Cuestionario Jonathan Edax: Michael H. Miranda

¿Qué libro arruinó para siempre tu capacidad de disfrutar literatura «ligera»?

Creo que haber leído con doce años primero la Odisea  y luego la Ilíada  y haber quedado fascinado con la mitología al punto de pretender realizar por mi cuenta mis primeras investigaciones sobre el tema, tuvo que despertar en mí una cierta apetencia y una predisposición. Aunque luego fui, durante cierta etapa adolescente, un lector contumaz de novela policial, hasta el punto de que me curó para siempre de volver a ellas.

¿Qué autor/a te gustaría invitar a cenar, solo para llevarle la contraria durante tres horas?

Para llevarle la contraria sería cualquier escritor occidental anticapitalista tipo Mark Fisher (quien, además, de fútbol no entendió nada), que posaban de democráticos siendo maoístas y procastristas. O incluso algún “socialista democrático” —¡oxímoron!—, como se autodefinió Günter Grass en una entrevista solo para que no le llovieran palos desde la izquierda. A Joan Didion me gustaría hacerle un par de preguntas sobre su libro de Miami. Una larga charla con Knut Hamsun y Joseph Roth tampoco estaría muy desencaminada. Aun así, como dijo alguien, querer conocer a un escritor porque te ha gustado un libro suyo es como haber disfrutado un buen pâté  y querer conocer al pato.

¿Qué libro fingiste haber leído con más convicción?

Habrá que escribir un tratado sobre la importancia, freudiana o no, del “haber leído”. Todo buen lector quisiera haberlo leído todo o casi todo. De Dostoievski leí Los hermanos Karamazov  muy temprano, sin embargo Crimen y castigo  fue una lectura ya adulta, lo mismo que el Quijote  y La montaña mágica. Como soy dado a las listas y otra minucias (llevo un registro preciso de cada libro que tengo en mi biblioteca, con sus índices, datos editoriales y precios), una vez comencé a anotar los escritores más o menos famosos de los que nunca he leído nada. Me llené de vergüenza. Ahora, siendo honesto, ¿quién en un encuentro con conocidos, cuando es preguntado por cierto libro, no dice: lo leí de joven? Nadie debería sentir pena porque en lugar de todo Balzac o las sagas de los Thibault y José y sus hermanos, se distrajo leyendo Sostiene Pereira, El tercer Reich, Canción de tumba, Boarding Home, Seda, La uruguaya, Stoner, Cómo me hice monja o Temporada de huracanes, buenas novelas todas que quizás no pasen a formar parte de ese engendro maldito llamado “historia de la literatura”.

¿Qué personaje literario matarías tú mismo?

Joe Christmas, el Popeye de Santuario, Johnny Abbes, el Ramón J. Sender (hijo) de Bolaño, la enfermera Ratched, el médico de La montaña mágica

¿Qué libro «clásico» consideras un castigo de lectura y aun así lo defiendes en público?

La mayoría de esos clásicos catedralicios y sólo a ratos aburridos se defiende solo. El más reciente que me pareció soporífero fue La muerte de Virgilio. Pero para el lector que soy, la lectura no es solamente ocio o placer, sino además conocimiento, por lo que nunca los abandono del todo. En cuanto a La muerte de Virgilio, lo intentaré de nuevo, pero con otra edición.

¿Cuál es tu placer culpable literario, ese que escondes detrás de una falsa copia de Proust, Kafka o Joyce?

Durante mucho tiempo pensé que la lectura de diarios de escritores formaba parte de esos “placeres culpables”. Hasta que di con cuatro de ellos: los de Paul Leautaud, Ernest Jünger, Ricardo Piglia y la “novela en marcha” de Andrés Trapiello, de cuyos 24 tomos ya he leído unos trece. Los de Gombrowicz tampoco son desdeñables.

¿Qué libro tratas como objeto sagrado, pero cuya primera página sigue más virgen que tu Kindle nuevo?

Como objeto sagrado trato libros dedicados por los autores, como los de Lorenzo García Vega que tengo, pero frecuento sus páginas. Sucede sobre todo cuando la biblioteca comienza a crecer y te llega una nueva edición de la cuentística completa de Chejov por Páginas de espuma, pongamos. O un objeto de colección como la correspondencia completa entre Guy Davenport y Hugh Kenner, que sobrepasa las dos mil páginas y ojalá un día se tradujera. Pero si debo mencionar uno, sería La invención de la libertad, 1700-1789, de Jean Starobinsky.

¿Con qué autor intercambiarías vidas, aunque sea solo para tener una beca en la Sorbona?

