismo –la idea volverá en el cristianismo, como tantas otras–, una diosa exiliada, una humanidad que solo sobrevive porque hay treinta y seis justos escondidos, un alfabeto, que quizás pronunciado al derecho, quizás pronunciado al revés, contiene todos los secretos. Gimel, beth, aleph.

1 comentario en “Cábala y cosmos”

  1. Jose Prats Sariol

    Bien por Bookish al dar espacio a textos como este, que nos devuelve la ilusión de que estamos aún en aquel ambiente presocrático cuando tachar algo de exótico era considerado de mal gusto, de ignorancia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio