Con la publicación de Olvidos y obituarios (Agni Ediciones, 2026) Orlando Luis Pardo Lazo nos regala una selección de crónicas, especie de Vidas paralelas que conforman mayormente obituarios de figuras intelectuales cubanas a las que le unió la amistad, la admiración o la enemistad.
Hay aquí crónicas que clasifica entro de los olvidos; sobre personajes tan complejos como Marx o Lenin y figuras de cierta izquierda americana como Jonh Clytus y el poeta Allen Ginsberg, estos últimos en sus estancias en Cuba. Estas figuras, salvo Ginsberg, son también exiliados. Algunos comparten expulsiones como Lenin de Suiza, Clytus y Ginsberg de Cuba. Sin embargo, OLPL no busca la conexión entre sus exilio y obras. Se centra más bien en aquello que la historia ha suprimido de ellos. Tal es el caso de la enfermedad que hizo podrir en vida a Marx o el Lenin que contempla una manifestación en su contra y que Pardo Lazo concibe como el momento en que se decide por un colectivismo autoritario. Están entre estas figuras olvidadas en su paso por Cuba Clytus, un black panther y Ginsberg, poeta homosexual. Ambos concluyen que la lucha contra el racismo o por la liberación sexual no pueden desembocar en el comunismo sin contradecirse. No deja de incluir en esta sección a Marti, otro exiliado al que termina maldiciendo por ilusionar a los cubanos de aquel exilio decimonónico con el regreso a Cuba sin intentar hacer del exilio una patria.
Abundan en los obituarios las frases como apotegmas. Una de las que enmarcaría por el carácter provocativo al que nos tiene su prosa acostumbrados dice: “La Revolución Cubana no es una perversión del dogma marxista sino su éxito más exquisito”. Y uno de los títulos alternativos que escogería para el libro seria precisamente Obituario de la Revolución Cubana. Dentro de los juicios críticos que conforman los obituarios, encontramos los de aquellos con los que un día compartió espacios de trabajo y que permanecieron dentro de la oficialidad cubana. Sobresale el que dedica al escritor Eduardo Heras León para quien su guerra, como la novela con el mismo nombre “no tuvo seis sino siete nombres” que incluyen el de Orlando Luis Pardo Lazo. Sobre este autor, victima del Quinquenio Gris —aquellos tiempos de represión de los intelectuales es oficialmente aceptada en Cuba, aunque solo circunscrita a esos cinco años, de 1975 a 1980— pero a pesar de esto “leal a la Revolución”, Pardo Lazo nos ofrece un obituario de eco posmoderno: “Se pasan de pigmeos estos narradores para encajar dentro de la Gran Narración”.
Sobresale en estas crónicas obituarios como el de Flaco, un pájaro en New York que recuerda aquel cuento del Axolot de Cortazar (como lo recoge Roger Bartra en La jaula de la melancolía) en Paris, por sus implicaciones identitarias para los cubanos: muere al alcanzar la libertad por su inadaptación a la vida fuera del cautiverio.
Hay frases que son definiciones completas de este fantasma que persigue a Pardo Lazo, y que suele llamarse la Revolución Cubana. Así sucede al decir que en 1989 fue “cuando Fidel Castro como en 1959 volvió a sacar a Cuba de la historia, para encajarla en las catacumbas de una continuidad anacrónica”. La Revolución es entonces el periodo en que hemos vivido fuera de la historia, captando así la naturaleza ahistórica del castrismo, donde la circunstancia no importa y se cree lo mismo poder revivir el heroísmo de los mambises en los siglos XX y XXI que estarse en la antesala del socialismo.
Un titulo alternativo de este libro pudo haber sido también uno que parafraseara un dialogo de Platón OLPL o el exiliado. Es la experiencia del exilio la que configura las vivencias de esta obra pero que a veces logra esquivar la melancolía. Así sucede con su impresión de los Estados Unidos, al regresar de Islandia: “El país me pareció más sucio y socialista que Cuba, una tierra triste y fea como yo nunca la hubiera imaginado desde la triste y fea Cuba”. Y de la desilusión con los Estados Unidos, compartida con tantos exiliados clásicos —el más conocido José Marti: “a veces da la impresión de que Fidel Castro tenía razón cuando nos alertaba de que no seriamos felices si nos fugábamos al imperialismo”.
Estos obituarios se dirigen lo mismo a figuras literarias como Reinaldo Arenas (aunque ya han pasado varias décadas de su muerte) o incluso un comisario cultural como lo fue Iroel Sánchez a quien dedica este: “[M]añana no habrá Revolución Cubana. Así que descansa en desamparo, camarada”. Hay sentidas despedidas que pueden funcionar como reseñas como sucede con la narración de los últimos días de Carlos Alberto Montaner a través del libro de su hija Gina. Si nuevamente lo tituláramos como los diálogos platónicos pudo haber sido nombrado CAM o El Político; con todo el dramatismo que representó el de una figura que era referente intelectual del exilio de Miami. Montaner, en sus últimas semanas, vivió un virulento ataque de sus coterráneos por no compartir, por su raigambre de liberal clásico, el credo populista de derecha (como tampoco compartió el de izquierda) y sobre lo que el autor de Olvidos y obituarios nos deja también un aforismo: “Del socialismo del siglo XXI saltábamos, sin transición, al decreto Spotorno de nuestro vil Juan Bautista. Los hijos y nietos de la Revolución éramos, en efecto, continuidad”.
El lector cubano que lea este libro podrá disfrutar del placer estético de la crónica, pero también el de la intuición casi filosófica de la condición cubana, pero en general, cualquier lector no importa su nacionalidad podrá apreciar una escritura hecha desde esa condición del exilio que nos acerca como cubanos a muy distantes geografías.





Muchas gracias.
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