El 24 de junio de 1888, bajo el seudónimo de El Conde de Camors, Julián del Casal, escribe sobre el pintor santiaguero Guillermo Collazo Tejada en La Habana Elegante. El futuro autor de Bustos y rimas tenía 25 años; Collazo, ya reconocido en Estados Unidos, frisaba los 38. Es interesante el año de la visita de Casal al estudio habanero del artista, pues lo describe con lujo de pormenores:
Desde que se penetra en el estudio, no se tienen ojos suficientes para contemplar los objetos que atraen nuestras miradas. Ancha panoplia colosal, forrada de paño verde, sostiene un arnés completo, rodeado de toda clase de armas antiguas y modernas. Al lado de la panoplia, suntuosas colgaduras rosadas, artísticamente prendidas, ocultan la desnudez de las paredes. Jarrones chinescos, ornados de figuras y animales fantásticos; porcelanas antiguas, de diversos tamaños y variados colores; grupos escultóricos, ya en mármol, ya en barro, inspirados en asuntos mitológicos; lámparas maravillosas, primorosamente labradas, suspendidas del techo; muebles antiguos, forrados de viejas telas riquísimas; alfombras pérsicas, con flores grandes y diversidad de matices; todo lo más precioso que el gusto cosmopolita ha producido se encuentra diseminado, como por manos de hada, en los rincones[1].
¿Cómo un pintor que hizo su carrera prácticamente en los Estados Unidos tiene un estudio[2] habanero con esas características? Si se considera el trayecto de vida de Collazo —1888 es su último año en Cuba y reside en La Habana desde 1883— vivía holgadamente. ¿Es su segunda etapa de estancia en su país?[3] —nació en el oriente cubano, se sabía de sus gustos por la pintura en Santiago, de sus inicios con Federico Martínez, pero en rigor se formaría en suelo estadounidense desde 1868. A La Habana no regresaría después de 1888. Muere de una sobredosis en Francia, en su morada del Boulevard Malesherbes. Era el 26 de septiembre de 1896. El mismo año de la muerte de Juana Borrero, Antonio Maceo y de su maestro Sarony. Sus restos son enterrados antes de la llegada del nuevo siglo en el cementerio Colón. Hoy cuesta localizar la tumba de uno de los mejores pintores del siglo XIX cubano.
Cuando Casal visita a Collazo va a escribir sobre un pintor ya importante en Estados Unidos y para Cuba: «los mejores cuadros del señor Collazo están en Nueva York donde se exponen y se venden a precios elevados», afirma el propio Casal. Collazo había sido alumno del litógrafo y fotógrafo canadiense-estadounidense Napoleon Sarony. Había tenido un gesto enorme con José Martí. Fue quien le consiguió trabajo como crítico de arte en la revista neoyorkina The Hour. Martí no pudo agradecerle comentando las pinturas de su coterráneo, ya que no le era permitido hablar de artistas que fueran extranjeros, pero en sus apuntes sí expresó: «sus redactores principales, Tiblain y Murphy, habían encargado a un cubano artista, maestro afamado del creyón, a Collazo, un crítico de arte. Y héme, con dos paletas para ver Museos, —camino de la colección de Mr. Stebbins y de Wolfes, y obligado a hacer de ellos una revista crítica en inglés»[4].
La imagen más innovadora sobre Collazo comenzando con lecturas —y sobre todo desde la mirada a sus obras— y no por eso menos efectiva, se la debemos a Lezama Lima, ya que quizás, al que reprocharon de vez en cuando por algún afrancesamiento «viene a presentarnos con suma discreción elegante, cómo lo cubano es una síntesis súbita y no un allegamiento de acarreos y materiales superpuestos. Que vive muchos años en París, pues eso lo hace más finamente cubano. Que pinta una visita a la manera francesa, pues el cuadro se instala en las gracias exquisitas de una visita cubana de fin de siglo»[5].
Collazo es voluptuoso, no conoce límites temáticos. Es un maestro en el retrato, en las particularidades paisajísticas tanto de la naturaleza como de las figuras humanas. No es solo un gran observador de mujeres. Es meticuloso con la imagen masculina, principalmente con los rostros. Y es un hombre muy atractivo. Tal vez más que Casal, quien lo resalta incluso por encima de su estudio. Collazo es el príncipe de la crónica del Conde de Camors: «Todo lo que brota de su pincel es refinado, exquisito y primoroso». Amén de mirar(lo) bien, Casal debió hablar con él durante esta visita a la casa/estudio del pintor. En otro momento de la descripción de este particular espacio asegura Casal:
El estudio del señor Collazo es el más completo que conocemos. Situado en el último piso de una casa de aspecto severo, encierra tesoros artísticos de inestimable valor. Todo brinda al recogimiento y a la meditación. Parece la morada de un soñador de la Grecia antigua, desterrado del mundo moderno, que se ha escondido para soñar y producir. Siempre el artista busca, a la manera del enamorado, el silencio y la soledad; porque la inspiración aguarda que el mundo se aleje para poder entrar.
