Citario. Deriva del latín citāre (citar) más el sufijo -ārium (repositorio), similar a bestiario. Neologismo del siglo XXI, surgió entre los eruditos hispanohablantes de Bookish & Co., con raíces en antologías antiguas y florilegios. «Citario» se relaciona con libros medievales de lugares comunes (como los de Erasmo de Rotterdam) y proto-ejemplos del siglo XIX, como Familiar Quotations. Este «Citario Montaigne» celebra el 493.º aniversario de su natalicio y propone un gabinete de miradas convergentes: juicios, intuiciones y retratos verbales que otros han trazado sobre su figura y su obra.
La primera reacción contra Montaigne data de fines del reinado de Luis XIII. Mademoiselle de Gournay fue su detractora, reprochándole como tantos que hablase en su libro demasiado de su persona. Una figura que extrañamente fue poco comprensiva para el extraordinario moralista francés fue Balzac. Acerca de la composición del contenido de los Ensayos, acerca del juicio del autor, acerca de lo que Montaigne cuenta de su vida privada, Balzac observa, mezclando crítica y elogio: «Que sabe bien lo que él dice; pero, sin menospreciar el respeto que me merece, yo pienso, por otra parte, que él no sabe siempre lo que va a decir». Y en eso, no; aquí Balzac, tristemente, falla. Porque lo que el inmenso novelista considera vacilación o inseguridad, es lo que hace que todo lo que Montaigne afirma tenga un estremecimiento, una calidez, un talante personalísimos. Es curioso, por ejemplo, que en sus Entretiens, Balzac, sin embargo, denuncie la rudeza de su lengua. Puesto que, según el autor de la Piel de zapa, en el reino de los Valois y siendo gascón, era natural que se resintiera su lengua de los vicios de su siglo y de los defectos de su país.
Sin embargo, la oposición contra Montaigne, como puede verse, es todavía superficial en Balzac, y sobre todo «formal», como diríamos actualmente. Quien lo atacó de manera implacable en realidad fue Pascal. Le reprocha que no piensa otra cosa que en morir tranquila y muellemente a lo largo de su libro. Por otra parte, en la serie de detractores destacan M. de Saci, Arauld y Nicole, quienes lo encuentran poco menos que subversivo y peligroso. «Sus palabras —llegan a decirle— no proceden de la humildad cristiana; ellas trastornan los fundamentos de la conciencia, y, por consiguiente, a la misma religión.» De aquí a considerar a Montaigne como un corruptor, no hay más que un paso.
Enrique Azcoaga, prólogo a Ensayos escogidos (Biblioteca Edaf, Madrid, 1999)
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Cuenta Montaigne que «si en otros tiempos alguien [le] hubiera mostrado a Erasmo, difícilmente habría dejado de considerar como adagios y apotegmas todo cuanto hubiera dicho a su criado y a su hospedera». Y añade que por lo común nos parece que estos grandes personajes, instalados en sus tronos, «no se rebajan a vivir». El Diario nos hace ver que, pese a la broma, el hombre Montaigne no es solamente «ensayos en carne y hueso», de la misma manera que Erasmo no se reducía a «adagios y apotegmas». Porque Los ensayos contienen una cierta filosofía, aunque sea mínima, modestísima, propia de un mero «filósofo impremeditado y fortuito». En el Diario, precisamente por su falta de elaboración filosófico-literaria, apenas hay lugar sino para la vida diaria, simple y material.
El personaje Montaigne que en Los ensayos tiene cierto rango literario-filosófico aparece en el Diario rebajándose a vivir, es decir—intentemos una breve lista sobre lo que eso significa—, durmiendo mal, comiendo cangrejos, confundiendo a una muchacha con un estudiante, asustándose ante la posible venganza de un vetturino, observando a las cortesanas apostadas en sus ventanas, cayendo en una terrible melancolía, enumerando las distracciones de Roma, sufriendo lo indecible con sus cálculos nefríticos, orinando, descargando el vientre, bailando con campesinas, participando en una rifa, hablando con soldados españoles, comprando caballos…
En el Diario vemos cumplida una de las ideas-fuerza de Los ensayos: ninguna filosofía o sabiduría, por elevada que sea, tiene la capacidad de apartarnos verdaderamente de la vida material y común: «Todo lo sabio que quiera, pero al fin y al cabo es un hombre […] La sabiduría no fuerza nuestras condiciones naturales», dice Montaigne, y un poco más adelante recuerda la conocida máxima de Terencio, pero en una versión decisivamente modificada, con un significado que no es el habitual: «Humani a se nibil alienum putet» («Que no piense que nada humano le es ajeno»). Este es, de hecho, uno de los puntos fundamentales de la filosofía de Montaigne, de su casi no-filosofía, y puede encontrarse diseminado a través de muchas páginas de su libro.
