Diccionario literario para aduaneros (sin Rousseau)

Cuentan que Denis Diderot, mientras padecía el encierro en Vincennes o se jugaba el cuello ante los censores del Rey, se tomaba la molestia de visitar talleres y fundiciones para entender cómo funcionaba un resorte antes de permitir que una sola palabra entrara en su templo de la razón. Para él y D’Alembert, el conocimiento era una arquitectura, donde cada entrada del saber debía ser raisonné, pasada por el fuego del juicio y la criba del intelecto.

En un alarde de horror vacui, en la web literaria Árbol invertido han optado por otra vía, la de convertir —con una alegría sospechosa— la literatura cubana “posterior a 1959” en un contenedor donde cabe todo, desde el genio hasta el articulista que confunde la catarsis con el berrinche ideológico o el artista que confunde post de Facebook con ensayo. Lejos de cualquier ambición taxonómica, aquí se ha desterrado la jerarquía para que reine el amontonamiento. En este artilugio del ripio da igual las ausencias —ya sabemos que Ireneo Funes fue una invención argentina, y no cubana—, ya que han cavado una suerte de fosa común bibliográfica donde la excelencia se asfixia bajo el peso de lo irrelevante y el disparate.

Pasemos lupa por algunos de estos especímenes de la aristocracia del espíritu asaltada por la burocracia de lo superfluo:

  • Abel Prieto Jiménez: Incluido como “escritor y político”. ¡Qué delicadeza! Es como incluir al verdugo en un diccionario de fisiología porque conoce bien dónde cae el hacha. Un comisario del silencio disfrazado de novelista bajo el mismo techo que algunas de sus víctimas.
  • Aitana Alberti: Cuya mayor proeza literaria parece ser presidir una Cátedra y llevar un apellido ilustre. En este archivo, el nepotismo biográfico puntúa más que la métrica.
  • Adalberto Hechavarría Alonso: Definido por ser “miembro de la Asociación Hermanos Saíz”. ¡Válgame el cielo! Como si un carné de una organización estatal fuera un recurso literario o una metáfora lograda.
  • Alberto Edel Morales Fuentes: Un “funcionario por muchos años”. Estamos ante la apoteosis del gris; el estilo oficina elevado a canon literario.
  • Freddy Camilo Morffe Fuentes: De quien solo pueden decir que tiene “presencia en antologías regionales”. Es el equivalente literario a recibir una medalla por asistencia en la escuela primaria.
  • Juventina Soler Palomino: Etiquetada como “activa en la vida literaria”. ¿Activa? ¿Acaso hace gimnasia con los versos? ¿Es una categoría atlética o literaria?
  • Josefina de Cepeda (1907-?): Un enigma cronológico digno de un culebrón radiofónico de los años cuarenta. Ese signo de interrogación al final de su vida es el cliffhanger perfecto para una trama de misterio, pero una vergüenza para un archivo que se pretende serio.

Pero lo más escandaloso es la aritmética del despropósito. En este Diccionario las proporciones desafían el más básico de los sentidos comunes. Veamos esta hipérbole cómica: nos presentan a José Soler Puig como si fuera nuestro Joyce insular, el “renovador de la estructura novelística”. Un Joyce de solar, supongo. Atribuirle tal calado vanguardista al autor de Bertillón 166 es una broma que solo se explica por la falta de lecturas de estos compiladores. O toparse con un tal Francisco Soria Sebazco, cuya gloria literaria consiste en estar “vinculado a proyectos culturales comunitarios”. ¡Válgame la sociología! La calidad del verso se mide por el activismo de barrio. Es la literatura como servicio social; el parnaso convertido en una asamblea de rendición de cuentas. Asimismo, mientras que algunos clásicos (verbigracia Arenas) son despachados con apenas un par de líneas, otros nombres caídos del cielo disfrutan del doble o el triple de espacio informativo. ¡Viva la democracia de la nada!

Si en la Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, D’Alembert intentaba trazar el árbol de los conocimientos humanos, estos amanuenses solo alcanzan a podar la dignidad de los autores. El diseño de estas “fichas” resulta una auténtica sequedad de inventario de aduana. Algo así como “nació, escribió, se fue”. ¡Qué audacia! Lograron el diccionario escrito por un estadista de inmigración. Las peripecias vitales de un escritor quedan aquí reducidas a sellos de pasaporte. Entradas asépticas redactadas por un oficial de fronteras con prisa. Si la Encyclopédie fue el triunfo de las Luces —permítanme esta absurda comparación—, este índice es el apagón de la crítica. Y para mayor logro, una graciosa claudicación del gusto.

 


Imagen: Frontispicio de la Encyclopédie  (1764), diseñado por Charles-Nicolas Cochin y grabado por Bonaventure-Louis Prévost.

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