Ningún espacio era más idóneo que el ambiente capitalino para la tranquilidad de las actividades culturales. Época de Tregua Fecunda. Fracaso de la Guerra Chiquita… Manuel Sanguily, Ramón Meza, José Miguel Melero… cada uno en lo suyo. Occidente no se incorporó a la Guerra y la capital acogía adelantos del momento como la máquina de escribir y el teléfono. Pero, ¿dónde se encontraba ese estudio? Es presumible que Collazo se estableciera en el Cerro. Algunas de sus creaciones de esta etapa se refieren directamente al lugar como Vista desde el Cerro y La siesta, esta última, ¿acaso el primer antojo de mostrar como añadido estético un paisaje marino —ajeno al Cerro por supuesto— desde lo doméstico de una vivienda? Hay mucha especulación al respecto sobre la retratada y el posible lugar que, según algunos, pudiera ser del interior de uno de esos baños públicos tan presentes en el Vedado. Según plantea el pintor y profesor Antonio Rodríguez Morey (1874-1967) —director del Museo Nacional de Bellas Artes desde 1918 a 1967—, la modelo fue la amiga del pintor Susanita de Cárdenas y la vivienda estaba en el Cerro.
En La siesta Collazo logra agrupar todas sus temáticas preferidas: la mujer fina y bien vestida; el ambiente nostálgico y silencioso de una Habana de puertas hacia adentro; su paleta coquetea con un preimpresionismo, pero el detallismo de lo que rodea a la chica dormida del retrato, lo resalta como el notable pintor realista que era. Es una obra que, con reserva, incorpora lo cubano desde esa junta atemperada entre la luz tropical y la condición marina. A Collazo no le interesó nunca representar obras de carácter patriótico a lo Armando Menocal. Ni en ese tiempo, ni antes o después. No obstante, ayudó con dinero a la guerra en preparación desde su estudio en Francia, punto de reunión del Comité Cubano para recaudar fondos y armas. Lo esencial del discurso creativo del autor de El patio lo comprende con justicia Casal al admitir:
Pocos artistas habrá, como el señor Collazo, tan poseído del ideal. El arte es para él una especie de religión. Ni la política, que brinda extenso campo a las ambiciones humanas; ni el mercantilismo, que se dilata como letra asquerosa por nuestro cuerpo social; ni su cuantiosa fortuna, que hubiera podido transformarlo en un dorado inútil; nada basta a hacerle apartar sus ojos, deslumbrados por el fulgor de los ensueños, de las cimas ideales, donde se alcanza, al término de la ascensión, el lauro de oro de la inmortalidad.
Porque aunque La siesta se había pintado y al parecer ya no estaba en el estudio, a Casal lo que le llama la atención no es solo el Retrato de la señora Malpica —pintado en 1883— sino los paisajes de Collazo, los cuales legitima como obras de arte, no como reflejo fiel de la naturaleza, a la que el autor de Hojas al viento no menospreciaba por ensimismarse ante objetos de civilización del hombre pasado y de su contemporaneidad o a consecuencia de su propia subjetividad imaginativa, más bien «el paisaje no vale por sí solo sino que se cubre con la envoltura de la representación. Al paisaje solo lo anima la voluntad creadora del sujeto, el que dispone y adorna los pliegues de un tejido seductor»[6], lo que supone que no hay negación radical ni el poeta se complace con felicidad o facilidad frente a la naturaleza. Casal sabe además que el paisaje es de la naturaleza, pero no es la naturaleza. Por eso especifica mirando la obra de Collazo: «Pero no es en los retratos, sino en los paisajes donde más se le puede admirar. Todos se recomiendan por la verdad del tono, la fineza del pincel y un sentimiento delicado de la vida campestre». Y aquí: «El primer paisaje, que se encuentra en el estudio, tiene detalles encantadores. Es la hora del mediodía. No hay ni mucha luz, ni mucha sombra. Las plantas tropicales, desmayadas de calor, doblegan sus hojas. Ligera bruma, dorada por el sol, flota sobre los campos». Al pintar Collazo El patio y Turbonada contrasta el paisaje de un contexto suburbano con un estado específico del tiempo. Son dos atmósferas distintas, donde el ojo humano se ha replanteado la composición de paisajes a partir de su dependencias/independencia de la naturaleza.
Cuando el pintor Guillermo Collazo se estableció durante cinco años en la capital cubana, su obra, de corte posromántico y realista, transitó a la par de las diferentes propuestas pictóricas de San Alejandro, donde sobresalían figuras como Melero, Luis Mendoza y Valentín Sanz Carta. Julián del Casal, como crítico de arte, supo examinar con rigor y pasión lo que sugiere siempre un artista de fuerza técnica y estimable estética: humanidad, poesía e idealismo.
Al salir de la casa/estudio y enfrentarse a La Habana finisecular termina su crónica: «el arte proporciona todos los goces… ¡hasta el de olvidar!».
[1] Julián del Casal: Páginas de vida. Poesía y prosa, compilación, prólogo, cronología y bibliografía Ángel Augier, Biblioteca Ayacucho, Venezuela, 2008, p.275.
[2] Collazo tuvo su estudio en la etapa de Nueva York. También está la descripción que sobre el estudio en Francia hace el diplomático, profesor y periodista cubano Ezequiel García Enseñat (1862-1938) para su cuento Flor de arte (Ver: El Fígaro, Año 21, no.1, 1 de enero, 1905, pp. 4-5).
[3] En el período de 1883-1888 tal vez entró a La Habana y salió de la capital en varias ocasiones. No está documentado.
[4] José Martí: Obras Completas, Editorial Nacional de Cuba, tomo XXII, 1965, p.284.
[5] José Lezama Lima: La visualidad infinita, Editorial Letras Cubanas, Cuba, 1994, p.108.
[6] Oscar J. Montero: Erotismo y representación en Julián del Casal, Almenara, Leiden, 2019 p.179.




