Fantômas y la invención del crimen moderno

Aparecida en 1911, Fantômas, de Pierre Souvestre y Marcel Allain, irrumpe en el paisaje literario de la Belle Époque como una obra paradigmática del roman-feuilleton, pero también como una anomalía inquietante dentro de la literatura popular de su tiempo. Francia vive entonces una etapa de confianza en el progreso técnico, expansión urbana y consumo masivo de prensa y ficción serializada. En ese contexto, Fantômas no funciona como simple entretenimiento: condensa las ansiedades de una modernidad que comienza a percibirse como inestable, violenta y anónima.

Publicada en 1911, Fantômas inaugura además una de las colaboraciones más prolíficas y vertiginosas de la literatura popular europea: Souvestre y Allain escribirán conjuntamente un total de treinta y dos novelas entre 1911 y 1913, componiendo una serie concebida desde el inicio como narración potencialmente infinita.

La novela aparece en un momento en que el folletín ya había consolidado sus reglas —ritmo acelerado, fragmentación episódica, apelación constante al suspenso—, pero las lleva a un punto de radicalidad inédito. A diferencia de otros héroes o villanos del período, Fantômas no responde a una ética ambigua ni a una moral romántica. No es un ladrón elegante ni un rebelde con causa: es un archicriminal, absoluto, sin motivación psicológica explícita ni programa ideológico reconocible. Su rasgo definitorio es la indeterminación: cambia de rostro, de nombre y de función social, infiltrándose en todas las capas de la ciudad moderna.

Narrativamente, el primer volumen presenta una persecución que nunca se resuelve del todo. El inspector Juve, figura del orden institucional, y el periodista Jérôme Fandor, mediador entre crimen y espectáculo, se enfrentan a un enemigo que parece siempre un paso adelante. El relato no progresa hacia una clausura, sino hacia una proliferación de enigmas. Cada episodio se organiza como un bloque de tensión que culmina en un corte abrupto, un final abierto que no busca cerrar sino relanzar el relato. Esta lógica del cliffhanger no es un simple recurso comercial: instala una nueva relación entre lector y texto, basada en la expectativa permanente y en la imposibilidad de una resolución definitiva.

Desde el punto de vista formal, Fantômas exhibe una prosa funcional, directa, carente de ornamentación, subordinada al avance de la acción. Sin embargo, esa aparente simplicidad sostiene una maquinaria narrativa compleja, donde el crimen se convierte en principio estructural del mundo representado. La ciudad —París, pero también sus suburbios, hoteles, cárceles, pasajes y tejados— es un espacio laberíntico, fragmentado, recorrido por identidades móviles y amenazas invisibles. En este sentido, la novela anticipa una concepción moderna del espacio urbano que luego será central tanto para el cine negro como para ciertas vertientes del expresionismo alemán.

No es un dato menor pensar que una parte considerable de los primeros lectores de Fantômas moriría pocos años después en la Primera Guerra Mundial. Este hecho retrospectivo otorga a la obra un carácter casi fantasmal: muchos de sus lectores iniciales desaparecen junto con el mundo que la novela registra. Fantômas conserva así pasajes de una París que se extingue casi de inmediato tras su publicación, una sensibilidad urbana ajena tanto a la percepción impresionista de Marcel Proust como a la nostalgia iniciática de Le Grand Meaulnes de Alain-Fournier, autor que moriría precisamente en la Gran Guerra. La novela queda suspendida entre dos mundos: el de una modernidad confiada y el de una violencia histórica que pronto la arrasará.

El impacto inmediato de Fantômas fue masivo. La serie alcanzó rápidamente decenas de volúmenes, consolidando un público fiel y estableciendo un modelo de producción serial acelerada. Pero su verdadera proyección histórica se manifiesta en su tránsito hacia el cine, particularmente en las adaptaciones dirigidas por Louis Feuillade entre 1913 y 1914. Feuillade puede considerarse el mejor lector de Fantômas: no se limita a adaptar la novela, sino que la comprende en profundidad y la traduce a una gramática cinematográfica inédita. A través del serial, lleva a la pantalla grande una concepción del relato basada en la dilatación del tiempo, en la acumulación de episodios y en la suspensión constante del sentido.

Lejos del ilusionismo espectacular de Méliès, de la monumentalidad de Pastrone, del pathos de Gance o incluso del montaje fundacional de Griffith, la visión de Feuillade incorpora el factor tiempo como elemento estructural. Sus planos prolongados, el uso de locaciones reales y la insistencia en finales abiertos convierten a Fantômas en una experiencia narrativa que ha envejecido mejor y con mayor sobriedad que la de muchos de sus contemporáneos. En ese sentido, Feuillade aparece hoy como uno de los grandes pioneros del cine moderno, precisamente por haber entendido la lógica interna del folletín.

En el cine de Feuillade, Fantômas se vuelve una figura casi abstracta, un principio de disolución del orden social más que un personaje psicológico. Esta concepción influirá de manera indirecta en cineastas como Fritz Lang —en la construcción de conspiraciones omnipresentes y criminales invisibles— y, más adelante, en Alfred Hitchcock, en su interés por la identidad falsa, el hombre equivocado y la tensión sostenida más allá de la resolución del enigma. La idea de un mal estructural, difuso y persistente encuentra aquí una de sus formulaciones tempranas.

Paralelamente, Fantômas ejerce una fascinación notable sobre las vanguardias artísticas. Guillaume Apollinaire, Blaise Cendrars y otros escritores vinculados al surrealismo reconocen en el personaje una fuerza poética singular: Fantômas encarna la lógica del sueño, la metamorfosis constante, la ruptura de la causalidad clásica. No es casual que los surrealistas lo adopten como emblema: su mundo funciona por asociaciones libres, por irrupciones arbitrarias, por una violencia que no busca justificación racional. En este sentido, Fantômas desborda el marco de la literatura popular y se inscribe en una sensibilidad estética que cuestiona las jerarquías entre alta y baja cultura.

El legado de la obra es amplio y transversal. Fantômas anticipa la figura del supervillano moderno, anterior incluso al superhéroe, y establece una genealogía que atraviesa el pulp, el cómic, el cine de género y la cultura popular del siglo XX. Su influencia no reside tanto en tramas específicas como en una concepción del relato basada en la serialidad infinita, la amenaza permanente y la negación del cierre. Frente a la novela clásica, orientada hacia la resolución, Fantômas propone un mundo narrativo en perpetuo estado de fuga.

En conclusión, Fantômas (1911) no debe leerse únicamente como un producto de su tiempo, sino como una obra fundacional que articula literatura, cine y modernidad. Su potencia radica en haber formulado, desde el folletín, una estética del suspenso continuo, una visión oscura de la ciudad moderna y una figura criminal que opera como principio narrativo antes que como personaje psicológico. En ese gesto, la novela inaugura una tradición que sigue operando, de manera visible o subterránea, en gran parte de la ficción contemporánea.

No está de más señalar, a modo de cierre, que se trata de una obra cuya vitalidad narrativa sigue produciendo un placer de lectura inmediato. La traducción es de Andrés Ruiz Merino. El prólogo, de Arturo Pérez-Reverte.


Fantômas
Pierre SOUVESTRE / Marcel ALLAIN
Edhasa España, 2024 

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