Jordi Bayod, introducción a Diario del viaje a Italia (1580-1581), (Acantilado, Barcelona, 2020)
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El ensayo personal es de Montaigne, al igual que el teatro es de Shakespeare, la épica de Homero y la novela para siempre de Cervantes. Que el primero de los ensayistas siga siendo el mejor tiene menos que ver con su originalidad formal (aunque sea considerable) que con la abrumadora franqueza de su sabiduría. Nos pregunta implícita e incesantemente: ¿Valen algo tus pensamientos si se quedan dentro de ti? Su respuesta, anticipando a Nietzsche, es no. Los pensamientos son sucesos. Los placeres de Montaigne para el lector son, en última instancia, difíciles, pero inmediatamente accesibles, como los de Shakespeare. Te pide que seas un vigoroso lector y su modestia es una máscara.
Al igual que Bacon, Montaigne estudió leyes, pero ser abogado apenas entraba en sus planes. En un útil estudio, Montaigne’s Deceits(1971), Margaret McGowan demuestra hasta qué punto el arte de la persuasión de Montaigne es un estilo de comunicación indirecta: querría distinguir las «estratagemas» de Montaigne, recursos retóricos para captar al lector, de las ironías del Sócrates de Platón, aunque Sócrates es el héroe número uno de Montaigne, y también distinguirlo de los extravagantes heterónimos, los autores ficticios de los tratados de Kierkegaard y de los poemas de Fernando Pessoa. Montaigne no es primordialmente un ironista, a no ser que consideres a Shakespeare el supremo ironista, sobrepasando incluso a Sócrates al crear a Falstaff, sabio de taberna que es el pragmatista de lo que podríamos denominar ironía inmanente.
Recuerdo vivamente haber sufrido una crisis personal de depresión que comenzó cuando cumplí los treinta y cinco, en el medio del camino. Duró más o menos un año, durante el cual me leí del derecho y del revés todo lo que Emerson y Freud habían escrito, escogiendo finalmente al sabio de Concord como el guía de mi vida, porque me habla con mucha franqueza, más aún incluso que Freud. No leí con detenimiento a Montaigne hasta un año después y allí encontré la indudable fuente de la franca manera de hablar de Emerson. Ni siquiera Emerson, discípulo declarado de Montaigne, atrapa al lector tan ampliamente como Montaigne: su inmediatez siempre te sorprende por su frescura. Lo que Montaigne te ofrece va más allá de la sabiduría, si una trascendencia tan laica te resulta aceptable. Es como si Hamlet se te pusiera delante y se preocupara de verdad por tu ilustración o por expandir tu propia conciencia. A Hamlet le preocupamos muy poco, lo que, paradójicamente, hace que muchos sientan afecto por él. Shakespeare, como siempre, se oculta; sólo podemos hacer conjeturas de cuál era su relación con Hamlet, pero no podemos ir más allá. Montaigne, aunque parece haber contribuido a que Shakespeare creara a Hamlet, no comparte la indiferencia del príncipe ni del dramaturgo. Convence al lector de que se preocupa y para ello primero despierta el profundo interés el lector por el propio Montaigne. Al final lo sabemos casi todo de la interioridad de Montaigne porque permite que sus primeras estratagemas retóricas desaparezcan a medida que aumenta su conocimiento de sí mismo y su dominio del ensayo artístico.
