Cábala y paraíso

En el Sefer ha-Bahir, el libro de la claridad, un rabino pregunta: “¿Dónde estaba el Jardín del Edén?”. Alguien, no se dice quién, le contesta: “En la tierra”. Con esa respuesta, idéntica a la de la canción de 1987 –heaven is a place on earth–, Kafka hubiera estado en desacuerdo. Los amigos de Kafka creían que el escritor estaba llamado a ser el renovador del judaísmo, el cabalista por excelencia, o al menos el hereje total.

Para Kafka la Caída –la expulsión de Adán y Eva del jardín– es un acontecimiento que se repite de forma permanente. Fuimos expulsados en ellos y con ellos, y en ese sentido el pecado es original, pero también personal. El pecado para Kafka es la impaciencia, no la desobediencia. Todo se deriva de la impaciencia, la “interrupción anticipada de lo metódico”, una incapacidad para la sistematicidad.

Otro pecado –la dejadez– explica por qué no volvemos al paraíso, un lugar que, según la carta que Kafka le escribió a Felice Bauer en 1916, está poseído ahora por un silencio terrible. A Scholem le fascinaba el aforismo número 30, “El bien es en cierto sentido desconsolador”, porque ponía al lector cara a cara con nuestra imposibilidad para vivir en el paraíso. Kafka, de hecho, tachó este aforismo en el papelito del 21 de noviembre de 1917 donde lo anotó.

¿Por qué no somos capaces de volver al paraíso? Hay otra cuestión que dificulta el regreso. “El paraíso estaba destinado a servirnos”, escribe Kafka en 1918. “Nuestro destino sufrió un cambio; que también esto sucediera con el destino del paraíso no se dice”. En la Torá se dice que en la entrada del paraíso hay un querubín con una espada flamígera que impide todo retorno, pero no se dice qué está custodiando. ¿Una ruina? ¿Un lugar de descanso? ¿Una abstracción teológica?

La utopía. Eso es lo que quizás custodia el querubín. Pero como sabemos que retornar al paraíso es imposible, intentamos reencarnarlo en la historia. De cierta manera, el impulso es similar al deseo de crear al gólem. Hecho a imagen de un creador universal, el hombre quiere crear. Si no podemos fabricar la vida, creamos un artefacto. Si no podemos volver a la utopía, recreamos una.

El resultado histórico tuvo que ser, por fuerza, totalitario y aberrante. Es el comunismo (y quizás cualquier entelequia de justicia social). Jung, acostumbrado a leer de alquimia y de cábala, comprendió que en el fondo el anhelo del comunismo no es político ni económico, es teológico.

“El mundo comunista”, escribió, “tiene un gran mito (al que llamamos ilusión, con la vana esperanza de que nuestro juicio superior lo haga desaparecer). Es el sueño arquetípico, consagrado por el tiempo, de una edad de oro o paraíso, donde todo se provee en abundancia a todo el mundo y un jefe grande, justo y sabio gobierna el jardín de la infancia de la humanidad. Este poderoso arquetipo, en su forma infantil, se ha apoderado de ellos, pero jamás desaparecerá del mundo con una simple mirada de nuestro superior punto de vista. Incluso lo mantenemos con nuestro propio infantilismo, porque nuestra civilización occidental también está aferrada por esa mitología”.

Y también: “Inconscientemente, acariciamos los mismos prejuicios, esperanzas y anhelos. También creemos en el estado feliz, la paz universal, la igualdad entre los hombres, en sus eternos derechos humanos, en la justicia, la verdad (y no lo digamos en voz demasiado alta) en el Reino de Dios en la tierra”.

Jung escribió esto en El hombre y sus símbolos, publicado póstumamente en 1964, durante la época de Jruschov. Los escritores de Occidente estaban en pleno enamoramiento con la Unión Soviética, y solo dentro de los límites del edén comunista –exactamente en los límites, en ciudades cabalísticas como Praga– la idea del paraíso imposible comenzaba a entenderse dentro de la perspectiva kafkiana.

En El libro de la risa y el olvido, de 1978, Kundera da por enterrado el mito (la vida real, el paraíso real, hacía rato que había acabado). Habla de los comunistas como guardianes, ¡querubines!, de un sueño grandioso. “Los que estaban contra ellos no tenían ningún sueño, solo un par de principios morales, gastados y aburridos. Todas las personas desde siempre anhelan lo idílico, anhelan aquel jardín donde cantan los ruiseñores, el territorio de la armonía”.

De más está decir lo que les espera a los impugnadores de ese idilio. De más está repetir como Kafka que la Caída es permanente y actual para cada uno. Por eso en la cábala, y en el judaísmo en general, el exilio es una condición metafísica. Estamos inevitablemente marcados para el exilio, porque por más que se quiera, la ceguera es muy difícil de sostener.

“Una vez que se ha salido del paraíso es imposible volver a él”, concluye filosóficamente el gato del rabino, el más cabalístico de los cómics. Por maldad –mató y se tragó a un perico–, el gato de Joann Sfar rompe a hablar y se da cuenta por primera vez de la carga que supone ser igual al hombre.

A diferencia del rabino, el gato acepta que ser humano es estar exiliado, ser humano es renunciar por completo al paraíso hasta que una fuerza mayor lo absorba. Esa fuerza es el bien, es Dios, pero en la total identidad con él –lo que Orígenes de Alejandría llamó apocatástasis–, cuando la Divinidad o la Nada nos absorba, ¿no sentiremos el desconsuelo supremo del que habla Kafka?

Para retornar a Borges y a su mejor poema, la mirada tierna y horrorizada del rabino que contempla la contradicción del gólem, separado de la muerte solo por la letra aleph, no es distinta a la mirada del Creador hacia Adán, el primer gólem.

El único paraíso que parecen habernos entregado es la combinatoria, la electrónica, la literatura, las permutaciones sin descanso de la Torá, que algún día descifraremos, como los monos sobre el teclado buscando reescribir a Shakespeare por pura casualidad. El único paraíso es gimel, beth, aleph, las letras que hay que escribir sobre la piedra de cuarzo.

1 comentario en “Cábala y paraíso”

  1. Jose Prats Sariol

    Spinoza
    Las traslúcidas manos del judío
    labran en la penumbra los cristales
    y la tarde que muere es miedo y frío.
    (Las tardes a las tardes son iguales.)

    Las manos y el espacio de jacinto
    que palidece en el confín del Ghetto
    casi no existen para el hombre quieto
    que está soñando un claro laberinto.

    No lo turba la fama, ese reflejo
    de sueños en el sueño de otro espejo,
    ni el temeroso amor de las doncellas.

    Libre de la metáfora y del mito
    labra un arduo cristal: el infinito
    mapa de Aquel que es todas Sus estrellas.

    Jorge Luis Borges (1964, en El Otro el Mismo)

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