¿Quién no envidia a Montaigne? Mira qué buen título para un libro a lo Compagnon ha quedado.

¿Cuál es la librería que más dinero te ha robado con tu consentimiento?

La extinta The Book Depository, las cuatro o cinco veces que viajé a la Feria de Guadalajara, Barnes & Noble y ahora va creciendo Buscalibre. Como los dioses saben lo que hacen, no quisieron que me fuera a vivir a España, estaría viviendo debajo de un puente o internado en un manicomio de deseos inalcanzables.

¿Qué libros has empezado más de tres veces sin pasar de la página 40?

Ninguno porque para mí la lectura no es sólo ocio o placer, sino también conocimiento que puede llegar a implicar esfuerzo. No soy muy borgeano en ese sentido. Algunos he abandonado, claro, pero sólo para retomarlos más tarde.

¿Qué frase en latín usas para sonar profundo, aunque ni sepas bien qué significa?

Aunque nunca he sido de posar usando frases en otro idioma fuera del inglés ni nunca estudié latín (envidié en secreto a mis socitos de la beca de Quintero que estudiaban Letras por ello), me gusta una de Lucrecio en De Rerum Natura, frase favorita de Cyril Connolly, que la consideraba el lema perfecto para una biblioteca: Sapientum templa serena, algo así como “Los serenos templos edificados con la doctrina de los sabios” o “Brillan los templos de los sabios”. También esta: Ars longa, vita brevis, que un malicioso Cabrera Infante tornaba en “Ars brevis, Rita Longa”.

¿A qué personaje literario querrías como terapeuta, sabiendo que te arruinaría emocionalmente?

Cualquiera de las que Harold Bloom llama “musas funestas” que pueblan varias de las mejores novelas del siglo XX americano. Me llevarían al diván del psicoanalista, claro, pero sólo ellas portan el antídoto. Siento que el narrador de The Good Soldier  o incluso el de The Great Gatsby, con su perspicacia y su contención, calificarían para el trabajo.

¿Cuál es la edición más absurda que compraste solo por estética?

Durante mis paseos por los descartes de las bibliotecas públicas de varias ciudades americanas he encontrado perlas. Quizás las ediciones no sean absurdas, pero la decisión de adquirirlas sí. Suelen salir muy baratas. Las últimas serían Time Pieces, las memorias dublinesas de John Banville, o unas guías de París, Japón y la India, y la iconografía de Joyce presentadas por Anthony Burgess. También muchas biografías, incluyendo las de autores que quizás nunca lea o vuelva a leer, como Edna St. Vincent Millay, Oriana Fallaci, Joseph Heller o Sibilla Aleramo.

¿Qué género literario finges despreciar porque tus amigos intelectuales lo hacen?

Fui lector tenaz de novelas policiales durante mis años adolescentes, como decía antes, y, aunque no las desprecio, no creo que vuelva a frecuentarlas por ahora. No entiendo muy bien el postureo alrededor de las ficciones, siempre he creído que quien dice no leerlas es porque en realidad no lee nada o lee poco.

¿Por cuál autor contemporáneo finges desinterés, pero desearías secretamente haber escrito sus libros?

Bajo el arco romano que va de Cela a Aira caben varios. Pero realmente no finjo desinterés por casi nadie.

¿Cuántos libros tienes pendientes de leer y cuántos sigues comprando igual al mes?

Pendientes de leer tengo miles. Intento ser metódico con esto. Leo un mínimo de cincuenta al año, lo que me sigue pareciendo poco. En el 2023 leí sólo escritoras. Este año intenté leer sólo literatura norteamericana, pero no voy logrando consistencia. En cuanto a las compras, tras una pausa por falta de espacio y por la mudanza el año pasado, he retomado uno de mis mayores placeres: llegar a casa sabiendo que te espera un libro nuevo con su envoltura de plástico o su sobre de cartón.

¿Qué escena literaria te hizo cerrar el libro y mirar al techo como si hubieras vivido algo?

El capítulo de la tormenta de nieve en La montaña mágica. Algunas páginas de Rimbaud el hijo

¿Qué libro regalarías solo para poner a prueba si alguien es digno de ti?

Diría que los Ensayos  de Montaigne o la poesía de Lezama. Creo que varias de estas respuestas pueden tener fecha de expiración.

¿Cuál es el crimen literario más atroz? ¿Doblar las páginas, subrayar los libros, o no leer?

De esas chapucerías quedé librado hace tiempo. Si la persona que herede la biblioteca desea plantearse su venta libro a libro, me gustaría que los encontrara pulcros y bien conservados.

¿Lees la solapa del autor antes de empezar un libro, o prefieres arruinarte la experiencia después?