Harold Bloom, «Montaigne y Francis Bacon» (¿Dónde se encuentra la sabiduría?, Santillana Ediciones Generales / Taurus, Madrid, 2005; traducción: Damián Alou)
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8 de noviembre [2005]
Releo con mucho gusto el Journal de voyage de Montaigne: el personaje se mueve curioso de un lugar a otro, atento a cuanto ve a su alrededor, pero sin dejar de auscultarse él mismo, pendiente de sus tripas, de las molestias que le provocan los gases, la arenilla de sus riñones y las piedras que vierte al mear; atento al color (a veces amenazador, sanguinolento) de su orina. El libro despliega una Europa poblada, bulliciosa, en la que circulan rápidas y relativamente libres las ideas, y donde se transmite el prestigio de personajes importantes por una u otra razón, convirtiéndolos en referentes de las ciudades en las que viven, son parte del prestigio del patriciado urbano: pensadores, artistas, científicos engalanan las urbes y enorgullecen a sus vecinos, que participan casi por ósmosis de la expansión imparable de las ideas modernas. Conforta al lector la manera desprejuiciada con que el autor mira cuanto se encuentra, describe las distintas formas de nutrición, la culinaria, la calidad de los alojamientos, los precios, comparándolos con los de su patria, para ponerlos a veces por debajo en su escala de méritos (lo que parecería normal), pero también —con mayor frecuencia— por encima. Son muchas las cosas y costumbres que prefiere a las de su propia tierra, guiado por un afán de ecuanimidad que excluye el chauvinismo: estima las virtudes y saberes ajenos. Le sorprenden favorablemente las ropas de las pensiones italianas, que, excepto en Florencia y Venecia, encuentra por lo general excelentes, y aprecia la sólida cocina alemana y sus buenos panes, que consume con gusto.
9 de noviembre
Leo el capítulo 9 de los Essais: “De la vanité”. Cuánta sabiduría concentrada en unas pocas páginas. Cómo pensar en sentarse a escribir después de haberlas leído. En Montaigne sorprende siempre su absoluta libertad: yo soy yo y actúo desde el yo y, desde mi yo, escribo. En la medida en que yo es un territorio diferente de los otros, merece explorarse, es diverso, autónomo, y, sobre todo, enorme y libre: nunca acaba de dejarse atrapar ni por las normas religiosas ni por las leyes civiles. El ser humano más inocente y limpio, escrutado de cerca, podría ser condenado a muerte diez veces a lo largo de su vida, porque la vida es más poderosa y ambigua que cualquier ley. Solo a partir de una premisa así se entienden unas cuantas cosas que se prolongan hasta nuestros días en la tradición literaria francesa, y apenas han encontrado arraigo en España. En primer lugar, el interés por el autoanálisis, el convencimiento de que la escritura no es una trampa que capture solo el objeto, sino que también —y muy especialmente— atrapa al sujeto: de ahí surge una veta que nos lleva hasta Proust, por poner alguna de las cumbres, pero también a los desvaríos narcisistas de tantos escritores y críticos contemporáneos. Francia ha sido madrastra de la mayoría de ellos.
Rafael Chirbes, Diarios 2005-2007. A ratos perdidos 3 y 4 (Editorial Anagrama, Barcelona, 2023)
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En general, Montaigne habla de sus lecturas y de las ideas que estas le inspiran, o bien se describe a sí mismo, pero no cuenta nada. Aquí, en cambio, tenemos un acontecimiento personal. La narración está llena de detalles. Las circunstancias son precisas: la segunda o tercera guerra civil, entre 1567 y 1570. Durante una tregua, Montaigne sale de su casa, sin alejarse de sus tierras y sin una gran escolta, con una montura fácil, para dar un paseo.
Luego viene la frase larga y muy bella en la que narra su percance, llena de detalles pintorescos: el poderoso caballo de carga que monta uno de sus criados; él mismo, «hombrecito y caballito», derribados por el enorme animal que se abalanza sobre ellos. Vemos el cuadro; imaginamos el campo de la Dordoña, en medio de las viñas, bajo el sol y el pequeño cortejo galopando. Luego el choque: Montaigne en el suelo, descabalgado, desprovisto del cinturón y de la espada, contusionado, y sobre todo desmayado, perdida la conciencia.
Porque esta es la clave. Si Montaigne da tantos detalles, es porque no se acordaba de nada y sus criados le contaron los hechos, ocultándole el papel del gran rocín y de su jinete. Lo que le interesa y lo turba es haber perdido el conocimiento y Luego su vuelta a la vida una vez que lo llevaron a casa teniéndolo por muerto. Este accidente es pues, para Montaigne, la ocasión en la que más cerca estuvo de la muerte, y la experiencia fue dulce, insensible. Por lo tanto, no habría que temer demasiado a la muerte.
Más allá de esta moraleja, Montaigne saca de dicha experiencia una lección más importante y moderna. Lo hace reflexionar sobre la identidad, sobre la relación del cuerpo y del espíritu. Parece que, estando inconsciente, actuó, habló y hasta dio la orden de que se ocupasen de su mujer que había sido avisada y se dirigía hacia ellos. ¿Qué somos, si nuestro cuerpo se agita, si hablamos y damos órdenes sin que nuestra voluntad participe? ¿Dónde está nuestro yo? Gracias a esa caída del caballo, Montaigne, antes de Descartes, antes de la fenomenología, antes de Freud, se adelanta a varios siglos de preocupación por la subjetividad y la intencionalidad, y concibe su propia teoría de la identidad, precaria y discontinua.
Cualquiera que se haya caído de un caballo lo comprenderá.
Antoine Compagnon, «Una caída del caballo» (Un verano con Montaigne, Ediciones Culturales Paidós, México, 2015; traducción: Núria Petit Fontserè)
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Con los Essais el Renacimiento abandona un largo periodo de redescubrimiento e invención fervientes y comienza otro en que las actitudes clásicas se han convertido en un clima habitual para las artes y la educación. La primera lengua de Montaigne fue el latín. Su mente era especulativa a la manera de la época helenística: ecléctica en filosofía, escéptica en religión y estoica en lo que a su modo de vivir se refiere. El epígono de Montaigne en el siglo XVIII, el humanista danés Ludvig Holberg, escribió: «Si un hombre aprende teología antes de aprender a ser humano, nunca llegará a ser humano». En su diario de viaje vemos a Montaigne tratando de hallar, una y otra vez, al hombre que está detrás de la teología, la realidad humana oculta tras los velos del oficio y la posición social. Montaigne admiraba la afable humildad de un posadero que se desempeñaba al mismo tiempo como concejal de un pueblo y que, no obstante, postergaba sus deberes civiles para sentarse a la mesa, mientras que consideraba a un gran duque un petulante. Es posible que hubiera conocido en Ferrara a un Tasso trastornado por la locura, y en la siguiente edición de los Essais especuló sobre el modo como la ambición y el genio pueden destruir la mente.
Guy Davenport, «Montaigne» (El museo en sí, Editorial Pre-Textos, Valencia, 2006; traducción: Gabriel Bernal Granados)
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Los Ensayos son la principal contribución de Montaigne para amansar «las fieras» que han provocado las guerras de religión y las guerras dinásticas. Pero son también la «primera piedra» del edificio literario de la Francia clásica: preparan las mentes para ver en la monarquía legítima el único orden posible y razonable, y asocian a tal aceptación de un orden exterior el cuidadoso empeño por preservar la libertad interior del súbdito del príncipe. Para mantener esta doble pretensión se requiere tacto y prudencia. Pero es importante observar que Montaigne no recurre, como su antiguo maestro Marc-Antoine Muret, al género de la carta. Para Muret, la carta es el género moderno por excelencia, ya que el Foro moderno no es público sino privado; actualmente no es popular, sino que está reservado a una élite de Corte reunida en torno al príncipe. El género epistolar reúne en una sola fórmula la «familiaridad» de la carta antigua y los intereses de Estado del discurso antiguo, y es la expresión más completa de la vida de Corte. Sin entrar en el «terreno reservado» del príncipe y la Corte, el género del «essai» que Montaigne elige respeta más clara y decididamente la autonomía «republicana» de la privacidad individual. Género francés por excelencia, hallará su máxima expresión en las cartas de madame de Sévigné, infinitamente más próximas al ensayo montaigniano que a la carta al estilo de Muret, o incluso de Balzac. El ensayo se aparta en efecto del trato cortesano para explayarse en la confidencia del alma, la libre sinceridad de una «conferencia» liberada del formalismo oficial de la Corte.