Suelo leer todo. Ola y espuma también son mar. Aunque todo resulta superfluo ante la maravilla de encontrar un texto que arregle en algo lo que el día ha roto. Pero, en propiedad, si te encuentras un libro de H.L. Mencken, ¿no lees hasta la solapa?

¿Qué biblioteca ficticia mereces según tu nivel de neurosis literaria?

De Eco, por ejemplo, me interesa más la real suya, laberíntica, que la de El nombre de la rosa. Hay una también muy tentadora, la de la bibliotecaria amante del protagonista en Klaus y Lucas.

¿Has robado un libro alguna vez? ¿Cuál(es)?

Una vez, estudiando en Quintero, bajé a la ciudad a una librería de usados en la calle Enramadas, en Santiago. Eché un libro en la bolsa y me sorprendió un supuesto policía de civil. El vendedor era nada menos que un escritor conocido, Marcos González, del grupo de los 80 de Amir Valle y Alberto Garrido. Se portó como lo que era, un escritor, y dijo que no, que el supuesto libro robado no pertenecía a aquella librería, y el policía se despidió. Marcos entonces me dijo: dale, págalo y pírate, que son dos esdrújulas que todo ocasional ladrón de libros agradece escuchar. Por cierto, años después obtuve algún premio literario en La Habana y debí ir a cobrarlo a unas oficinas económicas del Instituto del Libro. El responsable de los pagos no era otro que el mismo Marcos, quien me imagino que fue ascendiendo no precisamente por perdonar a estudiantes universitarios que robaban libros. Y en cuanto a las ferias del libro de La Cabaña, debo estar vetado de regresar allí. El equipaje de regreso a casa era cuantioso.

¿Cuál es tu mayor logro como lector: sobrevivir a Ulises o terminar El Quijote?

Pocas lecturas he disfrutado tanto como la del Quijote. Es una novela con un humor, una riqueza de lenguaje y situaciones, y una frescura que provocó que España no tuviera un novelista de estatura hasta bien entrado el siglo XIX con Galdós. El Ulises  me lo voy bebiendo a sorbos.

¿Qué libro te habría gustado escribir solo para poder firmarlo y presumirlo?

El estudio de Steiner sobre Tolstoi y Dostoievski. The Pound Era, de Hugh Kenner. El laberinto de la soledad. El Danubio. Los demonios, de Doderer…

¿A qué edad te diste cuenta de que leer no te hacía mejor persona, solo más insoportable?

Demasiado temprano en la vida de un chico flacucho y estrábico que preocupaba a sus padres porque prefería quedarse en la cama leyendo y se detenía ante cada vidriera con libros allí donde la familia fuera.

¿Cuántos marcapáginas posees, y cuántos usas realmente (más allá del ticket de lotería que, por supuesto, no ganaste)?

Tengo miles. Nunca me olvido de llevarme alguno cuando visito una librería en cualquier lugar del mundo. No suele gustarme el coleccionismo como concepto en lo que a libros se refiere –colecciono, por ejemplo, de manera todavía incipiente, bufandas de equipos de fútbol–, por la sencilla razón de que no se me ocurriría llamarle “colección de libros” a una biblioteca. Sin embargo, sí podría decir que colecciono marcadores. Durante los casi diez años que usé y abusé de una librería en línea llamada The Book Depository, principal responsable de que mi modesta biblioteca creciera a razón de unos 500 volúmenes por año, con cada libro enviaban un marcador. Tengo cientos de ellos. Soy fan, también, de los flyersturísticos que ponen en los hoteles donde me hospedo, son ideales como marcadores para libros no precisamente de bolsillo.

Tienes una pila de libros por leer tan alta que si se cae podría matarte. Aun así, ¿cuál(es) compraste ayer?

Los últimos que han llegado han sido dos novelas de Peter Härtling, un tomito de ensayos de Rudy Kousbroek; un estudio del Berlín posterior a la caída del Muro, de Peter Schneider; la novela Atlántida, de Camilo Venegas; Post Mortem, de Albert Caraco, y Scratch, de Ramón Hondal.

¿Qué autor te parece brillante, pero preferirías no tener cerca en una cena?

Octavio Paz, Cela, Houellebecq, Sloterdijk…

¿Qué frase usas para justificar que no terminas algún libro que empiezas?

No fue escrito para mí.

Si tu vida fuera un libro, ¿en qué estante de la librería la encontraríamos: «drama innecesario», «ficción pretenciosa», o «ensayo sobre la decepción»?

Ensayo sobre el retorno al sitio en que tan bien se está, es decir, la biblioteca con jazz y música clásica de fondo.

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