Marc Fumaroli, «Los ‘Ensayos’ de Montaigne: la elocuencia del fuero interno» (La diplomacia del ingenio. De Montaigne a La Fontaine, Acantilado, Barcelona, 2011; traducción: Caridad Martínez)
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Michel de Montaigne fue un humanista escéptico y tolerante, amante de los libros de los antiguos y de la reflexión crítica en una máxima libertad. Desdeñaba la sabiduría escolástica y la erudición profesional, pero le deleitaban la lectura y la discreta frecuentación de los textos clásicos, que releía y citaba a placer en sus Ensayos, tan sueltos, tan jugosos y tan modernos. Hay en sus escritos una sabia manera de considerar la vida extremadamente personal, con algunas notas melancólicas y un escepticismo tenaz que caracteriza su saber práctico, su actitud ante el mundo, sin ambición de poder y con talante algo epicúreo. En la mirada tersa y fresca de Montaigne, moderna, amistosa, inquisitiva, hay una alegre lección de sabiduría y de afecto por la extraña variedad del mundo.
Carlos García Gual, presentación de Michel de Montaigne: maestro de vida (Editorial Debate, Madrid, 2000)
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En el plano intelectual, la démarche de Montaigne es el ejemplo canónico del cambio que se opera: el discurso de los Essais no enuncia ya las verdades absolutas de la autoridad medieval ni pretende alcanzar un viso de universalidad, sino que se propone esbozar una idea personal, contingente, y que surge de una posición fundamentalmente relativista. La alabada moderación de sus juicios, al igual que su escepticismo, encierra un reconocimiento de los límites impuestos a la afirmación: «Le monde n’est qu’une branloire pérenne. Toutes choses y branlent sans cesse: la terre, les rochers du Caucase, les pyramides d’Egypte, et du branle public et du leur. La constance même n’est autre chose qu’un branle plus languissant. Je ne puis assurer mon objet. Il va trouble et chancelant, d’une ivresse naturelle». [El mundo no es más que un perpetuo vaivén. Todas las cosas en él se agitan sin cesar: la tierra, las rocas del Cáucaso, las pirámides de Egipto, tanto por el movimiento general como por el suyo propio. La misma constancia no es sino un vaivén más lánguido. No puedo fijar mi objeto: avanza turbio y vacilante, con una natural embriaguez.]
Evidentemente, dentro de tal contexto de inestabilidad no hay lugar para las grandes certezas de antaño. Sólo las grandes dudas tienen ahora cabida: la de Segismundo en La vida es sueño o la de Descartes en el Discours de la méthode. En el fondo, ambas parten de la misma actitud de desconfianza ante lo real que conducirá a toda la época a interpretar el mundo de su tiempo con el lenguaje ilusorio de una representación teatral.
Gustavo Guerrero, La estrategia neobarroca (Ediciones del Mall, Barcelona, 1987)
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En el gran vestíbulo de la Facultad de Letras de Burdeos nos obsesionaba esa lápida de Montaigne, austera, helada, acorazada. En ella encontrábamos, no algo con que nutrir nuestro chovinismo gascón o bordelés, sino para burlarnos de cierto culto a la gloria.
Para honrar al más penetrante de los descifradores del alma humana, ¿era necesario levantar ese mausoleo de mármol rojizo, ese mineral yacente armado de pies a cabeza, flanqueado por su yelmo y su espada? ¿Pretendían que confundiéramos a Montaigne con Carlos Martel o con Blaise de Monluc? Nos burlábamos.
Como habíamos leído mal los Ensayos y peor el Diario de viaje o la correspondencia del que fue alcalde de nuestra ciudad, nos equivocábamos. Basta con apreciar en lo que valen las glosas magistrales sobre el egoísta friolento, el castellano achacoso y apoltronado, y sumergirse en capítulos como «De la ejercitación», «De los más excelentes hombres», «De lo útil y de lo honesto» o «De la experiencia», para hallar en Montaigne a un intrépido actor de la historia, a un ciudadano del mundo, a menudo mezclado en la primera fila de las discusiones de un siglo bañado en sangre, constantemente «aporreado» entre campos adversos, pionero de un combate por la tolerancia que culminaría con el ascenso al trono de su amigo el rey Enrique.
Por eso Fortunat Strowski, que le enseñó Montaigne a tantos estudiantes bordeleses —entre ellos François Mauriac—, podía escribir al inicio de la biografía del autor de los Ensayos, inspirada por sus trabajos, hechos con miras a establecer la célebre Édition Municipale:
Montaigne aparece bajo una luz más clara. Ya no es una especie de burgués-gentilhombre enriquecido, temerosamente inclinado sobre sus libros, sino un personaje de gran importancia, familiarizado con reyes y príncipes, llamado a desempeñar un papel activo en la política de su país, noble de espada como su padre y respetado en todo el reino… Su sabiduría ya no nos parecerá el efecto de una congénita dejadez, sino una conquista de la voluntad y del espíritu sobre el tormento de la inquietud y el miedo de la muerte, por no hablar de la violencia del carácter.
Bajo esta renovada luz el mausoleo de Montaigne (que ahora integra el museo de Aquitania) ya no parece aberrante. Esta armadura de mármol no es la solemne ocultación de un desertor de la historia sino el tributo rendido a un hombre que, «en el meollo de las guerras» llamadas de Religión, asumió las más peligrosas responsabilidades y manifestó lo que podría haberse denominado, según sus maestros romanos y según Maquiavelo, su «virtud».
Jean Lacouture, Montaigne a caballo (Breviarios del Fondo de Cultura Económica, México, 1999; traducción: Ida Vitale)
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La proximidad de las frases de Montaigne y Pascal, sus relaciones, alejadas en el tiempo, cuando se acercan en el espacio despiden una delicada estampa. Montaigne escribe: «soy yo mismo la materia de mi libro», saborea su frase, se acerca con sigilo a la pieza cercana, y oye como un eco la frase dura que otro hombre que escribe y que se llama Pascal le aplica: «el tonto proyecto que tiene de pintarse». Me gusta pensar en esas dos frases, y fingirme de nuevo la escena. Montaigne hace un mohín y busca continuar su trabajo con más agrado y aire tibio. Adquiere de nuevo su vara de alcalde, y como si no hubiese oído escribe: «lo que a mí me ocurre es mi física y mi metafísica».
Pascal quería olvidar que la relación entre el proyecto tonto de Montaigne y el proyecto absurdo de un navegante renacentista, por ej., hay una relación de época, de dignidad y de heroísmo intelectual. El hombre en el centro de la tierra y de sí mismo y la navegación muy riesgosa. Son dos sentimientos igualmente renacentistas (de los que cada época irá confrontando su necesidad y su nostalgia).
El libro de Brunschvieg (Montaigne. Pascal et Descartes, lecteurs de Montaigne), tiene ese agrado de convertir en amistad cercana esas tres figuras; persiguiendo una frase, no en sus influencias directas, sino en el eco recogido y prolongado. Contemplamos cómo esos grandes creadores ponían sus manos en las mismas ideas sin interesarse por las vacías arrogancias de las prioridades. Eran ideas esenciales para su época, se daban cuenta que tenían que recorrerlas, importándoles más bien su vigencia que convertirlas en objetos cerrados, de propia pertenencia. El autor cree para obviar el ininteresante tema de la originalidad de Montaigne, sin preocuparle el Cicerón o el Séneca que están detrás de sus páginas sobre la amistad y la muerte, que los Essais «son le libre le plus original du monde».
José Lezama Lima, «Montaigne y sus mejores lectores» (Analecta del reloj, Ediciones Orígenes, La Habana, 1953)
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Montaigne conduce su razonamiento sobre la condición humana —que se atreve a saber en primera persona sobre sí misma— con la prueba de los casos. Lo admirable es que éstos son tanto un florilegio de sentencias de libros que Montaigne va componiendo sin cesar, como situaciones de la vida contemporánea. Pero además el ensayo —éste es el género que inaugura— añade el recurso de un nuevo hontanar: las ocurrencias propias, lo que bulle en sus escenas interiores.
(…)
Los Ensayos constituyen un ejemplo de escritura en movimiento, pues tornadizo es el mismo tema: «Yo mismo», dice Montaigne, «soy la materia de mi libro.» Y también lo es el estilo: Montaigne no parece dar nunca por concluida la relación con la escritura de estos ensayos. Sabido es que publica en 1580 esta obra, en dos volúmenes, y que, en 1582 —tras el viaje a Italia—, da a la luz otra edición con añadidos del propio autor (el que los especialistas llaman el estrato a). En 1588 produce un tercero, con los «alargamientos» de los anteriores (estrato b). Y la edición póstuma, aparecida en 1595, sigue aún recogiendo las notas manuscritas, las addenda y las marginalia (estrato c) que el autor ha seguido atesorando hasta su muerte. Se trata, pues, de un libro inacabado porque en él importa más el decir que lo dicho. Estamos ante un proceso espoleado por el afán de compartir y dar testimonio de los encuentros con los amigos (los cercanos y los clásicos a veces más cercanos, como dice en su capítulo sobre los libros), con los hallazgos de verdad y belleza en un mundo convulsionado por las guerras de religión que tensan y rompen la Europa de finales del XVI.
José Miguel Marinas, prólogo a Michel de Montaigne: maestro de vida (Editorial Debate, Madrid, 2000)
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Fue la situación histórica, por supuesto, la que forjó a Montaigne. En el transcurso de las guerras de religión, el encono de todos los bandos había anulado todas las ideologías. Montaigne es una especie de Enrique IV pasivo. «París bien vale una misa»: los franceses siempre han comprendido que su rey más admirado no se refería a la corona, sino a una gran ciudad «que habitan más de ciento veinte mil hombres que no distinguen la derecha de la izquierda, y en la que hay gran cantidad de ganado».
Consideramos a Montaigne como el creador de la sensibilidad laica inglesa en lo que tiene de más noble, y podemos rastrear su influencia en Shakespeare, Bacon y Locke, pero no debemos olvidar que su gran popularidad en la Inglaterra del siglo XVII también ayudó a formar la tradición específicamente inglesa de la espiritualidad mansa. Hooker, Browne, Jeremy Taylor, e incluso William Law y el cuáquero Barclay aprendieron de Montaigne a reaccionar con tolerancia (gentileza a la que no les había acostumbrado la Iglesia) a las preguntas que llevaron a más de un hereje a la hoguera. Cuando John Barclay, al ser preguntado por el santísimo sacramento de la comunión, dijo: «No creo que nunca haya comido pan o bebido vino sin ser consciente de que se trataba del cuerpo y la sangre de Cristo», estaba respondiendo de una forma muy afín al espíritu de Montaigne. Ese talante, forjado en la época más conflictiva de la historia europea anterior al siglo xx, es la contribución más notable del autor de los Ensayos a la civilización, y constituye la esencia de esta. No parece haber ejercido influencia alguna en su propia época; y no obstante, acabó por abrirse paso.
La fatiga puso fin a las guerras de religión, pero fue el magnánimo escepticismo de Montaigne el que curó las heridas. Y a pesar de las apariencias, no se puede decir con certeza que su espíritu haya sido olvidado en la actualidad.
Retirado a la soleada torre de su casa solariega, en un dominio desprotegido, con las puertas abiertas a todas las facciones, y después de haber sobrevivido a las guerras de religión, podría parecer que el escéptico Montaigne renunció a toda acción, y también a sus responsabilidades. Del hombre que, con tal de descubrir si se trataba de falsas ilusiones, dudó de la existencia misma de un ordenado cosmos estoico en el mundo exterior y puso constantemente en duda las pruebas de la existencia de un cosmos moral en el interior del ser humano, podría decirse que representó el ejemplo supremo del filósofo aristócrata platónico.
Kenneth Rexroth, «Montaigne, Ensayos» (Cita con los clásicos, Pepitas de calabaza Ediciones, Logroño, La Rioja, 2014; traducción: Federico Corriente)
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El lunes 7 de noviembre por la tarde, una antigua cortesana retirada del oficio, Veronica Franco, le envía un librito de cartas compuesto por ella. Montaigne responde con un donativo de dos escudos.
En suma, vive en la Antigüedad imaginaria, sin ver que acaba de conocer su resurrección y su fallecimiento en Venecia. Su persona le parece sin duda más importante que el lugar. Algo que confirma su secretario, muy atento a la salud de su señor: «El martes después de comer tuvo el cólico que le duró dos o tres horas, no de los más extremos que le he visto, y antes de cenar expelió dos gruesas piedras una después de otra».
Cuando no es el cólico o la piedra, son migrañas o fluxiones de vientre. Se comprende que, en tales condiciones, la lujuria no entre en el programa: «No encontró esa famosa belleza que se atribuye a las damas de Venecia; y vio a las más nobles que con ella comercian; pero lo que le pareció más admirable que ninguna otra cosa es ver tantas, como ciento cincuenta o así; haciendo un gasto en muebles y vestidos de princesas; y no teniendo otro fondo con que mantenerse que este comercio; y que varios de la nobleza de allí tengan cortesanas a su costa, a la vista y conocimiento de todo el mundo».
No hay duda: Montaigne está escandalizado de estos gastos inútiles y ostentosos. A fin de cuentas la «innovación calvinista» le atormenta más de lo que cree (y a Francia también). Es curioso que el secretario prosiga a continuación con los asuntos de dinero: «Alquilaba para su servicio una góndola día y noche, a dos libras, que son unos diecisiete sueldos sin hacer gasto alguno al barquero» (al gondolero, nada de propina: Montaigne no sólo tiene un cólico, sino que además es rácano). «Los víveres allí son caros como en París; pero es la ciudad del mundo donde se vive más barato, y más aún porque el séquito de sirvientes nos es del todo inútil, pues cada cual va solo aquí, y de igual modo el gasto en ropa; y además no hace falta caballo».
Y eso es todo lo que dice sobre Venecia. Parece la crónica de viaje de un provinciano tacaño. Montaigne tiene 47 años, no es una belleza, está anticuado. El otro bordelés que se queja de las putas de Venecia no es otro que Montesquieu, y otro francés tendrá también dificultades en este tipo de negocio: Rousseau. Burdeos tardará mucho tiempo en enviar a Venecia un corresponsal de primera línea.
Philippe Sollers, Diccionario del amante de Venecia (Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona, 2005; traducción: Marta Pino)
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En esto reside, me parece, el gran interés de los Ensayos de Montaigne. Nos proponen dos versiones del vacío y de su complemento. De una versión a la otra hay un viraje absolutamente decisivo. La primera versión es teológica, en la versión fideísta que expone la “Apología de Raimond Sebond”. El pirronismo cristiano, declara Montaigne, «presenta al hombre desnudo y vacío, reconociendo su debilidad natural, dispuesto a recibir de lo alto alguna fuerza ajena, desprovisto de ciencia humana, y más pronto a aceptar la divina. Su juicio se anula para dejar más espacio a la fe […] Es un papel en blanco preparado para que el dedo de Dios trace en él las formas que más le plazca grabar». La otra versión del vacío es aquella que, a partir de una melancolía accesible todavía a los remedios, se presta a la irrupción de las «quimeras y monstruos fantásticos» y, de manera un poco menos desordenada, a la entrada en escena del yo. Recordemos la frase célebre: «Y luego, encontrándome enteramente desprovisto y vacío de toda otra materia, me di a escribir sobre mí mismo como argumento y como tema»: Montaigne se disculpa, pero no se arrepiente. Se expondrá por ello a la crítica de los autores religiosos: Pascal, su principal adversario, declarará que el corazón del hombre está vacío y lleno de inmundicia». Para él, Montaigne sólo había apelado a la vanidad, es decir, al vacío de las palabras, al vacío del amor propio: sólo había agravado el vacío del corazón; siguió siendo un cautivo de la inanidad.
Jean Starobinski, «En tu Nada yo espero hallar el Todo» (La tinta de la melancolía, Fondo de Cultura Económica, México, 2016; traducción: Alejandro Merlín)
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Una vez, en Bar-le-Duc, Montaigne vio un retrato que René, rey de Sicilia, había pintado de sí mismo, y preguntó: «¿Por qué no es igualmente lícito que cada cual se dibuje a sí mismo con una pluma, como él lo hizo con un crayón?». A la ligera podría responderse: no solo es lícito, sino que nada podría ser más fácil. Otras personas pueden eludirnos, pero nuestros propios rasgos nos son casi demasiado familiares. Empecemos. Y entonces, cuando intentamos la tarea, la pluma se nos cae de los dedos; es asunto de una dificultad profunda, misteriosa y abrumadora.
Después de todo, en toda la literatura, ¿cuántas personas han logrado dibujarse a sí mismas con una pluma? Solo Montaigne y Pepys y Rousseau, quizá. La Religio Medici es un vidrio coloreado a través del cual, oscuramente, se ven estrellas fugaces y un alma extraña y turbulenta. Un espejo brillante y pulido refleja el rostro de Boswell asomándose entre los hombros de otras personas en la famosa biografía. Pero este hablar de uno mismo, seguir las propias veleidades, dar el mapa completo, el peso, el color y la circunferencia del alma en su confusión, su variedad, su imperfección—este arte perteneció a un solo hombre: a Montaigne.
Virginia Woolf, «Montaigne» (The common reader; traducción para Bookish: PDCS)




